“Cioran, una tristeza inagotable” (Matías Moscardi)

ETERNA CADENCIA, 23/11/2017

“Cioran escribe la primera parte de su obra rumano, su lengua materna, y la última mitad, en la lengua en la que morirá: el francés. Su primer libro, que concibe a los 22 años, puede leerse como el diario de un insomne patológico”.

Hace poco le comenté a una amiga que quería escribir algo sobre la obra del filósofo rumano Emil Cioran, a lo cual respondió, en broma, que según ella, Cioran era un autor exclusivo para jóvenes que se encuentran varados en medio de ese tren fantasma conocido como «angustia adolescente». Recuerdo que, a los quince años, le escribí una carta a Ernesto Sábato. Por supuesto, jamás me respondió. Un día, muchos años después, cuando encaraba los diecinueve y estaba a punto de salir de la casa de mis padres para comenzar el primer día de clases en la Universidad de Mar del Plata –en un edificio sórdido concebido y construido por los militares como mezcla de panóptico y laberinto–, mi hermano me avisó que tenía una carta de Santos Lugares. La carta estaba mecanografiada y firmada a mano. La última línea decía: «no bajes los brazos». Puedo jactarme de haber preocupado al mismísimo Sábato. Por mi carta –exagerada y lacónica– el pobre viejo habrá pensado que podía llegar a suicidarme y que era su deber evitarlo, aunque sea ineficazmente, tarde, años después. Sin embargo, recuerdo que ese remate –cursi, trillado, vacío– me afectó. Muchas veces reconozco –en mí y en muchos otros– que el gusto por algún autor, por determinadas películas o canciones, nos avergüenza hasta un discreto disimulo o hasta una ruborosa y forzada confesión.

Cioran escribe la primera parte de su obra rumano, su lengua materna, y la última mitad, en la lengua en la que morirá: el francés. Su primer libro, que concibe a los 22 años, puede leerse como el diario de un insomne patológico. Como explica Cioran al comienzo de En las cimas de la desesperación (1934), en su juventud, el insomnio lo llevó a inusitados paseos nocturnos por la ciudad, ya que hacía cualquier cosa con total de distraerse y evitar las vueltas en la cama como un rumiante de cuatro cerebros que produce más pasto del que entra en la cabeza: «La única diferencia existente entre el paraíso y el infierno es que en el primero se puede dormir todo lo que se quiera, mientras que en el segundo no se duerme nunca», escribe en este libro.

El ser humano es, para Cioran, un animal incapacitado para el sueño: no existe en toda la naturaleza otro animal que desee dormir y no pueda concretarlo. El sueño hace olvidar el drama de la vida, sus complicaciones, sus obsesiones; cada despertar es un nuevo comienzo y una nueva esperanza. La vida conserva así una agradable discontinuidad, que da la impresión de una regeneración permanente. Los insomnios engendran, por el contrario, el sentimiento de la agonía, una tristeza incurable, la desesperación. Podríamos pensar que todo el pensamiento filosófico de Cioran está cimentado en este insomnio crónico: no poder dormir puede alterar radicalmente nuestra percepción del mundo hasta la misantropía… [+]