Cioran, Borges y la Feria

Por Abel Posse para LA NACION, 6 de Mayo de 2000

Fernando Savater invitó en 1976 a Emil Cioran a escribir un “ejercicio de admiración” dedicado a Borges, al que el filósofo franco-rumano consideraba uno de los pocos escritores universales. Pero Cioran se negó rotundamente: “¿Para qué homenajear a Borges cuando ya las mismas universidades lo hacen? La desgracia de ser reconocido se abatió sobre Borges. Merecía algo mejor. Merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, permanecer inasible y tan impopular como el matiz”.

Cioran comprendía que la fama masiva era “el peor malentendido”, como afirmó Rilke. Se dio cuenta de que sobre el inefable Borges menudeaban los periodistas, los scholars , los locutores. Le echaban groseros chorros de luz, lo “vedetizaban”.

El elogio, la feria de vanidades, lo arrancaban de su sosegada reserva, del universo de la sutileza, de la palabra puesta en el lugar exacto, del casi guiño al buen entendedor…

La industria editorial

Para Cioran, Borges, capaz de citar al desconocido filósofo Philipp Mainländer, estaba destinado a la universalidad liberando su espíritu en todas las direcciones, incluso para librarse de la asfixia del medio cultural argentino de entonces. Y afirma Cioran: “Es la nada sudamericana que hace a los escritores de ese continente más abiertos, más vivos y más variados que los de Europa occidental, paralizados por sus tradiciones e incapaces de librarse de la esclerosis de su prestigio”.

El formidable Cioran, que podría decirse fue un “hermano filósofo” de Borges, una vida paralela, afirmó que la verdadera desgracia de un autor es ser comprendido por su época. Y peor aún cuando se lo idoliza sin respetar su intimidad, su universo de matices y refinamiento. Borges, como Valéry, exige que se pregunte al lector que se le aproxima: “¿Hasta dónde llega usted en su percepción de la irrealidad como para pretender comprenderlo?”
El haz de luz de la Feria los consagra ahora impúdicamente para evitar enfrentarse con su universo sagrado, sutil, indirecto. En su juventud, los postergaron.

Una vez más Buenos Aires se reúne masivamente en su Feria del Libro, que ha estrenado un predio moderno y más extensivo. La Feria demuestra que ama la bidimensionalidad.

La industria editorial se desvive por obtener textos digeridos, bidimensionales, chatos como láminas de ilustración. Textos para “lectores hembras”, como escribió Cortázar.

En 1922, tomemos un año al azar, Joyce, Proust, Borges, Kafka, Nabokov luchaban en el anonimato, sin lograr ser editados o pagándose sus propias ediciones. Rilke era un autor de una mínima elite europea. Unamuno soñaba con vender más de los diecisiete ejemplares que había vendido de El sentimiento trágico de la vida . Borges veía al editor Gleizer con trescientos pesos donados por su padre para imprimir su libro de poemas.

La Feria (de siempre) consagraba las multiplicadas famas de entonces: Sin novedad en el frente , de Erich Maria Remarque, o las latas socialrománticas de Romain Rolland, que se vendían por millones. La izquierda imponía su atroz antiestética del realismo comisarial. Henri Barbusse era su máxima expresión, con ventas mundiales masivas.

La gran literatura supera y espera el gusto de la masa intelectual de su tiempo, apuesta a la literatura como visión, como refundación de la lengua -y la vida- de la tribu.

“El último delicado”

El negocio editorial apuesta a lo bidimensional. Al novelista con su mamotreto irrelevante sobre el tirano tropical, a la emotividad de la poesía fácil o a la irrisoria iniciación de los santones del negocio editorial de “iluminación y autoayuda”. A los genios bianuales que promueven las mafias de la moda literaria.

Lo que la masa fagocita y el negocio editorial afirma puede ser aquello que ya está aceptado previamente. Se trata del autor en que la gente se reconoce.

A veces subrayamos lo que ya sabemos, como un autoelogio. No lo nuevo, lo que nos cuesta comprender.

Pero hay una gran distancia entre autor y creador. Éste está condenado a la soledad. Debe sentirse seguro (como tuvieron que sentirse Cioran, Borges o Kafka) para aguantar la necesaria distancia que se impone entre su espíritu y su época.

En su “ejercicio de admiración”, Cioran no puede desearle a Borges ni el Premio Nobel ni éxitos de feria de vanidades. Le desea lo mejor, la intensa relación espiritual con el lector que lo merece, con el lector que se le acerca para una aventura intensa y distinta, como uno podría aproximarse a Rilke, a Dylan Thomas, a Maurice Blanchot, a René Daumal, a Georg Trakl, a Anna Ajmatova, a Juan Rulfo, a Paul Valéry o a José Lezama Lima. Para el filósofo, en el panorama desolador del triunfante negocio editorial, Borges se transforma en un paradigma, en “el último delicado”.

Los grandes, como señalamos, anteceden a su época, esperan a la masa que los alcanzará en la Feria del Libro veinte o treinta años después. Algo parecido pasa con los premios Nobel, aunque es justo reconocer que muchas veces premió a grandes creadores (como Faulkner, Hesse, Juan Ramón Jiménez).

Pero ni Joyce ni Lezama Lima, Kafka, Guimaraes Rosa, el socorrido Borges, Rilke, Proust, Guénon, Nabokov, Carpentier, Jorge Guillén, recibieron el premio. Éstos son autores que antecedieron su época o crearon un lenguaje excepcional, todavía indigerible. Son los suscitadores de una emoción nueva y diferente. Los “delicados”, que ni la Feria tuvo por estrellas ni el Premio Nobel como candidatos. .

Abel Posse es escritor y diplomático. Su último libro es Los cuadernos de Praga (Editorial Atlántida).

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