“Los Extravíos de Cioran” (José Ignacio Nájera)

En este curso de 2018 nos ha saludado la traducción de un inédito de Cioran al español. De la mano del connaisseur cioraniano Chistian Santacroce ha aparecido en Hermida Editores un bello ejemplar de unas 90 páginas con el título Extravíos, anteriormente publicado en la editorial rumana Humanitas con el nombre de Razne en el año 2012.

El librito en cuestión recoge unos escritos en rumano de Cioran posiblemente fechados entre 1945 y 1946. Es probable que sean los últimos que escribió en rumano antes de pasarse al francés, y utilizo el condicional en el entendido de no saber muy bien si estamos ante lo último, ya que a lo mejor la Fundación Biblioteca Literaria Jacques Doucet tiene cosas guardadas de su obra no publicada. ¡Y todavía estamos a la espera de la otra entrega de sus Cuadernos! Ah, y por la parte española, disponemos, por fin, de una traducción de Transfiguración de Rumanía en internet ante la pudibundez de las editoriales protectoras.

La pregunta obvia es ¿qué son estos Extravíos? Para alguien que se acercase por primera vez a Cioran y no tuviese la menor noticia de él, habría que decir que se trata de una batería de artefactos incendiarios. Sí, explosivos con los que se hacen saltar por los aires las tan alabadas zonas de confort en que vivimos espiritualmente los occidentales. Estoy hablando, por si hay necesidad de aclaración, de nuestras milenarias plataformas metafísicas. El yo, el mundo y la divinidad. En este sentido, el neófito lector de Cioran sufrirá una notable impresión y casi se sentirá como ante el espectáculo Nietzsche, si es que lo conociera.

 Si, por el contrario, se estuviera en la tesitura de conocer con amplitud a Cioran, apenas habría novedad. Creo que esta consistiría en que habría que desplazar el germen de Breviario de podredumbre (1949) un puesto más atrás de Ejercicios negativos (1947) su hasta ahora clásico antecedente. Son muchos los fragmentos de Extravíos en los que se entrevé lo que encontraremos en el Breviario…, y si hablamos de ideas e ideaciones, lo mismo se puede decir. Sirva de preciso botón de muestra la siguiente cita: “La descomposición es la única huella que deja el paso de la vida, esta podredumbre extraña de la materia” (p.35). Ahí están ya las palabras del famoso título futuro. De todos modos, Extravíos resulta más radical, más furioso, más desesperado… y más concluyente, quizá por eso sea más breve. A este tenor, parece que Cioran esté alertando ante la última y definitiva catástrofe del mundo. Cioran no solo no cree en nada, sino que además cree en el Apocalipsis final. No se trata tanto de un Apocalipsis físico como de uno metafísico-moral. Así, pese a la continuidad planetaria, la ruina de nuestras convicciones fundamentales no hará sino avanzar hacia lo peor. En Cioran toda idea de futuro siempre tendrá tonos sombríos, ya que el hombre, tanto a nivel individual como colectivo, no es sino una máquina de desastres. Sí, estamos ante un gran misántropo. El rumano, pese a tener algunos notables amigos, detestaba al antropos como especie. Y, aunque este pesimismo antropológico le viniera de lejos, hay que reconocer que el contexto en el que se escribe Extravíos no es favorable para lo contrario. Acababa de finalizar la II Guerra Mundial y todavía se estaba bajo los efectos de la gran pesadilla, de modo que las nuevas esperanzas apenas se abrían paso por entre la precariedad. Por otro lado,  hay que recordar que Cioran es uno de los vencidos ¿o ya no? en lo que se dirimió por entonces. Por las fechas de su redacción 1945-46 bien podría decirse que Extravíos fue el destilado lírico-metafísico de aquel gran desastre. Seguro que entonces volvió a reconectar con La decadencia de Occidente para ya no desdecirse de ella.

Con independencia del carácter explosivo del libro, es conveniente también centrarse en el significado de la palabra extravíos. Una palabra polisémica, sin duda, pero que recoge cierto aire de familia entre sus significaciones. Desencaminamientos, pérdidas, despistes visuales, abandonos de rutas o posiciones, perjuicios…, todo esto es lo que nos viene sugerido por el término, y por el contenido del libro de Cioran: repertorio de anomalías que acomete al autor, o rutas, también anómalas, por las que gusta desviarse. El caso es que el Cioran de entonces no puede transitar por las trilladas sendas del bienestar o del pensamiento edificante. Cioran no es un Walt Whitman o un Emerson, por poner dos ejemplos que le quedan lejos y que se me ocurren ahora. También se me ocurre que quizá el mayor extravío paradójico por otra parte sea el de su dedicación metafísica a atacar a la propia metafísica. Su especulación entre poética y racional no tiene  otro objeto que evidenciar la farsa de los logros de la que se consideró filosofía primera, la de los fundamentos y las fundamentaciones. “La existencia humana, insoluble en sí, se apoya exclusivamente en la idolatría de la solución” (p. 37), ¿se pude decir más claro que los sistemas son tanto más ridículos cuantos más exhaustivos? Sería difícil hacerlo. Cioran tiene por entonces treinta y tantos años y ya ha  visto y comprobado mucho, podría por lo tanto pensarse que con semejante bagaje de vida y desencanto optara por el abandono (silencioso), por una especie de resignada Gelassenheit. Sin embargo, Cioran se enfurece, y se desgasta, contra la inaprensibilidad de lo absoluto (otro nombre del misterio). Es demasiado temperamental como para aceptar todo esto con actitud búdica y por eso le queda un buen tramo de sus Obras completas. Me siento, por tanto, inclinado a pensar que Extravíos, más que un final de etapa (rumana) es un anuncio quizá frustrado a los ojos del autor de lo que irá viniendo en los sucesivos años. Porque para extravíos ahí estarán Breviario de podredumbre y La tentación de existir.

En la última línea de Extravíos nos dice Cioran que la vida es la muerte diaria de la convicción. ¿Qué pasa para que quien escribe esto no cese a su vez de escribir casi hasta el final de sus días? ¿Ante qué clase de impostura estamos? ¿Y qué disculpas exigiría? Creo que en Cioran la palabra convicción demanda una resemantización y que esta apunta a un deseo adecentado por el lenguaje, que a base de ensalivarlo lo va deteriorando. Le decía Cioran a Sylvie Jaudeau en 1988 que había escrito demasiado, que hubiera bastado con un solo libro. Ya era tarde, había escrito alrededor de una veintena e infinidad de artículos. Estuvo anulando convicciones hasta el final de su vida. El buen inconsecuente.