Cioran: el pesimismo vital

Fernando Rodríguez Genovés

Publicado en El Catoplebas – Revista Crítica del Presennte [+]

Hay pesimismos muy vitales, como el de Cioran, para quien, por ventura, todo va mal, si bien, afortunadamente, todavía puede ir peor

«Con frecuencia me he retirado a ese desván que es el Cielo, con frecuencia he cedido a la necesidad de asfixiarme en Dios.» E. M. Cioran, Silogismos de la amargura

No comprendo muy bien{1} por qué suele asociarse la figura y la obra de Cioran con una iconografía de pena, de nihilismo y de tormento existencial, algo parecido a un descenso a los infiernos. Tal vez la causa de esa interpretación proceda de una caprichosa y cómoda equiparación de dichas categorías mentales con categorías lógicas, equiparando pena con desasosiego, nihilismo con descreimiento y tormento con éxtasis. Es posible, también, que su alojamiento austero de chiribitil sea entendido como un alejamiento de los hombres y de la vida, como una renuncia de la felicidad que comportara un confinamiento penitencial.

En el famoso ático del número 21 de la Rue Odéon, en el corazón del Barrio Latino de París, probablemente quiso darle la espalda a la Existencia, a la Historia y a la Humanidad, tal era su manera de mostrar el cansancio y el hastío que le provocaba pensar y tener ideas, algo que le perseguía sin misericordia pero que necesitaba para sobrevivir, y la compulsiva proeza de escribir breviarios y máximas mínimas, aunque bien sabía que «toda palabra es una palabra de más».

Porque sabía y meditaba sobre todo ello, difícilmente podía Cioran congraciarse con el Mundo y con la Vida, que lo trataban sin compasión, como a todos los humanos, si bien él supo responderles con la misma moneda. Esta disposición no significa suplicio sino espíritu trágico, que los dioses reservan para aquellos seres excelentes que pueden finalmente soportar el peso del pensar, la inutilidad del pasar y la «crueldad de lo real», según expresión de Clément Rosset.

El caso de Cioran es que siempre precisó del retiro de los desvanes y áticos. Cuando llega a París en 1937 se instala en hoteles baratos del Barrio Latino, en el último de los cuales «ocupaba dos pequeñas habitaciones abuhardilladas»{2}, hasta que por fin se traslada a su célebre buhardilla junto al teatro del Odéon. Allí, con el alma encogida por la congoja genética y con el cuerpo comprimido por la estrechez del habitáculo, lee, escribe, recibe a los amigos, conocidos o desconocidos, oficia de maestro en su santuario, y desde aquellas alturas se siente definitivamente, como Nietzsche en Sils-Maria a 6.000 pies sobre el nivel del mar y mucho más alto aún sobre todas las cosas humanas, cerca del cielo, o lo que es lo mismo, «en las cimas de la desesperación».

En uno de sus sombríamente luminosos aforismos cargados de impío horizonte lanza Cioran la siguiente carga de profundidad: «Todo pensador, al comienzo de su carrera, opta, a pesar suyo, por la dialéctica o los sauces llorones.»{3} Me temo que demasiados escritores, y algunos filósofos, no han acabado todavía la carrera, por más que posean título académico en propiedad y enmarcado en la pared, ni han abandonado el discurso con esperanzas de Síntesis ni el lamento desganado, y al desplazar su existencia a rastras creen encontrarse cerca de la sublimidad de lo primoroso. Deberían acercarse al estilo de Cioran, ese ratoncillo burlón que desde su ático parisino componía una sinfonía trágica de la existencia humana, sin perder la elegancia o la compostura. Y lo que es más portentoso, con alegría, aunque al sentirse propia, y, por tanto, inmerecida, se altere en melancolía.

Cioran, en realidad, no transmite pesimismo, pues sería éste un objetivo muy colmado y pretencioso para su sentir: sus textos y sus gestos aprendemos a no tomarlos demasiado en serio (lo mismo deberíamos hacer con los nuestros). Así, en el libro Silogismos de la amargura descubrimos estas señales:

«Si apenas he obtenido ideas de tristeza, es porque la he amado demasiado para empobrecerla ejercitándome en ella.»{4}

¿Cómo vamos a creernos con gravedad un aserto que a pesar de su título no contiene el menor silogismo clásico, ni atisbo de lógica, ni amargura alguna? Sin embargo, ¡qué delicia oír su voz desde el desván y qué gozo compartir su elocuente insolencia hacia la vida y el mundo, mientras complacido contempla allá abajo cómo se van aniquilando sin remedio!

Probablemente todo esta fama del Cioran martirizado por la vivencia de la duración y por la desazón de la vastedad sin desahogo, provenga de su particular percepción del tiempo y del espacio, nutrida del vértigo de la infinitud y de la angostura del Universo, reunidos todos en su interpretación del vivir. Y con esto estoy queriendo decir que Cioran se creó, como tantos otros sabios, un personaje (podríamos trazar, por ejemplo, una línea de parentesco formal nada forzada con las andanzas y escritos de su antecesor en calamidades emocionales y discursos dolidos, J.-J. Rousseau, si a continuación cambiásemos el guión de su existencia).

No pretendo afirmar, con todo, que la personificación de Cioran sea una mascarada, una estafa o una farsa, sino que su vida y obra consistieron en una prodigiosa invención de sí mismo, en la construcción delirante de un yo huidizo, intempestivo y extemporáneo, para lo cual eligió el tono de lo trágico como mejor modo de alcanzar tamaña conquista.

Esta impresión me la confirmó la lectura del hermoso artículo que escribió Félix de Azúa a raíz de la muerte del escritor rumano. Ahí rememora una visita que le hizo veinte años atrás, cuando –acompañado por Fernando Savater, que ejercía de cicerone– fue presentado al «azote de optimistas»{5} como un español que estaba de paso en París. Sin más explicaciones, Cioran, que no necesitaba saber más acerca del visitante, se levantó y le puso en los brazos de un sorprendido Azúa una gruesa gabardina y unas botas con el fin de asegurar abrigo y calor al acababa de conocer, y a quien se le antojaba, sin remedio, un ser humano necesitado de amparo y asistencia, menesteroso o refugiado, sin tener la certeza de si su situación real los demandaba o no.

Azúa, según confiesa, no estaba precisamente necesitado de auxilio, si bien, y para no contrariar al solidario pesimista, aceptó agradecido el presente, de modo que cuando abandonó aquella buhardilla, símbolo de tanta austeridad y tanta generosidad, se llevó consigo una imagen sincera del anfitrión en la mente y una gabardina y unas botas en las manos:

«Para poder escribir, Cioran estaba obligado a acorazarse con la desdicha universal, sin cuya ayuda se habría visto obligado a reconocer que al fin y al cabo sólo estaba construyendo un drama universal, el suyo.»{6}

Salió contento Azúa de aquella estancia con aquel tesoro. Pero estoy seguro que más dichoso quedó Cioran por su gesto y por haber vivido la situación, producto más de sus anhelos que de las urgencias de los demás.

¿Quién sabe? ¿Cómo descubrir a la persona bajo o tras el personaje? Toda visión trágica de la vida contrae para el que la sobrelleva una especie de juego con ella, un juego al escondite o un juego a las adivinanzas, tal es la manera de preservarnos de su vigilancia. La desgracia de haber nacido, para estos espíritus escocidos, no deja otra solución sino la de recrearnos a partir de una interpretación, más escénica y gestual que metafísica del mundo. Así lo expresó el propio Cioran, para que no queden dudas al respecto:

«Cuantas más desgracias sufrimos, más fútiles nos volvemos: ellas cambian hasta nuestra manera de andar. Nos invitan a pavonearnos, ahogan en nosotros a la persona para despertar al personaje… Si no hubiera sido por la impertinencia de creerme el ser más desgraciado de la tierra, hace tiempo que me habría hundido.»{7}

Resulta chocante y patético escuchar a esos presuntos fieles discípulos que leyendo a Cioran elevan la mirada, hacia el ático, y buscan respuestas en sus palabras encendidas, cual zarza ardiente. Cometen, a mi juicio, dos grandes desaciertos. Primero: actuar como «fieles» y como «discípulos», nociones y actitudes que desagradan a todo escéptico o descreído. Segundo: reciben a Cioran y sus frases como reverenciales «oraciones», es decir, las toman demasiado en serio. El maestro de la perplejidad no podía creer firmemente ni sus propias aseveraciones, pues él mismo apuntó la sugerencia según la cual sólo el humor, la charlatanería o la locura nos ayudan a entender algo del Universo y sus misterios.

A pesar de todo, y como en muchos otros asuntos, hay demasiados devotos, pupilos que anhelan llegar más lejos que su mentor, que trituran los aforismos del maestro como quien ronronea salmos, cuando son casi «versos satánicos», y no retroceden ante la perspectiva de culminar la apropiación intelectual del autor componiendo tesis doctorales, académicas y muy dogmáticas, acerca del profeta de la irresolución.

Si desde su cielo, que es el desván, pudiera verse Cioran convertido en papa romano o en pope rumano, de seguro que le sobrevendría una nueva desesperación. Lo que no podría asegurar es si tal estado lo experimentaría en su eternidad con disgusto o con placer.

«¿Quién sabe? Lo que pensaba y en lo que creía se lo llevó a su cielo temido, pero en nuestra memoria permanecerán los ecos de sus pensamientos por siempre atesorados en el desván, «en una de las buhardillas de la tierra.»{8}

Notas

{1} El presente texto fue publicado en su primera versión en el libro del autor Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía, Síntesis, Madrid, 2001 (Capítulo 7. Cioran, el cielo sobre el desván). En esta edición electrónica del mismo, tan sólo hemos introducido algunas pequeñas correcciones ortográficas y de estilo.

{2} Liiceanu, G., E. M. Cioran. Los continentes del insomnio. Suplemento del número 54 de Debats, Edicions Alfons el Magnànim-IVEI, Valencia, 1995, pág. 63.

{3} Cioran, E. M., Silogismos de la amargura, Tusquets, Barcelona, 1990, pág. 29.

{4} Ibíd., pág. 31.

{5} Azúa, F. de, Salidas de tono, Anagrama, Barcelona, 1996, pág. 49.

{6} Ibid, pág. 52

{7} Cioran, E. M., Silogismos de la amargura, op. cit., pág. 77.

{8} Cioran, E. M., Breviario de podredumbre, Taurus, Madrid, 1992, pág. 95.

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