“Cioran, nostalgia del ángel caído” (Rafael Narbona)

EL CULTURAL, Blog Entreclásicos, Septiembre 12, 2017

El ardiente ateísmo de Cioran evoca el fervor místico de los santos, pero con una importante diferencia. Su nihilismo rinde culto a un absoluto negativo, exento de cualquier forma de ternura o esperanza. Frente al martirio de santos como la fenomenóloga, mística y carmelita descalza de origen judío Edith Stein (canonizada como Santa Teresa Benedicta de la Cruz), que inmoló su vida en Auschwitz por amor a Cristo y a las víctimas de la Shoah, Cioran exalta el suicidio como un gesto de rebeldía contra el absurdo de existir. Para Edith Stein, la ascensión al sentido del ser culmina en Dios, “amor desbordante, sin límites; amor que se inclina misericordioso hacia toda necesidad, amor que sana al enfermo y resucita lo que estaba muerto; […] amor dispuesto a servir a todos”. Para Cioran, “el ser, reconozcámoslo, no ha satisfecho nunca a nadie. Consentir en procrear es un verdadero atentado contra el saber, contra el conocimiento, una empresa que parece inconcebible cuando se piensa en las ventajas de la inexistencia, en el milagro de una virtualidad no degradada en acto. El nacimiento no es el signo de la decadencia, sino la decadencia misma”. Todo es insustancial, fútil, inane. Nada permanece. Todo es irremediablemente perecedero. Suicidarse es la única manera de abortar esta insufrible miseria.

El pensamiento de Cioran es deliberadamente reiterativo. De lágrimas y de santos, publicado en 1937, cuando el filósofo rumano sólo contaba veintiséis años, ya contiene los aspectos esenciales de una interpretación trágica del ser, sin espacio para la celebración de la vida. Cioran repudia indistintamente el platonismo, el cristianismo y el amor fati de Nietzsche. No hay ningún argumento para decir sí a la vida, pues la irreversible finitud de las cosas aniquila la noción de valor. Soportamos la expectativa del no-ser inventando quimeras, pero ninguna ilusión puede abolir el imperio de la nada, que hunde en el olvido tanto lo sublime como lo insignificante. La conciencia no es un chispazo de luz, sino una herida en la materia. El ser humano es una especie maldita. El conocimiento nos ha separado de los animales, que disfrutan de la inmortalidad proporcionada por desconocer el significado de la muerte. Saber que moriremos, sólo nos hace desgraciados. Exaltar el instante constituye un triste consuelo, pues la perfección de un momento pesa infinitamente menos que una totalidad dominada por el tedio, el fracaso, el desengaño y el miedo. Desde esta perspectiva, el júbilo de los santos produce un dulce estupor: “¿Cómo no sentirse cercano a Santa Teresa, quien, tras habérsele aparecido Jesús un día, salió de su celda corriendo y se puso a bailar en medio del convento, en un arrebato frenético, batiendo el tambor para llamar a sus hermanas a fin de que compartieran su alegría?”.

Cioran afirma que “la mística española es un momento sublime en la historia humana”, pues ha reunido en la misma secuencia temporal a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz. Al leer sus obras, notamos la proximidad del aliento divino y descubrimos el pesar de vivir lejos de Dios, abrasados por las lágrimas estériles del escepticismo. A pesar de su nihilismo, Cioran admite que jamás dejará de merodear “en las inmediaciones de los santos”, si bien ofrecerá una tenaz resistencia a la tentación de imitarlos. La santidad conspira contra el instinto, reduciendo nuestro querer al “cero vital”. Nos obliga a cultivar la renuncia para alcanzar una inexistente plenitud. Sin embargo, esa plenitud imaginaria impregna toda la música Bach, transformándola en un prodigio “divino”. Cuando escuchamos sus obras, “vemos germinar a Dios”. La obra de otros compositores –como – sólo es “heroica”, pues es “de aquí abajo”, no de las alturas. Al igual que las lamentaciones de Job, Bach nos hace temblar con sus “éxtasis sonoros”. Sus notas causan embriaguez. No es una simple metáfora, sino un fenómeno espiritual, pues “el vino ha hecho más por acercar a los hombres a Dios que la teología”. Después de oír una obertura o un aria, nos convertimos en “borrachos tristes”, con una sabiduría superior a la de cualquier eremita.

Cioran sostiene que “Dios se aprovecha de las periferias de la lógica” para infiltrarse en nuestra conciencia. “¿Por qué los santos escriben tan bien?”, se pregunta, asombrado. Sus palabras parecen “susurros divinos”. En cambio, los filósofos suelen escribir con un estilo frío y árido. “Los filósofos tienen la sangre fría. Sólo existe calor en las inmediaciones de Dios”. Fascinado por España, sus reyes y sus místicos, Cioran afirma que sólo en sus conventos ha germinado esa familiaridad con lo sobrenatural capaz de borrar la distancia entre el cielo y la tierra. Ese logro no implica paz interior, sino una tensión permanente: “El mérito de España ha consistido no sólo en haber cultivado lo excesivo y lo insensato, sino también en haber demostrado que el vértigo es el clima normal del hombre”. Sólo Rusia ha alumbrado una atmósfera espiritual semejante: “Rusia y España: dos naciones embarazadas de Dios. Otros países se conforman con conocerlo, sin llevarlo en su seno”. España ha engendrado grandes místicos y santos, pero ninguno se ha aproximado tanto a Cristo como San Francisco de Asís: “No le encuentro ningún punto débil que me permita acercarme a él y comprenderlo. Su perfección es difícilmente perdonable”. Al final de su vida, se quedó casi ciego. Los médicos atribuyeron su mal al “exceso de lágrimas”. La perplejidad que le produce il poverello d’Assisi se extiende al conjunto de los cristianos, capaces de “amar a sus semejantes de cerca”… [+]