“Cioran o el desconsuelo de la filosofía: un apunte para la desistencia” (José Ignacio Nájera)

A los ojos de Cioran es tanta la tolerancia que hoy nos ofrece la filosofía que ya no cabe esperar grandes cosas de ella. Vista su falta de operatividad, lo filosófico no iría más allá de la acentuación del ensimismamiento. Sin nada de qué ocuparse, ha pasado a ser un género cuyo único progreso se basa en el juego de palabras, “los grandes sistemas no son en el fondo más que brillantes tautologías. Qué ventaja hay en saber que la naturaleza del ser consiste en la “voluntad de vivir”, en la “idea”, o en la fantasía de Dios o de la Química. Simple proliferación de palabras, sutiles desplazamientos de sentidos” (1).

Sin objeto alguno que le concierna, la filosofía redime su abandono entregándose al análisis de cualquier asuntillo. Basta pasar más tiempo del debido dedicándose a rumiar un problema para adquirir la aureola de filósofo. Incapacitado ante la vida, el filósofo opta por replegarse y vivir de sus debilidades; no sabiendo dónde encontrar directrices, sustancializa su soledad y la eleva a nivel de panacea. Ninguna tarea requiere mayor fe que la de entregarse a la filosofía, pues escarmentados de falsos dioses nada hay más contrario a la lógica que volver a sumergirse en otra creencia, más vaga aún si cabe: la de asir lo fundamental.

Absorto en tal manía, el filósofo, para Cioran, parece poseer todas las deficiencias posibles que impiden abandonarse a la vida. Solamente cierto espíritu encogido predispone para filosofar o, lo que es lo mismo, para aplicarse ungüentos interiores. El único afán del filósofo consiste en abortar los desfallecimientos en sus horas de soledad y en repudiar el atractivo de la superficialidad. Tan profunda como estéril, la filosofía se convierte en una danza de conceptos en torno a lo inexpresable. Cualquier digresión filosófica seria (?) se nos presenta con la secreta confesión de haber naufragado ante lo insondable: lo dicho es un fiel inventario de nuestros fracasos en tanto que pensamos. Resulta así que tras la “profundidad” del filósofo no hay sino una empañada melancolía producto de la frustrada aventura que supone el querer sumergirse en el ser o autoaprehenderse de un modo definitivo. No hay otros conocimientos que produzcan tanta desazón como los filosóficos pues son la desazón misma. Sería revelador hacer un escarceo a través de nuestras flaquezas para ver cuál de ellas nos inclina a asumir el papel de pensador, pues es indudable que someter la arbitrariedad de la vida a una simple decisión del pensamiento no puede provenir sino de una irritación de nuestros malestares. Cioran no expresa otra cosa que su perplejidad ante semejante empecinamiento: “¿Cómo se puede ser filósofo? ¿Cómo tener el atrevimiento de embestir contra el tiempo, la belleza, Dios, y todo lo demás? El espíritu se vuelve engreído y brinca sin vergüenza. Metafísica, poesía —impertinencias de un piojo”(2).

Para Cioran la filosofía solo hace su agosto cuando se desentiende de lo “esencial” y se entrega a lo “razonable”. Inquirir más allá pone en evidencia su esterilidad, pues “todo problema, si se toca a fondo, lleva a la bancarrota y deja el intelecto al descubierto: no hay ya preguntas ni respuestas en un espacio sin horizontes”(3). No se puede halagar menos al filósofo que llamándole “profundo”, porque allí donde no existe fondo la medida de la profundidad está de más. Tras las muchas horas de meditación no se encierran más que contados momentos de lucidez. Basta aprendérselos de memoria y recordarlos de vez en cuando, más allá de ellos se tropezará con “el obstáculo difuso del vacío”(4).

Uno se adelanta hacia la metafísica cuando lo cotidiano ya no depara ningún atractivo, cuando nuestra capacidad de exigencia se torna enfermiza y sobrepasa sus propias limitaciones. Entonces, lo único que se aprecia son las propias obsesiones y ya no hay pudor ni vergüenza que nos retenga en la aventura. Cuando sobrepasamos nuestro positivismo particular padecemos más urgencia aún por sumergirnos en la superstición de siempre: el esclarecimiento a ultranza. Excesivamente deslumbrados por la palabra ‘filosofía’ y toda su historia, no caemos en la cuenta de que únicamente se trata de avivar un poco más nuestras heridas dándoles un lustre de consciencia.

Nuestra vena metafísica nos lleva a un callejón sin salida por muy alambicadas que sean nuestras reflexiones. Para Cioran solo cabe ignorarla o padecerla: “Los que trascienden el oficio de existir deben o pactar con lo inesencial, dar marcha atrás e integrarse en la eterna farsa, o aceptar todas las consecuencias de una condición separada y que es sobreabundancia o tragedia, según se la mire o se la padezca”(5). Si hay alguna enfermedad de la cual hay que curarse cuanto antes, nos vendría a decir Cioran, esa enfermedad, o ese mostrenca esperanza, es la metafísica, pues no hay emperramiento más estéril —la historia del pensamiento lo muestra— que aquel que persigue los fundamentos últimos.

¿Qué hacer, entonces, con esta disciplina que tiene vocación de fracaso? ¿Cómo explicar este naufragio de nuestra ansiedad? Una de dos, nos viene a decir Cioran, o nos sobra el intelecto, o estamos fisiológicamente mal preparados puesto que no hay armonía entre el ánimo solícito y la esquivez de lo real. ¿Y si nos hiciéramos escépticos? Cioran también tiene sus dudas. Para él no hay nadie más lejos del escéptico que aquel que pretende serlo a través del adoctrinamiento filosófico; convivir con la duda, dentro de lo que cabe, es algo que no se nos puede imponer desde fuera. Así, raramente deja de ser el escepticismo una vocación cuyo centro no reside en nosotros mismos, “sin nuestras dudas sobre nosotros, nuestro escepticismo sería letra muerta, inquietud convencional, doctrina filosófica”(6). Es decir, mientras haya yo no hay esperanza de abandonar la filosofía.

Notas

  1. Breviario de podredumbre, 1972, p. 68.
  2. Syllogismes de l’amertume, 1952, p. 40.
  3. Breviario de podredumbre, p. 100.
  4. p. 100.
  5. p. 101.

Syllogismes de l’amertume, p. 8.

José Ignacio Nájera es profesor de filosofía en el Instituto Alfonso X el Sabio, en la ciudad de Murcia, España. Además del libro El universo malogrado – carta a Cioran, ha publicado las novelas Olvídate de AlcibíadesHermanos mayores El enfermo epistemológico. En el 2005 ganó el premio de ensayo Miguel Espinosa con la obra Caminos de otoño. Colabora en diversas revistas con artículos, reseñas y narrativas cortas. Es colaborador del Portal EMCioran/Br, donde publica algunos textos inéditos sobre Cioran.