Cioran, un nihilista en bicicleta

Por: EL PAÍS | 22 de noviembre de 2007

Contaba Simone Boué, que fue compañera de Cioran hasta su muerte, que les gustaba mucho viajar en bicicleta. Una vez llegaron a la frontera con España, a Portbou, con la idea de pasar unos días en Cataluña. La policía consideró que iba a ser muy duro para una mujer pedalear por aquellos caminos desastrados, así que los obligó a tomar un autobús hasta Figueras. Cuando llegaron allí, “cogimos nuestras bicicletas y volvimos a Portbou; queríamos hacer todo el trayecto  montados en ellas, bajando por la costa, era un reto que nos habíamos propuesto”, recordaba Simone Boué.

Y recordaba muchas cosas más en una entrevista que le hicieron en su pequeño piso de París Carlos Cañeque y Maite Grau, y que acaba de publicarse en Cioran: el pesimista seductor (Sirpus). Hay allí otras conversaciones con Fernando Savater, el filósofo francés Philippe Garnier, y la realizadora Ana Simon, el profesor Matei Calinescu y el filósofo Ion Agheana, todos estos rumanos, que completan el retrato de aquel hombre que soñaba con concebir un pensamiento, “un solo pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo”.

Nada puede sustituir la lectura directa de Cioran. Volver sobre sus libros significa volver a quedar seducido por la rotunda precisión de sus sentencias. Es un maestro inimitable del estilo y tiene ese afán, que a ratos tiene mucho de travesura, de dar con una barbaridad que dejé pasmado al lector. Así, es inevitable imaginar en el filósofo rumano una sonrisa pícara cuando escribe cosas de este fuste: “¡Y que desde hace tiempo sólo me ocupe de mi cadáver, que me dedique a remendarlo, en lugar de tirarlo a la basura para mayor beneficio de ambos!”.

Remendar un cadáver, vaya idea. Vaya idea más hermosa. Más exacta también, y sin embargo no puedo dejar de imaginar un extraña satisfacción, una algarabia secreta en el escritor cuando ha dado con esas palabras y las ha colocado de esa manera. Ha disparado. “Un libro tiene que hurgar en las heridas, incluso provocarlas. Un libro ha de ser un peligro”. Eso dijo y eso hizo. Quien se ha metido a fondo en Cioran ya no va  tratar con el mundo y la vida como lo había hecho hasta entonces.

Pocos escritores sacuden e inquietan de esa manera. Por eso me ha interesado tanto lo que cuentan de él los que lo conocieron. ¿Cómo era ese caballero que se dedicaba a remendar su cadáver? La cosa tiene mayor interés cuando se sabe que era divertido, amable, charlatán. Un tipo que, en su trato con los demás, había aprendido esos modales que tan bien resumió en este aforismo: “La verdadera elegancia moral consiste en el arte de disfrazar las derrotas de victorias”.

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