“Del asesinato como apología” (Alberto Román)

NEXOS, 1 julio 1986

E. M. Cioran: Exercices d’admiration. Essais et portraits, Francia, Gallimard, 1986, 214 pp. (Col. Arcades/8.)

Ejercicios de admiración, el último libro de E. M. Cioran, reúne textos sobre Joseph de Maistre, Valéry, Beckett, Saint-John Perse, Mircea Eliade, Caillois, Michaux, Benjamín Fondane, Borges, María Zambrano, Weininger, Fitzgerald, Ceronetti, el apunte de una fugaz presencia femenina, una breve confesión sobre la manera de escribir y la presentación para la reedición alemana del Breviario de podredumbre. El volumen es una colección de ensayos y retratos, cuyas fronteras no pueden ser tajantes: el retrato, la entrada al tema por los encuentros, la casualidad, la intimidad o la amistad, no permanece en la mera consignación circunstancial, sino que cala en el personaje hasta atraparlo, a través de ciertos rasgos, en la plenitud de un estilo, de su obra; los ensayos, por su parte, tampoco se limitan a tratar determinado tema o aspecto, siempre se saltan las trancas de la aproximación para referirse al personaje y a su circunstancia apasionadamente, incluyendo la individualidad física, emocional, histórica como un motivo más, la vía y la culminación para llegar a comprender al hombre y desde ahí volver a las obsesiones del que lo acosa, en movimientos de admiración que son aniquilantes. Retratos y ensayos, por lo demás, que son siempre un ajuste de cuentas de Cioran consigo mismo, que no escurre el bulto y hace de sus simpatías y diferencias el pretexto para enfrentarse al espejo, sin pedir nunca más de lo que se exige en lo particular. Los textos más largos son los que se ocupan de Joseph de Maistre y Valéry, el encanto por el exceso y el disgusto de la contención elegante. Entre esos dos polos giran los vertiginosos movimientos de la prosa de Cioran.

A de Maistre, Cioran llega por la confesión de Baudelaire, quien afirma que él y Poe lo enseñaron a razonar. Joseph de Maistre (1753-1821), enemigo acérrimo del protestantismo, la Enciclopedia, la revolución francesa y todo aquello que menoscabara el poder del rey, la iglesia y el Papa, sería , la delicia que cuanto neopanista beligerante, retroconservador soñador e intolerante de siempre añore el paraíso reaccionario como salvación de estas humildes tierras. Para muestra un botón: “En primer lugar, no hay nada tan justo, tan docto, tan incorruptible como los grandes tribunales españoles, y si a este carácter general se añade también el del sacerdocio católico, uno se convencerá, antes de cualquier experiencia, que no puede haber en el universo nada más sereno, más circunspecto, más humano por naturaleza, que el tribunal de la Inquisición”. Esto que parece broma no lo es. De Maistre llevó hasta sus últimas consecuencias la defensa de la teocracia, justificando al verdugo y glorificando la intolerancia. Fue también y sobre todo un extraordinario escritor, el “más apasionado y más intolerante de los pensadores” apunta Cioran, un “magnífico prosista” lo llama Valéry, amante de la provocación, capaz de estremecer la pía quietud católica volviéndola caldo de cultivo de la paradoja, el horror y la extravagancia. Lejos de Cioran el abundar en el fácil impulso de aquéllos que se quieren malditos a fuerza de propugnar y regodearse en violencias e irracionalidades -para quienes el rumano es uno de los gurús más grandes. A través de un deslumbrante trabajo de análisis, el autor da cuenta del reaccionario que en tendió cabalmente los fundamentos de la teocracia, de la revolución y la reacción, la política y lo sanguinario de la divinidad, un recorrido que se mantiene en la cima de sus esfuerzos y deja atrás el tema dominante para continuar su labor de zapa: “Nuestras concepciones políticas nos son dictadas por nuestro sentimiento, o nuestra visión del tiempo. Si lo que nos atormenta es la eternidad, ¿qué no importan los cambios que se producen en la vida de las instituciones o de los pueblos? Para preocuparse, para interesarse en ellos, habría que creer, con el espíritu revolucionario, que el tiempo contiene en potencia la respuesta a todas las interrogaciones y el remedio a todos los males, que su desarrollo trae consigo la elucidación del misterio y la reducción de nuestras perplejidades, que el tiempo es el agente de una metamorfosis total. Pero ahí está lo curioso: el revolucionario sólo idolatra el devenir hasta la instauración del orden por el que ha peleado. Para él, se dibuja enseguida la conclusión ideal del tiempo, lo sempiterno de las utopías, momento extratemporal, único e infinito, provocado por la llegada de un nuevo periodo, completamente distinto a los otros, eternidad terrenal que cierra y culmina el proceso histórico. La idea de una edad de oro, la idea de paraíso sin más, persigue por igual a creyentes y no creyentes. No obstante, entre el paraiso primordial de las religiones y el terminal de las utopías, existe todo el intervalo que separa una pena de una esperanza, un remordimiento de una ilusión, la perfección alcanzada de la aún por cumplir”… [+]