Adictos al éxito

En Los bastardos de Voltaire (editorial Andrés Bello), John Ralston Saul sostiene que el racionalismo triunfante privilegia el poder en detrimento de la razón y de la solidaridad. El pensador argentino comenta la obra del canadiense y rastrea sus fuentes.

Por Santiago Kovadloff — Para La Nacion– Buenos Aires, 1998

¿DIAGNOSTICO sombrío? ¿Pronóstico apocalíptico? ¿Cómo entender este libro de John Ralston Saul? ¿Se trata, como ha querido buena parte de la prensa europea y norteamericana, de uno de los pronunciamientos más lúcidos y enérgicos sobre los males de nuestra época? ¿O no constituye otra cosa que una hábil y brillante instrumentación de ideas asentadas por la rica trayectoria crítica de la filosofía contemporánea? ¿Originalidad? ¿Oportunismo?

Retrocedamos en el tiempo. Alemania, 1922. Oswald Spengler acaba de publicar la segunda parte de La decadencia de Occidente. “La ilimitada confianza en la omnipotencia de la razón” prueba que estamos ante una “nueva religión. La religión de los educados.” ¿Qué ve Spengler detrás del hechizo inmediato y fulgurante de esa razón sacralizada? Un insondable vacío moral, una radical inconsistencia del espíritu. La siembra, en suma, del racionalismo, de la razón puramente instrumental, elevada al rango de dogma, enaltecida como paradigma por una cultura que ya no sabe ni quiere pensar.

¿Y tras ese vacío qué? A fines de los años 40, Emile Cioran anotaba: “Recordad, más bien, la frase de Flaubert: “Soy un místico y no creo en nada”. Veo en ella el adagio de nuestro tiempo, de un tiempo infinitamente intenso y sin sustancia”. Spengler reconocería como propio este enunciado. ¿De qué nos habla él sino de un mundo en el que la acción y el conocimiento, desprendidos de toda relación con la moral, se consumen en una combustión sin fondo? La idolatría de la técnica ha convertido en siervos a sus creadores. La eficiencia ha pasado a ser el único valor.

Spengler es terminante: la democracia agoniza. “Si en el mundo de las verdades la prueba lo decide todo, en el mundo de los hechos, el éxito es lo decisivo. Hoy el poder se muda de casa, y de los Parlamentos se traslada a los círculos privados; igualmente las elecciones se convierten en una comedia, lo mismo para nosotros que en la antigua Roma. El dinero organiza la cosa en interés de los que lo tienen. Por el dinero, la democracia se anula a sí misma, después que el dinero ha anulado el espíritu.”

Tal es, en esencia, la tesis de John Ralston Saul. Su gratitud hacia Spengler es, no obstante, nula. Lo cita dos veces a lo largo de casi seiscientas páginas, y una de ellas para aludir a “su mezcolanza de pintorescas ideas”. Sin embargo, Los bastardos de Voltaire descriptos por él en poco difieren de los impugnados por Spengler. Por supuesto, son más recientes. Ellos nutren las filas de la tecnocracia actual, y hay que reconocer que el retrato que de su idiosincrasia nos brinda el autor resulta convincente y, por momentos, estremecedor.

¿Quién es Ralston Saul? Se trata de un canadiense, de un hombre que amasó una dilatada fortuna como empresario del petróleo, y que abandonó el mundo de los negocios para consagrarse a la literatura. Ensayista, historiador y novelista, el éxito lo acompañó también como escritor. Y es así como la crítica, que ya lo había reconocido por sus libros anteriores, viene ahora, con éste, a proponerlo como un nombre ineludible.

Sin duda, Ralston Saul sabe de qué habla, como que él mismo proviene del riñón de lo que combate. La razón, asegura, ha sido destronada por la ideología. La razón, enemiga del oscurantismo, combatió el prejuicio. La ideología, en cambio, que no es otra cosa que la conversión de la razón en racionalismo, promueve el prejuicio, lo adopta. La descendencia espúrea de Voltaire, que en nuestro tiempo sigue dando vida al racionalismo, renuncia a la sensibilidad ética para confirmar las elites políticas y económicas del presente. El bien público ha dejado de interesar. Quienes debieran contribuir a consolidarlo se valen de una instrumentación perversa de la tecnología y olvidan la ética en el desván de lo inútil.

Nos gobierna “una tecnología del poder puro”. Ella no ha nacido de las dinastías ni de las armas. Es hija de la estructura social. “La nueva santísima trinidad es organización, tecnología e información. El nuevo sacerdote es el tecnócrata, el hombre que comprende la organización, utiliza la tecnología y controla el acceso a la información, que es un compendio de datos.” Ralston Saul afirma con fundamento que nuestros problemas resultan del tipo de aplicación que se hace de los conocimientos especializados articulados racionalmente. Es así como el racionalismo, que privilegia el poder sin solidaridad social, se enfrenta a la razón, que privilegia la solidaridad social como base del poder.

“Hayan egresado de Harvard, de la ENA, de la London Business School o de cualquiera de los cientos de instituciones similares, los tecnócratas son mediadores, especialistas en cifras, siempre separados del contexto práctico, inevitablemente arrolladores y manipuladores; son mecánicos sofisticados, entrenados para aceitar la maquinaria del gobierno y los negocios. Son adictos al poder puro, divorciados de las cuestiones de moralidad que constituían la justificación original de la fortaleza de la razón”.

Página tras página, Ralston Saul va sumando ejemplos de apabullante elocuencia, tendientes a evidenciar que la naturaleza de nuestro tiempo resulta incomprensible si no se toma en cuenta la amoralidad de sus dirigentes, si no se medita a fondo en las consecuencias que acarrea semejante amoralidad. Occidente se niega a sincerarse y prefiere las ilusiones que impone la evasión de los dilemas que plantea la realidad. En la pavorosa disociación actual entre ética y eficacia puede leerse la agonía del porvenir de Occidente.

Remontar esta disociación es la tarea primordial. Lo imprescindible, para ello, es reactivar el protagonismo de otros recursos humanos: la fe, el espíritu, la emoción que, a partir del siglo XVII, sufrieron el menoscabo de una razón cada vez más autosuficiente y soberbia en el ejercicio excluyente de sus atributos. “Esmeradamente -racionalmente a decir verdad- atribuimos la culpa de nuestros crímenes al impulso irracional. Así cerramos los ojos al malentendido central y fundamental: la razón es mera estructura. Y la estructura es fácil de controlar por quienes se sienten libres del peso del sentido común y del humanismo.” No se busca la comprensión sino un repertorio de respuestas que satisfaga y justifique la voluntad de poder. “La obsesión con la eficiencia como valor en sí mismo ha arrastrado gran parte de nuestras economías hacia el caos”.

Rebelarse contra el absolutismo de la razón no equivale, para Ralston Saul, a promover el irracionalismo, sino a alentar el desarrollo de una autocrítica seria, que no puede efectuarse mediante la misma lógica que se combate. El conflicto fundamental de esta hora queda pues planteado entre lo razonable y lo racional, y exige denunciar el desastre a que ha dado lugar la conversión de la clase política en un apéndice de la tecnocracia. Lo razonable no es sino la razón asociada indisolublemente a lo moral, al sentido común, a la consideración del prójimo, a la democracia. Un repertorio de principios decisivos que conciben a la economía como medio y como fin; como una parte y no como un todo.

Resulta claro, me parece, que el libro de Ralston Saul más que original es oportuno. Su denuncia no sólo es deudora de algunos de los planteos de Spengler. Nadie que esté familiarizado con lo mejor de la tradición crítica de la filosofía contemporánea dejará de advertir las importantes deudas conceptuales del autor con Husserl, Heidegger, Buber, Adorno, Horkheimer, Lévinas y Feyerabend. ¿Los desconoce Ralston Saul? ¿Por qué no los cita ni una sola vez? La singularidad de su planteo sólo puede parecer tal a quien ignore el trabajo de los autores mencionados.

Dígase de todos modos que la claridad de sus enunciados, así como la innegable vigencia de sus ejemplos, la versatilidad de su campo temático y el fervor con que efectúa su valiente advertencia, permiten que este libro se convierta en una obra de divulgación necesaria y amena. Negarlo sería una hipocresía. Ir más allá de este reconocimiento, una desmesura.

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