Las mujeres de Cioran

Por Jaime Panqueva – Noviembre 2011

http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/las-mujeres-de-cioran?page=0,1

Simone mantiene la economía familiar con su trabajo de profesora y se encarga de los más mínimos detalles del hogar. A comienzos de los setenta se mudan a un par de chambres de bonne en el sexto piso del número 21 de la Rue l’Odéon, a unas calles de los jardines de Luxemburgo, lugar favorito de sus caminatas. La vivienda carecía de elevador y estaba conformada por un baño compartido con otros departamentos, un estudio, al que solo podía entrar Cioran, una exigua cocina y dos habitaciones que hacían las veces de comedor, sala y dormitorio.

El renombre del escritor solitario, apátrida y pesimista, del filósofo aullador, como se autodenominaba, se extiende por el mundo. Fernando Savater se encarga de traducirlo e introducir sus textos en nuestro idioma.

Iremos ahora al año de 1981. Cuando Cioran se encontraba en el umbral de los setenta años, una joven profesora de filosofía de Colonia, Friedgard Thoma, le envía una carta para expresar su admiración, compara algunos de sus escritos con los de Büchner y Walser, encuentra su trabajo “edificante y regenerador”. Contra todo pronóstico, Friedgard recibe una carta manuscrita del filósofo escrita en un alemán bastante correcto que finaliza con una invitación a un encuentro personal en París. A vuelta de correo, Cioran recibirá un libro de regalo, una carta en la que Friedgard hace gala de su inteligencia y cultura, y una foto (gran sutileza femenina). Misma que, posteriormente sabremos, será el detonante de su obsesión.

El intercambio epistolar se hará frecuente y logrará su punto álgido tras la visita a París de Friedgard. Ella se aloja en un hotel cercano al departamento de Cioran y le acompaña en sus devenires por la ciudad. El filósofo viejo y escéptico aúlla, esta vez por un amor voluptuoso e imposible; sus cartas a partir de entonces nos muestran al Cioran humano, demasiado humano, quizás.

Con usted me gustaría hablar en la cama sobre Lenz. Lástima que no viva sola cerca de aquí. La alegría de haberla conocido se presenta como una prueba y también como un golpe. Me gustaría terminar con un aforismo irónico, pero no puedo.

La sensualidad en la senectud se proyecta en Cioran como un desgarrador canto de cisne. La imagen que había construido de sí mismo en sus escritos se resquebraja. “Se puede dudar absolutamente de todo, afirmarse como nihilista, ysin embargo enamorarse como el mayor idiota”, desliza en una entrevista, quizás una forma de desahogo, pues el asunto se mantuvo mucho tiempo en secreto.

El amor incandescente de Cioran se atempera a lo largo de los meses gracias a la magistral intervención de Friedgard y Simone. La amistad se conserva intacta durante más de una década. La alemana, enferma de cáncer, sigue recibiendo durante su tratamiento amables misivas del filósofo casi octogenario, que nunca la anima a suicidarse. Ella logra restablecerse, pero otra temible enfermedad empieza a devorar la memoria del viejo. En el otoño de 1992 durante una visita Friedgard lo acompaña al cementerio de Montparnasse, él desea visitar la tumba que Simone ha comprado para cuando llegue el momento. Cuando cree encontrarla se extraña de que aún no tenga su nombre. Es el último encuentro en la cordura. Menos de un año después será hospitalizado tras caer en su hogar, para ser luego internado por demencia.

Simone, tras la larga agonía de Cioran que finaliza en 1995, encontrará los cuadernos con sus escritos de los años cincuenta a setenta y hará la última transcripción para Gallimard. Una vez completado el trabajo, dos años después, la fiel compañera morirá ahogada en el mar cerca de su ciudad natal. Aunque hubo especulaciones sobre un suicidio, Friedgard asegura que fue algún tipo de accidente, pues habían planeado encontrarse nuevamente en París.

En 2001, Friedgard publica los textos de las cartas en un libro, Un amor de Cioran. Por nada en el mundo, editado por Weidle Verlag. En él da cuenta, con la objetividad y minuciosidad propia de los alemanes, de sus encuentros con Cioran y luego con Simone Boué, de quien se volvió amiga muy pronto. Asimismo es una fuente generosa de descripciones sobre las manías y los gustos del viejo aullador.

Según la entrevista que hice a la otrora joven profesora, el libro molestó a una antigua adepta de Cioran, Verena von der Heyden-Rynsch. Comenta Friedgard:

Cioran tenía miedo de la influencia de Verena en la gran casaeditora Gallimard. No osaba rechazar las traducciones que ella hacía al alemán, a pesar de ser malas, porque consideraba que Verena era muy rica e influyente.

Se inicia un juicio por derechos de autor en Múnich, hogar de Verena. Fácilmente podrán adivinar quién compareció como único testigo. En la primera instancia venció la filósofa, pero en la apelación, con la ayuda de Yannick Guillou, editor de Gallimard, quien ostentaba los derechos morales de la obra de Cioran, Verena logra que las cosas se compliquen. Una de las exigencias de los demandantes consiste en retirar ocho cartas del texto que contenían pasajes relativamente inocuos, confesiones sobre una inclinación a la bebida que nunca se cristalizó, su abandono del escepticismo, diversas expresiones dedeseos poco convencionales, algunos sexuales, otros no. No se llega a ningún acuerdo. El veredicto final retira de inmediato el libro del mercado.

Anúncios

Sugestões? Críticas? Contribuições? Deixe aqui o seu comentário:

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair / Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair / Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair / Alterar )

Foto do Google+

Você está comentando utilizando sua conta Google+. Sair / Alterar )

Conectando a %s