La odisea del rencor

El Espectador24/03/2011

EL PRÓXIMO 8 DE ABRIL se cumplen 100 años del nacimiento de Emil Michel Ciorán. Escritor sensato, claro y escéptico fallecido en 1995, su obra se ha convertido en una referencia de culto.

Fernando Araújo Vélez (*)

Quienes lo conocieron, aquellos que le escribieron suplicantes cartas a su departamento en la calle Odeón, en pleno centro de París, para que los recibiera, dijeron luego que el mayor de los secretos guardados por Emil Michel Ciorán era su extrema amabilidad. Era cálido, sostuvieron. Sonreía, y así, sonriente, decía cosas como “Todo pensamiento nos debe llevar a la ruina de una sonrisa”, o “Mi misión es matar el tiempo, la suya, matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos”. Cuando Ernesto Sábato habló con él, a finales de 1989, escribió que “contrariamente a lo que muchos presuponen y a lo que yo mismo pensaba, me sorprendió aquel hombre amable, menudo y apesadumbrado, predicador de un nihilismo que no coincidía con él. Más bien era un gran pesimista, por momentos subyugado por un otro, escéptico y descreído. Pero siempre con una sonrisa. En ningún momento un huraño indiferente, por el contrario, uno de esos hombres solidarios con la ‘desventurada muchedumbre’, como dijera Mallarmé, en búsqueda de alguien que exprese su desazón y su tormento. Quizá podamos referir a él la frase de Strimberg: ‘No detesto a los hombres, tengo miedo de ellos’ ”.

Dijo que conversaron por más de cuatro horas, que en aquella charla descubrió “la coherencia de un hombre auténtico”, y que compartieron pensamientos de notable similitud. Si Sábato creía que “vivir es irse desilusionando”, Ciorán lo confirmaba con “Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad del Absoluto, que sobrevivirá a la destrucción de los templos, así como también a la desaparición de la religión sobre la Tierra”. Pasados varios años de aquel encuentro, Sábato plasmó en Antes del fin que tenía la convicción de que el dolor metafísico de Ciorán “se habría aliviado si hubiese podido escribir ficciones, por su carácter catártico, y porque los graves problemas de la condición humana no son aptos para la coherencia, sino únicamente accesibles a esa expresión mitopoética, contradictoria y paradojal, como nuestra existencia”.

Otros, como el poeta Gonzalo Márquez, revelaron que Ciorán guardaba sus libros con el canto hacia afuera para no dejarse influir por tipos de letra o colores a la hora de elegir sus lecturas. Su amargura, sentenciaban ellos y él, Márquez, era tan sensata, tan inteligente, que lejos de ser una puerta abierta hacia el suicidio, una invitación al suicidio, era una razón de vida. Ya que nada tenía sentido, la vida se desparramaba con sus cientos de miles de posibilidades. Ciorán sólo pedía, como el poeta León Felipe, que le hicieran un lugar para descansar con su amargura, “Hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar”.

“Desconfío de todo aquel que quiere mandar sobre otros. Esa arraigada tendencia, común a tanta gente… ¿es una superioridad, un defecto? Yo creo no poseerla. Siento la idea misma de dar una orden como algo ajeno. Y recibirla, más todavía. Ni maestro, ni esclavo. Eternamente, nada”. Ciorán nunca fue ni un maestro ni un esclavo. Tampoco un nihilista del todo ni un diletante. “Mi fuerza es no haberle encontrado respuesta a nada”. Quiso ser ciclista, e incluso corrió un Tour de Francia con la excusa de terminar una tesis. El sudor y la entrega, la fatiga, eran una especie de bálsamo para su hiel.

Pregonaba el vacío, pero amaba la existencia. Condenaba el amor, “Si en la jerarquía de las mentiras la vida ocupa el primer puesto, el amor le sucede inmediatamente, mentira en la mentira”; rescataba a la mujer, “Si las prefiero a los hombres es porque ellas tienen la ventaja de ser más desequilibradas, es decir, más complicadas y cínicas, por no hablar de esa misteriosa superioridad que confiere una esclavitud milenaria”; exaltaba la miseria, “Todas nuestras humillaciones provienen de que no podemos resolvernos a morir de hambre. Pagamos cara esa cobardía. ¡Vivir en función de los hombres, sin vocación de mendigos! ¡Rebajarse ante esos macacos encorbatados, suertudos, infatuados! ¡Estar a merced de esas criaturas, indignas hasta de desprecio!”.

Ciorán nació 100 años atrás, el 8 de abril de 1911, en Rasineri, actual Rumania, y en aquel entonces, parte del imperio austro-húngaro. Era hijo de un recalcitrante sacerdote ortodoxo, como Nietzsche. Como él, el exceso de Bien y Mal, de Blanco o Negro, lo marcaron a sangre. “Un ser poseído por una creencia y que no buscase comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la sal

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