La 煤ltima lecci贸n de Emile Cioran (Angelo Rinaldi)

Por Angelo Rinaldi, publicado en La Naci贸n, 1998 [texto original]

Treinta y cuatro cuadernos que el maestro de la desesperaci贸n escribi贸 y escondi贸 durante quince a帽os y que su compa帽era, Simone Bou茅, rescat贸 de un seguro destino en la hoguera, fueron publicados en Francia por primera vez el mes 煤ltimo. Ionesco, Beckett, Paul Celan, es decir, sus amigos; las modas pasajeras, y la mirada siempre cr铆tica incluso sobre Francia, su patria adoptiva, son algunos de los temas que este autor fue anotando a lo largo de los a帽os en este diario 铆ntimo.
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Los expertos en relojer铆a lo admiran, aguzado el o铆do, en las hermosas piezas que datan del Antiguo R茅gimen. Lo llaman “el movimiento de Par铆s”, por referencia a la ciudad que pose铆a el secreto. En l铆neas generales, se caracteriza por la elegante sencillez de sus engranajes, m谩s veloces que el segundo, y un sonido atribuible a la presencia de una cantidad indeterminada de bronce en la campana: es apagado, pero en su centro se distingue un agudo. As铆 imaginamos la perla en la carne de la ostra. Era una especialidad francesa, del mismo modo que lo fueron los moralistas. Sin duda, la tarea de resucitar el g茅nero, de ser, por un fen贸meno de identificaci贸n, m谩s perfecto que sus mismos modelos, s贸lo pod铆a corresponderle a un rumano con pujos de vagabundo en sus primeros tiempos en el Barrio Latino.

Nacido en 1911, austro-h煤ngaro por casualidad, hijo de un pope y del “tedio ruso”, curado de la filosof铆a alemana por una estada en Berl铆n, Emile M. Cioran muri贸 en 1995 en un hospital, de un modo acorde con esa clase de iron铆a con la que, en sus intentos de conversaci贸n seductora (su conversaci贸n), fue el contador obsesivo de enga帽os, virajes, cambios de opini贸n, necedades, injusticias, palinodias. El esp铆ritu m谩s l煤cido de su 茅poca hab铆a ca铆do irreversiblemente en las brumas del mal de Alzheimer…

Un d铆a, un visitante le trajo un ramillete de violetas; el escritor, que hab铆a recorrido los campos a pie, a lo largo y a lo ancho, no supo qu茅 hacer con ellas y se puso a comerlas en silencio. A no ser que, recobrada la raz贸n por un minuto, Cioran haya dado una 煤ltima lecci贸n, as铆 como los sabios de Oriente respond铆an a las preguntas de sus d铆scipulos con un gesto que nada explicaba pero daba en qu茅 pensar. En todo caso, la enfermedad quit贸 sentido a su miedo a “morir como desertor de s铆 mismo”: tal era, a su parecer, el destino final de cada uno de nosotros. Le impidi贸 desdecirse, avenirse, por cansancio o cortes铆a, a las consolaciones que impon铆an las circunstancias, igual que La Rochefoucauld, su profesor de amargura, cuyo 煤ltimo suspiro recogi贸 afanosamente Bossuet. 驴Acaso por eso se echa con cajas destempladas a un obispo, sobre todo si uno es educado y el prelado tiene clase? El rumano se caracterizaba por su gran afabilidad, modestia y gentileza. Sin duda, sus compa帽eros de caminatas por los jardines del Luxemburgo -Fran莽ois Bott, Fouad el-Etr, Roland Jaccard- lo atestiguar铆an de buen grado. Lo mismo har铆an los muchachos y chicas desesperados que acud铆an a 茅l. Cioran los contuvo al borde del abismo. “Uno siempre se suicida demasiado tarde”, advert铆a, no sin raz贸n, para luego se帽alar que suicidarse era “morir antes de la muerte”. 驴Para qu茅鈥 quemar etapas? Siempre quedar para otra vez.

Cuando ya nada se esperaba de Cioran, su editorial, la misma que pas贸 la aplanadora a su primera obra porque no se vend铆a, ofrece unos trabajos in茅ditos que no son, como sucede casi siempre tras la desaparici贸n de un autor, escritos rescatados del fondo de alg煤n caj贸n y publicados de prisa para medrar con la luz vacilante de los cirios al t茅rmino del velatorio. Estas mil p谩ginas, en cifras redondas, tienen tanto peso como Pr茅cis de decomposition, La Chute dans le temps o Exercices d`admiration , obras que demostraron su genio al afirmar su grandeza estil铆stica. Poseen el desali帽o provocativo de un diario 铆ntimo, toda la espontaneidad febril de lo apuntado a la ligera para no olvidarlo porque “ese momento del que hablo ya est谩 lejos de m铆”, y esto las hace quiz谩 m谩s accesibles que el resto de su producci贸n.

Tenemos entre las manos el contenido de treinta y cuatro cuadernos que Cioran borrone贸 durante quince a帽os y que su compa帽era, Simone Bou茅, ha salvado de la destrucci贸n: a tal punto es cierto el adagio de que el escritor es el peor juez de su propia obra. En este libro, imprescindible en toda biblioteca, casi no hay un solo p谩rrafo que no incite al comentario marginal. El lector, por momentos conmovido, molesto, perturbado, exasperado, conquistado o risue帽o, se guardar谩 muy bien de prestar su ejemplar. Entregar铆a a los indiscretos, en forma de exclamaciones, rechazos o bravos, esas confesiones cuya importancia mide en plenitud cuando ya empieza a lamentar el haberse abandonado a ellas.

A veces reducimos a Cioran a los aforismos y m谩ximas que, aislados, brillan demasiado como l谩mparas el茅ctricas: desnudos, nos ciegan. El ensayista queda reducido a la dimensi贸n de un Guitry con un barniz pascaliano, lo cual, por lo dem谩s, no es falso ni desde帽able. Pero en las obras p贸stumas hay algo m谩s. Aparte de los ecos de una existencia agravada por el malestar material hasta el umbral de la vejez, est谩n los retratos de amigos como Beckett, Paul Celan o Ionesco, las observaciones superficiales del caminante que hac铆a sus veinte kil贸metros diarios en Beauce, las esquirlas centelleantes de un arreglo de cuentas consigo mismo reavivado d铆a a d铆a. (Cioran es un tirador que nos hiere porque nunca yerra.)

A esto se a帽aden los juicios sobre las modas pasajeras, los recuerdos de infancia, las impresiones sobre sus lecturas y la mirada perspicaz del hombre exiliado en su pa铆s de adopci贸n: Cioran analiza maravillosamente las dos pasiones francesas, la vanidad y la avaricia. La primera refleja quiz谩 cierta persistencia del protocolo de Versalles en el inconsciente colectivo. Dir铆ase que se oye la risa burlona de un viejo t铆o pudiente que ha llenado su testamento de codicilos tendientes a contrariar el disfrute de sus bienes por parte de los legatarios.

Ning煤n maestro de la desesperaci贸n ha sido tan alegre sin hab茅rselo propuesto jam谩s. La Rochefoucauld enuncia, espada en mano; La Bruy猫re se dedica a pintar; Chamfort predica con el ejemplo, abri茅ndose las venas; Rivarol razona al salir de una cena de marqueses; Joubert posee los dulzores del cl茅rigo; Lichtenberg no olvida ni por un instante que es alem谩n. Todos, en su pensamiento entrecortado, relampagueante, ven mejor a la sociedad que se mueve a su alrededor, los “nombres odiosos de los m贸viles de la 茅poca” que a la incorregible e inquebrantable naturaleza humana. Cioran taconea, a semejanza del bailaor andaluz, para distribuir mejor en su flamenco de metaf铆sico ateo sus frases con repiqueteos de casta帽uelas. (驴Teresa de Avila no bailaba a veces delante de sus religiosas, tras haber juzgado el horror del mundo y la necesidad urgente de apartarse de 茅l?)

Cioran tuvo el honor de ser v铆ctima de la censura franquista, y con raz贸n: “Desde hace dos mil a帽os, Jes煤s se venga en nosotros por no haber muerto sobre un canap茅”. Pronto ser谩 un cl谩sico (茅l lo habr铆a lamentado) pese a los que insisten en recordar los prejuicios antisemitas y nacionalistas de su entorno natal, de los que se liber贸 al ganar la lengua francesa, del mismo modo que se gana la alta mar. A este respecto, nada m谩s claro que las palabras de Edgar Reichmann: “Los compromisos aberrantes de Cioran se sit煤an r铆o arriba, antes de la Shoah. Lo que encuentra r铆o abajo lo mortifica”. Eso reforz贸 su pesimismo.

Su desconfianza frente al psicoan谩lisis, aunque considerara a Freud un “h茅roe” y un “santo”, se reitera con excesiva frecuencia para venir de alguien que no desea mostrar sus secretos. 隆Qu茅 importa! Muy pronto, nada vendr谩 a turbar la escucha de su “movimiento de Par铆s”, comparable, seg煤n la imagen de Cocteau, al tictac del reloj que sigue latiendo en la mu帽eca del soldado muerto. Cioran contin煤a hechiz谩ndonos.

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