“Clément Rosset: El amor por lo singular” (Santiago Espinosa)

LAS NUBES, Universitat de Barcelona, 18 enero 2007.

Después de Lo real y su doble y de Lo real. Tratado de la idiotezEl objeto singular continúa la serie de diez libros que Clément Rosset ha llamado recientemente: La escuela de lo real . Una vez más, se trata de poner de manifiesto el estatuto de lo real, «único, presente, irrepresentable», frente a una filosofía contemporánea que pretende conminarlo, sea cual sea su origen o su apuesta, a «lo otro, lo ausente, lo interpretable»; y ello con una doble intención: por una parte, como se ha visto en sus obras anteriores (Lógica de lo peorLa anti-naturaleza), para mostrar los límites de toda filosofía, de todo pensamiento —la imposibilidad de explicar por un medio u otro el mundo—, y por otra, para mostrar precisamente, y como consecuencia de lo anterior, la sempiterna fuente de su amargura.

Rosset es un filósofo solitario, intempestivo. No sólo en la medida en que su temática —cuyo fin último es, como en el resto de la filo-sofía, acaso la contemporánea excluida, la puesta en cuestión, para afirmarla, de la existencia— carece del interés actual del pensamiento filosófico, sino además por cuanto que él mismo ha continuado el camino de aquellos pensadores que siempre han hecho ruido en el ámbito filosófico —y que, en última instancia, han sido excluidos de un modo u otro de éste—, haciendo oídos sordos a su entorno más inmediato. Así, Lucrecio, Schopenhauer, Nietzsche, —éste último, si bien en boca de todos, ampliamente ataviado, por no decir desfigurado. De hecho podríamos aproximar su pensamiento a otro pensador —igualmente solitario y perfectamente ignorado, hasta ninguneado— que, si bien ausente en las referencias de Rosset, no es menos fundador del pensamiento de la singularidad: Max Stirner. En El único y su propiedad, Stirner ya había identificado la imposibilidad de evaluar lo real (en este caso, el individuo) a partir de una instancia exterior (Dios, el Estado, el Hombre), afirmando que sólo «el único» tiene realidad. Allí escribía —pero bien habría podido ser el mismo Rosset quien afirmara:

No se da el título de filósofo al que, con los ojos bien abiertos a las cosas del mundo y la mirada clara y segura, expone sobre el mundo un juicio recto, si no ve en el mundo más que exactamente el mundo, en los objetos más que los objetos; en suma, si ve prosaicamente todo como es. Sólo es un filósofo aquel que ve, muestra y demuestra en el mundo el cielo, en lo terrestre lo supraterrestre y en lo humano lo divino.. [+]