Emil Cioran, el filósofo de la desesperanza y el fracaso, muere en París a los 84 años

Enric GonzálezEl País, 21 de Junio de 1995

El escritor rumano vivía solo y de espaldas a su celebridad y envejecimiento

La muerte, para él “la conclusión de una locuray”, alcanzó ayer a Emil Cioran. El escritor y filósofa rumano falleció a los 84 años en París, donde residía. Padecía la enfermedad de Alzheimer y abandonó hace algún tiempo su buhardilla cercana al Odeón para extinguirse en un hospital. Pesimista y desesperanzado, ajeno a las pompas de la cultura oficial, Cioran concedió muy pocas entrevistas. Prefirió hablar con su obra y ser coherente con ella. “Jamás he trabajado”, dijo una vez; “he preferido ser un parásito a ejercer un oficio. He accedido a sufrir una relativa miseria con tal de preservar mi libertad”. Sus libros, a veces contradictorios, siempre repletos de belleza, versaron sobre el fracaso, la indiferencia, la lucidez y la muerte.

El hombre que durante décadas paseó por el Barrio Latino de París, envuelto en una gabardina y con la melena desordenada, ajeno a su celebridad y a su propio envejecimiento, había nacido en Rasinari, una aldea de Transilvania (Rumania), el 8 de abril de 1911. Su padre era pope ortodoxo y la familia, según su propio recuerdo, era “atormentada, ansiosa, siempre negativa respecto a la existencia. La infancia de Cioran, sin embargo, fue feliz. Al margen de su fascinación morbosa por la muerte (iba al cementerio local a buscar calaveras, para jugar al fútbol con ellas), guardó de aquella época un recuerdo de paisajes montañosos, juegos y despreocupación. En una entrevista concedida al filósofo Gabriel Liceanu en 1983, situó el origen de su pesimismo en el paso a la adolescencia. La clave fueron sus insomnios: “Llegaba a pasar semanas sin pegar ojo”. “Me di cuenta”, le contó a Liceanu, “de que la vida es soportable gracias al sueño; cada mañana, tras una interrupción, comienza una nueva aventura. El insomnio, sin embargo, suprime la inconsciencia, obliga a 24 horas diarias de lucidez. ( … ) La vida sólo es posible si hay olvido”. Sin olvido, el joven Cioran, se sumergió en la obsesión de la muerte. Sus estudios secundarios, su ingreso en la Facultad de Filosofia y Letras de Bucarest, su licenciatura, fueron para él una excusa para leer sin freno y reflexionar sobre la muerte.

Friedrich Nietzche fue su filósofo de cabecera, pero estudió también con fruición la obra de Bergson, Hegel y Husserl, y mantuvo una devoción vitalicia por Shakespeare y Dostoievski. Su juventud estuvo marcada también por la fascinación ante la Guardia de Hierro (el movimiento fascista rumano) y, a partir de 1933, cuando consiguió una beca de la Universidad de Berlín, por el nazismo. Le sedujeron la “voluntad de absoluto” y el “misticismo colectivo” de los totalitarismos. Fue una fascinación incómoda, sin entrega total. Pero suficiente para avergonzarle años después. “Estoy inmunizado contra todo, contra todos los credos pasados, contra todos los credos futuros”, escribió en 1946 a su hermano Aurel.

Antes de eso, en 1937, Cioran había llegado a París. El pensa dor políglota (rumano, alemán, inglés, ruso, italiano y español) quería en realidad desplazarse más lejos, a España, un país por el que sentía una atracción atormentada: “Yo estaba hecho para España, para la lengua españo la”, declaró en 1983. “Era un fanático de santa Teresa de Ávila, y sigo siéndolo.(…) Me fascina ba de ella el exceso, un exceso procedente de esa locura particular, inconfundible, propia de España’. En mi juventud, lamenté no haber sido español. España me fascinaba, por ofrecer el ejemplo de los más prodigiosos fracasos. ¡Uno de los países más poderosos del mundo, hundido en tal decadencia!”.

Cioran visitó varias veces España. Pero se quedó a vivir en París, donde asistió con indiferencia a la entrada de las tropas nazis y, con la misma pasividad, a la Liberación. En 1947, decidió cambiar de lengua. Había escrito ya seis obras en rumano, pero la primera en francés, Précis de décomposition (Breviario de podredumbre, 1949), fue un éxito inmediato. Su pesimismo, su indiferencia, su desprecio por las circunstancias de la vida, tuvieron una enorme repercusión en una sociedad francesa que abrazaba el existencialismo.

Pobre y solitario

A partir de ahí, la vida de Cioran cambió poco. Encadenó becas en la Sorbona hasta los 40 años, para que le permitieran comer gratis en el comedor universitario; leyó, escribió y malvivió en hosteles juveniles hasta conseguir una buhardilla junto al Odeón, con un alquiler irrisorio; se mantuvo pobre y solitario, rechazó todos los honores que le fueron concedidos, y desdeñó su propia gloria. La editorial Gallimard reeditó recientemente su obra completa. Ayer, fue un portavoz de Gallimard quien anunció su muerte.

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