“La broma póstuma de Cioran” (André Hoyos)

El Mal Pensante, Bogotá Colombia

Últimas reapariciones del escéptico rumano

Emil Cioran vivió muchos años en el sexto piso del número 21 de la rue de l’Odéon en un apartamento parisino que Rafael Conte, el crítico español, describía como “un conjunto de chambres de bonne concatenadas”, es decir, como una sucesión de buhardillas en las que había que agachar la cabeza para no golpearse al entrar. Fue allí donde el gran pesimista rumano murió el 20 de junio de 1995, jugándonos en simultánea y sin querer una broma póstuma a sus lectores.

Nadie sabe si este “fanático de la nada”, según lo define Philippe Sollers, se hubiera reído o no de lo sucedido, pero en 1997, dos años después de su muerte, un grupo de allegados se reunió en su modesta vivienda con la idea de desmantelarla para poderla vender. Estaba presente Henri Boué, heredero de Cioran por serlo de Simone Boué, la recientemente fallecida maestra de escuela francesa que vivió con el escritor durante más de cincuenta años y que por eso mismo era su heredera universal; estaban Jean-Sébastien Dupuit, un alto funcionario del Ministerio de Cultura francés, Yannick Guillou, editor de Cioran en Gallimard –en Francia la editorial que publica a un escritor a lo largo de su vida adquiere “derechos morales” sobre la obra–, y estaba el poeta Yves Peyré, director de la Biblioteca Jacques Doucet, a la que la viuda había legado todos los papeles. Cerraba la lista un notario. Pocos meses atrás, Simone Boué había muerto ahogada en Dieppe en circunstancias tan extrañas que algunos suponen que ella sí logró el suicidio del que Cioran habló tanto en sus escritos pero que nunca se atrevió a cometer.

El inventario realizado en los cincuenta metros cuadrados de los que constaba la buhardilla fue raudo y arrojó bienes por valor de 7.600 euros. Finalizado el proceso, Henri Boué contrató a una comerciante del mercado de las pulgas de Montreuil para que alzara con el resto de las cosas carentes de valor y entregara limpia la propiedad. La comerciante se llamaba Simone Baulez y era tocaya de la compañera de Cioran que acababa de morir. Doña Simone II se puso manos a la obra en la forma meticulosa en que solía proceder siempre y revisó, como por no dejar, la cava del apartamento, a la que los empingorotados albaceas no habían ni siquiera entrado por considerar que allí no podía haber nada de interés y porque no encontraron la llave.

El episodio había pasado al olvido cuando en 2005, a los diez años de muerto Cioran, el catálogo de un prestigioso corredor de antigüedades de la Place des Vosges llamado Vincent Wapler ofreció para la subasta de diciembre, en el Hotel Drouot, 35 cuadernos manuscritos que contenían cinco versiones sucesivas de Del inconveniente de haber nacido, uno de los libros emblemáticos de Cioran, esbozos de Desgarradura y de Ese maldito yo, así como la joya de la corona: 18 cuadernos escritos a mano con el fragmento final del diario, que abarca de 1972 a 1980. Gallimard ya había publicado en 1997 la parte anterior, escrita entre 1957 y 1972, bajo el nombre genérico de Cahiers 57-72. Se estimaba para el lote un precio de venta de 120.000 a 150.000 euros.

Conocida la noticia, hubo el consabido revuelo, y a última hora la venta de los manuscritos fue suspendida por la Corte de Apelaciones de París. ¿Qué había sucedido? La explicación es que al entregar la propiedad los albaceas pasaron por alto lo más importante, pero no así la encargada de la limpieza. Enterada por algún detalle de que en el apartamento que debía vaciar había vivido un escritor reconocido, Simone Baulez afinó los sentidos y se llevó toda la papelería que encontró, no fuera a contener algún tesoro oculto. Y así se apoderó de los cuadernos, que según ella estaban tirados en el piso de la cava. A los albaceas también se les había escapado un busto del filósofo, por el que un interesado pagó 1.500 euros en la misma subasta del Hotel Drouot y cuya historia ha de ser interesante, pues es sabido que Cioran odiaba las fotos, de suerte que no se entiende cómo pudo sentarse a posar para que le hicieran un busto.

Una vez interrumpida la venta de los cuadernos en la subasta, los burócratas se trabaron en tremenda batalla legal contra la buhonera, argumentando que los manuscritos no le pertenecían. La indignación les alcanzó para tratarla de mercachifle y de vil “pulguista”. No les cabía en la cabeza que una pieza tan preponderante se les hubiera ido de las manos, pues lo que los cuadernos contenían era ni más ni menos que un eslabón perdido en la obra de Cioran: se sabía que él no había interrumpido su diario en 1972 y por ende se buscaba la continuidad con gran interés. La moraleja, no indigna del gran pesimista rumano, es que a veces hay que dejar de mirar a las estrellas para examinar el sucio piso de una cava. Procede aclarar que el escritor era muy quisquilloso, tanto así que ni siquiera le permitía a su compañera entrar al cuarto en el que escribía, pero como al final de su vida fue víctima de alzhéimer, no tiene nada de raro que en una de ésas haya olvidado dónde había guardado qué.

Y si el que ríe de último es el que ríe mejor, la buhonera, la vil pulguista, ha de estarse desternillando de la risa: los tribunales franceses acaban de fallar en su favor en segunda instancia, decretando que los cuadernos son de su propiedad y que las bibliotecas públicas de París deben, además, pasar por la humillación de sufragar las costas del proceso. Para colmos, el premio por el camino se ha vuelto mucho más jugoso, pues los cuadernos perdidos, dada la gran atención mediática que la demanda generó, ahora están avaluados en más de un millón de euros.

Nadie sabe para quién trabaja, y menos que nadie un nihilista que vivía con gran frugalidad y al que el dinero nunca le importó un comino.

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