“Paroxismo de un ateo. Teresa en Cioran” (Pedro Paricio Aucejo)

Teresa, de la Rueca a la Pluma, 04/07/2015

A principios de la década de los años 70 del siglo pasado, Fernando Savater introdujo en el mundo académico español la obra del escritor y filósofo rumano Emil Cioran (1911-1995). Este intelectual provocador, de pensamiento controvertido y a contracorriente de lo establecido fue, en su época, el gran teórico del escepticismo, la desesperanza y el fracaso. Preocupado por asuntos como la futilidad y decadencia de la vida, el aburrimiento, el absurdo, el sufrimiento, la agonía, la tiranía de la historia o la muerte (se sintió atraído por la idea del suicidio), su obra manifiesta una multitud de sentimientos intensos e incluso violentos que la envuelven en una atmósfera de amargura y tormento. Tan solo la ironía y la dominante tensión lírica de su pensamiento contrarrestan la expresión fuerte y apasionada de una producción escrita en modo aforístico.

Intensamente marcado por el ambiente religioso de la sociedad en que se crio –su mismo padre, pope ortodoxo, sería pieza clave de esa influencia–, Cioran se consideró agnóstico desde muy joven, alcanzando su descreencia un carácter compulsivo en la época de sus estudios universitarios de filosofía. A pesar de ello, la preocupación religiosa es una de las tendencias preponderantes en su pensamiento, sin duda seducido por la voluntad de absoluto y el misticismo. Este fenómeno religioso lo mantuvo obsesionado transitoriamente durante el período inicial de su vida literaria. Es la época de la publicación de El libro de las quimeras (1936), donde proclama ya su admiración por Santa Teresa de Ávila, de quien dice que le ´ha enseñado de las cosas terrenales, pero sobre todo de las cosas celestiales, más que todos los grandes filósofos´.

Esta fascinación por la monja abulense –una de las dos mujeres con las que más se relacionó, según su propio testimonio– era debida a la intensidad y pasión de su carácter, llegando a considerarla uno de los ejemplares más destacados del ardor de la tribu hispánica (´si España fuera un cíclope, Teresa de Ávila sería su ojo´). Su deslumbramiento por la Santa era debido a ´un exceso procedente de esa locura particular, inconfundible, propia de España’, hasta el punto de sentirse atraído por nuestro país –visitándolo varias veces– por el contraste que suponía respecto de la Europa civilizada. La carmelita española, con su ´corazón traspasado de una pasión divina´, representó para Cioran ´un momento divino de la historia humana´.

Ahora bien, si se tiene en cuenta el ateísmo confeso del pensador rumano, esta encandilada actitud resulta –al menos– llamativa.  Su fijación con la descalza castellana es fruto, para José Ignacio Nájera¹, de “una admiración del gesto, de la contorsión hacia lo divino. En el fenómeno místico Cioran ve una extremosidad, y como tal anomalía siente que lo cautiva. Pero lo que llama su atención es el espectáculo que supone. El joven Cioran era amante de la intensidad”². Y, en la medida en que los santos nos redimen del mundo circunstancial, la santa de Ávila lo hacía de forma prominente, pues, gracias a lo experimentado con ella, el atormentado paseante del Barrio Latino de París dejaba de ser él y, con el anhelo teresiano de la vida de ultratumba, aprendió a despreciar la vida presente y a considerar a la muerte como su mejor aliada[+]

Teresa, de la rueca a la pluma

ciornPedro Paricio Aucejo

A principios de la década de los años 70 del siglo pasado, Fernando Savater introdujo en el mundo académico español la obra del escritor y filósofo rumano Emil Cioran (1911-1995). Este intelectual provocador, de pensamiento controvertido y a contracorriente de lo establecido fue, en su época, el gran teórico del escepticismo, la desesperanza y el fracaso. Preocupado por asuntos como la futilidad y decadencia de la vida, el aburrimiento, el absurdo, el sufrimiento, la agonía, la tiranía de la historia o la muerte (se sintió atraído por la idea del suicidio), su obra manifiesta una multitud de sentimientos intensos e incluso violentos que la envuelven en una atmósfera de amargura y tormento. Tan solo la ironía y la dominante tensión lírica de su pensamiento contrarrestan la expresión fuerte y apasionada de una producción escrita en modo aforístico.

Intensamente marcado por el ambiente religioso de la sociedad en que…

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