“Un exquisito de la amargura” (Fernando Savater)

El País, 21 de Junio de 1995

Tribuna: Desaparece el Gran Teórico del Escepticismo

Despu√©s de pronunciar cualquier certera enormidad contra el universo, Cioran entrecerraba los ojos, vivaces y lanzaba una carcajada breve, af√©nica y triunfal. A la vez celebraba as√≠ la diana y le quitaba importancia a su sentencia. Digamos lo que digamos, todo va a seguir igual. Nadie fue menos l√ļgubre, nadie se rode√≥ de menos prosopopeya, nadie formul√≥ diagn√≥sticos m√°s aterradores con un aire menos intimidatorio. ¬ŅPodemos imaginar amable al √°ngel, exterminador? Cioran lo era y, tal como cuentan, los te√≥logos de los otros √°ngeles, su individualidad agot√≥ la especie a la que pertenec√≠a. No se le puede encasillar en ning√ļn movimiento literario o filos√≥fico, en ninguna escuela ni en ninguna moda. Es imposible imaginarle hablando de la “deconstrucci√≥n”, el “neobarroco”, la ”posmodernidad” o el “retorno del sujeto”. S√≥lo le preocupaban los temas que podemos compartir con Montaigne o con Buda.¬ŅPor qu√© escrib√≠a? Quiz√° por ansia de componer “un libro ligero e irrespirable, que llegase al l√≠mite de todo y no se dirigiera a nadie”. Insisti√≥ una’y otra, vez en las mismas cuestiones, hurgando de mil maneras en la estremecedora fragilidad de lo que somos y en el inabarcable delirio de lo que apetecernos, rezongando ir√≥nicamente contra su propio empeno pero sin cansarse nunca de √©l ni aburrirnos con √©l. Hay que ser un estilista del mayor calibre para lograr tal proeza “pues no hay progreso en la idea de la vanidad de todo, ni desenlace; y, por m√°s lejos que nos arriesguemos en tal meditaci√≥n, nuestro conocimiento no crece en modo alguno: es en su momento presente tan rico y taw nulo como lo era en un principio. Es un alto en lo incurable, una lepra del esp√≠ritu, una revelaci√≥n por el estupor”. Por su dominio de la abreviatura fulgurante en’la cual se condensa, no ya un tratado -que es poca cosa-, sino toda una rama del saber que nadie ha explorado, s√°lo puede compararse en nuestro siglo con El√≠as Canetti.

Insustituible

Cioran es un escritor literalmente insustituible: cuando uno se aficiona a su tono, no consiente reemplazarlo por ning√ļn paliativo. As√≠ logr√≥ la estima de adictos no desde√Īables (Octavio Paz, Susan Sontag, Paul Celan, Cl√©ment Rosset … ) y tambi√©n la reprobaci√≥n de otros (Eduardo Subirats, Luis Racionero, Javier S√°daba …): la lista de sus c√≥mplices y la de sus adversarios le honran por igual. ¬ŅTiene su obra alguna moraleja? Evidentemente ninguna y, por tanto, puedo proponer dos. La primera pertenece al campo ontol√≥gico: “Hemos perdido naciendo tanto como perderemos muriendo. Todo”. La segunda es de orden pr√°ctico: “Somos y seremos e sclavos mientras no estemos curados de la man√≠a de esperar”.

Fuimos amigos durante m√°s de veinticinco, a√Īos. Nunca he conocido a un maestro menos solemne a un compa√Īero mas acogedor y m√°s ameno. Fue la √ļnica persona de alto rango in telectual totalmente carente de pedanter√≠a con la que he trata do. Su forma de vida era tan poco ostentosa que ni siquiera, hac√≠a ostentaci√≥n de su faltade ostentaci√≥n. Y es que no hab√≠a renunciado a nada: simplemen te sab√≠a lo que importaba y daba de lado el resto sin alharacas. Viv√≠a a su modo pero jam√°s hac√≠a reproches a la forma de vivir de los dem√°s, al contrario, celebraba sinceramente que, un escritor al que apreciaba recibiera el premio que √©l hab√≠a rechazado discretamente la semana anterior. Ten√≠a una generosidad casi risible con todo, con su tiempo, con su hospitafidad, wn ropas o comida o libros de segunda mano, con sus consejos, sorprendentemente atinados y llenos de sentido com√ļn, Por lo que yo s√© no carec√≠a de ninguno de los tics de la santidad, aunque para ser santo le faltaba la tara de la fe y le sobraba humor. Mantuvo inalterada su agilidad mental y f√≠sica hasta un par de a√Īos antes de morir, cuando le demoli√≥ bruscamente el mal de Alzheimer: “¬°Haber proferido m√°s blasfemias que todos los demon√≠os juntos y verse maltratado por los √≥rganos, por los caprichos de un cuerpo, de un escombro!”.

Alguna de aquellas noches de s√°bado a comienzos de octubre, cuando cada a√Īo sol√≠a ir a verle, tras la deliciosa velada con la incomparable Simone, y con √©l, Cioran me escoltaba hasta el metro de la plaza del Ode√≥n. Se inquietaba por mi seguridad en la jungla urbana: “Mire que aqu√≠ el metro es, muy peligroso, no estamos eri Espafia, ¬Ņde veras no quiere que le acompa√Īe?” As√≠ le recuerdo ahora, su figurilla fr√°gil envuelta en un abrigo gastado y cubi√©rto con su gorro de piel de esp√≠a moscovita despidi√©ndose de m√≠ con una sonrisa preocupada mientras yo empezaba a descender las √©scaleras del metro. No, Emil, amigo m√≠o, no puedes acompa√Īarme ni yo puedo acompa√Īarte ahora: a las tinieblas inferiores cada cual tiene que bajar solo.

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