In: Ejercicios de admiración (1989)

En los accesos de desesperación, el único recurso saludable es una desesperación aún mayor. Dado que ningún consuelo es eficaz, uno debe aferrarse a un vértigo que rivalice con el que se tiene, que lo supere incluso. La superioridad que posee la negación sobre cualquier forma de fe se manifiesta en los momentos en los que las ganas de acabar con todo son particularmente poderosas. Durante toda mi vida, y especialmente en mi juventud, Rugaciunea unui Dac [La plegaria de un dacio] me ayudó a resistir a la tentación de liquidarme. Quizá sea útil precisar aquí que la última página del Breviario de podredumbre es, por el tono y la violencia, muy cercana a los excesos del dacio. Más de un occidental ha visto en la literatura rumana un aspecto sombrío, extraño, en un pueblo que tiene la reputación de frívolo. Ese aspecto existe indiscutiblemente y suele atribuirse, por falta de una razón precisa, a las condiciones históricas, a las adversidades ininterrumpidas de un país que siempre estuvo a merced de otros imperios. El hecho es que en dicha última página todo acaba mal, todo aborta y los fracasos son imputados al Destino, suprema instancia de los vencidos. ¡Qué pueblo! El más pasivo, el menos revolucionario que pueda imaginarse, el más sensato, a la vez en el buen y en el mal sentido de la palabra, un pueblo que nos da la impresión de que, habiéndolo comprendido todo, no puede elevarse ni rebajarse a ninguna ilusión. Cuanto más se vive, más se repite uno que, incluso si se ha vivido durante decenas de años lejos de él, resulta imposible evitar la desgracia original, la nefasta herencia que arruina toda veleidad de esperanza. La plegaria de un dacio es la expresión exasperada, extrema, de la nada rumana, de una maldición sin precedentes que asola un rincón del mundo saboteado por los dioses. Ese dacio habla, evidentemente, en su propio nombre, pero su desconsuelo tiene raíces demasiado profundas para que pueda reducirse a una fatalidad individual. En realidad, todos los rumanos procedemos de El, nosotros perpetuamos su amargura y su rabia, envueltos para siempre de la aureola de nuestras derrotas.

Recordemos que Eminescu era joven cuando escribió esa terrible y exaltadora acusación contra la existencia. Semejante apoteosis negativa sólo podía tener un sentido si procedía de una vitalidad intacta, de una plenitud que se volvía contra sí misma. Un anciano decepcionado no intriga a nadie. Pero estar de vuelta de todo desde las primeras perplejidades equivale a un salto en la sabiduría que marca para siempre. Que Eminescu lo comprendió todo desde el principio, eso lo prueba su plegaria, la más clarividente, la más despiadada que se haya escrito.

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La oración de un Dacio

Cuando aún no existían ni muertos ni inmortales
ni manantial había ni almendra de la luz,
ni nacido mañana, ni hoy ni luego ni siempre,
porque todas las cosas eran tan sólo una;
cuando la tierra, el cielo, el aire y este mundo
estaban en el número de lo que no existía,
entonces Tú eras solo, por eso me pregunto:
¿A qué Dios entregamos, humilde, el corazón?

Él sólo ya existía primero que otros dioses
y del profundo océano dio las fuerzas al rayo,
a los dioses el alma, a los hombres la dicha,
y es para los humanos manantial de salud.
¡Levantad vuestro coro! ¡Glorificadle en cantos
al que es fin de la muerte, resurrección y vida!

Para que la luz viera, Él me ha dado los ojos
y me ha llenado el alma de la suma piedad.
Puedo escuchar su paso entre el clamor del viento
y en una voz que canta reconocer su voz.
Mas siempre le mendigo algo de añadidura:
¡Que me permita entrar en el reposo eterno!

Que maldiga a quien piense tener piedad de mí,
que bendiga clemente a quien me está oprimiendo,
que escuche complacido a quien de mí se burle
y dé fuerzas al brazo que querría matarme,
permitiendo que triunfe sobre todos los otros
el malvado que quite hasta el pan de mi boca.

Rechazado por todos atravieso los años,
hasta que ya sin lágrimas vea secos mis ojos.
Cuando todos los hombres se yergan enemigos,
cuando yo no consiga casi reconocerme,

cuando los sufrimientos mi bondad petrifiquen
y llegue a maldecir la madre que he adorado,
cuando la ira cruel me parezca el amor…
el dolor olvidando, ya me podré morir.

Y si extranjero muero fuera de ley, entonces
este indigno cadáver tiradlo en la calleja,
y yo te ruego, Padre, dale el premio más alto
a quien mande a los perros rasgar mi corazón.
Y si alguien me apedrea golpeándome el rostro,
¡dale la vida eterna, Señor, tenle piedad!

Sólo de esta manera, Padre, te daré gracias
por la dicha que tuve de vivir en el mundo.
Para pedirte bienes no doblé la rodilla,
para la maldición quisiera conmoverte
y sentir que a tu soplo mi aliento se evapora
y en la extinción eterna me diluyo sin rastro

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León.
Ed. Seix Barral S.A., 1973