“La plegaria de un dacio” (Leandro Arellano)

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LA JORNADA SEMANAL, no. 878, 31 diciembre de 2011

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Escultura de Eminescu en Besarabia

Mihai Eminescu es considerado el poeta nacional de Rumania. “El creador del idioma rumano”, lo llama el historiador Nicolae Iorga. La influencia que ejerció el romance popular en su obra lo convirtió en uno de los poetas más populares del país, al punto de que, un siglo más tarde, el régimen de Ceausescu lo elevó a mito.

Su obra es vasta, pero su vida fue corta y trágica. Nació en enero de 1850, en la Moldavia rumana, hijo de un padre acaudalado de la entonces Bucovina austríaca y de madre perteneciente a la aristocracia moldava. Estudió en escuelas alemanas de su ciudad natal y más tarde filosofía en Viena y Berlín. Murió a los treinta y nueve años.

Empieza a publicar a los dieciséis y cambia su apellido de origen eslavo por el de Eminescu, para sonar más rumano. Entre 1866 y 1869 viaja por Rumania visitando Cernauti, Blaj, Sibiu, Giugiu, Bucarest. En octubre de 1869 se traslada a Viena, asiste a la Facultad de Filosofía y forma con los estudiantes rumanos la sociedad La joven Rumania. Retorna a su país en 1874 y se ocupa en Iasi como Director de la Biblioteca Central y como inspector de escuelas; más adelante es nombrado redactor de la revista El Tiempo, órgano oficial del partido conservador. Fue también apuntador y copista del Teatro Nacional, donde traba amistad con el dramaturgo I.L. Caragiale.

Por esa época conoce a Veronica Micle, su musa y azarosa amada. Es también el período de sus grandes poemas. Poeta apasionado, conjunta una heroica visión metafísica, una frondosa sensibilidad y fantasía acaudalada. Cantó a la naturaleza y al amor. Con todo y que su obra se ubica en el tardío romanticismo europeo, Eminescu es un poeta clásico y harto moderno –en el sentido en que lo es nuestro Manuel José Othón. Muchos de sus poemas conservan una actualidad asombrosa.

En 1883 sufre un violento colapso nervioso y es ingresado a un hospital psiquiátrico, de donde lo trasladan a un sanatorio en Viena. Luego de recuperarse regresa a Bucarest, sólo para ser nuevamente recluido. De acuerdo con el certificado médico, sufría de psicosis maniaco-depresivas –un trastorno bipolar en lenguaje actual–, aunque una hermana suya reveló que padecía una enfermedad secreta que le había afectado el sistema nervioso.

Tocó a su generación consolidar la literatura escrita de Rumania, iniciada poco antes. Lector y traductor de literatura alemana, recibió la influencia de Schiller y Heine, pero sobre todo de Schopenhauer, igual que de Lamartine y Musset. Su influencia en la literatura rumana es profunda. Su literatura representa –escribió la propaganda oficial del régimen comunista– la cumbre de la cultura rumana moderna.

Ha sido traducido a decenas de lenguas. Su obra abarca narrativa, drama, periodismo, pero era sobre todo un poeta. Su poesía es amorosa y vehemente, y su visión de la vida pesimista, como la de los grandes escritores de su país. En su juventud sus versos exaltaban el patriotismo y el despertar de la conciencia rumana, fresca aún la unificación de los principados rumanos. Mircea Eliade dijo de él: “Cada nueva lectura de Eminescu nos hace volver, como en un sueño, a casa.”

De su madurez destacan los poemas de carácter filosófico, la parte más perdurable de su obra. “La plegaria de un dacio” y “Melancolía” pertenecen a esa época, cuando escribe también obras como las “Epístolas” y “El lucero” (o “Hiperión”). La musicalidad del idioma rumano, que no es posible trasladar enteramente, luce armoniosamente en su poesía. En español no ha sido traducido tanto como otros coterráneos suyos; sin embargo, ha tenido la fortuna de contar entre sus traductores a Rafael Alberti y María Teresa León. Las versiones que presentamos a continuación pertenecen al poeta de Cádiz y a su esposa.

Los rasgos que abundan en la literatura rumana son la intensidad, un vigor delirante y la lucidez de sus escritores. Trátese de Eliade, Tzara, Ionesco o Cioran, los autores más célebres, o de otros como Panait Istrati, Mihail Sebastian o Norman Manea, en todos existe una asumida conciencia de desvalimiento que desarrollan en su literatura por distintas rutas. Aunque varios entre ellos hayan optado por escribir en una lengua distinta al rumano, queda claro que cada uno pertenece, más que a la lengua, a donde están sus obsesiones. Lejos de ser un artificio, esa característica es una propensión remota de la identidad rumana, como ya lo muestran estos poemas de Eminescu.

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