La escritura como expiación

Rafael Conte РEl País, 23 Noviembre 2002

El breve relato que de un viaje a Ibiza realiz√≥ Emil M. Cioran (1911-1995) ayuda a comprender el misterio que impregna la obra del autor francorrumano. Su publicaci√≥n en Espa√Īa coincide con la edici√≥n en Francia de un duro estudio sobre Cioran, Eliade e Ionesco, rumanos de nacimiento, fascistas en su juventud, y que luego intentaron in√ļtilmente hacer olvidar su pasado.

Durante el mes de agosto de 1966, el gran escritor francorrumano Emil M. Cioran estuvo en la isla de Ibiza en el pueblecito de Talamanca, que ya hab√≠a conocido anteriormente, le fascin√≥ de nuevo y donde tuvo una especie de experiencia m√≠stica de la que dej√≥ testimonio en estas breves p√°ginas que ahora han sido recuperadas primero en Francia por su traductora al alem√°n Verena von der Heyden-Rysch y ahora traducido y prologado entre nosotros por Manuel Arranz. Ambos traductores insisten en sus presentaciones en la hispanofilia de Cioran, al que todo lo espa√Īol le sedujo desde siempre, de lo que adem√°s pude ser testigo personal, pues le visit√© algunas veces en los a√Īos setenta en su domicilio parisino, llevado de la mano de su primera traductora al espa√Īol (M√©xico), la escritora judeomexicana Esther Seligson. Estoy seguro de que si Cioran me abri√≥ las puertas de su singular casa -un conjunto de¬†chambres de bonne¬†concatenadas, que parec√≠a a la vez angosto y espacioso dada su austeridad y elegante sencillez, frente al Teatro del Od√©on- con tal cordialidad, paciencia y vitalidad fue por tres circunstancias concretas: primero, por la introducci√≥n de la amiga y escritora citada, verdadera apasionada por la obra de Cioran, a quien veneraba desde hac√≠a a√Īos; despu√©s, por el hecho de ser espa√Īol, algo que al escritor, buen lector de Unamuno y Santa Teresa, le fascinaba, y que adem√°s era un frecuente viajero por nuestra tierra, que hab√≠a conocido reci√©n acabada la segunda gran guerra, cuando entr√≥ a trav√©s de la frontera pirenaica legalmente cerrada todav√≠a, con pasaporte diplom√°tico y montado en bicicleta ante el asombro de los funcionarios, y en tercer lugar, por un morboso detalle personal: por aquel entonces yo padec√≠a una misteriosa enfermedad de quita y pon, diagnosticada como “v√©rtigo M√®nier”, sobre la que Cioran, a quien encantaban toda suerte de mareos, me interrogaba sin cesar.

La lectura de este nuevo texto in√©dito de Cioran -mencionado, aunque s√≥lo de pasada, en sus p√≥stumos¬†Cahiers¬†(1957-1972), publicados en 1997 por su compa√Īera Simone Bou√©, inesperadamente fallecida poco despu√©s- ha coincidido con la lectura, el verano anterior, del segundo libro citado al pie de este comentario, un estudio universitario franc√©s sobre tres importantes figuras de la cultura rumana de preguerra, que alcanzaron despu√©s -en el exilio y escribiendo en franc√©s- celebridad universal: el moralista Emil M. Cioran, el historiador de las religiones Mircea Eliade y el dramaturgo Eug√©ne Ionesco, tres grandes figuras de la cultura de nuestro tiempo, que fueron fascistas en su juventud -al menos los dos primeros, el √ļltimo s√≥lo colaborador, diplom√°tico de un r√©gimen que s√≠ lo era- y que despu√©s de la guerra ocultaron in√ļtilmente las huellas de sus “pecados” juveniles, abandonando su patria y su lengua para proseguir sus respectivas carreras con el √©xito que despu√©s todos hemos conocido. Bastar√≠a con evocar a Ionesco (que fue un liberal “clandestino” en la Rumania de los Codreanu, Horia Sima y Antonescu, “legiones del arc√°ngel Miguel” y criminales y antisemitas “guardias de hierro”, aunque al final fue un fiel servidor diplom√°tico de ese mismo r√©gimen en Vichy, ante la Francia del r√©gimen colaboracionista del mariscal P√©tain), llegando a ser uno de los fundadores del “teatro del absurdo”, miembro de la Academia Francesa y hasta autor en el cat√°logo de La Pl√®iade, instalado al final en un simple anticomunismo visceral; o como el gran antrop√≥logo, folclorista e historiador de las religiones Mircea Eliade, quien lleg√≥ a so√Īar con un premio Nobel de Literatura que se le negar√≠a mientras ment√≠a sin parar -y sin verg√ľenza- sobre sus nazis, fascistas, racistas y antisemitas desbordamientos juveniles. O al mismo Cioran, instalado en un escepticismo total viendo el curso de la guerra -que hab√≠a sido un admirador incondicional de Hitler y el nacionalsocialismo alem√°n-, quien luego se enterr√≥ bajo tierra, s√≥lo habl√≥ en voz baja de sus “errores de juventud” echando balones fuera y se dedic√≥ a labrar en una prosa francesa de ra√≠ces pascalianas, una “antimoral” brutal y negativa de primera e incomparable calidad, como si se tratara de una inacabable y mel√≥dica expiaci√≥n perpetua.

La requisitoria de Alexandra

Laignel-Lavastine es brutal pero incontestable. Lo √ļnico objetable es que con sus enemigos muertos -esto es, a toro pasado- les niegue al final el derecho a cambiar, en la medida en que lo hicieron: menos, en el caso de Eliade, porque su fascismo se anclaba en sus aspiraciones mitol√≥gicas y orientalistas que le inspiraron hasta el final. O en los coqueteos del m√°s liberal que fue Ionesco con las operaciones “culturales” de la CIA o la derecha francesa m√°s ultraconservadora. Aunque en mi opini√≥n, la obra de creaci√≥n de Eliade -su narrativa fant√°stica- siga siendo v√°lida, como la teatral de Ionesco. O como la “moralista-negativa” de Cioran, el mismo que intent√≥ in√ļtilmente salvar a Benjam√≠n Fondane, y no pudo reconciliarse con Paul Celan, que es un ejercicio de hermosura y lucidez tan negro como deslumbrante. Y aqu√≠ vemos a Cioran extasiarse ante el mar de Ibiza y seguir purgando sus pecados: “Siempre he sentido veneraci√≥n por lo que me faltaba. Mi pasi√≥n por Alemania… Siempre he desconfiado de quienes se me parecen… y que comprendo¬†desde dentro”.¬†O a quien dijo, pese a sus amores hisp√°nicos, aquello de que “la Iglesia cat√≥lica invent√≥ a Espa√Īa para destruirla mejor”¬†(Silogismos de la amargura).

Quiz√° el misterio que impregna toda la obra en franc√©s de Cioran -la buena- se explique mejor leyendo este libro bajo este punto de vista. Pero tambi√©n lo explica el misterio rumano en su conjunto, el de ese pa√≠s que conserva en pie 12 monumentos al mariscal Antonescu, criminal de guerra y ejecutado al final de una guerra que perdi√≥ por apuntarse al bando equivocado, y de donde huyeron exiliados hombres y artistas como los citados, o estafadores como el antisemita Constantin Virgil Gheorgiu (el de¬†La Hora Veinticinco)¬†que termin√≥ como pope ortodoxo, o que nos permiti√≥ albergar en la Espa√Īa de Franco al buen profesor Jorge Uscatescu, el excelente novelista e intelectual que fue Vintila Horia, al cr√≠tico Cirilo Popovici, a Horia Sima, sucesor de Codreanu, el fundador de la Guardia de Hierro, o en Europa al pintor Victor Brauner, al gran escultor Brancusi o al inventor del dada√≠smo, el rumano Tristan Tzara. Anticomunistas desenfrenados casi todos, antisemitas y fascistas en su mayor√≠a, conversos pocos (los j√≥venes huidos, como Lucien Goldmann o Serge Moscovici), pero tambi√©n hay que recordar que la mayor parte de legionarios y guardias de hierro militaron despu√©s en las filas del comunismo rumano posterior, y que, entre otras cosas y cuando la pesadilla termin√≥, se comportaron con Ceausescu de una manera tan ilegal como las suyas de antes, ya nadie cree hoy en las falsas tumbas de Timisoara, ni en sus riquezas acumuladas, ni en la ilegalidad de su “proceso” y asesinato, el de un “Neo-Conducator” que era como lo hab√≠an sido todos los dem√°s y por eso estas historias me fascinan hasta el punto de que no puedo dejar de leerlas jam√°s, y que as√≠ siga.