Tener éxito y vender libros

César Antonio Molina — El País, 27 MAY 2005

¿Cómo hablaré de algo que desconozco? El éxito era, únicamente para mí, escribir bien y ser reconocido por ello. Pero un poeta amigo a quien admiro por su espiritualidad y el alejamiento mundanal confiesa estar muy contento con su último poemario porque se ha vendido muy bien y está en la lista de los libros más vendidos de varios suplementos literarios. No porque sea tan bueno como los anteriores y renueve el reconocimiento a su magnífico estilo, sino, simplemente, porque ha tenido más compradores. Pero ¿son los compradores lo mismo que los lectores? No me gusta esta idea terrible de la literatura como algo “democrático”, es decir, la equiparación del comprador con el votante y, por lo tanto, quien más ejemplares vende más votos obtiene y es el elegido. La literatura, a lo largo de la historia, se ha hecho de manera “antidemocrática”. No hacía falta vender o vender mucho, ni siquiera hacía falta un reconocimiento inmediato. El éxito era algo raro y escaso. ¿Sobrevivirán quienes hoy lo disfrutan? El poeta luso Fernando Pessoa, carcomido por semejantes pensamientos, comentó: “Lo importante es tener éxito, no tener condiciones para el éxito”. ¿Cuántos -incluso el mismo autor del Libro del desasosiego- han tenido condiciones para el éxito y no lo alcanzarán jamás? Él lo alcanzó varias décadas después de muerto, pero eso ya no era éxito sino el reconocimiento del que no puede disfrutar el beneficiado, pues para tener éxito hay que estar vivo y saberlo, vivirlo y administrarlo, cultivarlo o dilapidarlo.

Hay un cuento del novelista norteamericano Mark Twain que, lejos de ser divertido, es aterrador. Ejemplifica muy a las claras cuanto estoy diciendo. Un gran soldado, el capitán Stormfield, habiendo muerto heroicamente, sube al cielo y pide conocer al más importante genio militar de todos los tiempos. Quizás pensó que, ante él, aparecerían Alejandro, Julio César o Napoleón Bonaparte, pero no fue así. Le presentaron a un sastre del condado de Sussex. El capitán quedó estupefacto e inquirió a sus interlocutores por las hazañas que había llevado a cabo semejante personaje para eclipsar las de tantos otros generales famosos de la historia antigua y moderna. Alguien le respondió que era el mayor genio militar del mundo, pero jamás nadie se había dado cuenta de ello “pues, habiendo nacido en hora inadecuada, no tuvo ocasión de demostrar sus incomparables cualidades bélicas”. ¿Cuántos han nacido en hora inadecuada?

León Tolstói reflexionó sobre este asunto en los Diarios, escritos entre los años 1847 y 1894. Para el maestro de la narrativa rusa había dos tipos de felicidad: la de los hombres virtuosos y la de los hombres vanidosos. La primera tenía su origen en la virtud; la segunda, en el destino. ¿No pertenece el éxito a esta última? “La vanidad es una pasión incomprensible, uno de esos males parecidos a las epidemias con los que la providencia castiga a los hombres”. El creador de Guerra y paz añade más adelante, en otra página de los Diarios: “Debo acostumbrarme a que nadie nunca me comprenderá. Éste es, seguramente, el destino común de la gente demasiado difícil”. Al autor de La sonata a Kreutzer o Resurrección estoy convencido que le gustarían los siguientes versos de su contemporánea, del otro lado del mundo, la poeta norteamericana Emily Dickinson, cuando escribió: “Success is counted sweetest / by those who ne’er suceed…” (“El éxito resulta más dulce / para quienes nunca lo alcanzan…”). Kierkegaard comentó que “la desconfianza no cree en nada y se engaña por completo”, y Mircea Eliade añade: “La desesperanza es la mayor dicha”. El éxito es ser alguien, el fracaso es ser nadie o nada. Pero el fracaso es más que el no tener éxito. El fracaso es la otra cara activa del éxito, mientras que el no tenerlo es no ser nadie. “Tan frágil como la gloria es el rostro”, dice William Shakespeare en su obra de teatro Ricardo II.

La gloria, el éxito, el fracaso o ninguno de estos amores imposibles: “Deja de hacer locuras, y lo que ves que se perdió, dalo por perdido”. ¡Qué sabio era el romano Cátulo!, pero aún más mi maestro Michel de Montaigne, quien señaló al éxito como algo perjudicial para el pensador: “Cuan propicio para la sinceridad el que un escritor no tenga que vender libros, preocuparse por las críticas y mantener al público a favor de su imagen”. ¿Quién procura el éxito? Los lectores, los compradores, los votantes, los autores contemporáneos, los críticos. El autor y la obra literaria avanzan, como en el poema de Alfred Tennyson, en medio de una batalla: “Cañones a su derecha, / cañones a su izquierda, / cañones frente a ellos / descargaron y tronaron; / embestidos por balas y obuses / cabalgando con bravura; en las fauces de la muerte…”. El autor inglés tiene otro poema muy significativo titulado Poetas y críticos: “Al final se sabrá qué es verdadero: / pocos al principio verán tu sitio; / unos querrán que brilles bajo, / otros muy alto -no es culpa tuya-. / ¡Ve a lo tuyo y crea a tu gusto! / Un año va al talón de otro año, / más rara vez llega el poeta, / y más raro es el crítico”. ¿Pero el éxito no iba sólo con el destino? “Preguntaban por mí los que nunca me buscaron, me encontraron los que no invocaban mi nombre” (Isaías). ¿El nombre del éxito o el del fracaso?

El éxito, como escribe Czeslaw Milosz, es algo ilusorio porque ¿para qué le sirve a uno un nombre conocido si aquellas personas que lo pronuncian no saben muy bien por qué es famoso? Un día mandé a mis alumnos de periodismo bajo la estatua de Miguel de Cervantes frente al Congreso de los Diputados. Interrogaron a un buen número de transeúntes sobre aquel monumento. Muchos no supieron decir de quién era, otros desconocían el resto de las obras del autor del Quijote, los más ignoraban que era manco. Incluso un señor de buena apariencia llegó a afirmar que el brazo se lo había cortado la Inquisición por haber escrito el Quijote. No, no nos asombremos. El éxito sólo se mantiene vivo en el propio gremio, entre una minoría, y fluctúa siempre con el tiempo. No es un valor seguro ni permanente, sube y baja en la bolsa de los gustos y las consideraciones de cada época. “Con seguridad, el Premio Nobel da cierta fama, sin embargo, no se puede olvidar que las personas que saben por qué uno recibe este premio son sólo unas pocas, ya que el porcentaje de buenos lectores es muy pequeño, quizá un poco mayor o menor dependiendo del país”, escribió el premio Nobel polaco. La verdadera gloria y fama literaria siempre es efímera y a título póstumo. Quien crea que la ha obtenido en vida se equivoca. Y el vender miles de libros, afortunadamente, tampoco es un salvoconducto para la inmortalidad. Una generación relee a la otra y, ya sin prejuicios, rescata u olvida, ratifica o sentencia negativamente. “No hay que elogiarse a sí mismo, aunque se tenga derecho. Porque la vanidad es cosa tan común, y el mérito, por el contrario, es cosa tan rara. No obstante, Bacon de Verulanio pudiera no estar del todo equivocado cuando pretende que el semper aliquid haeret (siempre queda algo) no es cierto solamente de la calumnia, sino también de la alabanza de sí mismo, y cuando la recomienda en dosis moderadas”, escribe Schopenhauer.

El cínico filósofo francorrumano Emil Cioran nos previno a todos sus incondicionales lectores de que él, teniendo todos los defectos del mundo, “no tenía el de ser escritor”. Afortunadamente, no hizo caso de sí mismo.

César Antonio Molina es director del Instituto Cervantes.

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