Aprendiendo del enemigo (Fernando Savater)

Fernando Savater — EL PAÍS, 11 OCT 2003

Aseguraba Unamuno que, a diferencia de la mayoría de los lectores cuando subrayan, él sólo marcaba en los libros las afirmaciones con las que no estaba de acuerdo: son las únicas que le estimulaban a pensar, porque las opiniones que coincidían con las suyas ya se las sabía. Desde luego los adversarios inteligentes son la cocaína del espíritu desprejuiciado (que nada tiene que ver con ser poco juicioso o incapaz de juzgar). Disfrutar con lo que nos desmiente -mientras tenga ingenio y resulte capaz de argumentar contundentemente- confirma nuestra siempre incierta madurez: porque en tanto somos tiernos aprendices sólo podemos permitirnos estudiar a los profetas y maestros que menos trastornan la exaltación de nuestra fe. De modo que como tributo a la mayoría de edad del lector políticamente correcto debe tomarse el número (excelente) que la indócil revista Archipiélago dedica a lo que llama La inquietante lucidez del pensamiento reaccionario. Ahí se recoge y analiza la voz de quienes con mayor brío y más peligroso acierto llevaron la contraria al pensamiento ilustrado, regeneracionista, democrático, igualitario y políticamente liberal que ha caracterizado el optimismo progresista mayoritario desde hace doscientos años. El progreso ilustrado debía llevar a la felicidad social: como este ideal en el mejor de los casos claudica y en el peor se aleja, los que advirtieron contra él merecen volver a ser escuchados…

En realidad, los llamados reaccionarios señalan en muchas ocasiones las grietas por las que comenzará a cuartearse el radiante futuro prometido: en ello se distingue al verdadero reaccionario del simple retrógrado, pues mientras que este último sencillamente es incapaz de comprender las novedades históricas, el otro las entiende con frecuencia mejor que sus mismísimos promotores… Dentro de la amplia categoría de “reaccionarios”, por supuesto, no sólo caben especímenes poco simpáticos de trituradores del prójimo como Joseph de Maistre, Céline o Carl Schmitt sino también populistas perspicazmente antiplutócratas como Chesterton (al que Santiago Alba consagra un estupendo artículo) o partidarios de un humanismo complejo y “vitaminado” como Nietzsche. El número de Archipiélago los repasa a todos ellos, sin olvidar a oponentes teológicos del progreso como Donoso Cortés o disidentes metafísicamente existenciales como Cioran, pero tampoco a los radicales antipolíticos de la novela negra americana (Hammett, James M. Cain, Jim Thompson, etcétera) ni el uso hagiográfico que hizo Leni Riefenstahl del documental al servicio del nazismo, contrarrestado por la desmitificadora lectura de Chaplin en El gran dictador según argumenta sugestivamente Ana Useros Martín.

Sin embargo, desde el punto de vista teórico, el artículo que suscita un debate más interesante es a mi juicio el de Yann Moulier Boutang, titulado: ¿Hay un uso de izquierda del pensamiento reaccionario?. Los autores reaccionarios clásicos, digamos que tradicionales -es decir, los que hemos mencionado hasta ahora-, pertenecen a lo que generalmente se ha venido llamando el pensamiento “de derechas”. Pero en Francia un discutidísimo panfleto reciente firmado por Daniel Linderberg y dirigido contra “los nuevos reaccionarios” denuncia como tales a una serie de intelectuales encuadrados más bien en la izquierda e incluso en la extrema izquierda. Algunos de ellos son conscientemente “antiprogresistas”, señalando con razón las deficiencias de un concepto de “progreso” o “modernidad” que coincide punto por punto con la disolución de las trabas que se oponen en cualquier parte del mundo a la extensión irrestricta del mercado capitalista, casi nunca tan “libre” como pretende ser. ¿Que se enfrentan en ocasiones, como les reprocha Linderberg, a la democracia realmente vigente? Moulier Boutang los defiende elocuentemente señalando que nadie tiene el monopolio de la democracia y que quizá hoy “defender la democracia signifique salir de la democracia incompleta”. Puede ser y sin embargo…

Demos la vuelta a la pregunta que da título al artículo citado: “¿hay un uso reaccionario del pensamiento de izquierda?”. Es decir: ¿funciona en ocasiones el rótulo izquierdista como coartada de actitudes y movimientos políticos que se oponen no al progreso entendido como ampliación actualizada del capitalismo sino al cualquier sentido emancipador de la ambigua voz “progreso”? Desde la experiencia de lo ocurrido en el País Vasco, por ejemplo, algunos responderíamos sin dudar afirmativamente. El pesimismo me impide descartar como imposible que fórmulas políticas podridas hasta la médula como la IU de Madrazo tengan futuro en Euskadi: pero nada podrá obligarme a que califique tal deriva como “progreso” o “alternativa de progreso”. Otro caso: recientemente apareció en las páginas de este periódico un manifiesto a favor de Fidel Castro, firmado por numerosos intelectuales (entre los que figuraban tres o cuatro de los colaboradores del número de Archipiélago). El texto de la proclama defendía entre otras cosas la dictadura y la pena de muerte por buenos motivos, tras un pringoso sermón sobre el papel de los intelectuales comprometidos que demostraba por sí sólo que lo inquietante de ciertos reaccionarios no es precisamente la lucidez. ¿No habrá llegado la hora de dedicar también una reflexión detenida a esta forma de reacción?

La inquietante lucidez del pensamiento reaccionario, revista Archipiélago, número 56. http://www.archipielago-ed.com.

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