Un indignado escéptico

Por Eduardo Goligorsky

Revista Libertad Digital – 8 de Noviembre de 2011

Cuando el totalitarismo antisistema y los residuos demagógicos del actual gobierno se movilizan para fagocitar al conglomerado amorfo de los indignados, sería útil rescatar el pensamiento de un indignado auténtico, provocador, iconoclasta y mordaz hasta decir basta, que se definió como escéptico y de cuyo nacimiento se han cumplido cien años.

Emil M. Cioran (1911-1995) nació en Rumania, donde su experiencia bajo los regímenes nazi y comunista lo vacunó contra todo tipo de abuso autoritario y de superchería dogmática, y donde publicó en 1934 su primer libro: En las cimas de la desesperación (Tusquets, 1991). El título lo dice todo, y sólo citaré unos pocos más, escritos en francés cuando ya se había radicado en su país de adopción, para demostrar que aquel indignado auténtico no practicaba el proselitismo mediático de Stéphane Hessel y sus imitadores: Del inconveniente de haber nacido (Taurus, 1981), El aciago demiurgo (Taurus, 1989), Silogismos de la amargura (Tusquets, 1990), Breviario de podredumbre (Taurus, 1992), etcétera. Tusquets también publicó un esclarecedor volumen de Conversaciones (1996) de Cioran con varios entrevistadores, uno de los cuales era Fernando Savater.

El vacío del azar

Savater fue precisamente el exégeta del pensamiento de Cioran en España: prologó y tradujo el citado Breviario y escribió un Ensayo sobre Cioran (Colección Austral, 1992) donde trazaba un retrato magistral de su personaje:

Sería inútil tratar de convertir a Cioran en una bandera revolucionaria o buscar en él complacencias positivas con cualquier movimiento libertario; aun más estúpido sería pretender dar cuenta de su pensamiento político clasificándolo de “de derechas”. Entre el vértigo de la tiranía y la resignación de la tolerancia, Cioran construye el difícil discurso del conformista desesperado que renuncia a juzgar la historia desde el esquema omniexplicativo de alguna teoría salvadora; desvanecidas todas las razones ideológicas que sustentan las empresas políticas, sólo queda en el vacío del azar el ambiguo espectro de una revolución sin fe, imposible y necesaria juntamente. Pero, como ya hemos advertido antes, el orden del mundo no encuentra en Cioran ningún argumento positivo, ningún resquicio apologético. Su lección es enconadamente negativa: a fin de cuentas se trata de terrorismo en estado químicamente puro. Como en el caso de Nietzsche, estamos ante un dinamitero del espíritu.

Cualquier tentativa de encuadrar a Cioran en un marco ideológico al uso será coronada por la frustración. Ya hemos visto que Savater considera estúpido clasificar su pensamiento político como “de derechas”. En el prólogo de Breviario de podredumbre, el mismo Savater comenta que en algún momento lo llamó “nihilista” y él le respondió: “No estoy muy seguro de ser nihilista. Soy más bien un escéptico al que tienta, de cuando en cuando, otra cosa que la duda”. Escéptico, ésta es la palabra clave. Sin embargo, cuando en el volumen de Conversaciones François Bondy le pregunta si lo tildan con frecuencia de reaccionario, Cioran contesta:

Lo niego. Voy mucho más lejos. Henri Thomas me dijo un día: “Usted está contra todo lo que ha ocurrido desde 1920”, y yo le respondí: “¡No, desde Adán!”.

La risotada del espíritu

El escepticismo le brota a Cioran por todos los poros y abarca tanto lo humano como lo divino. Un botón de muestra, tomado del Breviario:

La historia es la ironía en marcha, la risotada del espíritu a través de los hombres y los acontecimientos. Hoy triunfa tal creencia, mañana, vencida, será maldita y reemplazada: los que la creyeron la seguirán en su derrota. Después, viene otra generación: la antigua creencia entra de nuevo en vigor; sus demolidos monumentos son reedificados de nuevo… en espera de que perezcan otra vez (…) Contemplad las polémicas de cada siglo: no parecen motivadas ni necesarias. Sin embargo, fueron la vida de ese siglo. Calvinismo, quietismo, Port-Royal, la Enciclopedia, Revolución, positivismo, etcétera, ¡qué sarta de absurdos… que debieron ser, qué derroche inútil, y sin embargo fatal! Desde los concilios ecuménicos hasta las controversias políticas contemporáneas, las ortodoxias y las herejías han asaltado la curiosidad del hombre con su irresistible sinsentido. Bajo disfraces diversos, siempre habrá anti y pro, sea a propósito del Cielo o del Burdel.

(…)

No es más razonable conceder más interés a las discusiones sobre la democracia y sus formas, que a las que tuvieron lugar, en la edad media, sobre el nominalismo y el realismo: cada época se intoxica con un absoluto, menor y fastidioso, pero de apariencia única; no puede evitarse el ser contemporáneo de una fe, de un sistema, de una ideología; el ser, en resumen, de su tiempo. Para emanciparse, haría falta tener la frialdad de un dios del desprecio.

Una de las virtudes de Cioran consiste en que su discurso está tan impregnado de mordacidad y es tan contradictorio que nadie podría convertirlo en una fórmula orientadora. En su conversación con Fritz J. Raddatz afirma, precisamente: “Estoy lleno de contradicciones. Estoy incapacitado para la sabiduría y, sin embargo, tengo un gran deseo de sabiduría”. Y en la misma entrevista añade, refiriéndose a la naturaleza del hombre: “No es que sea mala: es que está maldita. El hombre es malo, ya lo creo, pero eso es casi un detalle. El hombre no puede escapar a su destino”. Con un fugaz atisbo de esperanza: “De vez en cuando se puede modificar un poco el curso de la historia, pero profunda, esencialmente, no se puede cambiar nada”.

Estallidos de indignación

El escepticismo de Cioran, tanto respecto de la naturaleza humana como respecto del sentido de la historia, no es, empero, incompatible con sus estallidos de indignación contra los fenómenos aberrantes que jalonan dicha historia, los cuales, para más inri, son a menudo el producto de la pasión reformadora que hoy moviliza a minorías militantes, pasión en la que él vislumbra el origen de todos los males. Escribe en el Breviario:

No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revele el fondo bestial del entusiasmo. Cuando el hombre pierde su facultad de indiferencia, se convierte en asesino virtual; cuando transforma su idea en dios, las consecuencias son incalculables. No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la Inquisición o la reforma. Las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias: Santa Teresa no podía menos que ser contemporánea de los autos de fe y Lutero de la matanza de los campesinos. (…) El diablo palidece cuando se lo compara con quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con los Nerones o los Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético, no fueron sino soñadores degenerados que se divertían con las matanzas. Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia en el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático.

(…)

Las certidumbres abundan en la historia. Suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstruiréis el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, la inserción en un dogma? De ello resulta el fanatismo –tara capital que inculca al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror–, lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta. Sólo escapan los escépticos (o los abúlicos y los estetas), porque no proponen nada, porque –verdaderos bienhechores de la humanidad– destruyen los prejuicios y analizan el delirio.

(…)

En un espíritu ardiente encontramos la bestia de presa disfrazada; no sabríamos defendernos lo suficiente de las garras de un profeta. En cuanto eleve la voz, sea en nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, alejaos de él: sátiro de vuestra soledad, no os perdona vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y desfiguraros.

(…)

Me basta escuchar a alguien que habla sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, escucharle decir “nosotros” con tono de seguridad, invocar a los “otros” y sentirse su intérprete, para que lo considere un enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y los verdugos de gran categoría.

(…)

El fanático, él sí, es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella. En los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No existen seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no les han cortado la cabeza.

Inyección de racionalidad

La indignación escéptica de Cioran lo lleva a embestir contra todo lo que los indignados políticamente correctos de las ágoras actuales entronizan en sus altares. Provocador, mordaz, iconoclasta, opta en su Breviario por la corrupción y la decadencia como males menores:

Los desastres de las épocas corrompidas tienen menos gravedad que los azotes causados por las épocas ardientes (…) El hombre que reina y no cree en nada, he aquí el modelo de un paraíso de la decadencia, de una soberana solución de la historia. Los oportunistas han salvado a los pueblos, los héroes los han arruinado (…) El esteta tiene horror a la sangre, a lo sublime y a los héroes. Ya sólo aprecia a los bromistas.

Conocí la obra de E. M. Cioran gracias a la influencia intelectual que ejerció sobre mí, en Buenos Aires, a partir de los años 1960, el periodista y escritor Julio Aníbal Portas, un autodidacta cuya sabiduría estaba a la par de su modestia, razón por la cual sólo dio a conocer una parte ínfima de su obra escrita. Yo era entonces un indignado que había combatido, desde la adolescencia, contra los más diversos molinos de viento, con periódicos cambios de 180 grados en la elección de enemigos. Lo único que no se modificó fue mi aversión al peronismo. Pero abominé alternadamente de “la oligarquía y el imperialismo”, en el leguaje de los años 1940 a 1970; de los excesos de la Revolución Libertadora que afortunadamente había derrocado a Perón; de la traición cometida contra la izquierda por el presidente Arturo Frondizi (el estadista más valioso con que contó Argentina en los últimos tiempos) y de la debilidad del presidente Arturo Illia (realmente débil pero de impecable rectitud).

Esta empanada mental duró hasta que Portas, a quien habría de llamar, contra su voluntad, mi maestro, me machacó con sus sarcasmos y me enseñó a pensar por mí mismo, lo que no implica que yo llegara a las mismas conclusiones a las que llegaba él. Lo que sí hizo fue blindarme contra todos los totalitarismos, los dogmatismos políticos y religiosos, los nacionalismos identitarios (¡ay, los nacionalismos identitarios!) y las certidumbres que me habían ofuscado hasta que lo conocí. Y me acercó a los textos de E. M. Cioran y de Henry Louis Mencken, de quien me ocuparé en otra oportunidad. Fue una inyección de racionalidad y escepticismo que no me curó de mi indignación (Portas también estaba indignado), aunque la orientó por derroteros opuestos a los que hoy ponen de moda los totalitarios antisistema, los fóbicos y los frívolos.

Basta comparar, por ejemplo, la indignación auténtica, cósmica, de Cioran, con el maniqueísmo burdo que destila el artículo “La Internacional de la indignación”, que Albert Chillón, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, y Lluís Duch, antropólogo y monje de Montserrat, publicaron en La Vanguardia (4/11), para reivindicar el aire de familia que une a los flamantes insumisos con “el más influyente panfleto de la era moderna: el célebre Manifiesto que la Liga de los Comunistas encargó a Marx y Engels”. Ese aire de familia es, precisamente, el que obliga a evocar los cien millones de muertos que dejó aquella otra Internacional y a desenmascarar a la nueva Internacional que bosquejan el profesor y el monje

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