“Sólo se suicidan los optimistas” (entrevista)

Por Amparo Osorio y Gonzalo Márquez Cristo

Cinco años después del fallecimiento en París (20 de junio de 1995), del más notable pensador de los últimos tiempos, y recordando nuestra visita a su apartamento de la rue de l’Odeón, donde  asistimos perplejos a la intensa luminosidad de su presencia, a su incesante lúdica y a su explícita ternura, nos parece imprescindible en este quinto aniversario reproducir como preludio su magistral epitafio:

“Tuvo el orgullo de no mandar jamás, de no disponer de nada ni de nadie. Sin subalternos, sin amos, no dio ni recibió órdenes. Excluido del imperio de las leyes, y como si fuera anterior al bien y al mal, no hizo padecer nunca a nadie. En su memoria se borraron los nombres de las cosas, miraba sin percibir, escuchaba sin oír: los perfumes y aromas se desvanecían al aproximarse a los orificios de su nariz y de su paladar. Sus sentidos y sus deseos fueron sus únicos esclavos: de tal modo que apenas sintieron, apenas desearon. Olvidó dicha y desdicha, sed y temores; y si en alguna ocasión volvía a acordarse de ellos, desdeñaba nombrarlos y rebajarse así a la esperanza o la nostalgia. El gesto más ínfimo le costaba más esfuerzos que los que cuestan a otros fundar o derribar un imperio. Pues nació cansado de nacer, se quiso sombra: ¿cuándo vivió entonces?, ¿y por culpa de qué nacimiento? Y si llevó su sudario en vida, ¿merced a qué milagro logró morir?”.

Evocar a Cioran es volver a sus recurrentes abrazos, a su aguda mirada de halcón, a la forma en que se peinaba con los dedos, y también a nuestra correspondencia. Es, inevitablemente, volver a un rostro que durante la inolvidable entrevista sólo abandonó la risa cuando posaba circunspecto para las fotografías, con el propósito quizás de mantener su imagen de pensador de la desgarradura y de la destrucción. Es asistir al vértigo de su pensamiento, a su terrorismo espiritual, y de nuevo sentir sus manos encerrando las nuestras, mientras festejaba la sonoridad de las palabras españolas e indagaba por América Latina, afirmando que cuando se nace en países periféricos no todo es desventaja porque se tiene la lucidez de la pobreza. Y, finalmente, es releer con escalofrío las últimas noticias recibidas de él a través de su profundo amigo el poeta francés Roger Munier, cuando nos reveló el vertiginoso declive de su salud, para generosa y tristemente afirmar: Cioran decae. Se niega de manera obsesiva a tratamiento médico. Ni el dolor doblega su rebeldía. Es triste decirles que ustedes asistieron a su última lucidez.

He aquí su legado interior.

Recuerdo que no todo está perdido: aún existen los bárbaros.

Fue lo que escuchamos el 23 de octubre de 1991 cuando después de caminar bajo la lluvia de un París otoñal decidimos enfrentar al filósofo‑poeta rumano caído del tiempo, quien postulaba el mito como origen de toda civilización y la duda como evidencia de su declinar.

Segundos antes, repasando su sentencia de que nadie podía conservar la soledad si no se ejercitaba en hacerse odioso, desembocamos en la puerta de su buhardilla y pudimos reconocer atemorizados esa firma que habíamos visto siempre con asombro, clausurando su correspondencia. Recordamos sus cartas en las que irónicamente desalentaba nuestra aventura secreta con sustanciales palabras, poniéndose como ejemplo de la derrota de la civilización.

Al oprimir el timbre con la falsa certeza de que abriría en un tiempo lícito que permitiera una profunda respiración preparatoria, se nos presentó de inmediato la imagen traslúcida, el rostro de luz de quien ante nuestro estupor nos animaba a entrar en todos los idiomas… Su intención de ir a comprar pan quedaba amenazada severamente.

El escritor nos condujo por un estrecho pasadizo hasta una pequeña sala donde se desprendió de la boina lanzándola sobre un sofá; sin embargo ‑aún atribulados‑, no pudimos verificar el rumbo de su sombrilla que más tarde, antes de gatear bajo los muebles, causaría un problema lingüístico.

‑La literatura no tiene importancia. Va a desaparecer, sería deseable que lo hiciera. ¿Para qué seguir invadiendo al mundo con nuestras angustias? Soy un escéptico: un apátrida, y París (antípoda del paraíso) es la ciudad propicia para quienes disfrutamos esta condición. No es normal serlo en un siglo de nacionalismos y esa característica inusual me basta. Aquí, en contacto con la cultura desdichada y gentil, he escrito que nuestra época quedará signada por el romanticismo de los exiliados, frase seguramente demasiado sentenciosa de un libro ya editado en español, bella lengua donde injustamente he logrado embaucar a algunos lectores; y por la cual me he aproximado a ciertas voces inquietantes, la de Octavio Paz entre otras…

 ‑¿Y filósofos como Savater y María Zambrano?

‑A él lo leo no porque sea filósofo sino porque es mi amigo. A María Zambrano acudí siempre en la inquietud y la búsqueda, ella iluminaba mis carencias. Cuando la visitaba con dos o tres interrogaciones retornaba con mil, ¿cómo no estar agradecido?

‑Aquella huida del origen que se ha propuesto, ese querer hallar la salvación fuera del tiempo, ¿le ha asignado un inexorable desarraigo, de idioma y de patria?

‑El tiempo es inhabitable. Hace 54 años abandoné Rumania y no he regresado. Practico una ruptura con el origen ‑comentó riendo‑. Varias veces en estos años de ausencia me han hecho invitaciones oficiales, y por esa misma connotación las he rechazado. He querido ser inutilizable como los verdaderos santos, intento arduamente impedir ser vindicado por alguna causa justa o injusta. Al escéptico ni siquiera le es posible rebajarse a la insurrección, al clamor de la revuelta. Soy un profesional de la duda, y no existo sino cuando niego en un sentido esencial.

‑¿Y esa fuga respecto del idioma cómo puede entenderse? El poeta Vicente Huidobro creyó que no se debía escribir en la lengua materna…

‑Cuando se es adoptado por otra lengua existe un acercamiento a las palabras inimaginable en el dialecto que se utiliza desde la cuna, velado por su proximidad. Ahora escribo solamente en francés porque no puedo hacerlo en castellano. España y su cultura es algo de lo que extrañamente no he renegado. Pude recorrerla en bicicleta, pude habitar su pasión. Debí abandonarla porque comenzaba la guerra y porque se leía mucho a Unamuno. Advertí el deslumbramiento por su fracaso, el enamoramiento de su derrota, patentando así una decadencia continental. Supe también que el español es el idioma de la poesía. Es suficiente leer sus poetas místicos, su Siglo de Oro. El francés me parece demasiado preciso, su estructura se me hace bastante rigurosa. El español es sin duda la lengua de la desesperanza (condición para mí envidiable), por eso mismo la de la poesía. Basta ver los bellos y desolados títulos de los libros que me han traído. Además, es el único idioma donde era posible el tango.

‑¿Si para Nietzsche la música era el vehículo sobre el cual avanzaba la tragedia, si usted sentencia que debemos escoger entre Brahms y el sol, y cuando ni siquiera la música puede salvarnos sólo nos resta la fascinación del crimen, entonces la propuesta central del tango resulta fructífera?

‑El tango es de las pocas músicas que todavía me resulta tolerable. La defino como la más extraordinaria mixtura entre metafísica y burdel. Los despojados del amor se convierten inmediatamente en filósofos, el tango resuelve y engloba esta perturbación mágica de los amantes desdichados. Es impertinente tratar de definirlo. Lo fundamental es escucharlo. Sentir que en esta Edad de Oro del artista inconcluso, del personaje fracasado, somos varios quienes necesitamos rechazar la vana manía interpretativa de nuestro tiempo, entregándonos al placer de una música o de un texto… Reitero que todo intento por interpretar una obra la desvirtúa y que la academia es culpable de nuestro distanciamiento del éxtasis. Personalmente he tenido mala suerte con los críticos, muchos se han ensañado con mi obra, en el peor de los casos para elogiarla.

‑Volviendo a Nietzsche, más que transmutar los valores de Occidente, ¿usted se ha propuesto invertirlos?

‑Me vinculan demasiado con filósofos, y sólo soy un ser humano… Creo que debemos liberar nuestros ojos, lograr que miren como los del camaleón en diferente sentido, y minar el campo del pensamiento. Basta tener hambre para saber que la corrupción es más humana que la virtud, acercarse a la poesía para entender que la angustia es benéfica. Y siguiendo esta lógica, afirmo que en el hastío duerme una rebelión que tarde o temprano sacudirá a Europa.

‑Usted dijo alguna vez que sólo se suicidan los optimistas…

Lo dije ante mi imposibilidad de superar la dialéctica que es la forma más elemental del pensamiento, la infancia de la reflexión. De esta manera, si nada valoramos de la vida, ¿qué podríamos valorar de la muerte?

‑¿Nuestra opción de salvarnos precisa de un terrorismo contra el tiempo?

‑¿Salvación? ¿Quién pretende salvarse? Yo me he escondido del tiempo. Tengo el privilegio de la desesperación, admiro a los insatisfechos, a los fracasados, a quienes dejan huir sus respuestas. La historia ha entronizado a los atroces. Y en lo relativo al tiempo no deseo usufructuarlo, ni en el ahora como los poderosos, ni en el porvenir como los acorralados en sus sueños.

‑Hizo la promesa de no volver a escribir, de no volver a calumniar al universo, y de no seguir manteniendo correspondencia con toda clase de trastornados. Nosotros somos la negación de lo segundo; en cuanto a lo primero…, ¿continúa escribiendo?

‑No… Sí… Están editando mi último libro, escrito hace 42 años. Íntimamente no creo en su valor si ha permanecido oculto durante tanto tiempo. Tiene un título prescindible (como los otros) y existe en él un inútil lugar para la esperanza.

‑¿Prescindible como La tentación de existir, Ese maldito yo, Del inconveniente de haber nacido, Contra la historia, Desgarradura, Aciago demiurgo…? ‑enumeramos en español con ironía.

‑La traducción los mejora: no se cumple el adagio italiano ‑dijo riendo‑. Me consagro a la duda, el escepticismo es nuestro único botín en tiempos de decadencia, y un sistema para desplazar el imperio del yo, para delatar su impostura. La llamada otredad de los artistas explica para ellos su sumisión, su demonio. En ese caso son máscaras al abyecto servicio de una obsesión. Dirigir temas o historias, elegir las circunstancias de un episodio o un poema es sólo posible para los mediocres. ¡Que la duda me acompañe!

Cedimos ante la idea de que extender la visita impediría quizá la gestación de un aforismo tan significativo para nosotros como el filo de una espada, como el contorno de una espina. Nos preocupó coincidir con los tres minutos que para él ‑según había escrito‑ era posible pensar en un día, para no enloquecer; e intentando partir temiendo que nuestra presencia interfiriera ese breve tiempo de lucidez en el que indagaba en lo profundo, injuriaba a las estrellas, raptaba vértigos o aullaba contra la causa del hombre, nos retuvo con uno de sus famosos aforismos: Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, sin duda habría naufragado.

‑Ahora me gustaría que me acompañen por un pan de larga conservación que me disponía a comprar cuando llegaron ‑dijo solícito‑ y que favorece el aislamiento. Este quehacer, por fortuna, nada tiene de filosófico. Debo llevar un… se me olvidó cómo se dice…, ¡qué estúpido! ‑exclamó en español‑, sabía esa bella palabra en su idioma.

Al comprender su inquietud nos arrojamos al piso buscando la sombrilla, y mientras realizábamos esa pesquisa infructuosa pensamos que con algo de suerte nuestros amigos perdonarían esta conversación con el último de los oraculares, pero jamás el hecho de haberlo acompañado hasta la boulangerie.

Poco antes de abandonar la buhardilla hizo énfasis en su reducido espacio vital. Vimos su pequeño estudio con una elemental máquina de escribir: en la antigüedad lo importante era pensar mientras escribir se convertía en acto accesorio, hoy lo importante parece ser escribir aunque no se piense, afirmó.

‑Me hace feliz el haberlos hostigado con mis textos y colaborar con esa irredimible aventura que lideran. Les deseo el mejor de los fracasos ‑dijo al despedirse mientras regresábamos de comprar el pan; ondeó su mano en el viento y en un grito que todavía atraviesa nuestra memoria nos dejó sus últimas palabras‑: Chers amis, ¡adiós… y mucha ironía!

Lo vimos alejarse bajo la lluvia de París en el atardecer. Nos sentamos en un andén para recobrar el aliento y permanecimos en silencio sintiendo venir el llanto.

En la distancia había desaparecido ese hombre que se quiso sombra.

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