El budismo de Cioran

Fernando Solana Olivares – Milenio (Mexico), 21 de Septiembre de 2012

El primer capítulo de Desgarradura (Tusquets Editores, Buenos Aires, 2004), uno de los más tonificantes e indóciles libros de E. M. Cioran, se inicia mencionando la leyenda de inspiración gnóstica según la cual, en tiempos previos al tiempo, hubo una lucha celeste entre los partidarios del arcángel Miguel y los secuaces del Dragón. Los ángeles que no tomaron partido en esta batalla metafísica fueron condenados a vivir en la Tierra. De ahí nuestra condición anfibia, escatológicamente hamletiana, la caída producto de nuestra ambigüedad. Para Cioran, neo-gnóstico sin serlo, idólatra de la duda, incrédulo en ebullición, budólogo aunque no budista —como se verá—, entonces comienza la historia, la cual “tendría por causa una vacilación y el hombre sería el resultado de una duda original”. El castigo consistirá en que sea arrojado a la Tierra “para aprender a optar”. Y en adelante su condena comprenderá la realización del acto, la búsqueda de la aventura, el afán por seguir una causa y el impulso para reunirse en torno a una verdad.

Aunque el genial e inclasificable rumano se pregunta de cuál verdad trátase, pues existen dos nociones de ella conforme a la escuela filosófica que define como la más avanzada de todas: “En el budismo tardío, especialmente en la escuela Madhyamika, se pone el acento en la radical oposición entre la verdad verdadera o paramarta, patrimonio del liberado, y la verdad corriente o samvriti, verdad ‘velada’, más precisamente ‘verdad de error’, privilegio o maldición del no liberado”.

La verdad verdadera, explicará Cioran, la “que asume todos los riesgos, incluido el de la negación de toda verdad y de la idea misma de la verdad”, es una prerrogativa de aquellos, escasísimos, quienes deliberadamente se colocan fuera del ámbito de los actos y aprehenden la insustancialidad de los seres y las cosas porque no cuentan ni con una naturaleza propia ni con una substancia íntima o esencial: son fenómenos parciales y episódicos que cesan cuando sus componentes se disgregan, obedeciendo al axioma de que todo lo que es compuesto, desde el universo físico hasta los seres que lo habitan, deberá perecer. Dicha aprehensión de la insustancialidad de la verdad relativa no significa frustración o pena algunas, sino todo lo contrario, “ya que la apertura a la no-realidad implica un misterioso enriquecimiento”, una suprema realización de la conciencia.

Arthur Schopenhauer, diría Ribot, fue el primer budista extraviado en Occidente. Cioran, en cambio, ese cantor insomne de nuestro final (“Pronto sonará la hora de cierre en los jardines de todas partes”), confiesa otra afiliación más próxima a las características básicas de nuestra occidentalidad.

“Durante mucho tiempo —contó a Léo Gillet en el extraordinario volumen Conversaciones (Tusquets Editores, México, 2012)— me consideré budista. Lo decía, me jactaba, estaba orgulloso, hasta el día en que me di cuenta de que era una impostura. […] La vía que propone el budismo me resulta inaccesible. La renuncia al deseo, la destrucción del yo, la victoria sobre el yo. Si sigues apegado a tu yo, el budismo es una imposibilidad. Por tanto, has de triunfar sobre tu yo, pero yo he comprobado que no podía triunfar sobre el mío y que estaba obsesionado por mí mismo, como todos nosotros, como todos los no budistas. […] Las soluciones que propugna el Buda no son las mías, ya que no puedo renunciar al deseo. Yo no puedo renunciar a nada. Y entonces me dije: esta impostura tiene que acabar. Soy budista únicamente en mi denuncia del sufrimiento, la vejez y la muerte, [pero no puedo] triunfar sobre el yo.”

La razón de ello tiene que ver con lo que los budistas llaman descontextualización, una tendencia propia de nuestra herencia intelectual moderna: ser “los intérpretes de interpretaciones”, conforme señaló Montaigne. Salvo prueba en contrario, Cioran, como Borges, otro budólogo notable, no se interesó por la psicofisiología de la atención plena, la meditación estructurada que el budismo enseña como única vía operativa para percibir la condición relativa del yo, la verdad de error de esa “hipótesis inútil”, atenuarla y eventualmente extinguirla hasta llegar al encuentro de la verdad verdadera, la liberación.

“Bienaventurado sea el Señor, que me libró de mí”, consignó Teresa de Ávila, una mística cercana a los empeños trascendentes de Cioran, quien no pudo librarse de sí. “Siempre habrá un conflicto entre lo que sé y lo que siento”, confesó.

Aceptar, escribe Cioran en Desgarradura, es el secreto de los límites. Y a continuación afirma: “Según Nagarjuna, espíritu sutil donde los hubiere, y que llegó incluso más allá del nihilismo, lo que el Buda ofrece al mundo es el ‘néctar de la vacuidad’”. Tal noción, que no es un concepto filosófico sino la experiencia de la realidad última de todas las cosas, es definida así por el mismo Nagarjuna, un dialéctico budista nacido en el sur de la India probablemente a finales del siglo I: “El Vencedor (el Buda) ha dicho que la vacuidad es la evacuación completa de todas las opiniones”.

La escuela budista fundada por Nagarjuna, la Madhyamika (que significa “La Vía Media”), la más avanzada y objetiva en toda la historia del pensamiento humano conforme la califica Cioran —“aquella, en todo caso, después de la cual ya no hay nada más que decir”—, consiste en la unión de las dos verdades o realidades reconocidas por el budismo: la verdad relativa o convencional, que concierne al registro de las apariencias fenoménicas, y la realidad absoluta o última, que es la vacuidad de los fenómenos.

En su imprescindible Diccionario Akal del budismo, Philippe Cornu explica: “La realidad relativa se denomina ‘realidad de encubrimiento’ porque nos oculta por completo la esencia de la realidad. En el plano relativo, los fenómenos surgen ante nuestros sentidos y parece que existen realmente, pero en última instancia se encuentran desprovistos de existencia intrínseca: fenómenos compuestos, es decir, sometidos a la causalidad, son impermanentes y están desprovistos de ser en sí. Nacidos de una combinación de causas y de circunstancias, su existencia depende de otros factores (producción condicionada o interdependencia)”. Se entiende que la insustancialidad de los fenómenos radica en su vacuidad: “Los fenómenos no poseen, por lo tanto, ser en sí, pero tampoco son inexistentes. Esa es la vía del medio”.

De tal manera, afirma Cornu, que las dos realidades, la relativa o convencional y la absoluta o última, son: a) opuestas, porque la apariencia de un fenómeno no es su realidad absoluta; b) inseparables, porque, aunque vacíos de existencia en sí, los fenómenos aparecen ante nuestros sentidos, y c) de una misma esencia, pues la naturaleza esencial o última de los fenómenos relativos es su vacuidad.

Lo que el budismo llama el Fruto o el pleno Despertar —una acción que logra el Buda mediante su heroico esfuerzo y una condición potencialmente posible para cualquier conciencia humana—, consiste en disipar los velos pasionales y cognitivos accediendo a la vacuidad del sí mismo y de los fenómenos. La vía para lograrlo, aquella que deslumbra al excepcional rumano, se compone de dos “acumulaciones”: la acumulación de sabiduría por medio del razonamiento y la meditación que conduce a la penetración directa de la vacuidad, y la acumulación de méritos consistentes en practicar la compasión hacia todos los seres vivos y sintientes.

Entonces Cioran reconocerá la casi insuperable aunque a fin de cuentas relativa dificultad de tal empeño: “Ni un día, ni una hora, ni siquiera un minuto sin caer en lo que Chandrakiti, dialéctico budista, llama ‘el abismo de la herejía del yo’.” Cualquiera que haya practicado con regularidad y disciplina la desautomatización estructurada de la conciencia que el acto de meditar significa, una ascesis (ejercicio) que Cioran no parece haber frecuentado —pues nunca habla de ello; él, que muestra paso a paso la vida de su interioridad—, sabrá que aun por efímeros instantes  es posible suspender el diálogo interior de la conciencia y momentáneamente liberarse de esa hipótesis inútil que llamamos “yo”, una entidad que otorga equivocadamente a los fenómenos aquello que no tienen: sustancialidad, y al hacerlo rozará el desapego y la serenidad —esas “palabras vagas y vacías”, como desesperadamente las llama el autor de El aciago demiurgo—, dejará de ser “el secretario” de sus sensaciones y conocerá su poder mental ante el pensamiento que nos piensa y los irritantes síquicos que lo componen: el odio, el apego y la ignorancia acerca de la naturaleza dual y profunda sobre lo real: los fenómenos suceden pero son, contradicción suprema, sustancialmente inexistentes.

Los cátaros fueron los primeros budistas de Europa. Cioran, emparentado con ellos a través de la herejía bogomila, acaso sea el último de un neobudismo occidental que comprende sin aceptar. Siendo así, será el primero de un linaje espiritual hoy más prominente. Vivir es un plagio, dice: hay que plagiar, mejorándolo, a Cioran.

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