Guido Ceronetti visto por Emil Cioran

Acantilado, España, 17/02/2011

Presentamos a continuación la carta que el escritor rumano Emil Cioran envió al editor francés de la novela de Guido Ceronetti, El silencio del cuerpo (Acantilado, 2006), en la que describía qué tipo de persona era Ceronetti. Este texto forma parte del prólogo de la edición francesa del libro:

Paris, 7 de marzo de 1983

Me pregunta usted qué género de hombre es el autor de El silencio del cuerpo. Su 
curiosidad es comprensible, pues se trata de un libro que no puede leerse sin interrogarse constantemente sobre el admirable monstruo que lo ha concebido. Debo confesarle que sólo lo he visto durante sus visitas a París. Pero con frecuencia he hablado con él por teléfono y nos hemos escrito. Y también de manera indirecta, por medio de una persona tan extraordinaria como él: una italiana de diecinueve años que Guido ha educado en parte y que hace dos años residió aquí varios meses. De una madurez de espíritu inusitada para su edad, reaccionaba a veces como una adolescente e incluso como una niña, y esa mezcla de agudeza genial y de ingenuidad hacía que no se la pudiera olvidar ni un solo instante. Penetraba en nuestra vida, era realmente una presencia-hada visitada por temores repentinos que aumentaba a la vez su desgracia y su encanto.

Como es lógico, estaba aún más presente en el pensamiento y las preocupaciones de Guido. No puedo, es evidente, entrar en detalles, aunque no haya nada equívoco que ocultar. Les recuerdo como si fuera ayer en el Jardín de Luxemburgo una tarde lluviosa de noviembre: él pálido, sombrío, abrumado, echado hacia adelante, y ella turbadora, irreal, dando pequeños pasos rápidos para poder seguirle. Cuando les vi me oculté detrás de un árbol. El día anterior había recibido una carta de él -la más desgarradora que he recibido nunca. Su aparición precipitada en el parque vacío me dejó una impresión de angustia, de desolación que me persiguió durante mucho tiempo. Olvido decirle que desde nuestro primer encuentro su aire de apátrida, de aislamiento fundamental, de predestinación al exilio, me hicieron pensar inmediatamente en Muychkine. (De hecho, aquella carta tenía un acento dostoievskiano.) Guido era para ella inatacable, sólo él escapaba a los juicios devastadores que emitía sobre todo el mundo. Ella se había adherido sin reservas a su fanatismo vegetariano. No comer como los demás es aún más grave que no pensar como ellos. Los principios o, mejor, los dogmas alimenticios de Guido son de un rigor al lado del cual los manuales de ascesis parecen incitaciones a la gula y al desenfreno. Yo mismo, que soy un maniaco del régimen, a su lado me doy la impresión de ser un caníbal. Si uno no se alimenta como los demás, tampoco se cura como ellos. Imposible imaginar a Guido entrando en una farmacia. Un día me llamó desde Roma para pedirme que le comprara en una tienda vietnamita de productos naturales cierta patata japonesa muy eficaz, al parecer, contra la artrosis. Según él, bastaba frotarse las articulaciones con ella para que el dolor cesara inmediatamente. 

Todas las conquistas del mundo moderno le repugnan, todo le trastorna, incluso la salud si se consigue mediante la química. Y sin embargo su libro, que es indiscutiblemente el producto de una exigencia de pureza, prueba un innegable gusto por el horror: Guido Ceronetti parece un ermitaño seducido por el infierno. Por el infierno del cuerpo. Uno de los signos evidentes de que la salud falla es sentir nuestros órganos, ser consciente de ellos hasta la obsesión. La maldición de arrastrar un cadáver es el tema mismo de su libro. Desde el comienzo hasta el final, un desfile de secretos fisiológicos que horrorizan.

Admiramos a su autor por el valor que ha tenido de leer tantos tratados antiguos y modernos de ginecología, lectura horrible en realidad, susceptible de desalentar para siempre al sátiro más empedernido. Un heroísmo de voyeur en materia de supuraciones, una curiosidad excitada por la suprema antipoesía de las menstruaciones, por las hemorragias de toda clase y por los miasmas íntimos, por el universo fétido de la voluptuosidad: «(…) la tragedia de las funciones fisiológicas». «Las partes del cuerpo donde hay más olor son las que encierran más alma.» «(…) Todas las excreciones del alma, todas las enfermedades del espíritu, todo lo negro de la vida, y llamamos a eso amor.»

Leyendo El silencio del cuerpo he pensado más de una vez en Huysmans, especialmente en su biografía de santa Liduvina de Schiedam. Salvo para lo esencial, la santidad es signo de las aberraciones de los órganos de una serie de anomalías, de una inagotable variedad de desórdenes; ello es igualmente cierto respecto a todo lo profundo, intenso y único. Ningún exceso interior es posible sin un sustrato inconfesable: el éxtasis más etéreo recuerda en ciertos aspectos el éxtasis bruto.

¿Es Guido Ceronetti un aficionado a los trastornos disfrazado de erudito? A veces lo pienso, pero en el fondo no lo pienso. Pues si es cierto que tiene un gusto particular por la podredumbre, lo es igualmente que se siente atraído por lo que de puro hay en la sabiduría visionaria o desesperada del Antiguo Testamento. ¿No ha traducido acaso -admirablemente- a JobIsaías y el Eclesiastés? Libros en los que no se trata de pestilencias y horrores, sino de lamentaciones y gritos. Guido vive, según una necesidad profunda y a veces también según su humor, a niveles espirituales diferentes. Su último libro, La vita apparente, ilustra esas tentaciones contradictorias, esas preocupaciones a la vez actuales e intemporales. Lo que apreciamos sobre todo en él es la confesión de sus fracasos. «Soy un asceta fracasado», nos confiesa con cierto embarazo. Fracaso providencial, puesto que de esa manera estamos seguros de entendernos, de formar parte verdaderamente de la gente perdida. Si hubiera dado el paso decisivo hacia la salvación (le imaginamos perfectamente monje), echaríamos de menos al compañero delicioso, lleno de imperfecciones, de manías y de humor, cuya voz, de inflexiones elegíacas, concuerda con su visión de un mundo tan evidentemente condenado. «¿Cómo una mujer embarazada puede leer un periódico sin abortar inmediatamente?» «¿Cómo tachar de anormales y enfermos mentales a quienes espanta el rostro humano?» Si me preguntara usted cuáles son las desgracias que ha debido de padecer, no podría responderle. Lo máximo que yo puedo decirle es que da la impresión de ser alguien herido, como todos aquellos, me atrevería a decir, a quienes se les ha negado el don de la ilusión.

Pero no tema usted conocerlo: los seres menos insoportables que existen son los que odian a los hombres. Jamás hay que huir de un misántropo.

Emil Cioran