“Escupir al cielo” (Rebeca García Nieto)

Hay blasfemia que se calla
o se trueca en oración;
hay otra que escupe al cielo
y es la que perdona Dios.
Antonio Machado

download (1)Fuente: Blog de Hermida Editores, 25/11/2017

Cuenta Christian Santacroce, traductor de Lágrimas y santos (Hermida Editores, 2017), en el prólogo del libro, que con su publicación la madre de Cioran se llevó un buen disgusto: «No te das cuenta con cuánta tristeza he leído tu libro. Al escribirlo tendrías que haber pensado en tu padre». En el libro, su hijo levantaba la falda a las santas y presentaba a los santos como imitadores de Cristo que competían con este por un lugar en el Gólgota. No es difícil ponerse en la piel de la pobre mujer. Sin embargo, no creo que se pueda acusar a Cioran de no haber pensado en su padre. De hecho, imagino que mientras escribía el libro lo tuvo muy presente.

A Cioran no le gustaba tener un padre cura (era sacerdote ortodoxo). Lo dijo a las claras en una entrevista. Luego añadió que «era una cuestión de orgullo», puesto que «creer en Dios significaba humillarse», y él, desde niño, era más partidario del non serviam que de prosternarse. Por suerte para él, su madre no era una mujer muy religiosa. Además, como contrapunto, tenía una sensibilidad musical muy desarrollada. Al parecer, admiraba a Bach sobre todas las cosas. En Lágrimas y santos, el compositor tiene un estatus prácticamente divino: «Qué habrá habido en otros tiempos en los cielos no se sabe. Solo desde Bach en adelante existe Dios». Lo que sugiere que, al escribir el libro, también pensaba en su madre.

Por otro lado, durante una época, su hermano, Aurel, pensó seriamente en tomar los votos. Un día Aurel reunió a la familia para anunciarles su voluntad de entrar en un monasterio. Esa noche Cioran habló con él hasta las seis de la mañana. Desplegó todo tipo de argumentos contra la religión y la fe, «todo mi nietzscheanismo imbécil de la época», pero no pudo convencerle. En vista de que sus razonamientos filosóficos no eran suficientes, dolido en su orgullo, le dio un ultimátum: «Si persistes en la idea de ser monje, no te volveré a dirigir jamás la palabra». Su hermano le hizo caso, pero, a la larga, Cioran acabó lamentándose de haberle apartado de ese camino (entre otras cosas, porque Aurel acabó pasando siete años en la cárcel).

Así las cosas, no es de extrañar que Cioran se interesara por «las vidas de los santos; el proceso por el cual un hombre renuncia a sí mismo y emprende el camino de la santidad». El libro comienza diciendo: «He intentado comprender de dónde provienen las lágrimas y me he detenido en los santos». Que quisiera indagar en las lágrimas tampoco debería sorprender a nadie. Un fondo de tristeza es palpable en todas sus obras. No en vano, dijo que había escrito su primer libro, En las cimas de la desesperación, para posponer su suicidio. Según él, su tristeza venía de antiguo. En Silogismos de la amargura escribió que una muchedumbre de antepasados se lamentaba en su sangre.

Con todo, el libro es mucho más que un asunto familiar. En el pensamiento de Cioran están presentes PascalNietzscheSchopenhauer Mainländer. Además, su madre no fue la única que se llevó un buen disgusto. El editor que se había comprometido a publicar el libro se echó para atrás cuando el tipógrafo le advirtió del «carácter aberrante de ciertos pasajes». Y, cuando salió finalmente a la luz, muchos juzgaron su contenido como blasfemo, poco menos que herético. Cioran se defendió diciendo que era el único libro de mística escrito en los Balcanes, pero no logró convencer a nadie, mucho menos a sus padres.

Pero ¿es para tanto? Echemos un vistazo a lo que Cioran encontró bajo los hábitos: «Los santos no son a-sexuales sino trans-sexuales (…) Ante los transportes extáticos de los santos las convulsiones sexuales palidecen (…) Hay transportes místicos que llegan a durar a veces días enteros», o: «Santa Teresa es dulce como una puta del paraíso. Y lo mismo sucede con todas las santas». También le dedica unas líneas a Rosa de Lima: «¿Por quién clavó la aguja en su corona Rosa de Lima? El amante celestial había hecho una nueva víctima. Jesús fue un don Juan del dolor (…) Rosa de Lima no dormía más de dos horas por noche, y cuando el sueño empezaba a subyugarla, se colgaba de una cruz instalada en su cuarto o mantenía su cuerpo en pie atando su cabello a un clavo». Es, quizá, esa especie de apología del dolor que hacen los santos, esa idea de que sufrir sirve para algo, con lo que menos comulga el rumano: «¿No hay suficiente dolor en el mundo? Parece que no, según los santos», o: «¿No nos han corrompido mostrándonos con su ejemplo que el dolor puede llevar a alguna parte?»… [+]