Clément Rosset celebra la alegría de vivir frente al pesimismo radical de Cioran

El filósofo francés comenta que el autor rumano parte de la ‘pequeñez del ser humano’

José André Rojo — El País, 21 de Febrero de 2012

Hay un acuerdo de fondo entre el pensamiento de Rosset y el de Cioran: que todo es un desastre. ‘No hay ningún bien en el mundo al que un examen lúcido no le haga parecer, en última instancia, irrisorio y desdeñable’, escribe el primero. El segundo contaba que en cuanto se toman distancias frente a cualquier persona surge la pregunta irremediable: ‘¿Cómo será que no se mata?’. Ayer, Rosset volvió a hurgar en las complicaciones de la existencia en una conferencia sobre Cioran. Para concluir que ‘sin conocer lo más trágico, no es posible conquistar el gozo de vivir’.

Como Cioran, Clément Rosset (1939) es de esos pensadores que no le tienen miedo a transitar por las zonas más ásperas de la realidad. En una entrevista poco antes de su conferencia, de lo que se trataba era de abordar las grandes líneas de su pensamiento que, partiendo de un diagnóstico radicalmente trágico de la condición humana, se empeña una y otra vez en celebrar la alegría, el gozo, de vivir. Había, por tanto, una larga lista de cuestiones: el carácter decisivo de las ilusiones en la vida de los hombres, la importancia de la risa, el peso del azar en el rumbo ciego de los acontecimientos, el carácter artesanal de un oficio como el de la filosofía que se propone elaborar un acercamiento total a la realidad, nuestra realidad. Pero Clément Rosset se puso a hablar de su familia.

‘Soy francés por casualidad. Mis tres hermanos y mi hermana nacieron en Madrid. Cuando empezó la guerra civil, y por prudencia, mi padre trasladó a su familia a Francia. Él se quedó aquí y, por su condición de extranjero, pudo ayudar a gente de los dos bandos que padecían las inclemencias del conflicto’.

Rosset habló ayer de Cioran en el Círculo de Bellas Artes. Fue esta propia institución la que lo trajo, junto a la editorial Pre-Textos, que celebra con una serie de conferencias su 25º aniversario, y la Embajada de Francia. Se esforzó en hablar en español, una lengua que se le fue contagiando por su ambiente familiar, apasionado por las cosas de este país, y por sus lecturas. ‘En lo que he escrito ha sido muy importante la alegría de vivir. Y eso es algo que descubrí en España. No hay nada que merezca la pena si no se hace con entusiasmo. Sin el gozo de la sexualidad, no hay vida, no hay alegría, no hay nada. Ni siquiera filosofía’.

Un baile en Mallorca

Durante la entrevista, Rosset tomó la palabra con una decidida, aunque oculta, voluntad de utilizar la estrategia Cerros de Úbeda. Pero, de vez en cuando, y como quien no quiere la cosa, aludía a su trabajo. ‘Todo lo que rodeó mi infancia remitía a España. Tomábamos el vino en unos vasos en los que se leía ‘Tío Pepe’. Y víajábamos con frecuencia a Mallorca, donde mi padre había comprado un chalet. Fue allí donde tuve una experiencia que considero esencial para el desarrollo de mi obra. Fue en 1953, en un pequeño pueblo de unos 120 habitantes. Asistí a un baile que me reveló que lo verdaderamente importante es la alegría, la brusca irrupción de la sexualidad, la fiesta, la risa’.

Todo esto venía a cuento de una pregunta sobre Cioran, el filósofo rumano sobre el que Rosset disertó en Madrid y sobre el que ya había escrito en La fuerza mayor, publicado en España por Acuarela. ‘Conocí a Cioran gracias a Savater y fuimos muy buenos amigos’, cuenta. Pero subrayó enseguida: ‘Nunca hablamos de filosofía’.

‘Cioran no es exactamente un pesimista a la manera tradicional’, contó Rosset, ‘aunque condenaba de una manera fulminante la vida’. Y, precisamente entonces, cuando se esperaba una floritura conceptual sobre el brillante ensayista rumano, Rosset prefería contar anécdotas. ‘Era un gran jugador, le gustaba divertirse. Era muy cortés, un seductor. Tenía problemas de úlcera, así que cuando bebíamos un poco de vino miraba con envidia la cantidad que nos habíamos servido su mujer y yo, pues él sólo podía contentarse con un cuarto de vaso’.

De Clément Rosset se han publicado cinco libros en España: La antinaturaleza (Taurus, 1974), La lógica de lo peor (Barral, 1976), Lo real y su doble (Tusquets, 1983), El principio de crueldad (Pre-Textos, 1994: hay traducción catalana, Principis de saviesa y de follia, en Eliseu Climent, 1997), y La fuerza mayor, que apareció en 2000. Su obra, de una rara originalidad, reivindica lo que llama pensamiento trágico frente a aquellas escuelas filosóficas que parten de la hipótesis de que el hombre puede mejorar, perfeccionarse. Rosset no se hace ilusiones. Pero tampoco lloriquea.

Sus referentes son Nietzsche, Pascal, Montaigne, Spinoza o Lucrecio. Así que sabe qué es lo peor. Pero declaró, rotundamente, que la afirmación de la vida sólo tiene sentido cuando se conoce de cerca lo más sombrío. ‘Sólo el conocimiento de lo más trágico te lleva a la alegría de vivir’. Está, por tanto, de acuerdo con Cioran cuando éste critica a aquellos que celebran la felicidad después de olvidar, después de ponerse de espaldas a los conflictos de la vida. La alegría de la que habla Rosset procede de una raíz bien diferente.

Un ‘bon vivant’

¿Habrá alguna forma de que Rosset se pronuncie, más allá de los chascarrillos, sobre Cioran? Pone mala cara. ‘Eso ya lo he contado en mis libros. Es tremendamente difícil escribir sobre cosas complicadas de expresar. Y más difícil aún cuando hay que hacerlo de manera sencilla. Al ver aquel baile de Mallorca, entendí que lo más importante era la alegría de vivir después de conocer todos los sufrimientos. Lo tenía claro, pero a ver cómo lo explicas. En buena medida, el conocimiento te llega como una gracia, como un don, como un milagro’.

Por no hablar de grandes conceptos, Rosset fue capaz de contar incluso algún secreto. ‘De esos que dan vergüenza’, dijo. Y explicó que, hace años, supo de un traductor que le había preguntado a Cioran sobre un tal Rosset. Y que éste había contestado: ‘Es un bon vivant al que la filosofía no ha estropeado’.

Así que el bon vivant vino a Madrid para hablar de Cioran. Su pesimismo, escribió Rosset en La fuerza mayor, se desencadena al constatar que la ‘paradoja de la existencia es la de ser algo y, al mismo tiempo, la de no contar para nada’. Por eso es un pesimismo atípico. No procede de descubrir el absurdo de la existencia. Es el resultado de saber la condición efímera del hombre, ‘la pequeñez del ser humano’.

Pero Rosset vuelve enseguida a las historias. ‘¿Sabe que Cioran quería instalarse en España? Decía que el franquismo era sólido y que le venía bien a su carácter. Así que viajó a pie y en bicicleta buscando un lugar donde vivir. Al final me confesaría que para nada, que el régimen no era tan serio, que España era un garito’.

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