“Un fanatico sin credo” (Alain de Benoist)

Diorama Literario, n° 148, Mayo 1991, Florencia

“Querido señor, usted ha definido del mejor modo posible mi punto de vista en materia de suicidio, Es precisamente ésto. Encuentro no menos justos sus notas sobre mis contradicciones, sobre el disgusto y sobre la importancia de la fisiología en el conjunto de mis divagaciones. Sin embargo, una definición tan discutible como aquella de “pensador reaccionario” me deja perplejo. El momento crucial de la historia al que estamos asistiendo es de tal modo decisivo que las viejas categorías de “derecha” e “izquierda” me parecen superadas. Podemos obviamente servirnos de ellas ocasionalmente y por curiosidad, pero en el fondo ello no hace otra cosa que eludir lo esencial.”

Carta de Cioran a Alain de Benoist

He encontrado a Cioran en su pequeño departamento del Barrio Latino, a dos pasos del teatro del Odeón. Gabriel Matzneff estaba con nosotros. En torno a un vaso de vino hemos agitado nuestras quimeras comunes: la decadencia, los antiguos romanos, la filosofía trágica, el suicidio… Cioran nos dominaba con sus arranques privados de pasión, Él está de vuelta de más cosas de nosotros. Él está de vuelta de todo. En su juventud, fue la arrogancia filosófica personificada. El está de vuelta de la filosofía, Pero también del romanticismo y del budismo. Ha vuelto al escepticismo de sus comienzos . Piensa que el mundo es horrible, que este horror nos invade, Que aquello que podría consolarnos, distraernos en sentido propio, no es más que ilusión o superchería. Desde hace treinta años a esta parte, de los Silogismos de la amargura a La tentación de existir, el no cesa de profundizar el mismo surco con toda una serie de textos y sobre todo de aforismos, en que “la palabra es Dios”, que representan el mínimo de compromiso con la escritura. El mismo surco en efecto. Todo proyecto es “una forma camuflada de esclavitud”: toda convicción una “locura”. La vida es “el más grande de los vicios”: es “por ello que cuesta tanto desembarazarse de ella”: la muerte es “un estado de perfección, el único al alcance de un mortal”: la vejez, “el castigo por haber vivido”. Cioran escribe:” Aún cuando nada suceda, todo me parece demasiado”,”todo es nada, incluida la conciencia de la nada Y el único frenesí del que somos capaces es el frenesí del fin”:”seamos confiados, apostemos por la catástrofe”. Cita un autor japonés: “Sólo una flor que cae es una flor total”, con este comentario: “Se está tentado de decir lo mismo de una civilización”.

Lo peor es urgente

¿Pesimismo?. Nada de eso. Cioran no tiene el complejo de Casandra. El pesimismo consiste en prever lo peor. Cioran no ha hecho más que proclamar la urgencia. Son las cosas en sí, no el curso que siguen, las que son insoportables. Algún vano moralista ha reprochado a Cioran de inducir a la desesperación a los espíritus débiles.¡Qué error!. Sólo los desesperables pueden ser forzados a la desesperación. Los otros, a la vista de los abismos, pueden sacar nuevas fuerzas. Y además, esa necedad de razonar siempre en términos de las consecuencias. Cioran ha elegido como máxima: “desinterés [desapego] por el fruto del acto”. Lo que, según los temperamentos, puede conducir a abstenerse de la acción o, por el contrario, a multiplicarla -sin preocuparse de sus efectos. Cree que la ausencia de ilusiones equivale a la desesperación hecha realmente una luz reveladora sobre la naturaleza de las ideas que se llevan dentro…

Al margen de la versatilidad francesa, E.M. Cioran, hijo de un pope ortodoxo rumano, forma parte de esos autores secretos cuyo público es igualmente secreto. Su estilo admirable, su alejamiento de las acciones le han valido complicidades muy diversas. La izquierda misma, tranquilizada (muy equivocadamente) por su apología del distanciamiento, ha terminado por entreabrir sus puertas a este gran pensador reaccionario que osa escribir: “Desde que se sale a la calle, a la vista de la gente, “exterminio” es la palabra que viene a la mente”. O bien: “la tolerancia no es, en último análisis, más que una coquetería de agonizantes”. O aún: “Cuando era siervo, este pueblo construía catedrales: ahora que es libre, no construye más que horrores”.

Contra Babilonia

Impresionan las convergencias de este pensamiento con aquel, más estrictamente filosófico, de un autor como Clément Rosset quien también proclama la necesidad de pensar lo peor y de deshacerse de las ilusiones, igualmente “duplicados” de lo real, para Rosset, el “discurso de lo peor”es reconocido así como el único discurso a la vez necesario y posible. Nihilismo positivo, fundado sobre la afirmación de la nada, no sobre la negación del todo -y que sienta las bases mismas de la posibilidad de una filosofía trágica.

Hn fin y sobre todo, el pensamiento de Cioran, como todo pensamiento un poco fuerte, es esencialmente contradictorio. Ello aparece Claramente en su último libro, titulado Descuartizamiento [Desgarradura]. Por una parte, por ejemplo, Cioran denuncia la historia y aspira ferozmente a su fin. La historia es para él “la abominable Clío”: una “odisea inútil”, un ” paraíso de sonambulos”. Por otra parte, se las toma con la decadencia contemporánea sin esconder cuanto a ella esta ligada al debilitamiento de la energía orgullosa que, en todos los tiempos fue el motor de la historia. Con una pizca de amargura. Cioran me dice: “Rumania no ha tenido una historia” (De la inconveniencia de haber nacido”). Pero si la historia no tiene sentido, como él lo subraya igualmente, ¿cómo estar ciertos que vamos hacia su fin?

La misma contradicción en lo que concierne a la vida. Cioran parece afirmar que no se puede tener a la vez inteligencia y vigor. La enfermedad le parece como un comienzo de sabiduría: aun el más necio de los enfermos, a causa de su estado, es llevado a un mínimo de reflexión. Pero al mismo tiempo, el profesa una eminente nostalgia de la “gran salud”, de esas fuerzas vitales que el desarrollo del saber aún no han paralizado. Cita estas palabras de Cari Gustav Craus: “Si se pudiera enseñar geografía al pichón viajero, de golpe su vuelo inconciente, que va derecho a la meta, sería cosa imposible”.

Hasta en estas contradicciones, Cioran se coloca de hecho en toda corriente de “pesimismo cultural”, que va de Gobineau a Montherlant pasando por Spengler. Su pensamiento está dominado por el disgusto: “un disgusto que hace perder el uso de la palabra y aun el de la razón”.¿Cómo, entonces, no evocar la obra de Montherlant?. Catón, en la Guerra Civil, “mira a la izquierda, mira a la derecha, mira a lo alto, mira hacia abajo, y no encuentra más que lo horrible”. Alvaro, en La Reina Muerta, exclama: “Mi pan es el disgusto”.¿Cómo no evocar a Montherlant, que declaraba en Marzo de 1971 al diario “Matulu”: “Estoy indignado por lo que veo, lo poco que leo, lo poco que escucho del mundo exterior. Un mundo que yo aparto de mí lo más posible, sino yo viviría en un disgusto perpetuo”?.¿O al Drieu que escribía en 1934: “Sufro por los cuerpos de los hombres… Horrible pasear por las calles y encontrar tanta decadencia, fealdad o inacabamientos”?

Cuando pasea por las calles, Cioran ve allí “gorilas” que parecen tener bastante con imitara los seres humanos. Pronto será, deduce, la “hora de cierre” en los jardines de Occidente”. Y denuncia un planeta “babilonizado”, una sociedad abigarrada: “La posibilidad misma de una multitud tan heteróclita sugiere que en el espacio que ella ocupa no existe más, entre los autóctonos, el deseo de salvaguardar ni siquiera la sombra de una identidad. En Roma, en el siglo III de nuestra era, sobre un millón de habitantes, solamente sesenta mil habrían sido Latinos descendientes de la cepa originaría. Cuando un pueblo ha completado la idea histórica que lenta la misión de encarnar, no tiene más ningún motivo para preservar su diferencia, para cuidar su singularidad, para salvaguardar sus rasgos en medio de un caos de rostros…”.

 En un Invernadero

Roma, ciertamente. Y no se cansa de encontrar en el mundo antiguo, con Epicuro, con el estoicismo, con los presocráticos, las raíces profundas de este pensamiento que no tiene más que la apariencia de la desesperanza. Entre ese mundo y el nuestro, Cioran hace, por otra parte, un paralelo constante. Escribe: “El mundo antiguo debía estar muy corrompido para tener necesidad de un antídoto tan grosero como el que le iba a suministrar el cristianismo”. Y aquí, inmediatamente, “I.a Croix” (diario de los católicos franceses. n.d.r.), en el que no se duda de nada, le requiere explicaciones.

Paralelo en fin entre la fisiología de las sociedades, la del hombre y la suya propia. (“Los individuos, como los imperios, prefieren un largo e incierto fin”). Estas comparaciones no son infrecuentes en su prosa: muestra dependencia con respecto a los órganos! Así como es (recuente la confesión de una mezquina salud, de innumerables noches blancas). Con otra fisiología, Cioran sin duda habría escrito en otro tono, Él exclama:”¡Ser un bárbaro y no vivir más que en un invernadero!”, esta palabra explica quizás todas sus contradicciones. Es evidente que Cioran, “fanático sin credo”, hombre de pasión que no se apasiona por nada, se frena en todo momento y, si lanza el anatema, lo hace sólo para mejor hacer callar lo que siente dentro de sí. Él no ha sido nunca, dice, más que el “secretario de sus sensaciones” (‘.Quien no lo es?. todo discurso es una proyección de nosotros mismos, todo discurso prolonga nuestro ser, cuerpo, alma y espíritu ligados aún y sobre todos los discursos indirectos). Es también por ello que Cioran escribe libros: “Para liberarme”, afirma, “para descargarme de aquello que me pesa en el corazón y en el espíritu”. Publicar un libro significa objetivar su contenido. “Me es indiferente mirar en la vitrina de una librería una obra en la que he confiado secretos”, agrega Gabriel Matzneff, “y sin embargo habría dudado, antes que hubiera aparecido, en confiar el manuscrito  a un amigo muy querido”.

El suicidio consolador

Muy naturalmente, hemos venido a hablar del suicidio. Cioran ve en éste “el único acto verdaderamente normal”. Habla del “deseo legítimo” de suicidarse. Plinio veía en la facultad de darse la muerte “el más grande beneficio que haya recibido el hombre” y compadecía a los dioses por no poseer tal privilegio: “Apiadarse del Ser supremo porque no tiene el recurso de darse la muerte!”, grita Cíoran. “Idea incomparable, idea prodigiosa, que por si sola consagraría la superioridad de los paganos sobre los desatinados que estaban destinados a suplantarlos de ahí a poco”. Planteo a Cioran esta pregunta brutal: ¿Porqué no se suicida? en una frase, él me da una verdadera respuesta:”Sin la idea del suicidio, me habría muerto desde siempre”, Es sólo a través del suicidio, explica, que el hombre puede verdaderamente, en total libertad, decidir por sí mismo su propia suerte. Y sólo esta idea, por una paradoja que en realidad no es tal. permite soportar la vida Así el suicidio es doblemente una solución: uno se suicida cuando no se puede vivir más -y si se puede vivir aún, es siempre la idea del suicidio la que te sostiene: la idea que en medio de tanto fango, esta vía de salida, al menos, puede estar siempre a nuestro alcance. Nos acercamos a las palabras de Nietzsche que Matznetf ha puesto a la cabeza de su ensayo sobre el suicidio en los romanos (le Défl, l.a Table Ronde, 1965 y 1977): “El pensamiento del suicidio es una poderosa consolación: ayuda a pasar muchas malas noches”.

Los cristianos tienen sus libros de humildad. Yo, cuando tengo el corazón henchido, releo a Cioran. Y primero que nada esta frase, que me es muy apropiada: “Mi misión es matar el tiempo y la suya, matarme a su vez. Se está muy cómodamente entre asesinos”.

Alain de Benoist
Traducción al castellano: J.A.V.

En seguida de la publicación de este artículo en el “Figaro Magazine” del 17 de Noviembre de 1979, asi escribiría Cioran a Alain de Benoist, al día siguiente:

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París, 18 de Noviembre de 1979

 Querido señor

Usted ha definido del mejor modo posible mi punto de vista en materia de suicidio, Es precisamente ésto. Encuentro no menos justos sus notas sobre mis contradicciones, sobre el disgusto y sobre la importancia de la fisiología en el conjunto de mis divagaciones. Sin embargo, una definición tan discutible como aquella de “pensador reaccionario” me deja perplejo. El momento crucial de la historia al que estamos asistiendo es de tal modo decisivo que las viejas categorías de “derecha” e “izquierda” me parecen superadas. Podemos obviamente servirnos de ellas ocasionalmente y por curiosidad, pero en el fondo ello no hace otra cosa que eludir lo esencial.

Usted me ha preguntado porqué no me suicido; podría a mi vez preguntarle porqué Ud. comparte determinadas quimeras (la palabra es suya) hasta el punto de proclamarlas, de organizarlas en cuerpo de doctrina. Mientras más pienso en el futuro, menos entiendo como se puede adherir a cualquier cosa.

Reciba mis cordiales saludos

E.M. Cioran