“La mentalidad rebelde de E. M. Cioran: selección” (Alejandro García Abreu)

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NEXOS, México, 17 agosto 2015

Presentamos una selección de pasajes de los Cuadernos (1957-1972) de E. M. Cioran publicados por Tusquets y traducidos por Carlos Manzano.

El 18 de este mes, muerte de mi padre. No sé, pero siento que lo lloraré en otra ocasión. Estoy tan ausente de mí mismo, que ni siquiera tengo fuerzas para la pesadumbre, y tan bajo, que no puedo elevarme a la altura de un recuerdo ni de un remordimiento.

El fondo de la desesperación es la duda sobre uno mismo.

Los dos mayores sabios de las postrimerías de la Antigüedad: Epicteto y Marco Aurelio, un esclavo y un emperador.

Desde hace meses, vivo todos mis momentos de angustia en compañía de Emily Dickinson.

No se me oculta que en todo lo que hago hay una mezcla de periodismo y metafísica.

Sólo hablé con Camus una vez, en 1950, creo; he hablado mal de él muchísimo y ahora me siento presa de un remordimiento terrible e injustificado. Ante un cadáver, sobre todo cuando es respetable, me siento impotente. Tristeza incalificable.

James Joyce: el hombre más orgulloso del siglo, porque quiso —y en parte alcanzó— lo imposible con el empecinamiento de un dios loco y porque nunca transigió con el lector y no estaba dispuesto a ser legible a toda costa. Culminar en la oscuridad.

Caroline von Günderode. Nadie ha pensado en ella tanto como yo. Me he saciado con su suicidio.

Leo en los Tagebücher 1914-1916 de Wittgenstein: “Die Furcht vor dem Tode ist das beste Zeichen eines falschen, d. h. Schlechten Lebens”.1
Se trata de una verdad que descubrí hace mucho (lamentablemente, pensando en mí).

Vivir es poder indignarse. El sabio es un hombre que ha dejado de indignarse. Por eso, no está por encima, sino al lado, de la vida.

He intentado releer el Fausto, treinta años después. Sigue resultándome igualmente imposible: no consigo entrar en el mundo de Goethe. Sólo me gustan los escritores enfermos, heridos de una forma o de otra. Goethe sigue siendo para mí frío y envarado, alguien a quien no se nos ocurriría recurrir en un momento de angustia. No de él, sino de Kleist, es de quien nos sentimos próximos. Una vida sin fracasos importantes, misteriosos o sospechosos no nos seduce.

No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien.

Llueve. Este ruido regular en el silencio de la noche tiene algo de sobrenatural.
Me pregunto qué haría yo, si de pronto desaparecieran todas las personas y yo fuese el único superviviente. Creo que continuaría.

Sólo hay un problema: el de la muerte. Debatir sobre otra cosa es perder el tiempo, es dar muestras de una futilidad increíble.
… Eso es lo que las religiones han comprendido perfectamente. A eso se debe su superioridad sobre la filosofía.

Dos mentalidades rebeldes habrán marcado este siglo con métodos diametralmente opuestos: Lenin y Gandhi. El primero es idolatrado por continentes enteros, el segundo por individuos aislados, por solitarios. Debería haber ocurrido lo contrario. Pero, por increíble que parezca, la no violencia no seduce a las multitudes.

Pienso con frecuencia en la palabra “Nada”, escrita por Luis XVI en su diario en la fecha que iba a señalar el comienzo de su agonía: 14 de julio. Todos estamos en su caso, no distinguimos el comienzo exacto de nuestra decadencia.

La voluntad de destrucción es la expresión dinámica de la tristeza.

Así como se dice que no pueden gustarnos al mismo tiempo Italia y España, así también podríamos decir que no se puede ser a la vez partidario de Baudelaire y de Rimbaud. Yo siempre he estado a favor de Baudelaire y no consigo renegar de él, pese a lo mucho que lo deseo.

Sin la idea de un universo fracasado, el espectáculo de la injusticia bajo todos los regímenes conduciría a la camisa de fuerza incluso a un indiferente.

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.


1 “El miedo a la muerte es el mejor indicio de una vida falsa, es decir, mala.”