Desconsolado éxtasis (Fernando Savater)

FERNANDO SAVATER | EL PAÍS, 3 NOV 2009

La obra de Cioran llegó a ser (relativamente) conocida en España bastante antes que en Francia. Mientras que en su país de adopción no le llegó el reconocimiento hasta Ejercicios de admiración, a mediados de los ochenta, entre nosotros se hizo popular una década antes. O sea, a finales del franquismo y no en tiempos del llamado “desencanto” democrático, como puede creer algún indocumentado. Desde entonces, entre los lectores hispánicos de éste y del otro lado del Atlántico la presencia de Cioran ha sido permanente y hasta casi obsesiva. Citas, glosas y de vez en cuando todo un libro, como El universo malogrado (ed. Tres Fronteras) de José Ignacio Nájera, escrito en forma de carta póstuma a Cioran y donde se repasan de forma empática los principales títulos y temas del autor.

“Cioran era un místico del sinsentido y del dolor, un visionario de laconismo elocuente” (Fernando Savater)

Pero este año también ha vuelto a hablarse en Francia del apátrida rumano (un oxímoron muy de su gusto). En primer lugar, desde luego, por el monumental cahier que le ha dedicado L’Herne, un sucedáneo de inmortalidad a la francesa. En el volumen, además de iné-ditos de Cioran, se incluyen comentarios y testimonios de Clement Rosset, Constantin Noica, Claude Mauriac, Gabriel Marcel, Peter Sloterdijk y muchos otros, algunos previsibles como Michel Onfray y otros más inesperados, como Edward W. Said. Además de numerosas cartas, destacan un par de entrevistas con el propio Cioran y por encima de todo una con su inolvidable compañera Simone Boué, que es lo mejor y más emocionante del libro. En una plaquette aparte, L’Herne ha sacado también un inédito de Cioran sobre Francia. Por su parte, en PUF aparece Cioran dans mes souvenirs, de Mario Andrea Rigoni, su amigo durante muchos años y traductor de Leopardi al francés. Por no mencionar a sus imitadores, como Frédéric Schiffter, cuyas Délectations moroses (ed. Le Dilettante) quedan lejos del modelo aunque no carecen de algún buen golpe: “La vida no tiene un sentido sino dos: se entra de cabeza y se sale con los pies por delante”.

En uno de sus artículos del New Yorker (ed. Siruela), George Steiner critica acerbamente a Cioran: es demasiado fácil, repite a Pascal o de Maistre, carece del trasfondo de un pensamiento político serio… No están hechos para entenderse. Aunque de gama alta, Steiner es un cronista cultural: o sea, lo contrario de Cioran, cuyo pensamiento vivido sólo se ocupa de las cosas que no pasan, no de las que pasan. O sea, de la dimensión inmanejable de lo que podemos saber: la verdad no operable, en fase terminal. En 1949, cuando publicó su esencial Breviario de podredumbre, Albert Camus le aconsejó amablemente que se integrase “en el circuito de las ideas”. Respuesta: “¡Que te jodan!”. Una tarde le conté exaltado mi entrevista con Peter O’Toole en el Festival de San Sebastián y me escuchó con afectuosa extrañeza; después Simone me aclaró que nunca iba al cine ni veía la televisión. Steiner compara desfavorablemente sus aforismos con la “conciencia histórica observadora” de Minma moralia de Adorno, cuando la conciencia de Cioran observa precisamente lo que la historia no registra. Era un místico del sinsentido y del dolor, sólo capaz de éxtasis sin fulgor sacro. Visionario de laconismo elocuente, fue desmesurado y agresivo en su ironía, pero careció de fatuidad intelectual. No, Steiner no puede entenderle.

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