Capturar

NEXOS, 27 noviembre, 2016

Norman Manea —galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances— inauguró el Salón Literario de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Publicamos el texto que leyó en la apertura.

Traumática dislocación y desposesión, el exilio es una experiencia humana esencial. Los textos antiguos nos hablan siempre de esta historia radical y extrema. Abraham en la Biblia y Ulises en la mitología griega son sólo dos ejemplos de esta vasta bibliografía vieja y nueva sobre el exilio humano. La modernidad aumentó y aceleró esta realidad “móvil” a través de muchos desastres naturales, conflictos y revoluciones, y la intensificación de la circulación mundial entre personas y civilizaciones. El “exilio global” se ha convertido hoy en una realidad cotidiana.

Las recientes migraciones desde Oriente y África nos recuerdan de nuevo esta perturbadora dinámica, que no es sólo una tensa desestabilización, sino también una oportunidad potencialmente benéfica de revitalización y transferencia espiritual. No olvidemos a los célebres exiliados Picasso y Brancusi, Einstein y Marie Curie, Bartok y Rachmaninov, Joyce y Nabokov y muchos, muchos otros.

Si miramos hoy las calles de las grandes ciudades nos encontramos al mundo entero, masas de extranjeros, razas y lenguas diferentes. Evidentemente, la temática del “extranjero”, del “otro”, llegó a ser el centro de disputa y reanimación de nuestra evolución presente y futura, el sentido primordial del proyecto humano de confrontación y cooperación universal.

*

Al principio fue el verbo —nos dicen los antiguos—. Para mí, el verbo inicial fue rumano. El médico y los asistentes que cuidaron de mi difícil alumbramiento, hablaban en rumano. En casa de mis padres se hablaba rumano: la mayor parte del tiempo la pasaba con María, hermosa hija de campesinos, que me cuidaba y me mimaba en rumano. No era, por supuesto, la única fonética que se oía a mi alrededor. En Bucovina, antes de la última guerra mundial, se hablaba alemán, yiddish, ucraniano, polaco y la extraña jerga eslava de los rutenios.

Cuando mi abuelo preguntó, para evaluar las probabilidades de supervivencia que tenía el recién nacido, si yo tenía uñas, supongo que lo hizo en rumano y en su librería se vendían sobre todo libros y periódicos en rumano.

A mis cinco años, al ser deportado a Transnistria junto a toda la población judía de Bucovina, no hablaba más que rumano. Junto a mí, en mi primer éxodo, allende el río Dniéster, se exilió la lengua rumana.

En el campo de concentración aprendí el yiddish de los viejos que me rodeaban y el ucraniano de los niños del lugar. Tras la liberación por el Ejército Rojo, cursé un año de primaria en lengua rusa, bajo la administración soviética. De regreso a Rumanía, en 1945, continué los estudios básicos, por supuesto en rumano; pero pronto mis padres me pusieron un profesor privado de… alemán. Bien sabían ellos que lo que nos había sucedido en aquellos años de terror, en Transnistria, tenía su origen en el Berlín hitleriano pero sabían también distinguir entre lo permanente y lo coyuntural, entre el odio y la cultura.

Durante mis estudios de bachillerato aprendí francés y olvidé casi por completo el ruso, hastiado de profundizar en lo que me parecía conocer de sobra. Además, el ruso se había convertido en la lengua de los “ocupantes”; por ello, en mi adolescencia me obligué a perfeccionar el francés, para facilitar mi contacto con la prensa y con los libros occidentales.

Pero, en la práctica, esta difusa potencialidad plurilingüística no ha multiplicado mis posibilidades de expresión. Las ocasiones pasajeras y relativamente superficiales no lograron profundizarse. Ninguna de las lenguas por las que he vagado ha llegado a ser en verdad una lengua interiorizada por mí. La sordina del subconsciente “cosmopolita” sólo se deja escuchar hoy en escasos instantes privilegiados, cuando, sin darme cuenta, afloran bruscamente a la memoria las frases requeridas en un diálogo casual, que mantengo en una de las lenguas extranjeras que me es más o menos familiar. Lenguas extranjeras, al fin y al cabo, aunque parcialmente accesibles.

La lengua-domicilio sigue siendo una sola, la lengua rumana.

La escritura es una ocupación pueril, que incluso puede convertirse, como les sucede a los niños, en una tarea excesivamente seria.

El largo camino hacia la inmadurez empezó un día de julio de 1945, pocos meses después de haber salido del campo de concentración. Un verano paradisíaco, en una pequeña ciudad moldava. La milagrosa banalidad de la vida normal, la exaltación de estar al fin a salvo. Una tarde perfecta: sol y quietud. En la penumbra de la habitación escuchaba una voz que era y no era la mía. Me hablaba un libro de cuentos populares rumanos, con su cubierta verde de tapa dura, que alguien me había regalado hacía unos días, al cumplir yo la importante edad de nueve años.

Pienso que fue entonces cuando se produjo en mí el milagro de la palabra, la magia de la literatura. Herida y consuelo a la vez.

*

La lengua en la que nací, exiliada conmigo, había padecido en Transnistria el acoso de la cacofónica desesperación de los deportados y de las órdenes ladradas por los guardias. El campo de concentración había significado una fractura en el calendario, pero también la invasión de sus idiomas: el yiddish, el alemán, el ucraniano, el ruso.

En 1945 el exiliado fue repatriado junto con la lengua salvada. Una lengua infantil, pobre, anémica, indecisa y desorientada, como yo mismo, en espera de inyecciones de normalidad. Volví a descubrir la comida, los juegos, la escuela, la ropa, los parientes, pero sobre todo la lengua. Estaba ávido de libros, diarios, revistas, carteles, exploraba nuevas palabras y significados.

Muy pronto, demasiado pronto, soñaba con formar parte, yo mismo, de la familia de los magos de la palabra, esa familia secreta que acababa de descubrir.

Mi primera “composición” literaria fue, naturalmente, un “discurso amoroso”, como diría Barthes. La dediqué cuando hacía primero de bachillerato, en 1947, a la muchacha rubia que me seguía en la lista de la clase (Manea Norman-Norman Bronya). Leí el texto con pasión en presencia de la amada y de un reducido círculo de cohibidos compañeros. Después, en los primeros años de la “dictadura del proletariado”, escribí poemas dedicados a la Revolución y a la paz universal. Con la ingenuidad propia de la edad aspiraba ya, sin saberlo, a “algo distinto”, más allá de lo cotidiano, impaciente por descubrir mi verdadero yo entre los varios individuos que habitaban en mí. Las lecturas me salvarían de la idiotización que promovía la “lengua de madera” de la dictadura. El romanticismo alemán, el realismo crítico francés e inglés y especialmente la gran literatura rusa, abundante y excelentemente traducida en la Rumanía de aquellos años, incendiaron mi imaginación. Tolstoi y Gonchárov, Gógol y Pushkin, Chéjov, Gorki y tantos otros. El verdadero Dostoievski llegó a mis manos apenas en el periodo del “destape” de los sesenta, junto a los grandes modernos: Joyce, Proust, Faulkner, los latinoamericanos, los surrealistas y la literatura rumana moderna, rehabilitada al fin tras largos años de brutal censura.

Las lecturas habían de oxigenar mi existencia de desgraciado estudiante del Politécnico y de ingeniero infeliz. La ingenua ilusión de que una profesión sólida me protegería de la Autoridad socialista se esfumó en un santiamén, pero cuando, después de la soledad juvenil, renuncié a expresarme en verso, nacieron mis primeros textos en prosa.

Finalmente sentía mi propia voz en mi propio libro, que por casualidad también tendría la cubierta de color verde.

Exiliado del todo, finalmente, en el enclave de mis propias páginas, encontré el tan ansiado refugio, mi verdadero domicilio.

La lengua ya no era la misma. La defendí todo lo que pude de la presión de la jerga oficial, y más adelante tuve que protegerla de la suspicacia y la hostilidad de la censura, que en cada nuevo volumen me masacraba frases, párrafos o capítulos enteros, si no más. La imbécil jerigonza del Poder, que estuvo dominando durante décadas, alcanzó una nueva productividad en los discursos torrenciales del Dictador nacionalsocialista, el Payaso Supremo, que infestaba los periódicos y las emisoras de televisión, orientaba las leyes, los “debates” del Partido y las clases en el parvulario, las marchas deportivas y los peritajes filatélicos, las solicitudes de pensiones y los expedientes de la policía secreta.

Los magos de la palabra me ayudaron sin embargo a reencontrarme con mi yo y con mi lengua.

Mi primer cuento “Plancha para planchar el amor”, apareció en 1966, en una minúscula revista literaria cuya publicación fue suspendida luego del sexto número; el argumento se centraba en una atormentada secuencia erótica, donde yo intentaba restablecer una normalidad temática y de lenguaje. El texto fue de inmediato atacado en la prensa por apolítico, absurdo, estetizante, cosmopolita.

Al cabo de veinte años, en 1986, antes de salir para Occidente, propuse en mi novela El sobre negro una alegoría de la vida cotidiana en el socialismo, de marcado acento político, en una época en que la dictadura protegía al escritor “esteta”, alejado de la realidad del momento. El manuscrito conoció el calvario de una censura histérica y el autor abandonó el país.

*

La supresión de la propiedad privada, bajo la dictadura del proletariado, significó la generalización de la estatal, y no solo sobre los recursos económicos sino también sobre el diálogo público, es decir, sobre el lenguaje.

En 1948, junto con la nacionalización de los medios de producción y los bancos, el cierre de las escuelas privadas y de las editoriales particulares, se instauró la censura —la policía de la palabra— como suprema fuerza ideológica y política que regulaba la vida social.

El Partido Único se apoderó del idioma de la sociedad. El espacio privado se restringía cada vez más, expuesto a la sospecha y la vigilancia de las Autoridades.

El escritor y su semejante, el lector, tuvieron que enfrentarse al omnipresente control sobre el lenguaje.

Las bibliotecas fueron depuradas de los libros “sospechosos”, se bloqueó la circulación de las publicaciones procedentes del extranjero, las editoriales fueron obligadas a acomodar su plan de edición conforme a criterios impuestos por los ideólogos del partido. La prensa se constituyó en megáfono del Dogma. Hacía falta el genio de un Andrei Platonovpara que, asumiendo la farsa de ese vocabulario limitado y ridículo, intentara expresar la cándida idiotización de los que creían con ciego entusiasmo mesiánico en el milagro de la Utopía y, a través del donquijotismo de aquellos pobres extraviados, expresar además el gran vacío, hinchado de pérfidas palabras y de pérfidos crímenes, que era el “futuro luminoso” del comunismo. En Rumanía la revolución había sido un producto de importación, impuesto a la fuerza y ajeno a la idiosincrasia cotidiana, más bien hedonista y bizantina, de los rumanos.

En 1945, la vuelta a la “normalidad” después del campo de concentración, no significó para mí el reencuentro con la imponente biblioteca familiar. En cambio para muchos de mis coetáneos, que no sufrieron el “desarraigo” que fue para mí la deportación, la biblioteca de la familia constituyó el extraordinario sustituto del censurado Foro público de las letras. Un santuario secreto de salvación.

Asiduo y solitario escarbador de librerías y bibliotecas públicas o privadas, me dediqué fascinado y con ahínco a la caza de libros y palabras, malgastando el tiempo en muchos rodeos inútiles por entre la bazofia de la “literatura comprometida” hasta dar con la presa más valiosa. En mi adolescencia me hicieron feliz los clásicos rusos, accesibles en excelentes traducciones rumanas, y luego, en mis tiempos de desadaptado e infeliz estudiante del Politécnico, las bibliotecas de Bucarest, donde habían sobrevivido algunas estanterías con libros valiosos.

El mundo concentracionario había despertado en mí una intensa necesidad de alegría, pero también de perpetua incertidumbre. Finalizada la guerra, los temores se reabsorbieron paulatinamente, pero sin desaparecer por completo. Parcialmente anestesiados, aletargados, esperaban la sacudida que reavivara el horror.

La retractilidad de guarida, expresión del universo larvario en el que vivíamos todos, encadenaba el presente con el pasado en un contubernio tenebroso y tenaz. El efecto estético de esta “retracción” aflora, en algún momento, en algún lugar, en la chispa fosforescente de la repulsa y la oposición. La excesiva codificación, la opacidad excesiva, pertenecen a la estética del cautiverio asumido.

Después de escapar a Occidente, Paul Celan —que atravesó una parte del mismo periodo traumático— renunció al mercado libre de los versátiles valores de consumo cultural de la posguerra, buscando el lenguaje fisurado y oscuro de lo indecible, el idioma intransitivo del trauma. Vivió en la herida no cicatrizada de la perplejidad, emitiendo apenas señales discontinuas, solitarias, en el código sordomudo del sufrimiento. Este rechazo de la retórica y de la “racionalización” era, de hecho, la lengua acallada del cataclismo que, posteriormente, en la arena de las conmemoraciones, aparecía bajo el rótulo de “Holocausto”. De esta pesadilla, Samuel Beckett en 1949, una vez terminada la guerra, había dicho: “There is nothing to express, nothing with which to express, nothing from which to express… together with the obligation to express”.

*

Pero ¿y el escritor prisionero que yo era, en la colonia penitenciaria del Este? En la sociedad cerrada del “socialismo real” se celebraban periódicamente sesiones de “dialéctica”, destinadas a atenuar los sangrientos “errores” de la edificación del paraíso. Una retórica de los cambios de rumbo. Negarse a formar parte del mundillo de la verborrea que poblaba el púlpito escarlata de la Autoridad, negarse a ser cómplice de la demagogia culpable, podía llevarle a uno a aquella retractilidad mediante la codificación. Una forma, por ilusoria que fuese, de esquivar, de protegerse de un mundo exterior contaminado, el de los censores al acecho. Un lenguaje del subterráneo que perpetuaba su sordina, su lamento, que aspiraba al sarcasmo justiciero, que pretendía adjudicarse de vez en cuando. Individualidad marginal, marginada, independiente, refugiada en el silencio del exilio “interior”.

Sin embargo, en esta aventura evasiva y evasionista de una cotidianidad amurallada, las alegrías no fueron pocas, ni pobres las amistades. Las lecturas, el amor, las bromas, la melancolía de la duda se mostraron generosas, vivificantes, de valor duradero.

Recuperar en medio del carnaval totalitario la propiedad privada sobre la lengua, la búsqueda de la voz propia, significaron para mí un esfuerzo prolongado e ingrato. Una prueba de integridad siempre recomenzada. Dentro de todo ello no faltaron los momentos de desencanto, de desconcierto, de frustración.

Pese al tiempo perdido en redescubrir lo elemental, que en otros lugares estaba al alcance de todos, el balance no abunda en sentimientos de amargura. La vida de un ser humano no es, en definitiva, ni más ni menos que eso. El tiempo generoso en pruebas es también un tiempo privilegiado de intensidades, un aprendizaje envidiable.

“A algunos se les exige un precio exagerado por la entrada para un espectáculo de circo”, solía decirme un amigo de aquellos años. “Tal injusticia puede ser tomada como un honor. Significa que eres capaz de pagar cualquier precio que se te pida.”

La vulnerabilidad se vio, pues, obligada a inventarse trucos que hicieran verosímil este tipo de situaciones indeseables.

*

Para el escritor, un exiliado por excelencia, la lengua es su placenta. Mucho más que para cualquier “extranjero” en su propio país, la lengua es para el escritor no solo una lenta y exaltante conquista, sino su legitimación, su domicilio espiritual. Es la lengua la que le otorga raíces y libertad, solo por ella confraterniza con sus virtuales interlocutores por doquier. La lengua representa su verdadera ciudadanía, su sentido de pertenencia —la casa y la patria del escritor—. El exiliado de este último y esencial refugio se enfrenta a la más brutal dislocación de su ser, a una “cremación completa” (Holokaustos) que afecta el meollo mismo de la creatividad.

Dudé demasiado hasta abandonar la “colonia penitenciaria” socialista porque era lo suficientemente ingenuo como para creer que no vivía en un país sino en una lengua.

La liberación iba a amputar drásticamente, bien lo sabía, la propia libertad. En el aeropuerto de Bucarest, en diciembre de 1986, al subir al avión con destino a Berlín tuve la certeza de que había cedido a una transacción siniestra: a cambio de un pasaporte, se me cortaba la lengua. El hecho de haber aceptado, al final, tan demoníaco intercambio, dice bastante, probablemente, sobre mi urgencia de escapar, a cualquier precio, del “burdel en llamas”, como Cioran había denominado a los lugares nativos que había abandonado, sin sospechar siquiera qué podía ser la combinación socialista entre el burdel, el circo y la prisión… [+]