“Cioran y el fascismo” (José Ignacio Nájera)

Articulo inédito de José Ignacio Nájera, autor del libro El universo malogrado – carta a Cioran (Ediciones Tres Fronteras, Murcia, 2008).

I – Escenarios y personajes

Cuando Cioran constató que se había secado literariamente tomó la determinación de que se tradujeran al francés sus obras rumanas, y así sucedió a partir de 1986. Su amigo Constantin Tacou habló de sus resistencias a volver a la prehistoria, ¡a aquel joven atolondrado! ¡Pero al fin Cioran transigió! Al poco, cayó el muro de Berlín, luego el resto del telón, y eso permitió el acceso a ciertos archivos y a cierta documentación, amén de establecer un tráfico de opiniones e información con Rumanía. A partir de entonces y a lo largo de la década siguiente empezó a ser vox populi que había otro Cioran. En puridad habría que decir más bien que el otro Cioran no había sido meramente episódico. Se trataba del Cioran plenamente identificado con el fascismo de entreguerras. Los trabajos de P. Bollon,  Alexandra Laignel-Lavastine,  Leon Volovic, Marta Petreu, Ion Vartic, Alexandru George…, y en menor medida el de Liiceanu, han sido los más señalados en el rastreo de los años delicados de E.M.Cioran (1). Fascismo, odio a la democracia, antisemitismo, nacionalismo, hitlerismo… fueron las especies que desfilaron por buena parte de sus escritos en los años 30, y con unas apreciaciones tan contundentes y extensas que no dejan lugar a dudas. Aquello no fue un sarampión juvenil, como Cioran repitiera en varias ocasiones. Duró bastantes años y el sujeto al final no era tan joven.

Para más inri, cuando Cioran emprendió en sus últimos años la reedición rumana de los escritos peligrosos los censuró. Tanto La transfiguración de Rumanía como sus artículos periodísticos de naturaleza política —a los que restó más de cien  páginas— sufrieron una profunda expurgación. Asimismo, Yannick Guillou (representante de Gallimard) solicitó ante los tribunales que Ediciones L’Herne se abstuviera de publicar la traducción al francés íntegra de La Transfiguracion de Rumanía —felizmente por fin eso ha sucedido en 2009—. Ante tantos incidentes, el antiguo rumor que corría por París de boca de su enemigo por excelencia, Lucien Goldmann, se confirmaba hasta extremos sonrojantes. Hay que señalar, de paso, que Goldmann (Bucarest, 1913-París, 1970) conoció de primera mano el pasado nazi-fascista de Cioran por haber sido su coetáneo en Rumanía en los años feroces.

Los años feroces de Cioran pueden contabilizarse a partir de 1928 —cuando entra en la universidad— hasta 1941 con toda certeza, que se establece definitivamente en París. Ya no volvería a Rumanía. El joven y brillante bachiller que ingresa en la facultad de filosofía viene  pertrechado de abundantes lecturas y enseguida empieza a destacar en el seno de la llamada Joven Generación de 1927. Una generación especialmente dotada y poblada de intelectuales donde caben todas las tendencias, pero que en su inmensa mayoría acabará escorada hacia el fascismo. ¿Y eso por qué? Para responder a la pregunta habría que hacer una visita a la historia de Rumanía y al contexto del momento.

El nacionalismo rumano estaba entonces recién estrenado y por eso lo retoma la Joven Generación. A consecuencia de la I Guerra Mundial, Rumanía sale gananciosa y en 1920 pasa a ser un territorio de casi 300.000 kms. cuadrados al unírsele Transilvania y otros territorios. De pronto, se duplica y se convierte en la Gran Rumanía (trescientos años y pico después de Miguel el Bravo). En 1923 la nueva constitución ha instaurado el sufragio universal y ha quedado establecida una monarquía constitucional. Por fin, el viejo sueño multisecular que se retrotraía a la Dacia prerromana se hacía realidad. En medio, quedaba un largo pasado constantemente frustrado por otomanos, húngaros y rusos, los acechantes permanentes de valacos, moldavos y transilvanos. El camino parecía expedito, mas había que trazarlo, había que construirlo, y los intelectuales iban a poner su granito de arena. Tal vez varios sacos de granos de arena. El hostigamiento histórico sufrido por todos los flancos había venido generando una rumanidad  plegada sobre sí misma en la que un autoctonismo arcaico  constituía el núcleo duro. Como capas alimentarias y protectoras operaban la religión ortodoxa y la idiosincrasia rural, y todo ello adobado por un atraso y pobreza considerables. Rumanía al fin existía, pero en esas condiciones. Había que levantarla de su estado de postración. El democratismo incipiente pronto mostró su incapacidad y su corrupción. Por el otro lado, el soplo y la sugestión comunistas no resultaban atractivos, no en vano su inspirador era su enemigo ancestral y el partido comunista había sido prohibido en 1924. Asimismo, el socialismo era precario y minoritario. ¿En nombre de qué serían tocadas a rebato las campanas? Los padres, los maîtres à penser de la Joven Generación y sus discípulos se aprestarían a ello.

Hay consenso en señalar a los  Nae Ionescu, Mircea Eliade, Vulcanescu, Crainic, Blaga, C. Noica, Staniloiae, Petre Tutea… como inspiradores del esprit  de este intento de renacimiento. Y en medio de ese élan está el joven Cioran con sus adhesiones y sus aportaciones. De entre todos ellos merecen especial atención Nae Ionesco y Mircea Eliade (su asistente durante unos años). Nae Inonescu fue el intelectual que los electrizó a todos y el que condujo a gran parte de ellos en torno a 1933 a la tristemente famosa Guardia de Hierro. Cuando uno lee los rasgos con que se ha compuesto la figura de este profesor parece que está viendo dibujado al intelectual fascista de libro. Incluso más, le da la sensación de que el libro del intelectual fascista hubiera sido escrito inspirándose en él. Había nacido en 1890 y tras una estancia en Alemania y varios avatares docentes menores acabó siendo profesor de filosofía en la facultad de Bucarest. Alrededor de él, de su revista y de sus seminarios se congregó un buen número de jóvenes. La fascinación que el personaje ejercía en su entorno ha sido descrita varias veces, tanto por sus discípulos como por los historiadores. Nae Ionesco fue el maestro de todos. Según nos cuenta A. Laignel-Lavastine (2), no es que fuese un intelectual especialmente erudito o genial, fue  más bien un personaje carismático que sabía embelesar con una oratoria trufada de “autenticidad”, de filosofía existencial y de apelaciones a la necesidad de un hombre nuevo (viejo tema donde los haya). Cioran, en su entusiasmo, llegó a proclamar que “nadie como él nos obligaba a ser nosotros mismos”. En torno a 1933 este Sócrates balcánico se indispuso con los monárquicos y se aproximó al Movimiento legionario de Codreanu —el otro punto fatídico de toda esta historia—. Todo se exacerbó aún más en Nae Ionesco: el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, el sentido de la comunidad frente a lo individual, el elitismo y el odio a la democracia.

Asimismo, Mircea Eliade también se convirtió en maître à penser. Al decir de Cioran, Eliade era el hermano mayor de todos ellos (padre ya tenían y se llamaba Nae). Fue profesor en la universidad de Bucarest desde 1925 hasta 1940 —viaje a la India por medio— y durante bastantes años ejerció una filosofía espiritual que no tiene desperdicios ni en sus términos ni en sus consecuencias tanto desde la cátedra como desde la prensa. Dicha filosofía se presentó por primera vez en 1927 a través de una docena de artículos bajo el título general de El itinerario espiritual. ¿Dónde? En Cuvântul, la revista que dirigía Nae Ionesco. En principio, El itinerario afectó a jóvenes intelectuales de todas las tendencias porque era tan evanescente que podía usarse en diversas direcciones. Los artículos transitaban por unos tópicos que estaban muy en boga en los inicios de siglo: la crítica a la cultura moderna, al positivismo, a Occidente, al materialismo rampante, al progreso, al racionalismo…; y también había, por contra, un intenso aliento a la búsqueda de lo espiritual, la experiencia íntima, la autenticidad (de nuevo), lo autóctono, la esencia nacional, la religiosidad, incluso la mística. Sin embargo, lo que poco a poco le fue aproximando al Movimiento legionario fueron  sus coincidencias en la valoración de la religiosidad cristiana, su amor por el mitologismo nacional, su admiración por el pensamiento político de Gentile, su fe en el poder del guía y en el espíritu de sacrificio, su antisemitismo creciente y sus cada vez más frecuentes participaciones en los debates políticos de los extremistas. De todo esto hubo, y hay, constancia documental y testimonial. Tal vez nunca vistiera camisa verde, pero respiraba como pez en el agua en el medio legionario. Es decir, y salvando las distancias (que las había), entre lo de Nae Ionesco y lo de Eliade el incendio que se provocaba en las conciencias era doble. A ambos los admiraba profundamente Cioran, a Eliade ya lo leía compulsivamente en el bachillerato.

Todo esto —y todos estos— confluyeron y se aglutinaron en la Guardia de Hierro. Unos como inscritos y otros como simpatizantes. La Legión del Arcángel san Miguel había sido fundada en 1927, en 1930 fue rebautizada como Guardia de Hierro. En las elecciones de 1937 se presentó bajo el nombre de un partido que se denominó Todo por la patria. Por entonces llegó a contar con cerca de 275.000 militantes y obtuvo un 15% de los votos, constituyéndose la tercera fuerza política del país (3).

La Legión fue creada por Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938), conocido también como “El capitán”. Codreanu fue un personaje de incipiente vocación militarista que consiguió licenciarse en derecho en 1922, y que ya en sus años de estudiante en Iasi participó en todo tipo de algaradas estudiantiles de extrema derecha, llegando incluso a liderarlas. Entonces estuvo inscrito en la Guardia de la Conciencia Nacional de Constantin Pancu. Su antiizquierdismo, antiobrerismo y antisemitismo fueron proverbiales, y siempre estuvo protegido cuando se le acusaba de ataques y atentados  por el profesor y decano Alexandru Cuza. En 1927 rompe con Cuza y es cuando funda La Legión. A partir de ahí reafirma su liderazgo y sus actuaciones se vuelven más sistemáticas y crueles. El hostigamiento, los atentados y las persecuciones de los judíos estarán crecientemente más manchados de sangre. Se suceden nuevos asesinatos, nuevos encarcelamientos y nuevas absoluciones. Al mismo tiempo que los legionarios se presentaban a las elecciones trabajaban en contra del parlamentarismo. Codreanu fue el “capitán” de toda aquella desmesura, y, dicho sea de paso,  el alabado guía por los intelectuales de que estamos hablando.

En su último encarcelamiento dijo haber visto a Jesucristo al lado de todos los mártires legionarios. De nada le sirvió, pues fue asesinado y luego se le fingió una truculenta emboscada el 30 de noviembre de 1938. A partir de ahí su mitificación creció más, aunque los legionarios fueron marginados políticamente, sólo les quedó su sed de venganza. Sed que pudieron satisfacer un poco después al colaborar en la caída de Carol II. Entonces se rehicieron y llegaron a gobernar tres meses y pico  con  el general Antonescu. Fue proverbial la violencia que ejercieron, tanto que los propios alemanes se afectaron ante semejante muestra. Finalmente, intentaron dar un golpe de estado interno durante tres días (21-24 de enero de 1941). Fracasaron, fueron perseguidos por el propio Antonescu y la mayoría huyó al exilio. Su último líder por entonces fue Horia Sima, que se refugió en España, donde murió en 1993.     Independientemente de las diferencias, bien de simples matices, bien de aspectos notables, el caso es que bastantes miembros de la intellitgentsia rumana de entonces se sintieron identificados tanto con la hoja de ruta como con las actuaciones del movimiento de Codreanu. Los intelectuales eran sin duda más sabios y más eruditos, pero él era (y fue) el hombre de acción que creían capaz de remover a los rumanos y conducirlos hacia unos objetivos de significación histórica. A esto fue también a lo que se sumó Cioran, de eso no cabe la menor duda. Tan poca duda cabe que se tiene completa fehacencia de que por entonces, cuando el intento del golpe, Cioran estaba siendo coetáneo in situ de los acontecimientos. No, no estaba en ese otoño e invierno en París (4).

Pero no precipitemos los acontecimientos, de lo que se trata más bien ahora es de indagar más a fondo en este periodo  que media entre su entrada en la universidad y los comienzos de 1941. Por el momento sólo hemos señalado la presencia del pensador rumano en medio de esos años y esas influencias y relaciones, queda ahora zambullirse con más detenimiento en los llamados años feroces. Los años de sus famosos artículos periodísticos de carácter político y  de su libro La transfiguración de Rumanía.

II – El articulismo feroz

Algunos autores, como M. Petreu, Lotringer, S. Dragan (5), han señalado la llegada del joven Cioran a Alemania como el momento de su conversión al fascismo. Nada más inexacto, salvo que se quiera hacer una lectura superficial de sus escritos anteriores, o que se quiera identificar el fascismo en exclusividad con el hitlerismo. No, no hay que esperar a que sean nombrados Hilter o Codreanu por primera vez para detectar ahí la conversión. El que estos nombres propios aniden bien y pronto se debe a que previamente se ha ido disponiendo un fondo de acomodación. Cuando Cioran está en Bucarest, antes de irse a Berlín y Munich, escribe diversos artículos en los que muestra con nitidez qué cosas rechaza y cuáles anhela. Dichos artículos empiezan a primeros de 1931, y si los contamos hasta la fecha de otoño de 1933 —momento de inicio del viaje— alcanzan el medio centenar. Es más que suficiente cantidad como para poder ver en bastantes de ellos que algo sospechoso se iba fraguando. En Alemania, en todo caso, se le confirmaron muchas de las cosas que lo obsesionaban en Bucarest.

Incluso, en la posterior y reciente revisión, al propio Cioran parece haberle pasado desapercibida la evidencia del rastro, ya que en 1991 autorizó la publicación expurgada de dichos artículos en un volumen denominado Singuratate si destin (6). Pues bien, a pesar de dicha expurgación son tremendamente iluminadores.

Cuando uno lee “El intelectual rumano” (febrero-marzo, 1931), “La psicología del desocupado intelectual” (mayo, 1931) o “El sentido de la cultura contemporánea” (abril, 1932), se ve, cómo Cioran traza una línea de separación entre lo que estima y lo que detesta. El pasionalismo, la vida interior intensa, el destinalismo, el instintivismo, la productividad espontánea… son las manifestaciones de una voluntad de poder que ya quisiera ver presentes en los intelectuales rumanos. Por contra, a estos nos los describe como una tropa de acomodados profesores aburguesados, plagiarios o, en el menos malo de los casos, meros recensionistas. Su diagnóstico es que la intelectualidad rumana está emasculada. La metáfora no es inocente en tanto que sirve para otorgar valor a algo que manifieste virilidad.

En “Lo irracional en la vida” (abril, 1932), Cioran, en el más puro y biologicista estilo nietzscheano, aboga por el imperialismo de la vida y se muestra en contra de cualquier estructuración normativa de esta, y menos aún si es de carácter moral. Para Cioran la vida tiene una esencia demoníaca, esencia que consiste en mantenerse a base de destrucción. El desenvolvimiento de esta es siempre a costa de alguna víctima. ¿Y el hombre qué hace ante esto? ¿Cómo lo aprovecha?, ¿cómo lo domeña? El hombre opone a esto su creación: la cultura. Pero, obsérvese bien, nos viene a decir Cioran, hay cultura en la medida que la vida se debilita, se retira, se pierde. Allí donde hay cultura hay esclerotización del  élan.

Ante esta interpretación tan radical (y equivocada) de la separación entre la cultura y la vida, ¿qué otra salida le cabe a la cultura que asociarse y subordinarse al poder avasallador e imperialista de la vida?,  ¿qué lugar u oportunidad cabría para una gestión racional y democrática de la relación? La respuesta a la segunda cuestión es: ninguno, porque “la democratización de la cultura supone su empobrecimiento” (7). Con respecto al primer interrogante, la cultura tendrá sentido en tanto que manifieste el avasallamiento y el imperialismo de la vida, es decir, en tanto que refuerce lo que esencialmente es ella, o sea, se fascistice.

Por si aún no estuviese claro, unos meses más tarde, en octubre de 1933, apostilla: “Aquel que ha sentido lo que significan la barbarie y el apocalipsis se dará cuenta también de lo que significan el dejar atrás la cultura y el aburrimiento que ella provoca” (8). El hombre de cultura, por el contrario, es el formalista, el discreto y el estilista comedido, y, sobre todo, el diletante de lo simbólico. A este tipo Cioran le opone los siguientes y firmes deseos: “¡Estemos contentos de ser absurdos, tengamos la pasión infinita del exceso, del satanismo y de la loca metafísica!” (9).

Otra constante de este periodo son los denuestos contra la inteligencia. El grito fascista que tan familiar nos fue en España (“¡Muera la inteligencia!”) también lo encontramos en el Cioran de comienzos de los años 30 a cuento de su mal preciada Rumanía. Así, en marzo de 1933 escribe: “La inteligencia es una plaga de la cultura rumana (…) Yo estoy convencido de que las gentes inteligentes se han convertido en inútiles. ¡Por esta razón yo haré el elogio de la barbarie, de la locura, del éxtasis o de la nada, pero no el elogio de la inteligencia!”(10).

El equilibrio, la consciencia, el relativismo, el escepticismo, la subjetividad…, no son sino contravalores, agua en la sangre, que dice Cioran. He ahí “Le pays des hommes atténués” (11). Por el contrario, desea “gestos absolutos”, “gestos radicales y absurdos”, “grandes pasiones”, “tensiones excesivas”, “explosiones que nos lleven a nuestra gloria y nuestro triunfo” y “existencias dramáticas”. Toda esta retahila de aversiones y afectos que Cioran va desgranado en sus artículos no es sino una manifestación de un régimen vitamínico y profiláctico que lo preparará para su proyecto de transfiguración de Rumanía, el proyecto de evaporación del agua de la sangre rumana. Nada, pues, de súbita conversión alemana. Lo de Alemania será mera acentuación. Pasarán unos meses y todas estas invocaciones cioranianas que hemos visto desfilar por sus artículos prealemanes aparecerán potenciadas y ¡por fin! incorporadas (mejor corporeizadas) en el personaje, en el místico, en el visionario necesario.

En efecto, en el primer artículo que envía desde Berlín en noviembre de 1933, “Aspectos alemanes”, el lenguaje es el mismo pero con un aditamento más: “Para comprender el espíritu de la Alemania de hoy es indispensable amar todo lo que es exagerado, todo lo que proviene de una pasión excesiva y desbordante, de un élan irracional y de una monumentalidad desconcertante”. Y ahora viene el aditamento: “Cualquiera que entienda un poco de historia debe reconocer un hecho indiscutible: el hitlerismo era un destino para Alemania” (12). Han bastado apenas unas semanas en Berlín para ponerle nombre propio a la esperanza. La novedad es la aparición del hombre en medio de lo que ya estaba dispuesto para exigirlo.

Pero no sólo sucede esto en este primer artículo, también nos encontramos plasmada en él la ya conocida y depreciada visión de Rumanía: “Yo desafío a cualquiera a mostrarme en toda Alemania si hay algún ciudadano que no esté convencido de que Alemania no es el primer país del mundo y que todos los otros países no son más que existencias aproximativas. En Rumanía, todos coinciden en decir que viven en el país más desgraciado de la tierra, un país que no merece ni vivir” (13). Alemania, pues, es el mesías de Europa y Hitler el mesías de Alemania, he ahí la concatenación. ¿Y la causa profunda de todo esto? La etnia: “El mesianismo alemán parte de un tipo étnico” (14). Un tipo étnico que será descrito como elemental, primordial, indomeñable a la forma, explosivo, orgulloso, heroico, tensional, trágico y necesitado de un Führer, un absoluto exterior.

Un Führer que por fortuna tienen los alemanes pues “Hitler ha abrazado con pasión las luchas políticas y ha dinamizado con un soplo mesiánico todo un dominio de valores que el racionalismo democrático había vuelto simplemente plano y trivial. Todos nosotros tenemos necesidad de un místico pues ya estamos hartos de tantas verdades desde las que no brotan llamas” (15). Es decir, en unos poco meses, siete u ocho, Cioran ya tiene claro lo que querría para Rumanía, algo que se pareciese al fenómeno nacionalsocialista. Y, así, los diferentes artículos que enviará a Vremea, tanto desde Berlín como desde Munich, no irán sino mostrando su admiración por Hitler, por el hitlerismo y por el pueblo alemán, por un lado, y, por el otro, el deseo de una transformación de Rumanía, que acabará en la elección del término transfiguración.

La admiración por Hitler alcanza su punto culminante en los artículos del verano del 34: “Hitler en la conciencia alemana” y “La revuelta de los saciados”, ambos escritos en Munich. En “La revuelta de los saciados”, que trata sobre la famosa noche de los cuchillos largos, Cioran se sumerge tanto en el élan nazi que cuando habla de la citada noche parece que le fuera la vida en ello en tanto que fiel adepto a Hitler, tanto que deja de lado su individualidad, su extranjería, su rumanidad, y se inserta en un “nosotros” epileptoide que no deja de llamar la atención.

Aunque ya sea una cita tópica, no nos resistimos a reproducirla como testimonio de su adhesión sin fisuras: “Ningún hombre político en el mundo actual me inspira tanta simpatía y admiración como Hitler. Hay algo de irresistible en el destino de este hombre para el que cualquier acto de la vida no adquiere significación más que por su participación simbólica en el destino histórico de una nación. Hitler es un hombre que no tiene lo que se denomina vida privada. Desde la guerra, su vida es renuncia y sacrificio. El estilo de vida de un hombre político no adquiere profundidad más que cuando el deseo de poder y la voluntad imperialista de conquista se acompañan de una gran capacidad de renuncia” (16).

Además, cuando se leen los artículos alemanes también se despeja el tópico de que Cioran sólo admiraba a Hitler y no al nacionalsocialismo. Cioran admira todo: a Hitler, a los nazis y al pueblo alemán… por tener el destino que tienen. Veamos si no: “Si yo amo algo en los hitlerianos es el culto de lo irracional, la exaltación de la vitalidad como tal, la expansión viril de las fuerzas sin espíritu crítico, sin reserva y sin control. El vitalismo constituye la implicación filosófica del hitlerismo” (17). Dicho sea de paso, recuérdese la anterior alusión a la emasculación. Y con respecto a los alemanes: “Ellos están tan imbuidos de sí mismos que encontrarían natural que todos los otros pueblos renunciasen a sus territorios para ofrecérserlos. Yo no puedo dejar de admirar este orgullo infinito e inadmisible” (18).

Con relación al otro tema importante, su Rumanía, se ha de decir que todo lo que aparece en los artículos referido a su país constituye parte del laboratorio de su obra La transfiguración de Rumanía. A veces, incluso son simples muestras de lo que posiblemente ya  llevara escrito del libro. De hecho, La transfiguración aparecerá publicada a finales de 1936, y reeditada en 1941 (otra vez esa fecha fatídica y enigmática). Sea lo que sea, podemos observar dos fenómenos en los escritos cortos: primero, la más despiadada crítica sobre el lamentable estado de Rumanía, y, segundo, una especie de protoproyecto de cambio, que finalmente se bautizará con el bíblico nombre de transfiguración. Así, en “La problemática ética de Alemania”, de enero de 1934, se ceba con los rumanos de la siguiente manera: “La mezquindad de la forma rumana de vida se revela integralmente. La indiferencia y la pasividad humana han vuelto imposible toda tentativa de participación humana; al capricho se le llama individualismo; a la superficialidad, inteligencia; al escepticismo vulgar, humanismo; al dejarse ir indolente, bondad; y así sucesivamente (…) Rumanía es un país desprovisto de ethos heroico” (19).

Así, en su visión, Rumanía aparece no sólo repleta de miseria, sino también de hastiados y decadentes, de anémicos espirituales, de descreídos de cualquier misión. Habría que hacer, pues, algo con Rumanía, habría que ¡sacudirla!, exclama Cioran. Forzarla a creer, deshacerse de esa malaria de diletantes del vacío y de la mala suerte. Habría que infestarla de deseo y de voluntad de poder. Habría que acabar con su heterogeneidad y dotarla de consistencia (20). Y en esta tarea, escribe Cioran, habría una ventaja y un inconveniente a la vez: el adanismo. Es decir, habría que partir de cero, porque Rumanía no ha sido nunca nada, sólo una cultura secundaria y periférica, un pueblo que acaba de constituirse en nación y con un estado incalificable. Para semejante tarea no estarían convocados los pusilánimes ni los dubitativos, no, habría que entregarla más bien a los fanáticos: “Confiada a fanáticos visionarios, exaltados y locos, Rumanía podría sorprender al mundo, yo estoy absolutamente persuadido de ello. ¡Qué país podría ser Rumanía si las gentes fueran no solamente lúcidas, sino también fanáticas!” (21).

III – La transfiguración de Rumanía

El año de 1936 es especialmente denso para Cioran: finaliza el servicio militar que inició en 1935 a su vuelta de Alemania, publica dos libros y se inicia como profesor de instituto en Brasov. Los libros son El libro de las quimeras y La transformación de Rumanía. El propósito es detenernos en el segundo, dadas sus implicaciones políticas.

Schimbarea la fata a Romaniei apareció en la editorial Vremea y fue reeditado en 1941. Luego, por propia voluntad de Cioran, fue reeditado, en edición arreglada, en los años 1990, 1993, 2006 y 2010 en la conocida editorial rumana Humanitas. Finalmente, en 2009 ha sido traducida completa al francés por Ediciones L’Herne. Consta, por tanto, de sus siete capítulos originarios.

El primer capítulo denominado La tragedia de las pequeñas culturas está más bien dedicado a las grandes culturas, culturas que Cioran ejemplifica en algún momento citando a Egipto, Grecia, Roma, Francia, Japón, Rusia, Alemania…, y que contrapone a Suecia, Dinamarca, Bulgaria, Hungría o Rumanía, como representantes de lo que él denomina pequeñas culturas o culturas periféricas. A modo de curiosidad, cita a España y Holanda como culturas intermedias. Que la etiqueta de cultura suela recaer sobre nombres de naciones no tiene nada de extraño; de hecho, nos dice Cioran, las grandes naciones en términos espirituales no son sino grandes culturas.

Establecido esto, hay que señalar en qué consiste una gran cultura. Cioran nos propone para ello una sencilla operación, abrir un mapamundi: “Cada vez que abrimos un mapa del mundo, nuestros ojos se fijan exclusivamente sobre países tocados por la gracia terrestre, las culturas que han tenido su destino, pero que han sido sobre todo un destino para otros…, para todas las pequeñas culturas, las cuales han refrescado su esterilidad a la sombra de las grandes” (22). Es decir, se es grande porque se organiza y se determina no sólo lo propio sino lo de alrededor (hasta el confín que sea), y eso en función de una noción tan resbaladiza como la de destino. ¿Será el destino el conjunto de causas que operan en el seno de las grandes naciones? Probablemente, sí, pero eso es casi no decir nada si no hay una explanación de dicho conjunto. Cioran en vez de internarse por esa línea explicativa prefiere apelar al término mesianismo para adjuntarlo al de destino. Consciente o inconscientemente, las grandes culturas son o han sido las que han sabido imprimir una dirección al mundo, un sentido fuera del cual no hay salvación alguna. Frente a esto, “Rumanía no ha tenido pensadores mesiánicos; ninguno de sus visionarios ha sobrepasado la profecía local ni el estrecho marco de un instante histórico” (23). Los rumanos sólo se han adherido a sus tradiciones y “el tradicionalismo es una fórmula que no compromete a nada. Expresa una solidaridad con la nación, pero no la voluntad de darle un gran sentido al mundo” (24). Cioran se queja de que las veces que se ha querido ponderar en algo a Rumanía (defender la latinidad; contener a los eslavos; proteger las tradiciones cristianas…) se haya destacado precisamente eso: conservar y proteger. ¡Eso no es un destino histórico!, proclama; sólo se hace algo importante  cuando la voluntad de afirmación llega a marcar y determinar la historia.

En el siguiente capítulo, dedicado al adanismo rumano, Cioran comienza lamentándose e interrogándose si han podido hacer algo bien los rumanos durante mil años. La respuesta, como es sabido, es negativa, y por lo tanto, como ya indicó en sus artículos alemanes, la situación es típicamente adánica. Rumanía no continúa nada, no tiene nada que proseguir ni completar, tiene que tener un principio absoluto. Si Adán salió expulsado del Paraíso, Rumanía debe salir de “un profundo sueño histórico” en el que no hubo nada edificante, así: “Nuestros ancestros apenas nos amaron, apenas vertieron sangre por la libertad. Nosotros somos un país de sediciones. Un pueblo que  tenga el instinto de la libertad debe preferir el suicidio a la esclavitud. Para quien quiere abrir un camino en el mundo, todos los medios son buenos. El terror, la bestialidad, la perfidia, el crimen no son mezquinos e inmorales más que en la decadencia, cuando sirven para defender contenidos huecos; pero si favorecen la ascensión de un pueblo se convierten en virtudes. Todas las victorias son morales” (25).

Ni que decirse tiene a estas alturas que la ascensión del pueblo rumano no será a través de la democracia, ni siquiera de una democracia perfeccionada (y muy por encima del parlamentarismo rumano de entonces). No, no es eso lo que Rumanía necesita: “Es de una exaltación que vaya hasta el fanatismo de lo que Rumanía tiene necesidad. Una Rumanía fanática será una Rumanía transfigurada. Fanatizarla es transfigurarla” (26). Y ya tenemos aquí la dichosa palabra. La verdad sea dicha, el término no da para mucho y cualquier disquisición que se alargue es más bien estéril. Es sabido el sentido bíblico, tanto neo como veterotestamentario, que tiene. Se trata de la transfiguración de Jesucristo (evangelios sinópticos) y de la del rostro de Moisés (Ex 34, 29) en tanto que manifestación anticipada (y resplandeciente) de la gloria de Dios. Según esto, pareciera que el objetivo fuera provocar la llegada de Rumanía a un estado de gloria o de gracia. Sin embargo, si nos atenemos a la cita anterior, más bien parece que transfigurar sea fanatizar: una especie de paso previo y metodológico a ese supuesto estado de gracia. Y si seguimos los diagnósticos de Cioran sobre Rumanía, en efecto, al fanatizarla, qué duda cabe de que se ha producido una transformación (se la ha sacado de la abulia), pero aún no hay nada de esa gloria prometida. Por lo tanto, en cualquier caso, la elección de la palabra no parece haber sido muy afortunada —llamativa, si; y provocativa, también—. Para mayor complicación, unas líneas más adelante, Cioran asimila la transfiguración a otra Rumanía, es decir, a un destino final. Al cual, sin duda, habrá llevado el fanatismo, con lo cual los significados se acumulan y sobreponen.

Con independencia de los atropellos semánticos, lo que sí está claro es que Cioran asume un papel, entre profético y zaratustriano, desde el que pregona una nueva y posible situación de Rumanía. ¿Cuál? Escuchemos: “Un país no tiene valor más que el día en que se convierte en un problema para los otros, en que su nombre equivale a una actitud. Todos sabemos lo que significan Francia, Inglaterra, Italia, Rusia o Alemania, pero nadie sabe lo que significa Rumanía. No sabemos lo que es, pero sabemos demasiado lo que no es” (27). ¿No hemos oído bien? Pues escuchemos algo de más elevado tenor: “Una gran potencia no se puede hacer valer más que por la dominación. Incluso si una nación tiene bastante energía para ser en sí una gran potencia, no lo será efectivamente más que dominando, es decir, invadiendo, conquistando” (28).

He aquí el camino absoluto hacia el absoluto que propone Cioran para Rumanía. Eso sí que es transfiguración. Dejar de ser un pueblo semioculto entre bosques y montañas, y durmiendo un letargo multisecular. Un pueblo que tiene su alma autosecuestrada y replegada a base de fobias al poder.

El tercer y largo capítulo está dedicado a una especie de estudio psicológico del pueblo rumano; más bien habría que decir a una continuación del estudio, pues ya venía siendo hecho desde el capítulo anterior. Se trataría de ver qué le pasa al alma rumana, incluso de preguntar si existe un alma rumana formada.

El defecto, dice Cioran, ya es inicial: Rumanía estuvo privada desde siempre de un dinamismo primordial. En el pueblo rumano hubo en sus inicios una “negatividad inscrita” que es la que ha determinado su decurso: “Las deficiencias actuales del pueblo rumano no son el producto de su historia; es su historia la que es producto de deficiencias psicológicas estructurales” (29). Y para resaltar este dictamen Cioran pone como contraste a Prusia. Frente al “instinto combativo y militante”, frente a “la fuerza” o el “estilo de vida” de Prusia, ¿qué tenemos? Una Rumanía tibia, alérgica a los extremos, prudente tirando a miedosa, sin consistencia… Rumanía no ha podido hacer historia, sólo ha hecho cultura popular y tradiciones. En Rumanía se desconoce el “sentido gótico de la vida”, todo desenvolvimiento de lo rumano ha sido en sentido horizontal, a ras del suelo. El rumano no sabe lo que es el sentido ascensional: “Todos nuestros proverbios, todos nuestros adagios expresan la misma pusilanimidad ante la vida, la misma indecisión y la misma resignación (…) Las verdades cotidianas de los rumanos son paralizantes. Tienden a privar al hombre de toda responsabilidad” (30).

A mayor abundamiento, el escepticismo es la epidemia por excelencia de los rumanos. Pero no es un escepticismo al estilo francés (alegre, ornamental e inteligente); el escepticismo rumano es más profundo y psicológico, es un escepticismo que paraliza, que anonada y que imposibilita para reaccionar; le llega a gangrenar el alma con sus dudas constantes sobre ellos mismos y sus posibilidades. Es el mioritismo, es la lucidez de que no se puede hacer nada. Este nadismo, esta resignación y este desprecio de sí no se deben a otra cosa que a esa falta de tensión interior en los comienzos denunciada por Cioran. Curiosamente, el llamado segundo Cioran estará muy cerca de este escepticismo, aunque más cultivado, porque Cioran sí sabrá de historia.

Ni siquiera la religiosidad del pueblo rumano ha operado en la buena dirección. La religiosidad no ha alcanzado el grado de la pasión religiosa. El cristianismo rumano no ha inyectado nada al pueblo rumano, salvo la creencia de que lo mejor está al otro lado del mundo, cuando “la verdadera religiosidad es fanática, profética e intolerante; y está encarnada por los primeros cristianos, por la Inquisición y por el Santo Sínodo de la Rusia zarista” (31). Sin embargo, “nuestra ortodoxia es circunstancial, atenuada e inofensiva. Nuestro estilo religioso es lábil y gelatinoso. Al no tener nada de volcánico no puede jugar el papel de intervención en nuestro destino” (32). Así, los rumanos son unos creyentes que siempre han habitado iglesias pequeñas y tristes, pobres capillas donde refugiarse del mundo. La religiosidad rumana, que es chata y no gótica, no será, por tanto, un elemento interviniente en la transfiguración.

¿Y qué decir del agrarismo rumano? Respuesta: “¡Qué placer, para un pueblo de campesinos, el no intervenir en la evolución del mundo” (33). El campesinado rumano, además de pobre, siempre ha sido resignado, y religiosamente confirmado en su resignación, es decir, doblemente resignado; nunca ha atisbado que existe eso que se llama historia, por eso el único mecanismo que ha operado en él ha sido la  aceptación. Rumanía, incluso en su geografía urbana está infestada de ese mioritismo, nos dice Cioran. Por eso tampoco invocará Cioran el ruralismo como algo valioso para la transfiguración (demasiada benevolencia, la agrícola), y en esto se separará también de muchos intelectuales de su generación.

Todas las taras e insuficiencias señaladas son las culpables de que el pueblo rumano sea eso: solamente pueblo, apenas una nación; solamente sociedad, apenas un estado. Así, diagnostica Cioran: “El pueblo es una obsesión que debemos evitar, tanto más porque durante siglos no hemos sido Rumanía, sino solamente el pueblo rumano. ¿Cómo ha podido resistir durante tantos siglos troceado y sin existencia política? A esta cuestión no encuentro una respuesta satisfactoria. Valacos, moldavos y transilvanos no han guardado su sustancia étnica más que porque no participaban directamente en la historia” (34).

Tras más de un centenar de páginas de pasarle tan larga factura a Rumanía, y como pareciendo que la cosa ya estuviese madura, de pronto, se atisba algo de esperanza en Cioran. Da muestras de que él cree algo al respecto, de que es posible que una deriva tan desastrosa cese: “Si los defectos de Rumanía, constatados aquí con la pasión y los pesares de un amor desesperado, fuesen eternos e irremediables, no me interesaría mi país en absoluto y juzgaría estúpido escribir un libro exponiendo hechos sin ninguna intención reformadora” (35). Pero no sólo sucede eso, sino que también Cioran señala, en una concesión a la humildad, que no quiere nada utópico para Rumanía (nada de paraísos), incluso que no quiere que sea una gran cultura (por puro realismo ante la condición del candidato). Si acaso, y, aquí, de nuevo, invoca el nombre de España, Rumanía podría ser una España del sureste europeo, aunque (por desgracia) “sin el encanto ni el ardor romántico de España, pero sí al mismo nivel histórico. Y sin un Cervantes que trace un Quijote con nuestras penas” (36). ¿Puede suceder esto con Rumanía? Puede ser, parece que sí.

Pero antes de pasar a su propuesta, Cioran quiere arreglar cuentas con sus digamos competidores, que él engloba bajo el genérico de nacionalistas (aunque él también lo sea). Así, detesta a los nacionalistas que se agarran al pasado y a las tradiciones. A esos reaccionarios. Rumanía será si vuelve la espalda al intimismo excluyente y al espíritu campesino que muchos pregonan. Frente a esto, Cioran proclama con contundencia un occidentalismo a ultranza, una apuesta por la modernización. El Occidente moderno que admira es sobre todo: ciudad, industriosidad e industrialismo. El campo y el campesino (y el campanario) solo ofrecen un equilibrio plano y estéril. La apuesta que hace por Occidente implica además, en su enunciación, un serio repaso recriminatorio a lo que se podría denominar el asiaminorismo. Rumanía, por su desgracia geográfica, no ha tenido más remedio que vivir multisecularmente bajo los desechos turcos y griegos. Tanto los bizantinos como los otomanos han sido una vergüenza histórica, una negación de lo espiritual, unos expendedores de oscuridad y asfixia. Ser balcánico es haber tenido que habitar en un lodazal lleno de detritus sureños. Por todo esto, el pasado de Rumanía, se mire como se mire, ha sido una pesadilla para un linaje de apesadumbrados: los rumanos. Por eso habría que tirar todo por la borda.

Está bastante claro, pues, de cara a la solución, lo que Cioran no quiere y con quien no cuenta. Queda, sin embargo, nos dice, una cuestión pendiente. ¿Cuál? La cuestión obrera, cuestión que a veces nombra simplemente como la cuestión de “las masas”. El obrerismo, las nuevas y grandes masas de obreros generadas por el industrialismo, ¿qué lidia ha de tener de cara a ese salto que es la transfiguración? Este interrogante es importante porque este fenómeno de masificación es un hecho histórico reciente. Y una de sus inmediatas consecuencias es la internacionalización, tanto de su situación como de sus intereses. El proletariado, dice Cioran, es internacionalista en sus aspiraciones, y sin embargo las condiciones de facto son nacionales ¡y Cioran también es nacionalista!, por eso “la integración del proletariado en la nación es uno de los problemas más graves del presente y del porvenir” (37). Ante esto, señala Cioran, la mejor manera de combatir el comunismo es solucionando nacionalmente la miseria económica del proletariado. Así se asfixia su solidaridad internacionalista. El nacionalismo deberá tener en cuenta que no sólo de entusiasmo vive el hombre. La excitación de la grandeza de un pueblo debe ir acompañada de la implantación de la justicia social, si no será un nacionalismo hueco y a corto plazo.

Y así llegamos al archifamoso capítulo IV, Colectivismo nacional, el que apareció suprimido en la reedición rumana de 1990 de la editorial Humanitas, por propia voluntad de Cioran. En total son unas 26 páginas en las podemos leer su conocida arremetida contra los judíos y contra los húngaros. De los turcos y griegos ya se ha ocupado anteriormente, como hemos indicado. Así se completa la visión de la cuestión de los extranjeros. Sin lugar a dudas, la razón de esta autocensura estriba en el antisemitismo que rezuma el capítulo y no tanto por sus críticas a los húngaros. Hay que advertir, además, que, si se prescinde de los lugares en que se manifiesta su opinión sobre los judíos, el libro permanece perfectamente articulado. Es decir, el antisemitismo no es nuclear en el libro (tampoco las otras xenofobias). Es meramente un pasaje —llamativo, eso sí—, pero no es la sustancia de la obra, ni mucho menos. Tanto es así que si en Rumanía no hubieran existido judíos, y por  tanto Cioran no los hubiera mencionado, el proyecto cioraniano habría sido el mismo: un proyecto nacional-fascista (tal y como lo fue, por ejemplo, en la España de Franco). ¿Y esto por qué? Pues porque el problema de Rumanía son fundamentalmente los propios rumanos, nos viene a decir Cioran.

Así, lo primero que señala es que “la cuestión judía” es un fenómeno reciente de la Rumanía de su tiempo (a partir de la creación del reino de Rumanía en 1859, y tras el fin de la I Guerra Mundial), mientras que la postración rumana se remonta a un  milenio. El problema esencial de Rumanía no son, pues, los judíos. Dicho esto, ¿qué les adjudica Cioran? Corrupción, retardamiento, insolencia, simulación, indiferencia por el nacionalismo rumano, agresividad, vampirismo, traición, alianza con el democratismo, especial inteligencia, internacionalismo, cerebralismo… De todas estas características la que más peligrosa le parece a Cioran es su indiferencia por el nacionalismo rumano, veamos hasta qué punto hiperboliza Cioran: “Si diéramos a los judíos la libertad absoluta, estoy seguro de que en un año ellos cambiarían hasta el nombre de nuestro país” (38).

Con independencia de los reproches tópicos, incluso de los piropos tópicos, que esgrime Cioran, lo que más le inquieta es verlos como un obstáculo a la transfiguración, al proyecto de la nueva Rumanía. ¿Y eso por qué? Por “la estructura política de su espíritu” y por su “orientación política ajena a la conciencia nacional” (39). Y esto lo ilustra con una anécdota que quiere elevar a categoría de símbolo: “Ese judío que me confesaba que si Rumanía perdía Transilvania, eso lo dejaría perfectamente indiferente, expresaba sinceramente la evidencia de lo que suelen experimentar; eso sí, con disimulo” (40). Esa indiferencia, ese desentenderse es lo que subleva a Cioran y lo que le hace calificarlos de retardatarios.

Curiosamente, cuando Cioran hace este diagnóstico, apenas falta una docena de años para que por fin el pueblo judío consiga un lugar de asentamiento, un paisaje en el que enraizarse, y empezara a defenderlo con uñas y dientes como el más feroz y exaltado nacionalista (no muy lejos del gusto de Cioran). Por eso, la acusación de desenraizamiento no se sostiene, o mejor dicho, no tiene esa  supuesta perennidad. Desde el punto de vista de Cioran (y del antisemitismo en general) pareciera que la famosa errancia del judío obedeciera a una especie de capricho metafísico y no a una animadversión hacia ellos.

Se ha aducido en varias ocasiones que el antisemitismo de Cioran es más elaborado y más intelectual que otros, y por tanto más aliviado de tosquedad y de brutalidad. En dos palabras, más relativo. En efecto, sus textos no están plagados de insultos, ni de exclamaciones, ni de llamas incendiarias, como sería del gusto de tantos. Pero, veamos de qué están llenos. Principalmente de una teoría de las razas, y lo que es peor, enunciada en tono irónico: “La teoría de las razas no parece creada más que para expresar el sentimiento de separación abisal que distingue a todo no-judío de un judío” (41). He ahí “dos seres de esencias diferentes. El judío no es nuestro semejante, nuestro prójimo (…) Se diría que los judíos descienden de otra especie de monos que nosotros, que ellos han sido condenados ab inicio a una tragedia estéril, a esperanzas eternamente decepcionadas. Nosotros no podemos aproximarnos humanamente a ellos, pues el judío es primero un judío y después un hombre. Fenómeno que se produce tanto en su conciencia como en la nuestra” (42). Admitamos que hay algo de gracia en la literatura del párrafo, que es sugerente, incluso que estéticamente es enigmático, pero qué gran vaciedad contiene, sin embargo. Esa mezcla de monerío, tragedismo, destino y esencialismo, ¿qué arroja sobre la consistencia de lo judío salvo la sugestión de la rareza? Y lo que es más grave: la rareza  elevada a categoría antropológica. Diferenciándolos antropológicamente, quedan ipso facto excluidos de cualquier proyecto de cooperación, quedan convertidos en lo inasimilable.

He ahí, pues, la acotación de lo judío, una región ontológica en la región ontológica de lo humano. Y como tal, jamás tendrá solución; ni en el tiempo ni la historia resolverán el problema. Los judíos, dice Cioran, están destinados a sobrevivir a cualquier pueblo. Siendo así, la única solución será nacional (y por tanto provisional). En este sentido, hay que señalar que el antisemitismo de La transfiguración es una semblanza inacabada. Pero inacabada sobre el papel, sobre el texto del libro. ¿Por qué decimos esto? Porque este antisemitismo, el de Cioran, no es una perla aislada y sin posibilidad de trascendencia social, sino que se une a la oleada continental antisemita que ya está tomando medidas administrativas y persecutorias por doquier (por ejemplo, las leyes de Nuremberg de setiembre de 1935). Y más en concreto, en Rumanía, las diferencias del antisemitismo cioraniano con respecto al de la Guardia de Hierro no impiden la actuación de este último. Cioran nunca alzó su voz contra los crímenes de los legionarios. El que Cioran le envíe en 1937 un ejemplar dedicado de La transfiguración a Codreanu no delata precisamente desacuerdo ni discrepancia con sus actuaciones. “Atención a la que Codreanu responde a través de una cálida misiva: lo felicita y le dice desear, él también, que ´´este pueblo (el rumano) arroje sus harapos de pigmeo para vestir un hábito imperial“. Y se despide diciendo: ´´Un combatiente por el futuro de Rumanía le estrecha la mano” (43). Es decir, la ausencia de recetas para resolver el problema judío en la obra de Cioran queda compensada con su silencio cómplice ante lo que sucede en la calle.

Esa lógica nacional de acosamiento y crimen de los legionarios seguramente que  hubiera trascendido si hubiesen triunfado y se hubiese conectado con la otra lógica, la de los nazis. Los nazis fueron los únicos que se atrevieron a extirpar lo inasimilable de un modo definitivo. Y nunca tuvo un sentido tan preciso la expresión  “solución final” como en la Shoah.

En el siguiente capítulo, el V, Cioran se detiene en hacer la disquisición acerca de lo que le conviene a Rumanía de cara a su futuro: si una revolución en el sentido pleno de la palabra, o una revolución nacional (que finalmente apuntará como nacional-socialista). Pero, previamente, no deja pasar la ocasión para ofrecer su parecer sobre el fenómeno de la guerra en general. Parecer en el que de nuevo muestra su inflamado y ardoroso espíritu. Lo primero que queda claro es su proclamación como “belicista”, no por simple arrebato sádico, sino más bien por sus salutíferas consecuencias; amén de considerar a su vez la propia guerra una consecuencia de un estado de salud social y espiritual. Así, “una nación se verifica por las guerras. Cuanto más se entregue a ellas, más acelerará su ritmo de vida” (44). O esto otro: “La guerra valoriza más o menos inconscientemente el organismo nacional” (45). Y ¡ay de aquellos que no guerrean!: “Los pacifistas deberían reflexionar esto: los pueblos europeos que no han participado en la última gran guerra han retrocedido todos automáticamente a un segundo o tercer plano. Políticamente, la neutralidad es un signo de apatía, de abandono de la arena internacional” (46). ¿Más concreción? Hela aquí: ”Una gran nación se eleva sobre las ruinas o las humillaciones de las otras. Los esplendores nacionales se bañan en un océano de sangre, y así toda la Historia. La gloria de Napoleón ha costado diez millones de vidas humanas. A primera vista, él ha hecho la guerra por pasión. De hecho, ha sido en razón del imperialismo que sigue a todas las grandes revoluciones y para satisfacer el deseo de hegemonía ilimitada de Francia. Ha provocado sin duda la pobreza, la miseria; pero ha puesto a Europa en movimiento. Los nacionalismos europeos tenían necesidad de su acción y de la filosofía de Hegel para que desde su timidez germinara el pensamiento hegemónico y desembocaran sobre la nefasta pluralidad del continente” (47). Una guerra, y más si es ofensiva, es una oportunidad para la voluntad de poder. Los rumanos tristemente, dice Cioran, sólo han llevado a cabo guerras defensivas, nunca han sabido qué era una iniciativa nacional, jamás han ejercitado la agresión pura para ganar lo que nunca les ha pertenecido. Sólo han hecho pequeñas insurrecciones de pobretes. Se han expandido hacia dentro, hacia su miseria. Sus guerras han sido guerras de pacotilla sin capacidad de generar crisis.

Pero por encima de los guerreros están los elegidos: los revolucionarios. Francia y Rusia han sido los soles en un firmamento de pequeños astros belicosos. Estas dos naciones han sido los dos únicos hogares transformadores de Europa. Las revoluciones sustituyen  unos mundos por otros, mientras que las guerras sólo acrecientan o arruinan potencias nacionales. Indudablemente, los rumanos están muy lejos de semejante aventura, ni que decirse tiene. Habrán de fijarse en dos fenómenos menores pero interesantes: el fascismo y el hitlerismo. Dos revoluciones nacionales (a la altura de 1935, obvio es decirlo). “Rumanía no está madura para una revolución de gran estilo; pero parece dispuesta para una gran sacudida nacional y reúne todos los elementos que forman el concepto de moderna revolución nacional” (48). ¿Por qué? Porque arrastra una especie de angustia nacional desde hace tiempo. Pero, ojo, nos vuelve a recordar Cioran, una revolución nacional no se hace sólo y exclusivamente a base de patriotismo.

Tras su opción por la belicosidad y la revolución, Cioran emprende la delineación de una tipología política apta para tales propósitos. ¿Qué tipo político prefiere Cioran? Sin lugar a dudas, el ilustrado por la teoría política de Maquiavelo. Él mismo lo confiesa en el capítulo siguiente. Así, el pragmatismo, el deseo de vencer, el cinismo de la fuerza, el culto al riesgo, el desprecio del intelectualismo, la pasión por la tragedia…, todo esto constituye lo que Cioran denomina el instinto político. Sin ese ethos agresivo no se puede llegar a ser más que presidente, y la política lo que necesita es un conducator. César, Napoleón, Lenin, Hitler, Mussolini son los tipos que desfilan por la pasarela de los elegidos a tal fin, y cuando estos nombres se le acaban convoca a Ignacio de Loyola, Lutero o san Pablo, los otros imperialistas, los celestiales, como figuras ilustrativas del pathos directivo. Cioran no da otra opción: “Un gran genio político debe ser por excelencia un dominador. Aquel que sabe, sin poder mandar, no vale nada” (49). Especular, dudar, enzarzarse con la ética y la coherencia no son sino estorbos típicos del hombre teórico. El teórico, con sus análisis y sus recomposiciones, lo único que hará será demorar o asfixiar el decurso de los acontecimientos. La objetividad no es un valor político si no rinde, los únicos valores son los que llevan a la victoria. He ahí el espíritu partisano del político. En esto, Cioran se adhiere a la teorización del político que hiciera Keyserling. El odio, la fiebre, la combatividad y el instinto destructivo son los mimbres con los que se entrelazará la idiosincrasia del líder político. El juridicismo y los escrúpulos moralizantes no son sino inconvenientes. La creación y la expansión de un estado justifican cualquier medio. El político, en tanto que dictador, será la figura idónea para hacer converger todas las energías, será un recaudador y administrador de todas las ebulliciones y presiones que emanen de las gentes. La democracia, por el contrario, es un sistema de despilfarro de energía, un antídoto contra el paroxismo. El político, pues, en tanto que hombre de acción deberá ser dogmático: la consulta será el orificio por donde penetren la duda y el relativismo.

Quizá pudiera pensarse que con un tipo político es suficiente para que marche la historia. Nada de eso. Cioran advierte: “Todo lo que ha sido creado hasta el presente es debido a accesos colectivos de heroísmo  que han insuflado a los hombres, por encima de sus mezquinos instintos de conservación, la pasión de la autodestrucción al servicio de un ideal” (50). Es decir, el conducator ha de inyectar su pasión en la colectividad nacional, y en este caso —ya se va previendo— en los rumanos.

Y, en efecto, así es, pues Cioran advierte: “Volvamos al presente de Rumanía y veamos cómo podría dejar de ser una sombra de la historia universal” (51). Primero, eliminando posibilidades. Por ejemplo, diciendo no a la socialdemocracia. Para Cioran, la socialdemocracia es una filosofía política blanda que sólo expande mediocridad y aburguesamiento en el espíritu revolucionario, es evolucionismo dulce hacia la sosería. También dice no al comunismo, por internacionalista y apocalíptico. Y, cómo no, también excluye el liberalismo por considerar a cada hombre el centro del mundo y al estado su perrito faldero. Y así llegamos al capítulo final, al desvelamiento del misterio, que, aunque previsible, no deja de causar sorpresa, incluso estupor. El capítulo en cuestión se titula La espiral histórica de Rumanía.

Es conveniente señalar que al final del último capítulo, y por tanto al final del libro, Cioran hace una breve indicación de lo que ha pretendido con La transfiguración de Rumanía. Dice que no ha intentado más que esbozar sugestiones de cara a la grandeza de Rumanía. Y añade que no ha querido profetizar, por un lado, ni entrar en detalles ni soluciones inmediatas, por otro. Estamos, pues, ante una declaración general de deseos para su país y no ante la concreción de un programa político. Sentado esto, veamos esas sugestiones generales. En primer lugar, dice Cioran, hay que introducir a Rumanía en la espiral de la historia. ¿Y eso cómo se hace? Identificando una misión histórica. ¿Cuál? Digámoslo pronto y con todos los alamares: siendo el nuevo hegemón de los Balcanes. Así es como se cierra el famoso libro.

De hecho, Cioran ya había apuntado antes ese destino para Rumanía, pero ahora lo dice con todas las palabras y con total claridad. De todas las naciones que constituyen los Balcanes (todas ellas secundarias) ninguna se muestra mayor candidata a eso que Rumanía: “El futuro de Rumanía me parecería insulso, superfluo, estúpido, si ella no se definiese como la única realidad política y espiritual de todo el Sureste europeo” (52). El balcanismo en sí ha sido una perpetua desgracia, su identidad no ha sido otra que la continua sumisión, y el único Mesías que podría cambiar este rumbo sería Rumanía al imponer su hegemonía y transformación. Es decir, y aunque no aparezca el término, se trataría de sustituir el balcanismo por el rumanismo y de hacer de Bucarest una nueva Constantinopla.

Con esta sugestión se estimularía ese salto necesario para entrar en la historia. Salto con dos fases. Primera, un nacionalismo colectivista cristalizaría a Rumanía como verdadera nación, y, segunda, un élan hegemonista que pusiera en crisis la zona la haría protagonista de un destino histórico (la pieza dorada  que Cioran no ha dejado de anhelar). Es necesario que semejante sugestión avance hacia su ejecución, es decir: “La nueva Constantinopla no debe ser para nosotros un objeto de ensoñación política, sino un objetivo a perseguir día tras día con una pasión dramática” (53). He aquí lo que constituiría la verdadera transfiguración de Rumanía. Cioran dixit.

IV – De la intensidad a la cautela y el desistimiento

A partir de setiembre de 1937 Cioran se va a París con una beca de doctorado y entonces se abre en su vida un periodo que ha quedado un tanto borroso en lo que se refiere a su actividad política. Aparte de publicar en Rumanía El crepúsculo del pensamiento en 1940, no se sabe cuántas veces vuelve a Rumanía ni por cuánto tiempo. Sí se sabe, en cambio, que en otoño de 1940 está en Bucarest, y que la estancia dura hasta finales de febrero de 1941 en que de nuevo marcha a París para no volver ya nunca. El propio Cioran ha velado en sus declaraciones sus andanzas por estos años. En cualquier caso, estamos en disposición de poder afirmar que hasta el verano de 1941 las convicciones y adhesiones de Cioran siguen siendo las mismas: claramente fascistas.

Desde París sigue enviando artículos a Vremea, Cuvântul e Inalterea donde manifiesta la tónica mantenida en los años anteriores. Basta con consultar artículos como “Entre la conciencia europea y la conciencia nacional”, de diciembre de 1937, “La quimera de la acción”, de finales de 1940, o “Transilvania, Prusia de Rumanía”, de enero de 1941. Pero, de entre todos los documentos de esta época, el que sobresale y confirma que Cioran sigue en las mismas en su famoso escrito aparecido el día de navidad de 1940 (¡nada menos que 1940!). Previamente había sido radiodifundido en noviembre. Se trata de “El perfil interior del Capitán” (54). En él, en un tono premesiánico Cioran recuerda y diagnostica de nuevo la postración de Rumanía: “Antes de Corneliu Codreanu, Rumanía era una especie de Sáhara poblado. Los que se encontraban entre su cielo y su tierra no tenían nada en su interior  salvo la espera. Alguien debía venir. Todos deambulábamos a través de este desierto incapaces de cualquier cosa. Incluso el desprecio nos parecía un esfuerzo. No podíamos considerar nuestro país más que bajo un ángulo negativo. Si en nuestros momentos más locos aparecía la esperanza la justificábamos como un buen chiste. Rumanía no era ya más que un buen chiste. Este pobre país era una extensa pausa entre un comienzo sin grandeza y un vago futuro. En nosotros el futuro gemía”.

He ahí la ciénaga, la oscuridad, la inmensa astenia, el páramo desolado, el status quo vergonzante. Pero, de pronto, Cioran anuncia la presencia del redentor, y no sólo eso, además lo teologiza: “Sin embargo, el futuro en él hervía. Él, él ha sido quien ha roto el dulce silencio de nuestra existencia y nos ha obligado a ser. Las virtudes de un pueblo se han encarnado en él. Así, la posible Rumanía  ha tomado el camino de la Rumanía poderosa”.

“Yo no he tenido más que algunas entrevistas con Corneliu Codreanu. Pero ya de entrada he comprendido que me encontraba ante un hombre en un país de fantoches. Su presencia era turbadora y jamás la he abandonado sin sentir el soplo de lo irremediable, el soplo crucial que acompaña a las existencias marcadas por la fatalidad. ¿Por qué no confesar que un temor extraño me poseía, una especie de entusiasmo lleno de presentimientos?

“En su proximidad, el mundo libresco me parecía inútil: las categorías, inoperantes; los prestigios de la inteligencia, apagados; los subterfugios de la sutileza, vanos. El Capitán no sufría del vicio fundamental del supuesto intelectual rumano. El Capitán no era “inteligente”, el Capitán era profundo. El desastre espiritual de Rumanía proviene de la reflexión sin contenido, de la inteligencia (…)  Cuando, en 1934, le comentaba lo interesante que sería que contase su vida, él me respondió: ´´Mi vida no ha transcurrido en las bibliotecas. No me gusta leer. Simplemente me detengo y pienso“.

Aquellos pensamientos suyos han fundado nuestra razón de ser. En ellos respiran la naturaleza y el cielo (…) Corneliu Codreanu no ha planteado el problema de la Rumanía inmediata, de la Rumanía moderna o contemporánea. Eso sería demasiado pobre (…) Lo que ha hecho ha sido introducir el absoluto en la respiración cotidiana de Rumanía”.

Con todo y con esto, el delirio puede aún superarse, veamos incluso cómo el propio Cioran se arroba: “En un momento de desánimo le dije al Capitán: ´´Capitán, no creo que Rumanía tenga algún sentido en el mundo. Ningún signo en su pasado justifica la más mínima esperanza“

Tienes razón —contestó—. Hay, sin embargo, ciertos signos.

El Movimiento Legionario —respondí.

Y entonces me indicó cómo percibía la resurrección de las virtudes dacias”.

Aunque el artículo no tiene desperdicio, no es cuestión de reproducirlo entero, pero se ha de advertir que el tomo va creciendo sin parar, ofreciendo sentencias del cariz siguiente:

“Hablando en términos absolutos, si yo hubiera de elegir entre Rumanía y el Capitán, no dudaría un segundo”

“Con la excepción de Jesús, ninguna muerte ha estado más presente entre los vivos que la suya”.

“Desde ahora, el país será  dirigido por un muerto —me decía un amigo a las orillas del Sena”.

“Esta muerte ha expandido un perfume de eternidad sobre nuestro fango humano, y ha devuelto el cielo a Rumanía”.

No se ha de olvidar que esta exaltada loa se produce dos meses antes del intento de golpe de estado legionario de enero de 1941 contra Antonescu. Y, sobre todo, que coincide con el momento más cruel y asesino de la Guardia de Hierro. El descontrol en Bucarest es tal que no se desactiva el nombramiento de Cioran como consejero cultural rumano en Vichy, cargo del que lo apean en cuanto se dan cuenta de quién se trata y cómo se comporta. Para Antonescu las simpatías legionarias de Cioran no lo hacían merecedor de ese cargo.

La pregunta que surge ahora es, ¿qué hace Cioran en París a partir de su llegada de 1941? Un París, por cierto, ocupado por los alemanes. El rastro pierde contornos de nuevo. Escribe su Breviario de los vencidos, se matricula en cursos de inglés, conoce a la que será su compañera Simone Boué, vivaquea con su beca hasta 1944, escribe una semblanza sobre Francia que no publicará, y ya no manda nada a Rumanía, salvo el artículo “Il n’y a personne” en julio del 43. Patrice Bollon hace una mención en su libro (55) de una información dudosa, y tomada de segunda mano, en concreto de C. Mutti, en la que se habla del prolegionarismo de Cioran y de que colaboró con un prólogo a una obrita sobre Codreanu. Al lado de esto, hay noticias de la profunda amistad de Cioran con el judío Benjamín Fondane y del gran impacto que le causó su detención y posterior deportación por lo nazis.

A partir de la rendición de París en agosto del 44 cambiarán drásticamente las cosas ante la inminencia de la derrota nazi. Cualquier veleidad a favor de los legionarios puede ser sospechosa y peligrosa. La cautela será necesaria como autoprotección en una Francia que camina a la victoria y a la recuperación de la democracia. La cuestión es si también empieza el desistimiento.

La respuesta es que todavía no, o no del todo. ¿Por qué? Porque ayuda a Eliade que está recién llegado a París desde Lisboa, y alrededor del antiguo hermano mayor se aglutinarán bastantes exiliados rumanos, tanto prolegionarios como de otras tendencias. Incluso llegan a tener un órgano de expresión, Luceafarul, donde Cioran colabora con la firma Z.P. (56). La literatura de este órgano será fundamentalmente anticomunista, dado que en Bucarest ya se ha establecido un gobierno comunista a partir de 1947-48. Pero la participación de Cioran en estas actividades es tibia e intermitente; además, esgrime una creciente inapetencia para mezclarse con la rumanidad del exilio.

En verano de 1947 toma la decisión de escribir sólo en francés (57). Decisión que puede simbolizar un verdadero deseo de darle definitivamente la espalda a su pasado. Va a gestar su primera obra en francés, Breviario de podredumbre. Y ya lo que leemos en el Breviario en 1949 representa la negación de sus anteriores convicciones políticas. Además, no es resultado de la casualidad que el libro comience poniendo en solfa las ideologías, su función y sus consecuencias. Pareciera que de pronto se le hubiera desvelado la inanidad de los resortes que antes lo motivaban. De la exaltación por transformar Rumanía ha pasado a ser un mero excitador del “mal de existir”. Los innumerables y bellos fragmentos que componen el libro ofician como una letanía fúnebre con la que se entierra todo lo que fue y ya no será. El tedio, la incertidumbre, la duda, la incredulidad, la ociosidad, la ironía, el sarcasmo, el desfondamiento… son las nuevas especies que sustituyen el antiguo rosario de entusiasmos y pasiones. Así, el Breviario de podredumbre se alzará como el programa que marcará toda la obra futura de Cioran. De hecho, se ha dicho, y no en vano, que lo que sigue al Breviario es una especie de Variaciones Goldberg literarias.

Paralelamente a la escritura del libro, se puede comprobar en la correspondencia de Cioran con sus familiares (58) que el despegue de sus convicciones pasadas es sincero, ya que no estamos ante unos escritos que vayan dirigidos al público en general. En esas cartas avisa de su “conversión escéptica”, de su “ausencia de ilusiones”, de “la comicidad de la Transfiguración…”, de “su tiempo perdido en agitaciones” y de “haber comprendido demasiado tarde”. Es decir,  parece ser que a partir de los años 45-46 Cioran comienza a manifestar progresivamente que su pasado fue una desmesura.

La suerte ha querido que, al poco de morir Cioran, su compañera Simone Boué descubriera un manuscrito inédito, y desconocido por todo el mundo, titulado “Mi país” (59). En un sobre y en una vieja maleta, junto con otras hojas desordenadas, reposaba ajeno el escrito. Se ha datado por aproximación a principios de los años 50, y en él constan la confesión y el parecer más amplio que Cioran manifestara sobre su periodo rumano. La descripción que ahí hace Cioran de su pasado fascista tiene una intención fundamentalmente desprestigiadora, pero con un matiz analítico que no hay que desatender. Así, en primer lugar, hace una autodescripción de las pasiones y las obsesiones por su país que lo embargaban, de su donquijotismo feroz, de su necesidad de dar respuestas fuertes a sus delirios nacionalistas…, y sobre todo señala que en sus discusiones se sentía como una especie de profeta en el desierto. Así se encontraba él. Pero, por otro lado, había otros que tenían una noción de un posible futuro. Y a ellos se unió. La confluencia, pues, se realizó y a partir de esta ya habla del siguiente modo: “Nosotros éramos una banda de desesperados en el corazón de los Balcanes” (60). Pero, que conste, nos dice inmediatamente: “No creí con sinceridad en eso ni un solo instante”.

Una vez establecida la relación, Cioran  pasa a la proliferación de denuestos hacia la banda: “feroces”, “crueles”, “profetas”, “mártires sanguinarios”, “místicos de la oración y el revolver”, “frenéticos”, “intolerantes”, “convulsos” y cuantas cosas más se nos ocurran de semejante jaez. Y a la base de todo esto estaba la locura y la juventud, confiesa Cioran. Luego, toma distancia y añade que cada vez que rememora aquella aventura suya no se reconoce y que le da la sensación de que fue otro distinto a él quien se enfebreció de tal manera. Tanto que tacha La transfiguración… como “la elucubración de un loco” o como “el himno de un asesino”. Así, con el mismo radicalismo que antes empleara se dedica ahora a execrar su pasado y las pasiones que lo ocuparon. Las razones acerca de por qué no publicó este escrito entonces permanecen en la oscuridad, tal vez fuera la cautela por no excitar algo reciente de lo que tener que dar cuenta, o la prudencia de cara a sus familiares que permanecían en Rumanía bajo el régimen comunista (61). El caso es que lo único que hubo después fueron leves desaprobaciones en las ocasiones en que se le inquiría por su pasado y nada más.

¿Quizá le ha faltado una confesión pública de arrepentimiento y condena que sustituyera esos pequeños y ocasionales murmullos desaprobatorios? Sin duda alguna. Pero también es creíble que si Cioran lo hubiera hecho habría maximizado un pasado hasta el punto de cambiar el sentido de su obra posterior, y él no deseaba eso. Habría tenido que hablar de culpa y no de ridículo y desvarío juvenil. Y entonces, ¿qué pena se tendría que haber autoimpuesto? Y, sobre todo, ¿podría un culpable legitimar su posterior desapego universal?

jinajera

Notas:

  1. Se trata de BOLLON P.: Cioran, l’héretique, Gallimard, París, 1997; LAIGNEL-LAVASTINE A.: Cioran, Eliade, Ionesco: L’oubli du fascisme, PUF, París, 2002.; VOLOVIC L.: Nationalist Ideology and Antisemitism. The Case of Romanien Intellectuals in the 30s, Pergamon Press, Oxford, 1991; PETREU M.: Un oneroso pasado o la transfiguración de Rumanía, Biblioteca Apostrof, Cluj, 1999; VARTIC I.: Cioran ingenuo y sentimental, Mira editores, Zaragoza, 2009; GEORGE A.: La ideología nacionalista y la “cuestión judía” en la Rumanía de los años 1930, Humanitas, Bucarest, 1995: LIICEANU G.: Itinéraires d’une vie: E.M.Cioran, suivi de “Les continents de l’insomnie”, ed. Michalon, París, 1995.
  2. Op. cit., p. 94 y ss.
  3. Para una  pormenorización de este movimiento se puede consultar además de las citadas obras el excelente libro de Francisco Veiga, La mística del ultranacionalismo. Historia de la Guardia de Hierro, Rumanía, 1919-1941, Universidad Autónoma de Barcelona, 1989. Asimismo, de Mihail Sebastian, su Diario (1935-1944), Destino, Barcelona, 2003.
  4. De ello da cuenta, por ejemplo, Mihail Sebastian en su famoso diario.
  5. M. PETREU, “Préface” a la obra de Cioran, Transfiguration de la Roumanie,  Éditions L’Herne, 2009. S. LOTRINGER: “Retrato de un joven escritor en el delirio hitleriano”, en Cioran, Éditions L’Herne, 2009, p. 59. S. DRAGAN: “Cioran y la Joven Generación”, Revista Paradoxa, nº 9, 2005, Universidad Tecnológica de Pereira, p. 27 y ss.
  6. Traducido en 2004 al francés por Éditions L’Herne como Solitude et destin. Paginaremos por esta edición.
  7. “El sentido de la cultura contemporánea”, en Solitude et destin, p. 85.
  8. “La cultura y la vida”, p. 287.
  9.  Ibid.,  p. 288.
  10.  “Contra las gentes inteligentes”, p. 238.
  11.  En Solitude et destin,  pp. 267 y ss.
  12.  “Aspectos alemanes”, en Cioran, op. cit., p. 19.
  13.   Ibíd.,  p. 19.
  14.   Ibíd.,  p. 20.
  15.  “Hitler en la conciencia alemana”, en Cioran, op. cit., p. 33.
  16.  Ibid., p 32.
  17.  “Alemania y Francia o la ilusión por la paz”, en Cioran, op. cit., p. 24.
  18.  Ibid., p. 28.
  19.  En Cioran op. cit., p. 31.
  20.  Vid., “Lo que se puede hacer en Rumanía”, en Cioran, op. cit., pp. 36 y ss.
  21.  “El adanismo rumano”, en Cioran, op. cit.,  p. 41.
  22.  E.M. CIORAN: Transfiguration de la Roumanie, Éditions de L’Herne, París, 2009, p. 83).
  23.  Ibid., p. 102.
  24.  Ibid., p. 103.
  25.  Ibid., p. 121.
  26.  Ibid., p. 127.
  27.  Ibid., p. 135.
  28.  Ibid., p. 138.
  29.  Ibid., p. 142.
  30.  Ibid., p. 147.
  31.  Ibid., p. 163.
  32.  Ibid., p. 164.
  33.  Ibid., p. 174.
  34.  Ibid., p. 184.
  35.  Ibid., p. 186.
  36.  Ibid., p. 193.
  37.  Ibid., p. 208.
  38.  Ibid., p. 242.
  39.  Ibid., p. 225.
  40.  Ibid., p. 225.
  41.  Ibid., p. 223.
  42.  Ibid., pp. 223-224.
  43.  A. Laignel-Lavastine, Cioran, Eliade, Ionesco…, op. cit., p. 150.
  44.  Transfiguración de la  Roumanie, op. cit., p. 248.
  45.  Ibid., p. 247.
  46.  Ibid., p. 250.
  47.  Ibid., p. 254.
  48.  Ibid., p. 273.
  49.  Ibid., p. 281.
  50.  Ibid., p. 310.
  51.  Ibid., p. 311.
  52.  Ibid., p. 323.
  53.  Ibid., p. 337.
  54.  Vid.,  Cioran, op. cit., pp. 53-54.
  55.  Bollon P.,  op. cit., p. 126.
  56.  Laignel-Lavastine A., op. cit., p. 386.
  57.  Con toda seguridad Cioran empezó a escribir dicha obra en francés antes de la fecha que se considera oficial: 1947. Testimonio de ello es la nota 5 de Ingrid Astier en E.M.CIORAN: Ejercicios negativos, Taurus ediciones, 2007, p. 176. Asimismo, en una carta a sus familiares del 15 de febrero de 1946, Cioran avisa de que está a punto de terminar un libro en francés (se trataría entonces, y todavía, del titulado Ejercicios negativos). Dicha carta está recogida en Cioran, op. cit., p. 518.
  58. “Cartas de Cioran a sus padres y a su hermano Aurel”, en Cioran, op. cit., pp. 519-523.
  59.  Vid., Cioran, op. cit., pp. 65-67.
  60.  Ibid.,  p. 65.
  61.  De hecho, a Cioran se le mantuvo abierto el expediente policial en Rumanía hasta 1990.