Cioran, el no-filósofo

por Rodrigo Menezes
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Las personas tristes tendrían que dedicarse a las matemáticas, no a la poesía [...] 
Cuando la vida te da asco no recurras a Baudelaire, sino a un ensayo de Leibniz, 
por ejemplo, sobre la sustancia, o la crítica del princípio de causalidad de Hume, o
si quieres algo más interesante, los argumentos de Zenón en contra del movimiento.
Todo esto lo digo por experiencia propia (Misiva de Cioran a Bucur Tincu, 2 de noviembre
de 1930).

Pensar, como Cioran, que “no podemos escoger más que entre verdades irrespirables y supercherías saludables”, y que “sólo las verdades que nos impiden vivir merecen el nombre de verdades” (Desgarradura), quizas puede sonar romántico, trágico, elegantemente melancólico (Aristóteles decía que la melancolía es uno de los razgos de los almas superiores) o lo que sea, pero esto es todo menos una perspectiva, digamos, filosófica. Juzgando a partir de cierta matriz antigua dificilmente reprochable. Que el mundo y la existencia no sean “filosóficos”, es decir, racionales, antropomórficos, cierto es (pese a dicha matriz filosófica irreprochable); hacemos filosofía contra el mundo, contra la existéncia, contra nosotros mismos; filosofar es agredir, violar lo que es y lo que no es; es explotar el Irracional primitivo y oscuro que permea todas las cosas, a empezar por nuestro ser profundo.

Quienes pensan que el joven Cioran se apartó de la “gran filosofía” (a favor de una “filosofía lírica”, de la poesía, la literatura, los “casos clínicos” patológicos, etc.) porque la “gran filosofía” (en su juventud, Heidegger) lo deprimía, se equivoca. De hecho, basta con ler sus misivas de juventud a Bucur Tincu, magnificamente analisadas por Ion Vartic en Cioran ingénuo y sentimental (“Cioran, naiv si sentimental”, en romeno), para concluir que las posiciones del rebelde transilvano respecto a la dicotomía Filosofía (mala) X Poesía (buena) son demasiado ambivalentes y contradictorias para que sean interpretadas literalmente. Escribe Vartic:

Es una oportunidad extraordinaria que se hayan conservado las cartas a Bucur Tincu,
que representan una especie de certificado de autenticidad del pensamiento cioraniano:
al leerlas adviertes desde el primer momento que el sentimiento de desesperación no es
el reflejo de una moda o una pose filosófica, sino la expresión inalterada, casi indecente,
de sus propias experiencias y experimentos existenciales. Como decíamos, las misivas
son como fragmentos de un diario de bambalinas, con una escritura tajante, distanciada
de la lírica confesional de "En las cimas de la desesperación". Por eso mismo, en la epístola
de 2 de noviembre de 1930, vemos cómo Cioran intenta oponerse, metódicamente, a sus
vivencias aniquiladoras, evitando de este modo el contato con 'cualquier filosofía sentimental'
(o lo que es lo mismo, en el sentido corriente del término, confesional, subjetiva), pretende
curarse de su melancolía con lecturas filosóficas frías y áridas, sorteando los libros que lo
"anarquizan" y ocupandose, por tanto, de 'problemas abstractos e impersonales' o de
aspectos de la 'filosofía pura: tiempo, causalidad, número, etc.'. La lucha con la tristeza -
sentimiento crepuscular que impulsa la creatividad lírica - nos revela en Cioran una actitud
programática antiartística. No obstante, se ve a la legua desde el comienzo que no es escritor,
sino filósofo. Su método basado en la disciplina y la terapia del alma es exactamente igual
que el que Ernesto Sábato le atribuye a Platón (que como compensación pudo haber
inventado el mundo puro, perfecto y frío de las Ideas, precisamente porque él tenía un
carácter desordenado y ardiente" o el que el mismo autor de Sobre héróes y tumbas se
aplicó a sí mismo mediante el uso de la matemática y de la física. Por eso algún pasaje de
esta epístola insólita de 2 de noviembre de 1930 parece escrito por Sábato: "...¿cómo
quieres anular tristeza con tristeza, cómo quieres luchar contra ella con poesía?
Aunque sea paradójico, tengo que decirte que en mi opinión las personas tristes
tendrían que dedicarse a las matemáticas, no a la poesía'. Ya que: 'Cuando la vida 
te da asco no recurras a Baudelaire, sino a un ensayo de Leibniz, por ejemplo,
sobre la sustancia, o la crítica del princípio de causaliad de Hume, o si quieres algo
más interesante, los argumentos de Zenón en contra del movimiento. Todo esto lo
digo por experiencia propia'". (VARTIC, Cioran, ingénuo y sentimental)

La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza. Y hay quienes creen aún en la profundidad de la filosofía.” (Silogismos de la amargura) – de que tipo de profundidad habla Cioran?

Cioran no se engaña; él que escribió, en el Breviario, que “la filosofía -inquietud impersonal, refugio junto a ideas anémicas- es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida”, y que “poco más o menos todos los filósofos han acabado bien: es el argumento supremo contra la filosofía“, sabe la diferencia que hay entre Job y Platón, entre Jersualém y Atenas, y las implicaciones globales de orientarse (en pensamiento y en vida) hacia el uno o el otro. El viejo Cioran, afrancesado:

Los grandes sistemas no son en el fondo más que brillantes tautologías. ¿Qué ventaja hay en saber que la naturaleza del ser consiste en la «voluntad de vivir», en la «idea», o en la fantasía de Dios o de la Química? Simple proliferación de palabras, sutiles desplazamientos de sentidos. Lo que es repele el abrazo verbal y la experiencia íntima no nos revela nada fuera del instante privilegiado e inexpresable. Por otro lado, el ser mismo no es más que una pretensión de la Nada.” (“Adiós a la filosofía”, in: Breviario de decomposición)

Si quiere uno huir a la angustia, a la tristeza, al desespero de ser uno mismo, nada mejor que buscar a la filosofía: los problemas abstractos y conceptuales, impersonales en suma; la gran filosofía, empezando por la dialéctica platónica – no hay remedio más eficaz (la teoria platónica es una verdadera panacea). Sin duda, Cioran lo supo desde jóven, aunque haya escogido sucumbir a sus abismos y a sus callejónes sin salida, para así crear a su obra enfermiza (ningún estado más “poético” que la tristeza; según él, la patología- al borde de la demencia -es sinónimo de fecundidad espiritual). Quizas estuviera determinado, historica y culturalmente (rumano incorregible) a despreciar a la verdadera Filosofía (“abstracta”, “impersonal”) por el hecho de ser un producto de importación del Occidente decadente. O quizas sabía que a él, la Filosofía nada podría hacer, que, en su caso, valía más entregarse a los vertigos funebres y chistosos de su alma incurablemente transilvana.

No basta con ser “inteligente” como para tener vocación de filósofo, ya lo sabemos desde el Teeteto; hay que tener muchas otras virtudes no exactamente intelectuales (las cuales parecen inexistentes en Cioran). Escribe Patrice Bollon, su biógrafo:

Reforzando el escepticismo que se manifestaba ya en su 'yo rumano', pero constantemente
refrenado, sufocado, por sus opciones vitalistas, el francés va por lo tanto permitir a Cioran
acercarse a sí mismo, dar a luz a su verdadero ser o, por lo menos, una de las virtualidades
más proximas de su naturaleza auténtica. Es por lo tanto menos una mutación brutal lo que
producirá en él en 1947 el cámbio de idioma, que una secuencia de deslizes progresivos,
un reequilibrio de su personalidad - pero un reequilibrio tal que, sin embargo, él volverá un
otro, al punto de ironizar, posteriormente, su 'prehistoria rumana' y, al mismo tiempo, lo que
era verdaderamente desde los comienzos, es decir, él mismo verdaderamente, aunque las
circunstancias de su nacimiento y el espíritu de su tiempo hubieran trabado a su desarollo.
Además, es posible seguir este proceso dialéctico complexo de (re)nacimiento, comparando
ciertos pasajes de los libros rumanos y franceses de Cioran. Es así, por ejemplo, que, en
Lagrimas y Santos, de 1937, encontramos esta secuencia de apuntamientos rotos: "Job, 
lamentaciones cósmicas y sauces llorones... Llagas abiertas de la naturaleza y del
 alma... Y el corazón humano - llaga abierta de Dios." Quince años más tarde, en 1952,
la idea reaparece en los Silogismos de la amargura, pero abordada por una perspectiva
completamente distinta, como se tratarase ahora para Cioran de sacar la moral de una
reacción instinctiva de la cual él se hubiera apartado, privilegiando el primer término de
la oposición: "Todo pensador, al comienzo de su carrera, opta, a pesar suyo, por la
dialéctica o los sauces llorones." (BOLLON, Cioran l'héretique)
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