E. M. Cioran: apasionado por la existencia

Sergio Rivas Salgado – Universidad Aut贸noma del Estado de M茅xico

http://www.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena%2053/Aguijon/Sergio.html

Regularmente la pasi贸n por la existencia nace de la insatisfacci贸n con las ideas ya propuestas por otros. Ninguna objeci贸n ni ning煤n espanto por las ideas venideras, aquellas que pronto suceder谩n a las ya inservibles, a las que causaron el descontento. El hombre, despreocupado por el horror que causa nacer, pronto se une a las filas de los nuevos portadores de la verdad; as铆 como en otra 茅poca se hubiera entregado a la verdad que ahora, no sabe por qu茅, tanto odia. Tiene la misi贸n de sostener la verdad y de gozar lo que 茅sta produzca, sea gloria o desprecio; as铆, su puesto en la existencia est谩 asegurado (incluso, las decepciones y gozos no le causan ning煤n furor a menos que los propietarios de la verdad que defiende lo consideren). Se ha automatizado en el amor a la vida.

Pero hay tambi茅n hombres raros en el mundo que no se sienten agradecidos con la vida; seres sin disposici贸n para continuar con la farsa que es la persecuci贸n de un fin cualquiera, a quienes 鈥攁tra铆dos por la inactividad鈥 les complacer铆a no haber nacido, pues por dicha condici贸n no les resta m谩s que inclinarse ante una de esas dos terribles fechor铆as que es el bien o el mal.

Emil Michel Cioran 鈥攕iempre tentado a burlarse hasta de s铆 mismo鈥, para confundir al lector que encuentra en 茅l alguna nueva clase de profeta, escribi贸 sobre la situaci贸n inc贸moda que depara el nacimiento:

Con excepci贸n de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien: 驴qu茅 dios le impulsar铆a a ello? Debe vencerse, hacerse violencia, para poder ejecutar el menor acto no manchado de mal. Cada vez que lo logra, provoca y humilla a su creador. Y si le acaece el ser bueno no por esfuerzo o c谩lculo, sino por naturaleza, lo debe a una inadvertencia de lo alto: se sit煤a fuera del orden universal, no est谩 previsto en ning煤n plan divino. (Cioran, 1979: 9)

Por el tono de la escritura, puede parecer que Cioran pretend铆a hacernos creer que 茅l era uno de esos cuantos casos aberrantes que no se dedicaban a la propagaci贸n del mal. No es el caso. Y de no saber que en todo momento se quer铆a matar, podr铆amos creer que se trataba de uno esos pensadores delirantes que consideran necesario el sufrir las calamidades de luchar contra un dogma o una ideolog铆a, y no de uno que simplemente imploraba no haber nacido.

La obsesi贸n del nacimiento, siempre presente en los escritos cioranescos, irrita tanto al lector que incluso hubo quienes (obligados por la creencia de que la idea encierra absolutos que se deben seguir ciegamente) le preguntaron, con toda humildad, por qu茅 no se mataba. Cioran, ir贸nico y l煤cido, en lugar de cuestionar el porqu茅 de ese deseo m贸rbido de ver morir a alguien por lo que piensa, se contentaba con no reprochar y admitir la siempre manifiesta bondad de todos. Mientras su pensamiento asfixiaba a otros, a 茅l por el contrario le fascinaba, por saber que el hombre a煤n pod铆a ser sacudido de sus viejas, pero eternas, creencias.

Me destruyo a m铆 mismo y as铆 lo quiero; mientras tanto, en ese clima de asma que crean las convicciones, en un mundo de oprimidos, yo respiro; respiro a mi manera. 驴Qui茅n sabe? Quiz谩 un d铆a conozca usted el placer de apuntar a una idea, disparar contra ella, verla yacente, y despu茅s volver a empezar este ejercicio con otra, con todas [鈥 encarnizarse contra una 茅poca o contra una civilizaci贸n [鈥 volverse despu茅s contra uno mismo, torturar vuestros recuerdos y vuestras ambiciones y, corroyendo vuestro propio aliento, tornar pestilente el aire para asfixiarse mejor; un d铆a quiz谩 conozca usted esta forma de libertad, esta forma de respiraci贸n que libera de s铆 mismo y de todo. Entonces podr谩 usted dedicarse a cualquier cosa sin adherirse a ello. (Cioran, 1996: 46)

Pero parece que el diletantismo no es propio de la especie, al hombre le es m谩s f谩cil decidirse por una rebeli贸n en nombre de cualquier Iglesia o polic铆a que gastar su tiempo en un no muy aconsejable destronamiento de ideas; no tiene tiempo que perder a la hora de proponer sus sue帽os paradis铆acos (y si no los tiene, pues tendr谩 que admitir la necesidad de ellos). Todo sea para que no le quede tiempo de pensar en el deseo de haber sido abortado o en el suicidio. 鈥淐ada uno espera su momento para proponer algo: no importa el qu茅. Tiene una voz: eso basta. Pagamos caro no ser sordos ni mudos鈥 (Cioran, 1991: 22)

La importancia de la lectura de Cioran radica en que no es necesario hacerla; es decir, la desdicha en el mundo no se encuentra husmeando en la obra de autores denominados: nihilistas, mis谩ntropos, o malditos, se halla en nuestro camino y cada uno decide si la acepta o se hunde en el anonimato de su aburrimiento. Y es que el aburrimiento, por el miedo que inspira, es preferible evitarlo; y ello s贸lo se logra mediante la adhesi贸n a las mejores formas de vida que ha inventado el hombre, y si no, promoviendo filosof铆as bobas. 鈥溌縉o ser铆a la historia en 煤ltima instancia el resultado de nuestro temor al aburrimiento, ese temor que nos har谩 siempre amar lo picante y lo novedoso del desastre, y preferir cualquier desgracia al estancamiento?鈥 (Cioran, 1992: 151)

La mayor铆a de los hombres considerar铆a penoso aceptar que se aburre, pues ello implicar铆a admitir que la vida no es, precisamente, lo mejor que puede ocurrir. Y si lo acepta, siempre querr谩 compartirlo, con la intenci贸n de que otros le ayuden a salir de tremenda situaci贸n. Los que lo auxilien, siempre muy generosos, le dar谩n como ant铆doto a Dios, la religi贸n, la fraternidad con los hombres o, en el peor de los casos, ofrecer谩n la amistad, dado que en el mundo todav铆a no hay quien acepte que el aburrimiento y el hast铆o, la ociosidad en s铆 misma, le asientan bien al hombre. Adem谩s, siempre existir谩 la posibilidad de confundir no amor a la vida con resentimiento hacia ella. 鈥淓s un error creer que hay una relaci贸n directa entre sufrir reveses y encarnizarse contra el nacimiento. Esta animosidad tiene ra铆ces m谩s profundas y m谩s lejanas, y suceder铆a aunque no hubiera ni la sombra de su reproche contra la existencia. Incluso es m谩s virulenta en cuanto m谩s pr贸diga es la suerte.鈥 (Cioran, 1998: 24) Aunque es raro que el hombre sienta un terrible desprecio por el nacimiento, la llaga siempre est谩 all铆; no causa estragos porque el problema de nacer s贸lo se soluciona con el suicidio, y no es muy probable que el hombre desprecie la imagen que tiene de s铆 mismo.

Es necesario sentir un terrible desprecio, o si se prefiere 鈥渋naprecio鈥 鈥攃omo sugiere Clemente Rosset a prop贸sito del descontento de Cioran鈥, por la vida para poder estar en ella sin caer en la tentaci贸n de creer que los hechos personales cumplen la funci贸n de saciar ese terrible suceso catastr贸fico que es el nacer. Siempre agradecido por estar vivo, el hombre busca sin cansancio rendir tributo a la existencia; no importa si con sus obras la desacredita. Ya sea matando o exigiendo la condena a muerte, la necesidad siempre es la misma: la matanza. No hay peor placer que el sentir c贸mo las acciones propias, por funestas que sean, nos conducen hacia lo que consideramos verdadero.

Pareciera que lo designado como vida no es m谩s que el veredicto de unos cuantos canallas v铆ctimas del miedo a s铆 mismos, de aquellos que sienten un profundo rencor por estar vivos (no por nacer, pues, s贸lo condenan lo que ya est谩 hecho porque quisieron modificarlo; el nacer carece de importancia). 驴Acaso la existencia no es el desarrollo de las pesadillas de unos lun谩ticos sedientos de lo peor? 驴Ese delirio renovado que se llama amor a la vida no procede acaso de ese sentimiento de exilio que tiene el hombre en la existencia? Lo cierto es que probablemente s贸lo los idiotas tengan amor a la vida o quienes han perdido todo lazo de afecto por ese estupendo mal que es el nacimiento.

En su mayor铆a, los hombres han nacido para solucionar el terrible hast铆o de estar vivos. A nadie le emociona existir s贸lo para sentir el dolor de haber nacido o para vigilarse en el lento, pero seguro, camino hacia la extinci贸n. La empresa que exige la restauraci贸n del orden (del que, por supuesto, no tenemos siquiera memoria) sigue generando m谩s locos deseosos de aniquilar la vida que alegres hedonistas pregoneros de la ociosidad, ya sea ilusionados por encontrar el ant铆doto contra el mal atroz del nacimiento, ya sea simplemente por no tener nada mejor que hacer, incluso por mandato divino o por creer que se tiene capacidad para ello. Algunos se congratulan en la construcci贸n de artefactos que no ayudan m谩s que para enga帽arse a s铆 mismos; otros se pierden en la inmoralidad de no se sabe qu茅 conclusi贸n de horribles silogismos; los otros, no muy lejos del gusto por la matanza, pasan su miserable existencia en la lucha encarnecida contra un dogma o una ideolog铆a. Los m谩s, con mayor suerte, jam谩s se dan cuenta de la espantosa condici贸n de ser hombres; el tenebroso devenir no los amedrenta: ellos tienen asegurada la felicidad. No m谩s aptos que los animales para buscar la verdad, se unir谩n a feroces batallas en nombre de palabras s贸lo inteligibles en la medida en que convergen con el m谩s asqueroso sustantivo jam谩s encontrado (por dem谩s el mayor de los peligros para la raza humana): la convivencia, como si no fuera suficiente con estar condenados a sufrirla.

Pero dejemos de lado esta posible clasificaci贸n del hombre basada en la capacidad 鈥攓ue tanto le ha costado obtener鈥 de ilusionarse hasta con la mayor de las fechor铆as: la propia vida. Mejor ser谩 tratar de entender por qu茅 el hombre, en la b煤squeda de la soluci贸n del nacimiento, se ha detenido en la fabricaci贸n de poderosos paliativos que hacen cada vez m谩s indeseable el estar vivos.

Desde la promulgaci贸n del mundo ideal hasta la absurda idea de que el hombre podr铆a convertirse en algo mejor de lo que es, pasando por la gloriosa teor铆a de un futuro luminoso en ultratumba tras el sufrimiento de la vida; y tomando en cuenta a todos los que odian al hombre, a quienes lo aman y a quienes basan su esperanza en que no haya nada seguro (s贸lo la seguridad de ellos), la b煤squeda es la misma: establecer el para铆so sobre la tierra, con la forma que sea; sin necesidad de convencer a la mayor铆a y con la esperanza de que el desplome propio sea pagado en otra vida o, bien, genere una pesadilla que sea sufrida hasta por el m谩s m铆nimo seguidor de los caminos que conducen a la maldad. Nadie puede, hasta la fecha, hablar de la total nulidad de sus labores cotidianas.

El hombre ha sido generoso con la existencia y le ha fabricado un sinn煤mero de teor铆as de redenci贸n, que han desencadenado un pavoroso miedo a la vida. Se nace con una tremenda pasi贸n por buscar el sentido de la vida, y como si de un juego macabro se tratara se elige una salida y se muere implorando no haber errado. Pero, 驴qu茅 hacer si, como E. M. Cioran, se siente la incapacidad de arremolinarse en torno a una idea? 驴Ser谩 la falta de aprecio por las ideas una forma m谩s de generar ideas? 驴Ser谩 escasez de raciocinio o falta de inspiraci贸n? 驴O, simplemente, el no querer engendrar ideas responde a una vanidad que nace del creer haber encontrado la respuesta definitiva?

La obra de Cioran es una muestra de c贸mo se puede ceder voluntariamente a la suspensi贸n del juicio; pero, como no surge de una posici贸n que pretenda construir un sistema a partir de la no toma de partido, tambi茅n se percibe en ella algo que podr铆amos llamar la ca铆da en los abismos de la duda, pues no procede de una b煤squeda, se ha ca铆do bruscamente en 茅sta; y lo hace de forma placentera, gozando de esa capacidad de no decidirse por nada, que tambi茅n caracteriza al hombre. Cierto es que la abstenci贸n ante lo que nos disgusta parece ser extra帽a a la condici贸n humana, pero no por ello se trata de un mero accidente en los caminos que nos llevan a la desaparici贸n de la especie humana.

Emil Cioran es de los pocos pensadores 鈥攕i no es que el 煤nico鈥 que goza los sinsabores de seguir los caminos hacia la duda: 鈥淓l escepticismo que no contribuye a la ruina de la salud no es m谩s que un ejercicio intelectual鈥 (Cioran, 1986: 55). Ese escepticismo que, parad贸jicamente, goza y sufre Cioran no es el resultado de la fatiga intelectual ni es la respuesta definitiva al problema del nacimiento. La condena de nacer encuentra su liberaci贸n con el suicidio.

La tentaci贸n de existir, es decir, la necesidad de reconocimiento, que no es tal si no procede de un desenfrenado amor a la vida, encuentra el hast铆o. 鈥淓l esp铆ritu descubre la Identidad; el alma, el Hast铆o; el cuerpo, la Pereza [鈥 Si el mismo esp铆ritu descubre la Contradicci贸n, la misma alma, el Delirio, el mismo cuerpo, el Frenes铆, es para dar a luz nuevas irrealidades, para escapar a un universo manifiestamente invariable [鈥鈥 (Cioran, 1991: 88)

El escepticismo de Cioran nace del encontrar demasiado cruel el sabor de las ideas. No se trata de una toma de partido originada por un resentimiento hacia lo que 茅l hubiera querido que fuera el universo; no, se trata de una disposici贸n org谩nica a no poder decidirse, como si se tratara de un ser no hecho todav铆a para aparecer en las listas del tiempo, puesto que no goza de la desdicha de componer o reanimar el universo. 鈥淭oda mi vida he vivido con el sentimiento de haber sido alejado de mi verdadero lugar. Si la expresi贸n 鈥榚xilio metaf铆sico鈥 no tuviera ning煤n sentido, mi existencia hubiera bastado para darle uno.鈥 (Cioran, 1998: 78)

La existencia de este autor no careci贸 por completo de megaloman铆a; sin 茅sta, el sentimiento de 鈥渘o ser de aqu铆 abajo鈥 no le hubiera permitido rastrear, de la forma como lo hizo, los abismos sin salida que presenta la vida tras el contacto mismo con el nacimiento; antes, bien, se hubiera dedicado a la labor de visionario o a las payasadas m铆sticas, como sol铆a decir de la idea del superhombre nietzscheano. Le gustaba definirse como el estafador de abismos, porque gozaba de una perfecta salud esc茅ptica 鈥攏o ten铆a s铆ntomas de ser calentado por el fuego de la idea: pod铆a sentir el dominio de la idea del suicidio y, tras dominarla, no salir a reclamar un espacio en donde matarse; lo mismo le ocurr铆a ante la esterilidad, la gozaba pero no sol铆a alegrarse de ello, por el contrario se enfadaba consigo mismo por haber encontrado un punto fijo en la existencia.

Anta帽o imaginaba poder pulverizar el espacio de un pu帽etazo, jugar con las estrellas, detener la duraci贸n o maniobrarla a mi capricho. Los grandes capitanes me parec铆an grandes timoratos, los poetas, pobres balbuceadores; no conociendo en absoluto la resistencia que nos oponen las cosas, los hombres y las palabras, y creyendo sentir m谩s de lo que el universo permit铆a, me entregaba a un infinito sospechoso, a una cosmogon铆a surgida de una pubertad incapaz de concluir [鈥 隆Qu茅 f谩cil es creerse un Dios por el coraz贸n, y que dif铆cil serlo por el esp铆ritu! 隆Y con qu茅 cantidad de ilusiones he debido nacer para perder una cada d铆a [鈥! Y por haber querido ser un sabio como nunca hubo otro, s贸lo soy un loco entre los locos [鈥 (Cioran, 1991: 142)

驴Qui茅n tras el contacto con el absoluto que encierra nuestra nada no ha optado por jugar al fil贸sofo, al te贸logo, al propagandista del sentido de la vida? En la obra del pensador rumano-franc茅s, sin embargo, esa miseria de ser que nos ha tocado padecer carece, en lo absoluto, del gusto paradis铆aco de ejercer una profesi贸n, de saborear las mieles del reconocimiento. Se est谩 en el universo para testificar lo horroroso del estar vivo; el resto, los asuntos relacionados con la desdicha o con la dicha, con la infelicidad o con la felicidad, se reserva para las vidas de h茅roes o de pobres diablos hambrientos de enjuiciar al hombre.

Pero Cioran no era el juez que dictaminaba en contra de los hombres porque 茅stos hubieran pactado con la idea de progreso; 茅l bien sab铆a que no ten铆an otra alternativa, pues el suicidio no es patrimonio universal. Lo que se le antojaba era que el universo jam谩s hubiese sido creado; pero, como ello no es posible, m铆nimo se habr铆a conformado con que el hombre no hubiera aparecido como lo hizo: con un deseo desesperado de llenar el vac铆o a su alrededor con una sarta de tonter铆as, pues el universo ya est谩 hecho de cualquier forma, y no hay que preocuparse por la posibilidad de cambiarlo o trasformarlo.

De hecho, no hay modo de saber por qu茅 la idea de progreso es tan satisfactoria para la humanidad. Todos estos amantes de la idea de que la condici贸n humana se perfeccione jam谩s hubieran opinado que era mejor no nacer (lo que le asienta m谩s al hombre que est谩 en constante b煤squeda de mundos), ni siquiera hubieran podido explicar para qu茅 mejorar o qu茅 es posible fuera de esas descargas de megaloman铆a sedientas de acabar con un r茅gimen imperante (o si propon铆an s贸lo para registrar sus nombres en los libros de historia, o si deseaban demostrar simplemente sus veleidades, o si tal vez quer铆an lograr progreso en las ciencias psicoanal铆ticas). Lo m谩s probable es que no se pudieran explicar incluso ni a s铆 mismos, de d贸nde brotaron ideas tales ni el destino que tomar铆an. Tal vez s铆 sospechaban la sangre que salpicar铆an, con la satisfacci贸n de que algo mejor resultar铆a; pero, en s铆, el car谩cter sanguinario de toda propuesta lo ignoraban, pues sus obras trataban del desconocimiento de s铆 mismos.

La obra de Cioran trata, en todo momento, de la insatisfacci贸n de saber qui茅n se es; no expone un c煤mulo de ideas para fascinar mentes sedientas de destrucci贸n; m谩s bien, manifiesta la insatisfacci贸n aparecida tras haber cre铆do ciegamente en una idea y, lo peor, el horror engendrado tras el desenamoramiento de 茅sta, ya que el hombre para vivir tranquilo necesita saber que no est谩 equivocado por completo. Al respecto, Cioran comenta sobre aquel episodio fatal que soport贸-disfrut贸 en su juventud: el insomnio. Tras un periodo largo de no poder dormir, un d铆a, despu茅s de haber recorrido las calles de su pueblo natal, el pensador llega a su casa y le dice a su madre que no puede m谩s, ante lo cual ella le contesta: 鈥淪i hubiera podido prever tus sufrimientos interiores, no te habr铆a tra铆do al mundo鈥. (Cioran, 1997: 141) Para 茅l, esa respuesta fue de lo m谩s reconfortante: 鈥淸鈥 me dije: eres el fruto del azar. No eres nada鈥 (Ibid.).

A los buscadores de la verdad la an茅cdota anterior no les proporciona nada; a las mentes catastr贸ficas les colma de encanto el saber que son necesarias para poder equilibrar las cosas, si ni la existencia las pudo parar; al resto le podr谩 producir risa y nada m谩s 鈥攕iempre sin apartar la mirada del puesto que le corresponde en el mundo鈥. Pero como, desafortunadamente, la vida es m谩s que dos posturas reconfortantes (desafortunada porque si no fuera por esa doble toma de partido no tendr铆a por qu茅 estar escribiendo lo que ahora escribo, y los fil贸sofos no tendr铆an m谩s que debatir), es muy necesario comentar la an茅cdota.

El motivo de nacer es proporcionar dicha a los genitores, despu茅s viene la horrorosa verdad de saber que estamos condenados a la procreaci贸n; el resto es una verdad de Perogrullo: se necesita adquirir un puesto en el mundo. Pues bien, la an茅cdota, para empezar, desacredita la existencia. 驴Qui茅n prefiere no nacer a nacer? 驴Qui茅n desea que quienes est谩n por venir al mundo ya no tengan algo m谩s que agregar a la fastidiosa vida? 驴Qui茅n se atreve a agradecer a los genitores por haber pensado y disfrutado la idea de no traernos al mundo? Y lo que resulta m谩s alarmante 鈥攏o porque nazca del p谩nico o de la satisfacci贸n tras una mala jornada鈥: 驴qui茅n se siente innecesario en el mundo? 驴Qui茅n anhela la muerte en pleno estado de dicha?

Pensar en la muerte es un estado de no amor a la vida; querer suicidarse es rechazar el nacimiento. Se puede objetar, sin embargo, que para efectos de misantrop铆a no hay mayor progreso. Ahora bien, el reposo que sobreviene despu茅s de la entrega sin control a los delirios de la idea puede engendrar un desprecio absoluto hacia las propias ideas o hacia el mundo que no se pudo cambiar, lo cual le hace pensar al individuo que merece la muerte por no haber puesto m谩s de s铆 en la empresa (o la de quienes no pudieron ser convencidos). En materia de delicias humanas, es decir, en la propagaci贸n del terror por medio de ideas, no se agrega nada nuevo.

El hombre naci贸 para sentir un desprecio tan enorme por sus semejantes que cualquier reflexi贸n en torno a ello parece un intento por mostrar la caricatura en que se ha convertido ese ser tan fastidioso. Cioran consideraba que la construcci贸n de la ciudad ideal ser铆a posible si murieran todos los vecinos que despreciamos. Pensamientos de esta 铆ndole pueden parecer producto de la imaginaci贸n, sentencias centelleantes que atraen al lector por su delirio; sin embargo, 茅stos quedar铆an f谩cilmente aniquilados al pedirse un fundamento o la aprobaci贸n de la mayor铆a.

La muerte, pensaran los partidarios de la idea del progreso de la historia universal, es algo tan inevitable como la vida. Dir谩n que no se puede avanzar hacia lo mejor, hacia lo verdadero, si no hay errores enmendables en el camino, es decir, la muerte de unos cuantos miles, o millones, o uno; la cantidad no importa, lo verdaderamente significativo son los progresos logrados, esto es, la cantidad saciada de rencor para con lo ya establecido.

Pero de lo que no se puede ni se debe hablar es de que ese deseo oculto de muerte rechaza, en lo profundo, la idea del suicidio 鈥攁煤n no es concebible la idea de que, antes que pedir la muerte de otros o la propia, es preferible matarse. En el deseo no saciado de muerte siempre est谩 presente la ideolog铆a, la necesidad humana de mejorar, el poder argumentativo para justificar las acciones. No se puede desear la muerte, de otros y la propia, accediendo a la idea de que uno hubiera querido hacerlo con la propia mano, ya que ser铆a como aceptar que uno es malo. Por fuerza, para poder matar, hay que saber que se atienden designios divinos, que se naci贸 para testificar y defender lo bueno, para defender la causa de ese Dios que se atrevi贸 a crear (no en vano Cioran denunciaba el car谩cter religioso de toda empresa realizada o en v铆as de realizarse).

Alguien completamente bueno nunca se resolver谩 a quitarse la vida. Esta proeza exige un fondo 鈥攐 restos鈥 de crueldad. El que se mata hubiera podido, en ciertas condiciones, matar: suicidio y asesinato son de la misma familia. Pero el suicidio es m谩s refinado, en raz贸n de que la crueldad hacia uno mismo es m谩s rara. M谩s compleja, sin contar que se le a帽ade la embriaguez de sentirse triturado por la propia conciencia. El hombre de instintos comprometidos por la bondad no interviene en su destino ni desea crearse otro; sufre el suyo, se resigna y contin煤a, lejos de la exasperaci贸n, de la arrogancia, de la malignidad que, en conjunto, invitan a la autodestrucci贸n y la facilitan. La idea de apresurar su fin no le roza en manera alguna, tan modesto es. Se precisa en efecto, una modestia enfermiza para aceptar morir de otra forma que por la propia mano. (Cioran, 1979: 74)

El hombre est谩 ya tan acostumbrado a vivir, que la muerte le resulta extra帽a. Mata porque obedece a un impulso ancestral que lo obliga a mejorar las cosas; pero que mate porque es un ser vil, cargado de un deseo mezquino de venganza por no haber sido el arquitecto del universo, es inaceptable, incluso una mera invenci贸n.

Cioran detesta el nacimiento porque s贸lo de esa manera no se le puede culpar por no estar contento con la vida. Y ese descontento con la vida 鈥攅nti茅ndase descontento porque no estaba interesado en cambiarla, y simplemente no le gustaba鈥 no pecaba del deseo absurdo de querer conocerlo todo, ni tampoco de la arrogancia de creer que no pod铆a conocerlo todo. Sab铆a que despu茅s de nacer, y por supuesto despu茅s de no querer cambiar nada (alguna vez le reclamaron por no participar, a lo cual respondi贸 que no quer铆a cambiar nada y declar贸 que lo consideraban modesto), se puede ceder a la respuesta definitiva de no querer ser hombre. 鈥淔r铆volo y disperso, aficionado en todos los campos, no habr茅 conocido m谩s que el inconveniente de haber nacido.鈥 (Cioran, 1979: 139)

Si S贸crates recomendaba el 鈥渃on贸cete a ti mismo鈥, Cioran responde que no hay nada que conocer. Claro, en el orden pr谩ctico hay mucho que reclamar al hecho de que no haya nada que conocer. Fritz J. Raddatz, con la bondad que caracteriza a los protectores de las ideas, en una entrevista que mantuvo con Cioran le reclam贸 a 茅ste el haberse sentido 鈥渃ontento y aliviado鈥 por resultar indemne en unas radiograf铆as que se hab铆a realizado. Cioran, sin perder la calma y a sabiendas de que el instinto de da帽o y muerte en el alma de los hombres no descansa un s贸lo minuto, le respondi贸: 鈥淪铆, pero valdr铆a m谩s que yo muriera de mi propia muerte鈥. Y, como Raddatz insistiera en el porqu茅 no se dejaba morir, Cioran continu贸: 鈥渆s cierto, formo parte del lote, de esta locura. No puedo hacer otra cosa. Tambi茅n tomo el metro. Hago todo lo que hacen los dem谩s鈥 (Cioran, 1997: 129).

En materia filos贸fica, lo mismo da el sentirse honrado por el nacimiento que el sentirse ofendido; a no ser por la majestuosa diferencia de que quien adora la vida (o simplemente est谩 complacido con 茅sta) puede, sin querella, participar en cualquier obra, desde el asesinato hasta la piedad; y el que la odia no est谩 dispuesto (o, mejor dicho, est谩 desganado) a contribuir con el escandaloso ardid de mejorar lo que ya sin escr煤pulos est谩 predispuesto: nacer. 鈥淓n este mundo, nada est谩 en su sitio, empezando por el mundo mismo. No hay que asombrarse entonces del espect谩culo de la injusticia humana. Es igualmente vano rechazar o aceptar el orden social: nos es forzoso sufrir sus cambios a mejor o a peor con un conformismo desesperado, como sufrimos el nacimiento, el amor, el clima, y la muerte.鈥 (Cioran, 1991: 57)

Habr谩 quien considere que los pensamientos de Cioran son una mezcla de odio y desesperanza; otros pensar谩n que son producto de una mente enferma de homicidio; la gran mayor铆a tratar谩 de verlos con una particular subjetividad. En todos los casos, lo anterior s贸lo es un intento de ignorar lo que el texto dice, porque si algo tiene de irremediable la obra cioranesca es que su desencanto, como dec铆a Fernando Savater, se contagia.

La lectura de este autor puede parecer negativa, pues la idea de que nacer es el verdadero error no suele caernos mucho en gracia. Adem谩s, como solemos poner toda nuestra 铆nfima porci贸n de ser para engrandecer lo que nos gusta y para luchar contra lo que no, cuando una postura nos parece subjetiva tendemos a tornarla objetiva, porque nos parece que, de cualquier manera, quien no ama la vida irremediablemente siente el vac铆o moral que s贸lo se colma con el deseo de hacer el mal. Pero, como Cioran part铆a de la f贸rmula de que nada tiene sentido, amablemente contestaba a todos aquellos que insist铆an en hacerle entender que pod铆a padecer el dominio de sus propias ideas: 鈥淸鈥 yo nunca he cre铆do de verdad en cosa alguna. Eso es muy importante. Nada hay que yo me haya tomado en serio. Lo 煤nico que me he tomado en serio ha sido mi conflicto con el mundo. Todo lo dem谩s no es nunca para m铆 sino un pretexto鈥 (Cioran, 1997: 137).

脡l mismo pensaba que con el paso del tiempo su existencia no aportar铆a nada a lo que est谩 ya siendo, a lo que ser谩 el hombre: 鈥淐onversaci贸n con un sub-hombre. Tres horas que hubieran podido convertirse en un suplicio si no me hubiera repetido sin cesar que no perd铆a el tiempo, que al menos ten铆a la oportunidad de contemplar un esp茅cimen de lo que ser谩 la humanidad dentro de algunas generaciones [鈥鈥 (Cioran, 1987: 77).

Emil M. Cioran, como pensador l煤cido, no puede soslayar la denuncia de la fragilidad de la vida; no pertenece a esa raza de pensadores que, a煤n cuando ve el desplome total de las empresas humanas, se aferra a una posible soluci贸n; 茅l considera que es preciso aprender a vivir con nuestra nada para, as铆, detener el nacimiento de monstruos hambrientos de establecer el absoluto aqu铆 abajo. En este sentido, apunta lo siguiente: 鈥淯na sola cosa importa: aprender a ser perdedor鈥. Su escritura, por tanto, no se complace en la fabricaci贸n de silogismos que por fuerza concluyan en la destrucci贸n; 茅sta se trata de la aniquilaci贸n hasta del mismo lenguaje, de las operaciones que han facilitado el razonamiento. 鈥淵o no he inventado nada, no he sido m谩s que el secretario de mis sensaciones.鈥 (Cioran, 1979: 72).

De cualquier manera la existencia no necesita ser conocida ni remediada. Lo 煤nico verdaderamente posible es encontrarle el sinsabor que desprende y el sinsentido que manifiesta. LC

Bibliograf铆a

Cioran, Emil Michel (1979), El aciago demiurgo, Madrid, Taurus.
_____ (1986), Silogismos de la amargura, Barcelona, Tusquets.
_____ (1991), Breviario de podredumbre, Madrid, Taurus.
_____ (1992), Historia y utop铆a, Barcelona, Tusquets.
_____ (1996), La tentaci贸n de existir, Barcelona, Tusquets.
_____ (1997), Conversaciones, Barcelona, Tusquets.
_____ (1998), Del inconveniente de haber nacido, Madrid, Taurus.

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