J. I. Nájera: “Realidad y decepción en Cioran”

Por José Ignácio Nájera*

Cuando me planteé sobre qué aspecto tratar de Cioran para mi intervención, me encontré en una situación curiosa y más bien paralizante. Son tantas las cosas y los asuntos en los que se ha entretenido Cioran que era difícil decidir. De hecho, el ya amplio panorama de artículos sobre él así lo demuestra —otro asunto son los libros—. La música, la religión, la Historia, la muerte, el suicidio, la mística, la indigencia humana, el retratismo, Francia, Rumanía, España, los escritores rusos, los judíos…, en fin, innumerables son los temas. No en vano se podría decir que estamos ante un escritor misceláneo.

Tras darle no pocas vueltas al asunto, me he decidido por un par de términos que creo que son expresión del tono general del autor: Realidad y decepción, por supuesto en Cioran. Si se quiere se puede sustituir “realidad” por “mundo”, incluso, por “vida”. Da igual, o al menos lo da en esta circunstancia donde no quiero ser académico, ya que el propio autor fue refractario al academicismo y hoy estamos aquí para celebrarlo.

De hecho, cuando uno emprende la lectura de la obra de Cioran y persiste en ella, se dará cuenta de que sin lugar a dudas en Cioran hay toda una Metafísica. De él se podría decir aquello que se dice con frecuencia de Nietzsche: ¡Hay que ver que antimetafísico más metafísico! Quiero decir con esto que soy de los que piensan que cuando aún no nos hemos repuesto de la muerte de la  Metafísica, esta resucita. O, en términos regios, a Metafísica muerta, Metafísica puesta. Nuestro sino parece ser que es el asedio de ciertas preguntas por así decir hondas, independientemente de los resultados que se obtengan.

Ni que decirse tiene que a Cioran no le ha preocupado lo más mínimo que su discurso decepcionado sobre la realidad sea tachado de acientífico. No, no, Cioran juega en otro territorio y, digamos, que con otras reglas. Por cierto, digámoslo ya: con la intuición, con el presentimiento, con la empatía, con la aversión, con la ironía, con el estilo y con la poesía, esos son sus instrumentos. Esto de señalar  la poesía no es, valga la redundancia, una licencia poética. He de recordar que el primer epígrafe que aparece en su primer libro, En las cimas de la desesperación, cuando tenía 21 o 22 años, reza así: Ser lírico. Es decir, empieza avisando ya desde muy joven desde dónde va a hablar.

Bien, volvamos al asunto de la Metafísica. ¿En qué manera creo yo que hay que interpretar el metafisicismo de Cioran? Lo voy a decir corto y preciso: Cioran es un denunciador de lo real, de la Vida, si se quiere. Está continuamente  pleiteando con el estado de las cosas, o más brevemente, con la existencia. En este sentido, he de señalar que su afición al budismo, o a Schopenhauer, no es completa. Es un semiaficionado a ambos. Cioran suscribe de ellos lo que tienen de denuncia: La Vida está llena de dolor y sufrimiento (y de deseo, no lo olvidemos). Y el pagano de toda esta función es el anthropós, el ser humano. Fíjense si esto será así que si repasamos los títulos de los libros de Cioran nos iremos encontrando con la siguiente retahíla de palabras: desesperación, quimeras, lágrimas, ocaso, vencidos, podredumbre, tentación, malvado, amargura, caída, maldito, inconveniente, desgarradura… He aquí toda una coreografía de la decepción. Es raro el libro de Cioran que en su título muestra asepsia sentimental. La razón del pleito no es otra que el sentirse afrentado. La adhesión que falta al budismo o a Schopenhauer completos se debe a que Cioran siempre creyó que no había solución. ¿Por qué? Porque el deseo es insofocable.

En efecto, bajo la supuesta regularidad de la naturaleza inorgánica esta no cesa de recordarnos que sus leyes no tienen el más mínimo miramiento para con nosotros. La naturaleza mineral se compadece muy poco de los humanos. Hasta la religión presume un Apocalipsis al final de los  tiempos  (y muchas de las religiones incluso introducen un Diluvio en la fase intermedia). Pero al lado de esta naturaleza, la fechoría de lo biológico no se queda corta. En este sentido, el libro de la naturaleza viva no es sino un manual de depredación. Y cuanto más evolucionada se muestre la naturaleza, más asesina se manifiesta: considérese si no la especie humana. Somos el animal que más ha matado, nunca un conjunto de minerales ha dado de sí más sadismo y crueldad que cuando se ha  estructurado como ser humano (quiero decir, cuando el barro se ha hecho hombre).

Definitivamente, las cosas no han ido bien —nos dice Cioran— y nada indica que vayan a mejorar. El Universo está malogrado, es un fiasco, es una muy deficiente obra artesanal. Es decepcionante. Por eso nos dice que nacer es un inconveniente, porque es un mal negocio de inserción. Por eso nos dice que se cae en  el tiempo, o se nos arroja —que diría Heidegger— para nuestra desgracia. Constátese el matiz pitagórico o platónico que alienta en Cioran en cuanto a la desdicha de existir.

Es de sobra sabido que la visión acerca de lo real que tiene Cioran es pesimista, sombría y negativa, y no merece la pena explicitarla más, dado el consenso entre sus lectores. El asunto más interesante —o al menos más digno de ser indagado— es bien otro, se trataría de saber por qué. ¿Por qué Cioran es o reacciona así? De hecho no es tema consensuado que lo real sea así o asá. Ahí tenemos, por ejemplo, al viejo Aristóteles hablándonos de la admiración ante las cosas como origen de la filosofía. O a Heidegger hablando de la maravilla estuporosa del fluir del ser. Y, en fin, a tantos otros que hablan de  celebración y no de lamento (y no tienen necesariamente que ser creyentes).

Creo que en Cioran hay varias confesiones al respecto. En sus famosos Cuadernos (1957-1972), publicados en 1997, y en alguna que otra entrevista se puede leer la confidencia suya de que tras todo pensamiento suyo late su fisiología. Dicho más poéticamente y trasladándolo a primera persona: Cada pensamiento mío supone un latido de mi sangre. Si es así, y siguiendo al viejo Hipócrates, habría más bien que decir: Tras mi filosofía no hay sino atrabilis, bilis negra. Cioran nos ha confesado: “Pertenezco a una estirpe familiar de seres depresivos”, incluso a veces ha dicho de seres “maníaco-depresivos”. Cuando era joven y entró en la universidad de Bucarest, creo que fue Eliade el que resaltó su aspecto linfático  y su aire blasé.

Bien, en cualquier caso, he ahí una indicación del propio Cioran sobre el origen de su cosmovisión: la melancolía con sus distintos grados de intensidad actuando como una especie de a priori epistemólogico. Para mayor abundamiento, en otra circunstancia Cioran acuña el siguiente aforismo: “La meteorología decreta el color de mis pensamientos”. Como la mayoría de los aforismos, brilla más por su provocación que por lo que demuestra, pero sin lugar a dudas también nos ofrece una pista. Su pensamiento no solo está a merced de su fisiología sino que también de cómo sople el viento.

Alguien podría objetar: Bien, usted ha dicho en segundo término “manía”, y la manía supone un curso eufórico, optimista, vital. Y yo contesto: Indudablemente. Pero, hay que reconocer que la manía lo que suministra es una “euforia insípida”, y Cioran, que básicamente es melancólico, es además lo suficientemente lúcido como para desoír esa “insipidez alegre”. Quizás, quizás, lo que toma y aprovecha de la fase “vital” es la fuerza, la energía, la agresividad… para execrar, para construir sus ironías y sus sarcasmos a la contra y contra todo.

Como no quisiera quedarme solamente en esta interpretación psicologicista, voy a hacer una pequeña incursión en lo que comúnmente se denomina “apartado: contextos”.

En los años más nutricios de Cioran, los años preuniversitarios y universitarios, está muy en boga lo que se denomina la Lebensphilosophie (Filosofía de la Vida). La Filosofía de la Vida fue un poco un vagón heterogéneo en el que caben tanto Bergson, como Blondel (por citar la parte francesa) como la estela de Nietzsche, Dilthey y sus Ciencias del espíritu, Simmel, Klages y sobre todo, y de cara a Cioran, Spengler (esto por la parte alemana). La receptividad a este movimiento filosófico en el Bucarest de los años 20 y 30 es total. De hecho, el ambiente en el que se mueve Cioran por esos años está casi copado por esta moda filosófica. A ello hay que añadirle la indudable influencia de Nae Ionescu y Eliade, a su vez influidos por la Lebensphilosophie.

Decir “Filosofía de la Vida” no quiere decir necesariamente “optimismo”. De hecho, dichas filosofías de la vida, una vez pasadas por el tamiz de la inteligencia del joven Cioran (que es mucha) y por su idiosincrasia ( que es como ya sabemos) desembocan en una actitud y una práctica intelectuales en las que  opta por volver la espalda a la razón, al objetivismo, al academicismo y a la mesura. Por el contrario, suponen una entrega al afecto, a la emocionalidad y al intuicionismo. Si repasamos sus primeras obras rumanas, comprobaremos que, en efecto,  son puro lirismo, como antes he señalado.

Bien, he mencionado a Spengler. Voy a detenerme un poco en ambos. La influencia de su obra de 1922 La decadencia de Occidente es notable en Cioran. Parece ser que en torno a los dieciocho años de edad Cioran tenía ya un buen número de fichas de lectura sobre Spengler (tomo este dato de Marta Petreu, una estudiosa de Cioran y de sus influencias). Para Spengler la historia universal no es sino la historia protagonizada por las grandes culturas, y estas son como grandes organismos vivos. Estamos ante un analogista que lleva la noción de lo biológico a lo histórico-cultural. Brillante, pero peligroso, porque a veces la analogía acaba literalizándose. Para Spengler y para Cioran la cultura occidental y Occidente están en decadencia, son un organismo que ha nacido, crecido, madurado y ya está entrado en el periodo otoñal-invernal, está marchitándose.

¿Síntomas?, ¿señales?: racionalismo, positivismo, admiración por la técnica, predominio de la inteligencia, agotamiento del instinto, progreso de los derechos humanos, pacifismo, democratismo, liberalismo, etc… El animal se debilita. Todo esto a nosotros ahora nos resulta extraño (con lo que llevamos encima), sin embargo suena muy bien en el periodo de entreguerras. Pero no solo en Rumanía, sino en toda Europa. Para Spengler y para Cioran el concepto de gran cultura está ligado a nociones como las de “destino”, “alma primordial”, “forma interior”, “fatalidad” “núcleo primigenio” y cosas por el estilo. Nociones todas ellas embargadas por un aire de familia que es vago, misterioso, místico, metafórico y, sobre todo, oscuro. Son, en definitiva, sugestiones.

En cualquier caso, el diagnóstico de ambos es que estamos en el periodo de periclitación de Occidente, de crepúsculo. Ese es sobre todo el diagnóstico pesimista de Spengler. Mas hete aquí que, de pronto, Cioran se separa de semejante parecer. Es decir, cree, cree que el animal puede resucitar. ¿Cómo? Si recupera los antiguos valores y motores que lo hicieron vigoroso. Entonces, se olvida de Spengler (o al menos lo usa a su conveniencia) y cree en lo que está pasando en los años treinta en la Alemania de Hitler. Y sobre todo cree también en la posibilidad de emerger de su postrada Rumanía. Nótese que la creencia de Cioran es historiológica, no metafísica (ahí sigue la decepción presente). De hecho, lo que nos viene a decir Cioran es que el Universo no tiene remedio, pero que el hombre puede ser grande, al menos efímeramente al actuar en la historia.

La diferencia con Spengler es, por un lado, que el entusiasmo spengleriano es más bien mussoliniano (y muy reticente con Hitler); y,  por otro lado, que Spengler no concedía ningún crédito a las llamadas culturas periféricas, como la rumana, por ejemplo. Estamos ante el momento más optimista y vital de Cioran. Estamos ante lo que yo denomino los años feroces de Cioran. Su compromiso fascista.

Como estamos en año de honras no voy a entrar en pormenores. Como decía alguien: “hoy no toca”. Pero lo que sí quiero señalar, sobre todo de cara al término del que estoy hablando (“decepción”), es que Cioran como consecuencia de la derrota del fascismo sufre una gran decepción. Es la segunda. La primera fue cuando se le extrajo del paraíso de la infancia en Rasinari, su pueblo, para ir a estudiar el bachiller a Sibiu.

El denominado por algunos segundo Cioran ya es el que se presenta en 1949 con su primer libro escrito en francés Breviario de podredumbre. Atendamos al cambio. El libro comienza con la siguiente reconvención:

“En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado… Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

“Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de  nuestros sueños y de nuestros intereses”.

La reconvención parece universal, pero sobre todo va dirigida a sí mismo. Se retoma la decepción. Y con más fuerza que  nunca. Ya no habrá más creencia historiológica. La decepción será integral. La esperanza en la Historia se acaba, de ahí en adelante se refugiará en la rumia metafísica.

* José Ignacio Nájera (Xauen, Marrocos) vive desde 1979 em Murcia, na Espanha, onde é professor de filosofia no Instituto Alfonso X el Sabio. Além deEl universo malogradoNájera também publicou os romances Olvídate de AlcibíadesHermanos mayores e El enfermo epistemológicoEm 2005 ganhou o prêmio de ensaiosMiguel Espinosa com a obra Caminos de otoñoColabora em diversas revistas com artigos, resenhas e contos.

Texto de la ponencia presentada en el CENTENARIO CIORAN en el Instituto Cultural Rumano y Círculo de Lectores, en Madrid, España, el 29 de marzo de 2011

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