En defensa del pesimismo: fragmento de “Libro de las explicaciones”

Tedi López MILLS, Libro de las explicaciones, Oaxaca: Almadía, 2012.

Revista Replicante — Cultura cr√≠tica y periodismo digital

Imaginé una lucidez aguda, penetrante, al estilo de Chamfort o Lichten­berg, pero ya adaptada a un nuevo régimen. En resumen, cometí el gran pecado de los pesimistas: tuve expectativas. No conté con un elemento tan drástico como el destiempo. El delirio monotemático de Cioran pertenecía a otra época.

Sospecho que el principal obst√°culo del pesimismo es que tenga que llevarle la contra al optimismo y que, por esta cons¬≠tante oposici√≥n, adquiera una monoton√≠a que puede conven¬≠cer a sus adeptos de pasarse al bando contrario. Sin duda a m√≠ me desconcierta la gente que le pone siempre su mejor cara a las circunstancias, le saca partido aun al peor de los hechos, afirma que algo estuvo bien cuando evidentemente estuvo mal, pero me temo que el pesimismo o, mejor, la expresi√≥n del pesimismo, provoca una inquietud mayor: es aburrida, reite¬≠rativa y exagerada. Hay que admitir, adem√°s, que una campa¬≠√Īa a favor del No rotundo posee un fondo de optimismo, en la medida en que quiere tener la raz√≥n, ganar la partida. El pesi¬≠mista peca a veces de iluso, de ensimismado, y no se da cuenta de que su melancol√≠a, su resignaci√≥n y su visi√≥n oscura se han transformado en una especie de demagogia de promesas que, si se cumplen, corren el riesgo de hacerlo feliz o al menos de darle satisfacci√≥n. Se cae entonces en una paradoja: en un op¬≠timismo perverso. La √ļnica salida es el silencio. El verdadero pesimista no da explicaciones y le deja al optimista todas las ventajas y las banalidades de la elocuencia.

Mi intenci√≥n original no era comenzar criticando al pe¬≠simismo, sino exactamente lo opuesto, como bien lo plantea mi t√≠tulo. Sin embargo, para documentar y fortalecer mi v√≠a negativa se me ocurri√≥ leer a un autor que estuvo de moda en los ochenta y tal vez a principios de los noventa: E. M. Cio¬≠ran. Pens√© que en sus libros encontrar√≠a el destilado m√°s puro de una inteligencia epigram√°tica, sard√≥nica; que cada una de sus frases ahondar√≠a en un estado de √°nimo que subsiste al margen de cualquier experiencia. Imagin√© una lucidez aguda, penetrante, al estilo de Chamfort o Lichten¬≠berg, pero ya adaptada a un nuevo r√©gimen. En resumen, comet√≠ el gran pecado de los pesimistas: tuve expectativas. No cont√© con un elemento tan dr√°stico como el destiempo. El delirio monotem√°tico de Cioran pertenec√≠a a otra √©poca, quiz√° no del mundo, pero s√≠ m√≠a. Recuerdo que varios de mis amigos le√≠an a este rumano radicado en Par√≠s como si hubiera sido el gran mensajero de un apocalipsis ah√≠to de esperanza, donde uno pod√≠a odiar y denostar con es¬≠tilo, donde uno pod√≠a cultivar el embeleso con la muerte sin tener que rebajarse a la vulgaridad de morir, pues in¬≠cluso el suicidio quedaba del lado de los creyentes, de los optimistas. Con Cioran se aprend√≠a que la escasez de pro¬≠cedimientos, de sistemas desembocaba en la √ļnica verdad inobjetable: nuestra vida en este mundo carece de sentido y estamos aqu√≠ por accidente. Construir una ontolog√≠a o teolog√≠a sobre esta base es un gesto puramente teatral. Al cabo moriremos y una cosa sustituir√° a otra. ‚ÄúCreo en el futuro de lo terrible‚ÄĚ, escribi√≥ Cioran. La consigna parece tener la fuerza de una broma. Si uno no se r√≠e, significa que uno prefiere la felicidad.

Cioran lleg√≥ a Par√≠s en 1937 y vivi√≥ en un hotel de la Rive Gauche durante veinticinco a√Īos, antes de mudarse por fin a un peque√Īo departamento. La falta de una casa, de muebles y, sobre todo, de una biblioteca era parte fundamental de su militancia a favor de la desilusi√≥n. Sus d√≠as transcurr√≠an en un cuarto, en restaurantes universitarios y en paseos por la ciudad y por el Jard√≠n de Luxemburgo. Sus noches eran insomnes muy a menudo y esto lo llevaba a deambular y a tomar notas en sus cuadernos. Las visiones postulaban el aburrimiento como punto de arranque. As√≠ hab√≠a comenzado su propia vida: ‚ÄúYo podr√≠a indicar el momento de mi ataque inicial de aburrimiento, a los cinco a√Īos. Pero, ¬Ņpara qu√©? Siempre me he aburrido enormemente‚ÄĚ. Escribi√≥ su primer libro,¬†En las cimas de la desesperaci√≥n, a los veintid√≥s a√Īos, en 1934, y extra√Īamente no cambi√≥ de opini√≥n ni de estado de √°nimo hasta su muerte en 1995. Lo curioso es que insistiera en escribir, en comunicar algo que, en realidad, anulaba la importancia misma de la comunicaci√≥n. Consult√© seis obras de Cioran y, fuera de¬†Ejercicios de admiraci√≥n,¬†la selecci√≥n de sus¬†Cuadernos¬†(publicados p√≥stumamente) y¬†Conversaciones,¬†tuve la sensaci√≥n constante de estar leyendo el mismo libro, en cuyos fragmentos y a veces aforismos los temas son re¬≠currentes: el hast√≠o, la ausencia de Dios, la Nada intr√≠nseca y perif√©rica, el sufrimiento como actividad casi higi√©nica, la inutilidad y el enga√Īo de la filosof√≠a tradicional, la estupi¬≠dez de la gloria y de la humanidad, la ineficacia del amor, la exaltaci√≥n de la muerte y el miedo a morir. Tal recurren¬≠cia se acaba asemejando, al principio, a un pensamiento y luego, cuando uno se adentra en las muchas p√°ginas, a una forma exaltada de pobreza y de esterilidad. Hay, adem√°s, un elemento disonante en la desolaci√≥n de Cioran, un tono po√©tico, l√≠rico, rom√°ntico que lo acerca peligrosamente al sentimentalismo que rechaza machaconamente. Parecer√≠a que la vocaci√≥n literaria es m√°s poderosa que la filos√≥fica, pero que el talento o las premisas son tan limitados que no logran salvo negar el principio de la construcci√≥n que imagi¬≠nan. El propio Cioran admiti√≥ en sus¬†Cuadernos¬†que era un sentimental, un rom√°ntico a la vieja usanza. Sugiri√≥ incluso una justificaci√≥n de la esterilidad manifiesta de sus escritos m√°s oficiales: ‚ÄúEn la √©poca en que escrib√≠a en primera per¬≠sona, todo sal√≠a solo: desde que desterr√© el ‚Äėyo‚Äô, la menor frase exige un esfuerzo y no siento la menor inclinaci√≥n a producirla. La impersonalidad paraliza mi espontaneidad‚ÄĚ. Quiz√° por la presi√≥n editorial, por su √©xito relativo ‚ÄĒgan√≥ numerosos premios, aunque s√≥lo acept√≥ el primero‚ÄĒ Cioran se convirti√≥ en un profesional de los malos augurios y las p√©simas noticias. Muy a su pesar, como se puede ver en los¬†Cuadernos. Ah√≠ se vislumbra el drama entero de una obra he¬≠cha de puros comentarios inconexos; se percibe la tragedia de su incongruencia y se reconoce su absoluta autenticidad. Ah√≠ est√° la otra cara, la oscura y realista, del Cioran que en sus libros m√°s c√©lebres da la impresi√≥n de ser s√≥lo un habla¬≠dor, un publicista experto en los matices del horror. Tam¬≠bi√©n ah√≠ se halla toda la argumentaci√≥n de su indiferencia: a Cior√°n de veras no le importaba la suerte de sus escritos. Eran simplemente un instrumento adecuado para mitigar la duraci√≥n del tiempo. Tal vez lo que m√°s habr√≠a querido es componer poemas. Sus palabras suelen rondar ese hueco. De ah√≠ que lo mortificara tanto la belleza del cielo o del mar o de un risco en pleno invierno. En prosa se desbarataba la inmediatez y se pon√≠a de manifiesto el dilema rudimentario de la fugacidad; s√≥lo un poema habr√≠a podido capturar ese instante de dicha y de comuni√≥n.

En Cioran no hay cabos sueltos. Cualquier objeci√≥n que uno pudiera hacer a su obra ten√≠a una respuesta perfecta¬≠mente racional en sus¬†Cuadernos¬†y sus entrevistas. Cuan¬≠do se le pregunt√≥ en 1977 por qu√© escrib√≠a si le resultaba tan in√ļtil y laborioso, √©l argument√≥ lo siguiente: ‚ÄúEscribir, por poco que sea, me ha ayudado a pasar los a√Īos, pues las obsesiones¬†expresadas¬†quedan debilitadas y superadas a medias. Estoy seguro de que si no hubiese emborronado papel, me hubiera matado hace mucho. Escribir es un alivio extraordinario. Y publicar tambi√©n‚Ķ‚ÄĚ Aclar√≥ en la misma entrevista que a √©l no le importaba el lector y escrib√≠a √ļni¬≠camente para curarse de sus trastornos. Tambi√©n el car√°cter disgregado de su obra obedec√≠a a una proped√©utica del dolor e incluso de la libertad. La filosof√≠a s√≥lo era posible como pedacer√≠a, como explosi√≥n; √©sa hab√≠a sido la gran lecci√≥n de Nietzsche, su prueba de honestidad, de fidelidad a la naturaleza inestable del pensamiento. Al emprender un ensayo largo, se√Īal√≥ Cioran, uno empieza por una serie de afirmaciones, de generalizaciones y luego queda ‚Äúprisione¬≠ro de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respet√°ndolas hasta el final, a no contradecirse‚Ķ √Čste es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permi¬≠tir la contradicci√≥n‚Ķ En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo d√≠a puede uno decir una cosa y la contraria‚ÄĚ. En Cioran esta contradicci√≥n positiva es apenas perceptible, quiz√° porque lo suyo consist√≠a menos en las ideas que en las consecuencias de irlas borrando por ser obst√°culos a la atm√≥sfera en la que √©l prefer√≠a sobrevivir, la del vac√≠o o la nada, esas dos palabras que ahora resue¬≠nan como art√≠culos de una moda caduca, pero que Cioran hab√≠a perfeccionado en motivos de una devoci√≥n cotidiana. Conmemorar el fracaso, describirlo aunque fuera con un ingenio tan literario que lo pon√≠a en entredicho, fue uno de sus prop√≥sitos cardinales. Que en esta haza√Īa se topara de repente con lectores y admiradores era accidental, y no le proporcion√≥ a Cioran ninguna oportunidad de redimir su causa injusta y trasladarse del lado de la alegr√≠a y el calor humanos.

No deja de inquietar que lo m√°s sugestivo de Cioran no est√© en sus libros deliberadamente filos√≥ficos, sino en las justificaciones que anot√≥ en sus¬†Cuadernos¬†y declar√≥ en sus entrevistas, donde uno halla la plenitud de un sarcasmo autodirigido, de un escepticismo veloz y marginal sin la ideolog√≠a y el disfraz que √©l le impuso en sus tratados m√°s ortodoxos. El car√°cter fragmentario no lo libr√≥ del peso de la repetici√≥n ni de la carga enorme de fabricar un sistema incluso a contracorriente. Cioran termin√≥ siendo prisione¬≠ro de una libertad que se anquilos√≥ en una f√≥rmula y de un estilo que le impidi√≥ inventar otros recursos, pues lo que buscaba decir era finalmente unilateral y carec√≠a de contra¬≠dicciones internas. √Čstas exist√≠an afuera, en la vida misma, donde Cioran iba y ven√≠a como mera persona, con amigos, compromisos sociales, mujeres, citas, conversaciones y se¬≠guramente largos tramos de normalidad.

Seg√ļn cuenta Cioran, el estilo fue una atadura que sur¬≠gi√≥ con su adopci√≥n del franc√©s. Anteriormente, en sus li¬≠bros escritos en rumano, la plasticidad de esa lengua, con tan poca tradici√≥n acad√©mica y literaria, le hab√≠a permitido un movimiento m√°s diverso. Pod√≠a escribir mal sin que hu¬≠biera el menor problema de recepci√≥n. Sin embargo, con el franc√©s tuvo que hacerse m√°s consciente y, en consecuen¬≠cia, menos confiado. Se puso una m√°scara y alter√≥ en cierto modo su destino entero. Por fortuna, pudo incorporar esta metamorfosis a su resignaci√≥n m√°s general: un idioma era el culpable de las constricciones, no un contenido.

Entre los libros traducidos del rumano y los traduci¬≠dos del franc√©s no veo mucha diferencia. Quiz√°s eran m√°s estent√≥reos, grandilocuentes los de la lengua original. Cioran aprendi√≥ algunos protocolos de cortes√≠a o, en todo caso, conoci√≥ a algunos de sus interlocutores y aprendi√≥ a escribir con esas miradas por encima del hombro. Sea como sea, es raro que un mensaje negativo se haga tan popular, que un sue√Īo de soledad desemboque en una aspiraci√≥n comunal. Cioran confes√≥ que la mayor parte de sus lecto¬≠res eran personas desquiciadas, suicidas en potencia que lo consideraban menos como un autor que como un terapeuta de la negrura. Tambi√©n confes√≥ que hab√≠a puesto en sus libros ‚Äúlo peor de m√≠ mismo‚ÄĚ. Tal vez en venganza merece nuestro desinter√©s, aunque no lo provoque. M√°s bien des¬≠pierta, a la larga, cuando uno se percata de que el mensaje es una cantilena invariable, un hast√≠o y una irritaci√≥n equi¬≠valentes a los que √©l padece. Y cierta suspicacia, digamos, pomposamente, intelectual. Como si Cioran hubiera toma¬≠do la ruta f√°cil, la de echar todo por tierra y luego burlarse de la ridiculez de los pedazos. En otra entrevista aclar√≥ que su preferencia por los fragmentos y los aforismos pro¬≠ven√≠a de la pereza, pues para escribir textos hilados hab√≠a ‚Äúque ser un hombre activo. Yo¬†nac√≠¬†en el fragmento‚ÄĚ. Lo cual oscila entre el enigma y una descripci√≥n hist√≥rica (y casi hist√©rica) de Rumania.

El remordimiento puede ser la otra cara del pesimismo. Cioran fue culpable de haber apoyado con vehemencia a la Guardia de Hierro en su pa√≠s y de haber admirado a Hitler y el nazismo durante su estancia de dos a√Īos en Alemania. En un escrito del 15 de julio de 1934 declar√≥ lo siguien¬≠te: ‚ÄúNo hay ning√ļn pol√≠tico en la actualidad que me inspire m√°s empat√≠a y admiraci√≥n que Hitler‚ÄĚ. Aunque reconoc√≠a la monstruosidad del personaje, consideraba que s√≥lo un l√≠der as√≠ pod√≠a conducir a un pa√≠s hacia la grandeza. Escribi√≥ incluso un libro acerca del tema,¬†La transfiguraci√≥n de Rumania,¬†que lo avergonz√≥ hasta el final de su vida. Ya aquejado de Alzheimer, dio el aval para que se reeditara en Rumania, nunca en Francia.

Sus seguidores apenas toman en cuenta estas ignomi¬≠nias o las tildan de pecados de juventud. Por ejemplo, en la cronolog√≠a que publica Tusquets en el volumen¬†Conver¬≠saciones¬†se menciona de paso la simpat√≠a con la Guardia de Hierro, que de alg√ļn modo se minimiza se√Īalando su arrai¬≠go m√≠stico, pero no se dice nada acerca de la fascinaci√≥n con Hitler. En 1986 un periodista de¬†Die Zeit¬†le pregunt√≥ a Cioran acerca de su juventud fascista y √©ste respondi√≥ con su destreza habitual: ‚ÄúNo eran sus ideas lo que me interesaba, sino m√°s que nada su entusiasmo. Establec√≠a entre esa gente y yo como un v√≠nculo. Una historia pato¬≠l√≥gica, a fin de cuentas. Pues por mi cultura y mis concep¬≠ciones yo era totalmente diferente de ellos‚ÄĚ. Ya en Francia intent√≥ borrar las huellas de estas bajas pasiones y se hizo fan√°ticamente apol√≠tico. Hasta cierto punto su pesimismo tan furibundo fue una justificaci√≥n velada de sus deslum¬≠bramientos juveniles: si de veras nada importa, entonces tampoco importa lo malo. La √ļltima consecuencia de tal paradigma es una inc√≥moda pero elegante frivolidad. Ah√≠ se instal√≥ Cioran para lanzar sus invectivas.

El culto al entusiasmo que recorre toda su obra es sor¬≠prendente: una especie de furia animosa que acaba siendo una apuesta vital. A Cioran le procuraba un enorme placer su inagotable capacidad discursiva, cuyos cimientos eran la negaci√≥n rotunda; por lo tanto, encima se pod√≠a erigir cual¬≠quier estructura. Seg√ļn √©l no era pesimista, sino piadoso: ‚ÄúIncluso ‚Äėconsolador‚Äô. Soy un modesto bienhechor. Pero mi remedio no es universal‚ÄĚ. Sin embargo, es remedio, lo cual apunta hacia una forma de esperanza y hacia la clave misma del pesimismo como estrategia o superstici√≥n: si se adopta una visi√≥n absolutamente negativa, lo que traiga la mera vida, la m√°s ordinaria, marcar√° una diferencia tan grande que le conceder√°, al portador del pesimismo, una dicha mediana. La complejidad del nudo no cancela su efi¬≠cacia. El problema son las palabras: poner por escrito lo que s√≥lo se debe insinuar como profec√≠a, si uno es pretencio¬≠so, o previsi√≥n, si uno intenta ser pr√°ctico. Quiz√°s el mayor defecto del pesimismo es que sus mecanismos no incluyen las posibles excepciones ni los cambios de opini√≥n. Un pe¬≠simista dif√≠cilmente puede anunciar que va a optar, pasaje¬≠ramente, por las v√≠as del optimismo. Aunque su naturaleza retorcida podr√≠a argumentar que, como nada vale la pena, conviene m√°s ser feliz. Pero entonces soltar√≠a las riendas del diminuto poder de predecir siempre un desenlace fu¬≠nesto, lo cual le otorga las armas de un demiurgo que, por si fuera poco, nunca pierde la jugada: si lo malo que predi¬≠jo no ocurre, el alivio es casi igual a la felicidad; si por el contrario la predicci√≥n se cumple, haber tenido la raz√≥n le proporciona un gran gusto y una sensaci√≥n tolerable de orgullo, pues se qued√≥ con la √ļltima palabra, con el muy fa¬≠moso: ‚ÄúYo se lo dije‚ÄĚ, divisa reconfortante que, entre otras cosas, borra los rasgos del azar.

Cioran se hart√≥ de ‚Äúcalumniar al universo‚ÄĚ y, al cabo de m√ļltiples libros y de una ambigua celebridad, resolvi√≥ guardar silencio. Pero tal vez era demasiado tarde. Su pe¬≠simismo ya hab√≠a hecho escuela, ya hab√≠a corrido con muy buena fortuna. ¬ŅHabr√° algo m√°s agobiante para el desen¬≠canto que convertirse en su promotor? Un pensamiento tan pesaroso tendr√≠a que haber desembocado en el suicidio o, al menos, la locura, no en los salones y las revistas de Par√≠s. Siempre h√°bil, Cioran convirti√≥ ambas salidas en apoteg¬≠mas: el suicidio en su idea m√°s positiva ‚ÄĒ‚ÄúEs muy importan¬≠te saber que podemos matarnos cuando queramos. Eso nos calma, nos satisface. El problema est√° resuelto y la comedia contin√ļa‚Ķ‚ÄĚ‚ÄĒ y la locura en un efecto especial de la intensi¬≠dad, un artilugio de la mente ya acostumbrada a lidiar con monstruos. Cerca del final de su vida acept√≥ que su papel de apoyo moral, de confesor laico, era una gran iron√≠a: ‚ÄúSo¬≠brevivir a un libro destructor es siempre penoso para un escritor‚ÄĚ. Es decir, hasta el propio pesimismo defraud√≥ a Cioran, que ni siquiera consigui√≥ el fracaso que tanto ha¬≠b√≠a anunciado e incluso logr√≥ cumplir con su prop√≥sito de nunca trabajar: vivi√≥ de la generosidad de varios mecenas y despu√©s del empleo de su mujer, Simone Bou√©. Ante tales triunfos ambivalentes quedaba un paliativo: decepcionarse de la decepci√≥n y callar. El cuerpo viejo y enfermo se en¬≠cargar√≠a de lo dem√°s.

Por simple coherencia, la suerte del pesimismo tiene que ser mala, sino justificar√≠a cierto grado de optimismo. Las fa¬≠llas en su adicci√≥n mec√°nica a los pron√≥sticos devastadores no lo desmienten, √ļnicamente posponen sus efectos. Entre una consecuencia rotunda y otra hay muchos d√≠as con¬≠vencionales. Y es ah√≠, en esas rachas de duraci√≥n indolora, donde el pesimismo funciona como instrumento de modula¬≠ci√≥n, como un m√©todo de contraste que sirve para ir admi¬≠nistrando peque√Īas dosis de bienestar. El juego depende de que el tiro de dados sea la premisa, no la conclusi√≥n. A par¬≠tir de c√≥mo caen las piezas puede uno, pesimista, adaptar el infortunio a las circunstancias y provocar a veces chispas de felicidad. El truco reside en no creer que se pueda repetir. Se trata menos de una decisi√≥n que de una especie de artesan√≠a de la conjetura; algo que uno hace por h√°bito y por car√°cter, no por conocimiento.

Pero termina siendo una jaula. Schopenhauer se hizo famoso, en parte, por sus injurias y su negativismo, no por su filosof√≠a a secas. Como a un animal de circo, la gente deseaba ver de cerca sus aspavientos y o√≠r esas horribles proclamas en voz alta: ‚ÄúEl infierno del mundo supera al infierno de Dante en que cada cual es diablo para su pr√≥¬≠jimo‚ÄĚ. La vida oscilaba como un ‚Äúp√©ndulo entre el dolor y el hast√≠o‚ÄĚ y ninguna alegr√≠a era capaz de desequilibrar la medida perfecta e inamovible del sufrimiento. El optimista responder√≠a, como el C√°ndido de Voltaire, que, sea como sea, √©ste es el mejor de los mundos posibles y que uno debe aprender a relativizar antes de establecer par√°metros fijos. Tal median√≠a har√≠a re√≠r al pesimista. La verdad en serio no puede depender de algo tan vol√°til como la perspectiva. La existencia del hombre, remat√≥ Schopenhauer, es ‚Äúuna historia natural del dolor, que se resume as√≠: querer sin mo¬≠tivo, sufrir siempre, luchar de continuo, y despu√©s morir‚Ķ Y as√≠ sucesivamente por los siglos de los siglos, hasta que nuestro planeta se haga trizas‚ÄĚ.

En un plano personal el asunto tiene que ver con los humores: el malo del pesimista y el bueno del optimista. Lo cual no se escoge; uno se adapta y aprende o desaprende. Ninguna actitud, por desgracia, modifica el dato sustan¬≠cial de la mortalidad. Queda el trayecto. El optimista sabe maniobrar; el pesimista, como un perro terco, no suelta el hueso de la obviedad. Y eso dificulta defenderlo. A veces, en los d√≠as menos l√ļgubres, el pesimista puede vislumbrar entre l√≠neas o entre rejas a su contrario. Entonces advierte que en realidad andan siempre juntos. Y ese peligro, el de la dis¬≠cordia, lo anima.¬†¬ģ

‚ÄĒCap√≠tulo del¬†Libro de las explicaciones, Oaxaca: Almad√≠a, 2012. Reproducido con la autorizaci√≥n de la editorial.

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