“Cioran y Teresa de Ávila”, por José Ignacio Nájera (Esp)

Texto inédito de José Ignacio Nájera, autor de El universo malogrado – carta a Cioran (Murcia, Espanha, 2008), a proposito del V centenario del nacimiento de la santa y mística española

“Es un error no admitir más que la variante religiosa del éxtasis”
E.M.Cioran, En la cimas de la desesperación

Si no hubiera ateísmo, Dios estaría exhausto, nos viene a decir Cioran. Nuestras oraciones y nuestros irritantes y exigentes monólogos con lo Alto no son sino componentes del eterno berrinche divino. Y para mayor abundamiento, la santidad y sus usuarios en general son los más culpables de semejante desgaste. Y en especial los santos místicos. Y más aun los místicos españoles. Y en concreto santa Teresa de Ávila.

La santa española, de la que se conmemora su quinto centenario, no le fue indiferente ni mucho menos al escritor franco-rumano. Más bien lo mantuvo obsesionado durante un periodo de su vida, en la etapa en que el fenómeno místico lo encandiló hasta el paroxismo. Luego, como él mismo diría, los místicos dejaron de interesarle, ¡sobre todo ellas, las santas y las ardientes monjas! En cualquier caso, fue un fenómeno de juventud que no abandonaría hasta los inicios de su madurez.

El encuentro de Cioran con santa Teresa requeriría una cierta contextualización previa. Esta empezaría por la relación de Cioran con España. Una relación de admiración y fascinación como confesaría repetidas veces (no en vano dijo que le hubiera gustado ser español). España (y Rusia) le parecía que era el contraste perfecto con el resto de la civilizada Europa. Quizá nosotros —mejor, aquellos otros españoles con los que Cioran se rozó, bien a través del conocimiento, bien en sus lecturas— representábamos como nadie esa facción más instintiva, ardorosa y natural del continente europeo (eso que, y en otro contexto, tópicamente se denominó la furia). Pero, según él, también somos, en una especie de dialéctica inconclusa, una muestra de lo que es el desencanto y la ruina. Es decir, la llama junto a la decadencia. Eso al menos es lo que ha destilado al hilo de sus lecturas de nuestro Siglo de Oro y sobre todo de Unamuno y de Ortega. Santa Teresa obviamente pertenece a la tribu de los ardientes, pues nadie hay más ajeno que ella a la rumia decadentista.

Dado su interés por lo español, no le fue difícil detectar la figura de la famosa mística; de hecho, ella es una de las luminarias hispánicas con más interesantes e intensos destellos. Y conste que este requiebro se queda corto al lado de lo que Cioran dijera de ella: “Si España fuera un cíclope, Teresa de Ávila sería su ojo”. ¿Hay quién dé más?

Según esto, pareciera que todo encajara a la perfección, pero… ¿no estamos en el caso del rumano ante un ateo confeso?, ¿no es Cioran en el fondo, y en la superficie, un ejemplo de la antirreligiosidad?, ¿un fustigador de lo sacro? Entonces, ¿a qué esta fijación con la santa? Sin duda que se trata de una inversión y de una admiración del gesto, de la contorsión hacia lo divino (eso que no está o que tal vez sea un dios decepcionado, incluso malvado). En el fenómeno místico Cioran ve una extremosidad, y como tal anomalía siente que lo cautiva. No es tanto el amar a Dios sobre todas las cosas lo que llama su atención como el espectáculo que supone. El joven Cioran que tan amante era de la intensidad no se iba a privar de escrutar esa pléyade de intensos que fueron los místicos. No estaba muy lejos una infancia de educación cristiana en casa de un pope ortodoxo como fue su padre, ni había olvidado aquella tensión vacía que le provocaba una moral tan religiosa como inaceptable. Todo aquello empujó al adolescente a la patria del nihilismo y la descreencia. En efecto, había que aprender a deshacerse de ese pasado reciente: había nacido creyente, al menos oficialmente. Si la niña Teresa soñaba con el martirio a manos de los infieles, el joven Cioran empezó a robustecerse alanceando cualquier vestigio religioso. En algún momento llegó a alardear de que sus capillas eran los burdeles y el alcohol su sacramento preferido. Bien, unos creen para salvarse de la angustia existencial y otros descreen para librarse de la asfixia religiosa. Su caso, está claro, pertenece al segundo tipo de opresión.

Cuando ingresó en la universidad para estudiar Filosofía su nihilismo se hizo más libresco y compulsivo. Al poco de licenciarse, apareció su primer libro publicado en rumano, en 1934, En las cimas de la desesperación. Fue una proclamación programática de todas sus hieles y sus desavenencias. Contra todo y contra el Todo. Pero ya en esa alergia metafísica Cioran toma conciencia del carácter  extático de la desfundamentación. Que no haya certezas últimas ni lechos de roca en los que descansar puede ser desesperante, pero también exultante. Bastaría con detenerse y examinar nuestra sed de incondicionado y nuestra ansia de sentido, y cotejarlas con el silencio de la existencia para preguntarnos: ¿qué culpa tiene lo real de nuestras expectativas?, y sobre todo, ¿qué obligaciones? De este simple cotejo no se puede derivar sino el sonrojo. En efecto, no hay nada, salvo la embriaguez de la nada. La borrachera de una perplejidad que se anuncia perpetua.

Por eso no es de extrañar la sorpresa que aconteció al poco. Fue un par de años más tarde cuando apuntó por primera vez la figura de santa Teresa en sus escritos. Al final de El libro de las quimeras, en un apartado sobre la santidad, Cioran nos brinda una extraña y original apología sobre Teresa. Simulando arrimarse “a la sombra de las santas”, nos proclama su admiración: “Santa Teresa de Ávila me ha enseñando de las cosas terrenales, pero sobre todo de las cosas celestiales, más que todos los grandes filósofos”. Y dice que no le molestaría que lo llamaran discípulo de las santas. ¡Ni siquiera los poetas llegan a su altura! Músicos, poetas y santos son las únicas catapultas que nos redimen de este mundo circunstancial, los únicos que nos hacen olvidar que efectivamente estamos en un valle de lágrimas. Pues bien, de toda esa legión de redentores Cioran destaca a santa Teresa, y nos dice que las horas pasadas ante sus escritos fueron las que más extractivas le resultaron. Gracias a ella dejaba de ser él. Y gracias al anhelo teresiano de la otra vida aprendió a despreciar esta de aquí. La vida terrena quedaba reducida a sus justos términos: hueca ceniza como la espuma. El incrédulo Cioran creyó que podía vivir como una santa, no haciendo caso a la inanidad del mundo y considerando a la muerte como el mejor aliado: cuanto antes mejor.

     Y luego estaba la metodología. La santidad, y en su extremo el martirio, no entiende de ideas ni pensamientos, ni apela a ningún tipo de inferencia, solo da pábulo a lo que el corazón ofrece y demanda. Miel sobre hojuelas para el lirismo de aquel joven Cioran que se vanagloriaba de ser irracionalista. En efecto, nada acorta tanto el discurso como el extremo amor a lo trascendente, al lado de la divinidad todo es brizna. Unirse a Dios en la experiencia mística es el paradigma de la intramitación. Teresa de Ávila y la mística en general eran su coartada perfecta para sus ejercicios espirituales… sin Dios, o incluso contra Dios.  La jaculatoria, la interjección religiosa, el gemido sacro…, son el mejor atajo para evadir las excusas que la razón exige. La explosión de la fe que conlleva el éxtasis invalida todos los discursos, pues quien está en Dios, o en el vacío, ya no necesita hacerse entender. Ciertamente, nos dice Cioran, a estos especímenes, a santa Teresa, no se les puede leer con ojos objetivos, y si uno se acerca a ellos solo es desde el interés del fervor, de la estética, o, en su caso, desde la admiración de su intensidad y pasión: ojalá su increencia puntuara tan alto.

     Cioran se sabe, sin embargo, perdedor de antemano. Teresa de Ávila tenía a Dios cautivo en su prisión de amor, ¡estaba casada! Él, por contra, sabe que es un místico sin Dios, tal vez una víctima de la “muerte de Dios”, y que sus fiebres y sus delirios solo tienen como destino la esterilidad. Sus insomnios, sus meditaciones y su empecinamiento con el absurdo no le supondrán el más mínimo alivio comparado con el autoenaltecimiento de la santa. Teresa de Ávila tiene muy claro adónde va y espera con alegre ansia su destino final, por eso no le importará todo lo que deja atrás. Cioran, sin embargo, gira alrededor de una tremenda y trágica noria cuya única producción es más y más lucidez por captar el sin sentido. Nunca tanta inteligencia al servicio de tan poco. Ni siquiera fue capaz de disfrutar de algún matiz de la inmanencia: como muy bien repitió, nada le merecía la pena. No supo ser ni mínimamente epicureísta, y siempre que hablaba de gozos lo hacía con la mediación del inconveniente o con la sombra del trastorno que todo lo desbarata. Solo se salva su fruición de la música, y no siempre, pues cuando regresa de su audición se postra aun más. A la postre, hasta nos es difícil de creer su éxtasis del desencanto y su profesionalismo de la desdicha.

     Por eso no aguantó mucho tiempo su visita a los místicos, tal vez por no poder mantener su potencia de envidia. En 1949, en su Breviario de podredumbre (ay, ese libro que demarca tantas cosas en Cioran) ya vemos que cambia el tono. Y no es para menos: estamos ante el otro Cioran, el francés, el Cioran exclusivamente escéptico, el despolitizado sin vuelta atrás. Ese Cioran ya habla en pasado de los místicos y los santos, incluida santa Teresa, y se lamenta de las horas dilapidadas con ellos. Da la impresión de que se le hubiera agotado su curiosidad por la voluptuosidad mística. Entonces es cuando su anterior incondicionalidad se torna en reproche y cuando esa exaltación extraordinaria que era la santidad es catalogada como pura enfermedad, como mera histeria. Y en La tentación de existir el tratamiento que hace de ellos (“El comercio de los místicos”) es aun más distanciado y descriptivo, Cioran ya no empatiza con sus antiguos maestros. Los santos, en el fondo, nos dice Cioran, no son sino unos viciosos de la cruz, unos maniáticos del interés por la divinidad. Y es ahora cuando los empieza a considerar como unos acosadores de Dios, como unos visitantes pelmazos que no le dan la más mínima tregua. ¿Pero es que el mismo Dios no se resentiría de semejante acaparamiento?, ¿es que no necesitaría de un desahogo?, ¿un impasse en su consideración? Seguro que sí.

     Y ahí está él construyendo ese pequeño volumen llamado El aciago demiurgo para darle a la divinidad una vacación ante tanta dulzonería. De entrada, arguye Cioran, es dudoso que el Creador sea un dios bueno, y menos aun omnipotente. Es seguro que con ambos atributos no habría manufacturado un universo como este. ¿Pero, y sabio? Tampoco. No, no cuadra la omnisciencia con semejante empresa: junto a un poco de belleza conviven demasiadas anomalías. Este mundo es un híbrido cruel de catástrofes y bendiciones, y sobre todo… parece ser que, además, no nos ha sido dado comprender. Y así se podría seguir, objeción tras objeción. Sin embargo, ironías de la vida, a Él se le suele llamar Padre. ¿O es que no son el mismo?

Sin duda que ante tanto cabo suelto la unción y la piedad se toman un respiro, la teología se diluye y la moral se desfonda, pero, ¿y el místico? Allá él con su dada, ironiza Cioran. Si el místico persiste es porque vive con una deidad generada a su modo y manera, porque su versión de Dios es tan particular que no hay dogma que la derribe. Incluso en estos tiempos de increencia nos resulta un tipo simpático por su expediente de frenesí y contestación. Simpático pero lejano, pues si conviviéramos con él  nos agotaría con su energía.

Así, pues, la despedida de Cioran de los místicos tiene algo de liberación: lo devuelve al escepticismo total. Ya no cree ni en la razón ni en el instinto, y cualquier presencia de intensidad, sea en la dirección que sea, le parecerá un derroche sin sentido. Hasta la propia vitalidad le resultará un don innecesario, un regalo envenenado, pues el desengaño no requiere de ninguna fuerza motriz. Quizá se pueda decir en su contra que Cioran no captó del todo la dimensión de la mística, que se asomó a ella como a un espectáculo que creía homólogo al del vacío. Y todo por su falta de fe positiva, una falta que le hizo olvidar que la letra no era la experiencia de lo inefable, sino solo su pobre símbolo. En cierto modo, el rumano se quedó prendado de la narración, pero no de lo que estaba más allá de ella. Y cuando, a base de releerla, se le marchitó, la gracia desapareció.  Y Cioran se quedó solo con la fanfarria de su desolación.

© Todos los derechos reservados – José Ignacio Nájera
06/01/2015

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