El último dandi

“Hay quién no siente la obsesión de la muerte, su permanente acecho. Yo la he sentido siempre, sobre todo en los momentos de felicidad”

Fernando Savater El País, 25 de Octubre de 1990

Va a cumplir dentro de poco 80 años y sigue tan vivaz y alerta como siempre. El mejor elogio suyo que se me ocurre es que no puedo imaginármelo profesor: ha nacido sin cátedra lo mismo que otros la llevan en la jeta desde pequeñitos. “Cándido y diabólico” le llamó el escritor italiano Pietro Citati tras hacerle una visita, ampliando después así su retrato paradójico: “Elegante epicúreo, imita los furores bíblicos; nutrido de aspiraciones místicas, es el más escéptico de los individuos. Mundano y eremita, punzante y cortés, reposado y colérico, profeta y tolerante, dividido entre la avidez de la vida y el sentido de la irrealidad de las cosas”. Un perfecto diletante trascendental, como lo fueron Montaigne, Pascal o el propio Nietzsche. El último dandi en el sentido menos cursi del término, el que corresponde a bohemios insustituibles como Baudelaire o Villiers, capaz de darse el lujo de rechazar la invitación de Bernard Pivot a Apostrophes arguyendo: “No quiero que a la gente le suene mi cara y se me estropee el mayor placer de mi vida, los paseos por el jardín de Luxemburgo…”.

Vive en el corazón del barrio Latino de París, a pocos pasos del teatro Odeón. Su pisito es minúsculo, poco más que una chambre de bonne, con el retrete comunitario en el descansillo de la escalera. El espíritu sopla donde quiere y allí está uno de los altos lugares de peregrinación intelectual de Europa. Pronto hará 20 años que lo frecuento, y al entrar me llevo la primera sorpresa: han puesto ascensor. Pero prefiero cumplir el ritual y trepo los escarpados cinco pisos con la jadeante ilusión de siempre. ¿Encontraré otras novedades? Cuando le telefoneé para concertar esta entrevista me sentí en la obligación de avisarle, medio en broma: “Cioran, que me dicen que debo intentar mostrar un lado nuevo e insólito de su personalidad”. “¡Pues dígales que ahora creo en el progreso!”, respondió riendo. “Es que como apareció un artículo suyo en mi periódico”, le recordé tímidamente, “con motivo de la caída de Ceaucescu…, un artículo político y hasta optimista…”. “Cosas que uno hace, ya sabe, la propensión al ridículo. En realidad, hemos cambiado de catástrofe”. Y le oí reír otra vez, pero ahora casi seriamente.

Pregunta. Cioran, usted antes nunca había hablado públicamente de la situación en Rumania. Pero ahora ha hecho varias declaraciones sobre los últimos acontecimientos de su país natal. ¿Por qué?

Respuesta. No podía hacerlo, compréndalo. Tengo familia allí, mi propio hermano. En cambio, yo estaba aquí. en París, a cubierto… Pero hace unos meses yo estaba en una comida y se ha blaba de los acontecimientos en Hungría, en Polonia, en Checoslovaquia, en todos esos países. Un tipo muy insolente me preguntó: “¿Y de Rumania, qué?”. Le dije: “No quiero decir nada”. El tipo se puso furioso y yo en el fondo le comprendí, porque también sentía rabia. Entonces decidí escribir un artículo contra los rumanos. Lo iba a titular: La nada válaca. Cuando estaba a punto de hacerlo, ocurrieron todos los sucesos de Rumania. Confieso que sentí cierto entusiasmo: ¡era la primera vez que los rumanos despertaban en los últimos 50 años!

P. ¿Y qué opina de la situación actual?

R. Como no he ido allí, no tengo un contacto directo con la realidad presente. Hace poco vinieron unos jóvenes a verme, en torno a los 20 años, y me causaron muy buena impresión por su nivel intelectual. Por lo que sé, los jóvenes son la única realidad de Rumania. En cuanto a lo demás, los viejos, la situación política, no tengo buena opinión. No ha habido al parecer un verdadero cambio tras la caída de Ceaucescu. Las cosas siguen siendo bastante parecidas, salvo en un punto importante: ahora hay libertad de expresión, se puede criticar al Gobierno, etcétera. Ésa es la única novedad realmente positiva. Por lo demás, los intelectuales están bastante decepcionados. Y veo que todo el mundo que viene de allí a París quiere quedarse en Francia, lo cual, como usted comprenderá, no es posible. Se imaginan que en Occidente todos los problemas están resueltos.

P. Hablemos un poco de la nueva Europa que se está gestan do. Por ejemplo, la unión de Alemania. ¿Se trata de una esperanza o de una amenaza?

R. Rotundamente , no es una amenaza. Ya sé que mucha gente ve esa unión con miedo, sobre todo en Francia, pero mi opinión es que se equivocan. No hay peligro en Alemania, porque los ale manes, finalmente, han comprendido. Ha hecho falta un monstruo como HitIer para que aprendiesen la lección, pero ya es un hecho, y no creo que pueda haber vuelta atrás.

Xenofobia

P. También preocupa hoy el ascenso del racismo y la xenofobia.

R. Mire, la realidad es que Francia, por ejemplo, se siente invadida. Hace tiempo me atreví a hacer una profecía: dije que dentro de 50 años la catedral de Notre Dame sería una mezquita Hace poco, un hombre político importante me comentó que yo era un optimista, que se habría convertido en mezquita mucho antes… Como usted sabe, soy apátrida, una condición que con viene mucho con mis ideas. Todos los años debo ir a renovar mis papeles a una oficina situada en una barriada periférica de París y es un trámite rápido y sencillo. Este año he encontrado colas inmensas de árabes, negros y gentes de todas partes. Había mucha policía, peleas, etcétera Son cosas que crean un malestar muy cierto. Naturalmente, este malestar es aprovechado luego por la extrema derecha, pero, más allá de la derecha o de la izquierda, el problema subsiste. Se nota una sensación de impotencia, y nadie es capaz de ver una salida. La realidad es que en Francia, como en el resto de la Europa occidental, nadie quiere ya dedicarse a trabajos manuales, y por eso han debido recurrir a gente de fuera. Pero cuando una civilización renuncia al trabajo manual está perdida. En mi juventud leí mucho a Spengler, a quien ahora ya nadie cita. Desde luego, sus opiniones políticas eran bastante sospechosas, pero creo que su diagnóstico era fundamentalmente justo, aunque estuviese muy condicionado por la decadencia de la Alemania de su época. Nuestra civilización está cansada… Por mi parte, sigo este asunto con auténtica fascinación. ¡A fin de cuentas, no a todo el mundo les es dado presenciar una decadencia!

P. Ha citado usted a Spengler, una antigua lectura. Me pregunto qué lee usted ahora. ¿Obras nuevas o más bien se dedica a la relectura?

R. Ahora leo con mayor libertad que antes, porque he renunciado a escribir. Ya no tengo ningún proyecto, de modo que puedo leer lo que se me antoje, cosas que se me habían ido acumulando durante años en la biblioteca. Por ejemplo, un estudio en cuatro volúmenes sobre Pascal y su siglo. Cosas así. Pensamiento filosófico, pero sobre todo filosofía de la historia. Y también muchas biografias. Otro signo de fatiga, ¿ve usted?, la afición a las biografías.

P. Permítame una pregunta que quizá le parezca algo tonta. Si pudiera usted firmar una obra de las que admira, apropiársela, ¿cuál elegiría?

R. La de alguno de esos tipos que han vivido con esperanza una revolución y luego han sido decepcionados por ella.

Decepción revolucionaria

P. ¿Chamfort, por ejemplo?

R. ¡Ése es un ejemplo perfecto! Amo a esos personajes que han vivido la ilusión y la decepción revolucionaria, cualquiera que sea su orientación política. La revolución francesa produjo muchos, desde luego. Son gente que han tenido ocasión de entender por fin.

P. Actualmente se dice que los intelectuales están demasiado pendientes de los medios de comunicación, la televisión, etcétera. Usted se ha mostrado reacio a esas seducciones, pero no puedo negar que ahora es muy conocido. Yo tuve el privilegio de encontrarle cuando aún muy pocos sabían de su existencia.

R. ¡Entonces yo no existía! Y créame, era perfecto. Pienso que no es bueno para un escritor saberse conocido. En mi caso, la explicación es muy sencilla: se debe al libro de bolsillo. Desde luego, no estoy contra el libro de bolsillo, porque es lo que leen los jóvenes. Desde que aparecí en bolsillo recibo muchas cartas de jóvenes, muchas más de las que puedo contestar. Pero el periodo más interesante de mi vida, al menos para mí, fue cuando nadie me conocía. Yo iba a las cenas, a los cócteles, y la gente preguntaba: “¿Quién será este tipo?”. Sabían que era amigo de Beckett, de Ionesco, etcétera, pero en el fondo no sabían nada de mí. Ahora, ya

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