Cioran, el tango y los desastres maravillosos

Por Daniel Amiano | LA NACIÓN, 29 de Deciembre de 1997

Sucumbir al placer de la música. Hundirse en su textura esponjosa para permitirnos su realidad fantástica. Se supone que nos pasa a todos, aunque con sensibilidades diversas, vidas diferentes, lenguajes distintos. El hecho de escuchar música también requiere un talento. El filósofo rumano nihilista por excelencia E.M.Cioran encontraba en la música (y desde ella) nuevas formas de buscar la belleza y ampliar el conocimiento. En “Silogismos de la amargura”, le dedica frases como ésta: “Nacido con un alma normal, le pedí otra a la música: ése fue el comienzo de desastres maravillosos”.

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Son muy pocas palabras, pero el concepto, para quienes amamos la música, trae consigo mucho más que una metáfora acertada. ¿Quién no vivió desastres maravillosos una noche de ésas en las que sólo cabe una canción? Cioran amaba el tango. Alguna vez dijo que “Naranjo en flor” era un tratado filosófico por eso de “Primero hay que saber sufrir,/ después amar, después partir/ y al fin andar sin pensamiento”. Es que un hombre tan apasionado desde las ideas, desde el pensamiento, no podía quedar inmune después de conocer la melancolía ciudadana del dos por cuatro. Más aún en alguien que de muy joven se estableció lejos de su tierra natal, en París, y renunció a su lengua para expresarse en francés. Tuvo un desarraigo que el tango describe desde sus notas y que no necesita traducción.

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En una entrevista que le realizó Benjamin Ivry en 1989, Cioran confesó: “Soy un gran aficionado al tango. Es una auténtica debilidad. Asistí a un espectáculo de tango argentino en París, pero me parece que el tango ha degenerado. En el entreacto, envié una nota al director en la que le pedía que fuera un poco más melancólico. Ahora el espíritu ya no es el mismo. El espíritu lánguido se ha vuelto más dinámico. Es mi debilidad por la América latina. Antaño era más profundo y más íntimo. Mi única, mi última gran pasión era el tango argentino”.

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Ante tanta contundencia conceptual, podríamos sentir que el pensador pudo haber sido un argentino más que elaboraba sus ideas desde la mesa de algún café desvencijado de la calle Corrientes. De alguna forma, y gracias a la música de Buenos Aires, Cioran tenía una imagen del hombre de esta ciudad no muy errada, aunque, claro, haberlo descubierto hubiese incluido también algún desencanto. Pero, idealizado o no, el tango, la música del hombre que se derrama en esta ciudad, conmovió a alguien que nunca ensució sus manos en el Río de la Plata ni soportó el tránsito de un viernes a las siete de la tarde.

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Es cierto que hoy, último lunes de 1997, podríamos hablar de lo mejor y lo peor del año musical, o de los mejores discos, o generalidades diversas. Pero no. De pronto apareció Cioran con sus frases. Imágenes de una figura ajena a la actividad musical (en cuanto al hecho productivo, claro está) que, de buena gana, puede servir como síntesis y como deseo para el próximo año, en el que el desafío -y esto para cualquier actividad- podría ser el de agudizar la sensibilidad, alimentarla, darle aliento y, por qué no, exigirla.

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Tal vez entonces empecemos a construir un mundo mejor. Ese del que se habla mucho, demasiado, y finalmente queda fuera de juego. Basta imaginar qué pasaría si nos acercáramos, por ejemplo, a este silogismo final: “Sin el imperialismo del concepto, la música habría sustituido a la filosofía: hubiéramos conocido entonces el paraíso de la evidencia inexpresable, una epidemia de éxtasis”.

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