Cioran y la muerte

El pensamiento de este filósofo maldito está de rabiosa actualidad, porque va en contra de todo lo que pueda proporcionarnos una cierta seguridad
10.05.11 – 03:14 – JOSÉ CARLOS RIVERA FERNÁNDEZ | PROFESOR DE FILOSOFÍA
Se conmemora este año el centenario del nacimiento de Émile Michel M. Cioran, uno de los malditos de la filosofía. Cioran era un escritor de mérito reconocido y me imagino que tendrá cierta repercusión mediática a lo largo de todo lo que queda de 2011. Voy a analizar en las líneas que siguen -haciendo un ejercicio de fraterna cercanía con él, que se consideró siempre un común mortal- uno de los temas favoritos de su filosofía fragmentaria: la muerte.
A Cioran se le ha encasillado siempre en la categoría de filósofo nihilista, aunque él decía que eso era «una categoría escolar de clasificar su filosofía». El nihilismo (del latín ‘nihil’, nada, vacío) consiste en percibir que la vida no tiene sentido y en el sentimiento de absurdo y de vacío de la existencia que acaba en la negación del valor de la vida, pues somos seres que tenemos un recorrido común, hasta que al final morimos. Para Cioran, el nihilismo era un dogma. Todo es insustancial, lleno de ficciones, pero la ‘nada’ es un programa que se convierte en sistema; por eso no se consideraba un nihilista. Vivía rodeado de contradicciones, pero no sufría por ellas. No era sistemático, porque no mintió para encontrar soluciones y nunca buscó conciliar lo irreconciliable. No creía que todo fuera un sinsentido, sino que todo es innecesario. La vida es un camino hacia la muerte; vivir sin el sentimiento de la muerte significa vivir instintivamente, sin prestar atención a su eterna e inquietante presencia; pero la muerte es intrínseca a la vida misma. La existencia humana está llena de frustraciones, todo es baladí, con pocas esperanzas, pero también tiene un cierto encanto, irrefutable e irresistible; nos reímos de nuestras amarguras, pero al contradecirnos hace que la vida valga la pena de ser vivida.
Pero, ¿qué es la vida? Si le preguntamos a un filósofo, nos llenará de palabras; si le preguntamos a un biólogo, nos dirá que las características más generales de un ser vivo son el desequilibrio termodinámico, el metabolismo, la reproducción y la evolución por selección natural. Los organismos somos excepciones cósmicas, nadamos en contra de la corriente pero por una casualidad. En nosotros, los seres vivos, se mantiene la organización, el orden y la temperatura, y se reduce la entropía. Todo en nosotros es desequilibrio. Por eso somos improbables desde el punto de vista termodinámico, somos seres alejados del equilibrio. La muerte es el retorno al equilibrio, de ahí que también debemos hablar de ella porque es algo tan natural como la vida.
La existencia nos depara un estado de ánimo ingenuo y proclive a la reflexión. Nos distraemos de nuestra futura extinción en la ‘nada’, poniéndola entre paréntesis, aunque sepamos que nada la borrará del todo. Al final de cada amor, de cada amanecer, de cada noche, de cada ebriedad, de cada escrito, la caducidad aparece porque es nuestra esencia. Escribía Cioran: «Cuando se piensa en la muerte, no se puede tener una profesión. Sólo se puede vivir como he vivido yo, al margen de todo, como un parásito. La sensación que siempre he tenido ha sido la de inutilidad. Filosóficamente, es de lo más normal que todo nos parezca inútil. ¿Por qué habríamos de hacer algo? ¿Por qué? Creo que toda acción es fundamentalmente inútil y que el hombre ha frustrado su destino, que era el de no hacer nada».
Los existencialistas, como Albert Camus, creían que el único problema filosófico verdaderamente importante era saber si la vida merece o no ser vivida. Mientras que unos mueren porque juzgan que la vida no es digna de ser vivida, otros mueren defendiendo ciertas ideas, las cuales constituyen su razón para vivir. «Una razón para vivir es al mismo tiempo una razón para morir». Por lo tanto, ¿tiene sentido la vida? Somos sin que hallemos razón a nuestra existencia y, por tanto, somos existencia sin esencia. La existencia del ser humano está limitada por la muerte, es «ser para la muerte». Decía Heidegger que la muerte era «la imposibilidad de toda posibilidad». Estamos inmersos en un tiempo finito, limitado, pero sólo puede haber identidad de aquello que tiene límites; el nacimiento y la muerte son nuestros límites.
Así, para Platón, «filosofar es aprender a morir»; morir no es sólo dejar de ser, es también saber que se va a dejar de ser. La filosofía debe prepararnos para este hecho. Epicuro nos decía que una de las funciones de la filosofía era eliminar el temor a la muerte. Según él, la muerte es un problema aparente: mientras nosotros somos, ella no está, y cuando ella está, nosotros ya no somos. Pero conocer este argumento no nos ha servido de mucho, porque, en realidad, cualquier consideración subjetiva sobre la muerte contiene en sí misma un problema lógico. Yo no soy. ¿El «yo soy» no excluye el ‘no’? No, si al afirmarlo yo salgo de mí mismo y considero mi no-ser o no-ser-aquí como un factor objetivo. O, dicho de otra forma, desde el punto de vista del que sobrevive. Es verdad que el «yo soy» no admite el ‘no’ si permanezco en mí mismo y comprendo mi yo en los únicos términos que tiene sentido para mí: como un yo que está, que es. El acontecimiento de mi morir es comprensible sólo para los que sobreviven.
Tras estas reflexiones creo que el pensamiento de Cioran está de rabiosa actualidad, porque va en contra de todo lo que pueda proporcionarnos una cierta seguridad. En esta nueva realidad en la que estamos inmersos, después de esta crisis mundial, se acaba una civilización que izaba todas las banderas del progreso: el sentido de la historia, los derechos humanos, la justicia distributiva, la moral del trabajo, la economía productiva al servicio de la sociedad, el sentido ético de la política, los derechos de los trabajadores, el Estado como armonizador de los intereses particulares con el interés común. Mitos en los que ya nadie puede seguir jugando a creer. El trabajo nos arrebata tiempo para vivir plenamente, porque, en vez de trabajar cada vez menos, el turbocapitalismo quiere que trabajemos y produzcamos más por unos salarios cada vez más indignos. El tan cacareado ‘progreso’ ha resultado ser una imbecilidad maquinal para muchos millones de personas y miseria bestial para dos tercios de los habitantes de este planeta, que ni siquiera tienen la posibilidad de aspirar a una existencia digna. Por eso tenemos que ser lúcidos, como lo fue Cioran, es decir, perspicaces, para destruir lo que se consideraron «verdades eternas» y que no son más que mitos a los que nos hemos aferrado los seres humanos.
Este mundo civilizado se está pudriendo, es un mundo con valores religiosos, morales, sociales y políticos caducos que lo van llevando hacia su inminente muerte. ¿No será entonces que el único objetivo de la vida es, sin más, percibir lo que acaece, porque todas las cosas que tienen un principio tendrán un fin?
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