“El anhelo del olvido” (Rosa-María Martínez Bergua)

Reseña: Cioran, Emile M. En las cimas de la desesperación. Crisis Revista de critica cultural, no. 5, septiembre, 2014, Zaragoza, España, p. 109-10. [PDF]

Donde habite el olvido
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Luis Cernuda; Donde habite el olvido

CapturarE.M. Cioran, en 1933, tenía veintidós años y acababa de terminar sus estudios de filosofía en Bucarest con una tesis sobre Bergson, cuando escribió En las cimas de la desesperación.

Concibe este libro en Shanta ta, —un pueblo de los Cárpatos, rodeado de escarpadas montañas—, cerca de Sibiu, Transilvania. Estas abruptas cimas son las referentes del título de este ensayo, además de ser testigos de sus noches de insomnio. La experiencia del insomnio constituye un detalle importante en su biografía. Todo lo somático tiene peso sobre el ánimo del pensador y encuentra luego su expresión. Para Cioran son los órganos: carne, nervios y sangre, el origen —o mejor, es el trastorno de estos órganos—, la fuente de una vertiginosa subjetividad, del sentimiento de una infinitud interior de la que hace alarde en su obra. El insomnio le confiere “una lucidez vertiginosa”, pero, esta claridad, lejos de ser un privilegio, es su condena: “Sin el sueño, el paraíso se convierte en un lugar de tortura”. La única salvación posible es el olvido. “Me gustaría poder olvidarlo todo, olvidarme de mí mismo y olvidar el mundo entero”. Esta conciencia permanentemente despierta le conduce a una pérdida total de esperanza solo equivalente a la desesperación del epígrafe: “He dejado de esperar algo de este mundo”. Esta vigilia ininterrumpida es el fondo y la forma de las páginas de En las cimas de la desesperación en donde el olvido es la fuente de inspiración: “Todo es preferible a ese despertar permanente, a esa ausencia criminal del olvido”.

Dice Cioran en este texto que “los seres humanos más desgraciados son los que no tienen derecho a la inconsciencia.” Se pregunta, entonces, si el ser humano, este animal insomne, “no vive acaso la tragedia de un animal constantemente insatisfecho que habita entre la vida y la muerte”. La definición de hombre como una criatura a mitad camino entre ser un animal “al margen de la historia” y el modelo nietzscheano de “superhombre” —que califica de quimera— se concreta en “el ser humano es una criatura que ha perdido lo inmediato”. Puesto que fuera de lo inmediato el conocimiento es imposible: “Nunca se encontrará el camino de la verdad, pues no se habita en un presente concreto y vivo sino en un futuro lejano e insípido”. Dichoso el ser sin conciencia del tiempo, el que vive con intensidad cada instante —de manera absoluta— porque atendiendo a las sugestiones inmediatas del instante se precipita en la atemporalidad. Es decir, en una experiencia de eternidad, “para vivir más allá de todas las formas complejas de la conciencia, de los suplicios y de las ansiedades, de los trastornos nerviosos y de las experiencias espirituales, en un nivel de existencia en el que el acceso a la eternidad dejaría de ser un simple mito”.

Pero la realidad es que durante la vigilia no se puede olvidar la existencia ni la muerte. En esas noches de insomnio se comprende la inanidad de la filosofía: “Las horas de vigilia son un interminable rechazo al pensamiento por el pensamiento, son la conciencia exasperada por ella misma, una declaración de guerra, un ultimátum que se da el espíritu a sí mismo”. Entonces, cobra sentido este silogismo: “El saber es una plaga, y la conciencia una llaga abierta en el corazón de la vida”.

Cioran es contrario a la concepción cristiana que transforma el sufrimiento en una vía de conocimiento, “Los peldaños del sufrimiento no se suben — dice— se descienden; no conducen al cielo sino al infierno”, del mismo modo, considera inútil e inevitable “vivir en la tensión perpetua del conocimiento”, es decir, actualizar sin cesar nuestra relación con el mundo, porque equivale a estar perdido para la vida.

En este grado de alejamiento, se siente uno y separado del mundo, además, sin esperanza cual héroe romántico que se encuentra irremediablemente solo frente al mundo. Es en este arrebato cuando el autor se pregunta: “¿cómo podríamos olvidar algo?” “Sentimos la necesidad de olvidar únicamente las experiencias que nos han hecho sufrir”. “Sin embargo, a causa de una de las paradojas más despiadadas que existen, los recuerdos de quienes quisieran recordar se borran, mientras que se fijan las reminiscencias de aquellos que desearían olvidarlo todo.” En efecto, los placeres se borran y se funden como formas de contorno mal definido. Parece sumamente difícil evocar un placer y sus circunstancias. Son las personas que han sufrido mucho las que más tienen que olvidar. Y, aunque los dolores no nos apegan a este mundo, incomprensiblemente, nos lo hacen más accesible, “a pesar de que no se le pueda encontrar ni un sentido ni una finalidad trascendente”… [PDF]