La tentación de Ciorán

Por  Ana María Cano Posada – El Espectador (Colómbia), 24 de Marzo de 2011

“EXISTIR ES UNA COSTUMBRE QUE no desespero de adquirir. Imitaré a los otros, a los astutos que lo han logrado, a los tránsfugas de la lucidez, saquearé sus secretos y hasta sus esperanzas, feliz de poder aferrarme con ellos a las indignidades que conducen a la vida”: Ciorán.

Hago parte de una generación que no tuvo autoayuda para despertar al pensamiento. El desencanto de lo religioso nos impuso distancia de los breviarios donde había que desistir de vivir para obtener paraísos. Por eso fue un hallazgo encontrar pensadores atados a la existencia por contradicciones con los cuales acompañar la travesía haciendo más fuerte el temporal. No sobra aclarar que esta generación mía no tuvo distractores activados con los pulgares ni simultaneidad que atender para no perderse de la escena al parpadear. Caminamos hoy sobre los 50 años y todavía acudimos a estos lúcidos que nos despertaron a fogonazos con palabras exactas y hondas. El primero de mi propia lista es Emil Ciorán y cumple el 8 de abril 100 años de haber nacido. Lo fascinante es para mi gusto su inasible pasión por vivir espoleada por el desencanto.

Nació en Transilvania y fue feliz en la niñez a pesar de la dureza de su papá, un sacerdote ortodoxo fundamentalista. Mucho se ha dicho que su mamá le advirtió que de haber sabido lo que iba a sufrir mejor lo habría evitado. Dicen que a partir de esa frase Ciorán se sintió siempre un accidente. Cuando lo llevaron al liceo en Bucarest quedó roto su mundo inicial que debió estar hecho de naturaleza. Fue en la universidad de esa ciudad donde tuvo el feliz encuentro con el dramaturgo Ionesco y con el historiador de las religiones Mirceade Elíade que formaron un trío intelectual de rumanos de peso. Pero Ciorán se desapegó de su país y de su lengua para irse a vivir a París, a rondar por La Sorbona, a montar en bicicleta (y hasta correr un Tour de Francia) con la obsesión de fatigar su vitalidad. Aquel que para unos fue nihilista era amable para los que lo visitaban, que eran pocos porque temía a los demás. Ernesto Sábato, otro lúcido imprescindible, se encontró en 1989 con él en París y conversaron cuatro horas sobre la desazón como su propia manera de estar vivos y sentirlo. Como Elíade, Ciorán tenía cierto halo místico que hacía que le interesara el budismo por ser más cercano de la naturaleza y del vacío que de la religión.

El pensamiento de este hombre está entre Diógenes el cínico y Epicuro; escribió su obra en francés, y aunque le costaba hacerlo, era lo único que lo aliviaba. Su filosofía era la contradicción porque desconfiaba de todo sistema, aparato o tiranía. La amargura podía sublimarla con la ironía y el humor iluminaba sus desgarros. Le parecía sugestivo el suicidio porque era una ventana abierta a cada hombre, así nunca la usara (sólo se suicidan los optimistas, decía). Buscaba autores que lo apasionaran, casos humanos, seres capaces de confesarse y la autobiografía le interesaba, mientras que de la historia desconfiaba encarnizadamente. Su lenguaje tiene un acento que lo aparta de la filosofía y lo sume en la poesía como a Saint John Perse, a quien admiró, y a Nietzsche, al que acercan sus aforismos: una manera fracturada de expresarse que ilumina lo que dice.

Un escritor como Savater entregó a Ciorán su devota lectura, y tradujo su obra Breviario de podredumbre. “En todo profeta coexisten el gusto por el futuro y la aversión por la dicha”. “No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿De dónde vendrán? No importa”. Estos dos aforismos como degustación para los que leen tweets.

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