“El filósofo, en el infierno de la depresión” (José Andrés Rojo)

EL PAÍS, 2 febrero 2008

Todo empezó en Mallorca. Tenía que hacer una pequeña compra y recoger a un amigo del aeropuerto, y me di cuenta de que me resultaba imposible cumplir con esas simples tareas”. Clément Rosset resumía así, en una conversación en Barcelona a finales de 2006, el inicio de la depresión nerviosa que padeció entre 1987 y 1996. “Me atacó como un relámpago, y comprendí que me había ocurrido algo muy grave”. En Travesía nocturna (Elipsis), el filósofo reunió las anotaciones que hizo entre 1990 y 1993 para acercarse a su enfermedad. “De pronto todo esfuerzo parece fuera de lugar, aunque sea el gesto más anodino, o el más agradable”, ha escrito Rosset en esas notas. “Las depresiones me parecían males imaginarios de gente con flaqueza de ánimo”, decía en Barcelona. “Nunca me las tomé demasiado en serio, no creí que fueran algo que no pudiera solucionar una copa de jerez”. Pero el mal lo agarró por el cuello, “como una gripe o una pulmonía”, y lo sometió a sus rigores. Para describir sus efectos se sirvió de un “nombre bárbaro”: hasofin (hiper-actividad semi-onírica de final del descanso).

La despersonalización, la fatiga y el abatimiento, la imposibilidad de descansar, las cuestiones banales que se convierten en obsesiones machaconas, la falta de apetito, el cuerpo algodonoso o crispado, el “desinterés y disgusto por cualquier cosa”: he ahí algunos padecimientos a los que la depresión arrastró al filósofo de la alegría. “Todo intento de precisar cuál es la naturaleza de este estado está condenado al fracaso. En cuanto dices algo descubres que estás ya dando una pista falsa. La única salida es encontrar la droga, la medicación que te vaya bien y que termine por sacarte del agujero”.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de febrero de 2008