Entretien avec Cioran realisé par Michael Jakob (1989)

A près de 80 ans, Emil Cioran se disait toujours habité par les insomnies qui l’avaient cueilli très jeune, à l’âge où il était encore lycéen, en Roumanie. Un asile fécond puisqu’on doit une partie de son oeuvre à ces nuits sans sommeil et cependant “une malédiction”, confiait l’auteur roumain en 1989.

Lucide ou suicidaire, selon ; Emil Cioran était une personnalité ombrageuse. Arrivé en 1947 en France à l’âge de 36 ans, il était obsédé par le néant et confiant ainsi “ne pas se pardonner d’être né”. Tout juste concèdera-t-il “une forme de résignation” à la fin de sa vie.

En 1989, enregistrant un entretien radiophonique jusqu’ici inédit, l’homme de lettres nihiliste livrera quelques confidences pendant plus d’une heure. Au micro, il dira de ses insomnies quelles représentent “le plus grand drame qui puisse arriver”.

C’est à Sibiu, en Roumanie, où l’auteur a fréquenté le lycée, qu’il découvrît le manque de sommeil.

“Sibiu est une ville importante parce que c’est là que j’ai subi le plus grand drame de ma vie. Toutes mes divagations et tout ce que j’ai imaginé trouve son origine dans ce drame. A peu près à l’âge de vingt ans, j’ai perdu le sommeil […] Pour moi, les nuits de Sibiu sont les moments les plus extraordinaires de ma vie. Je sortais vers minuit, vers une heure, et je me promenais dans les rues. Il n’y avait que quelques putains et moi, dans cette ville : le silence total, la province…Pendant des heures, je me promenais dans les rues. Comme une sorte de fantôme. Tout ce que j’ai pensé, tout ce qui a été elaboré [l’a été] pendant ces nuits.”

Realizada originalmente en francés y publicada por primera vez en-alemán en el libro de Michael Jakob, Aussichten des Denkens, Múnich, Wilhelm Fink Verlag, 1994.

Português: “A insônia da razão”, Caderno Mais!, Folha de S. Paulo, 17/02/1995.

Señor Cioran, al leer su obra, tenemos la impresión de que no cree usted en el diálogo, dice usted también que toda cita es como una crucifixión para usted… Soy consciente de la dificultad que puede representar una conversación con usted, pero estoy aquí para intentarlo, a pesar de todo. ¿ Y si comenzáramos por su infancia en Rumania? ¿Tiene usted aún bien presente su infancia?

Sí, extraordinariamente presente. Nací en Rasinari, un pueblo situado en los Cárpatos, en la montaña, a doce kilómetros de Sibiu-Hermannstadt. Ese pueblo me gustaba muchísimo; tenía diez años cuando lo abandoné para ir al instituto de Sibiu y nunca olvidaré el día o, mejor dicho, la hora en que mi padre me llevó allí. Había alquilado un coche de caballos y yo lloré, lloré todo el tiempo, pues tenía el presentimiento de que se había acabado el paraíso. Aquel pueblo montañoso tenía para mí, de niño, una enorme ventaja: después del desayuno podía desaparecer hasta el mediodía, volvía a casa y, una hora después, desaparecía de nuevo para andar por las montañas. Aquello duró hasta la edad de diez años. Más adelante, tuvo otra «ventaja» vivir allí arriba: durante la guerra de 1914, mis padres —como rumanos que eran— fueron deportados por los húngaros y mi hermano, mi hermana y yo nos quedamos con nuestra abuela: en una palabra, ¡que éramos totalmente libres! ¡Fue la época ideal! Me gustaban mucho los campesinos y, más aún que los campesinos, los pastores: sentía como un culto por ellos. Cuando hube de abandonar aquel mundo, tuve el presentimiento de que, para mí, algo se había roto para siempre. Lloraba y lloraba y nunca lo olvidaré.

Al oírlo hablar así, ¡parece que lo arrancaron, literalmente, del suelo natal!

De la tierra y de aquel mundo primitivo que tanto me gustaba, con la sensación de libertad que entrañaba. Conque me encontré en Sibiu, ciudad muy importante en Austria-Hungría, ciudad en cierto modo fronteriza y con muchos soldados. Tres etnias cohabitaban en ella, sin dramas, debo decirlo: los alemanes, los rumanos y los húngaros. Tal vez sea curioso, pero aquello me marcó para el resto de mi vida: no puedo vivir en una ciudad en la que sólo se hable una lengua, en seguida me aburro en ella. Me gustaba precisamente la diversidad de esas tres culturas, si bien la cultura de verdad era, naturalmente, la alemana; los húngaros y los rumanos eran como unos esclavos que intentaban liberarse. En aquella ciudad de Sibiu había una biblioteca alemana que era muy importante para mí. En todo caso, después de mi pueblo natal y París, Sibiu (Sibiu-Hermannstadt o Nagyszeben, en húngaro) es la ciudad que más amo en el mundo, que más amaba en el mundo. Si la palabra nostalgia tiene un sentido, es, a fin de cuentas, el pesar de haber tenido que abandonar una ciudad como aquélla e incluso haber tenido que abandonar mi pueblo. En el fondo, el único mundo verdadero es el mundo primitivo, donde todo es posible y nada se actualiza.

De hecho, se desarraigó usted en varias ocasiones.

Sí, varias veces. Primero fue el abandono de mi infancia y después mi vida en Sibiu. ¿Por qué fue Sibiu una ciudad importante para mí? Porque allí fue donde sufrí el gran drama de mi vida, un drama que duró varios años y me marcó para el resto de mis días. Todo lo que he escrito, todo lo que he pensado, todo lo que he elaborado, todas mis divagaciones se remontan a ese drama. Es que a los veinte años más o menos perdí el sueño y lo considero el mayor drama que pueda ocurrir. Recuerdo que me pasaba horas paseando en plena ciudad: Sibiu es una ciudad muy hermosa, una ciudad alemana que data de la Edad Media. Conque salía hacia la medianoche y me paseaba, sencillamente, por las calles, sólo había algunas putas y yo en una ciudad vacía, el silencio total: la provincia. Pasaba horas vagabundeando por la ciudad, como un fantasma, y todo lo que he escrito posteriormente fue elaborado durante aquellas noches. Mi primer libro, Pe culmile disperarii (En las cimas de la desesperación), se remonta a aquella época. Es un libro que escribí a los veintidós años, como un testamento, porque pensaba que después me suicidaría, pero sobreviví. Es que no había practicado ninguna profesión y eso fue muy importante. En el fondo, como no dormía durante la noche y me paseaba por la ciudad, no servía para nada durante el día, no podía ejercer una profesión. Tenía una licenciatura, había terminado mis estudios de filosofía en Bucarest, etcétera, pero no podía ser profesor, porque, después de haber pasado toda la noche en vela, no se puede hacer el payaso delante de los alumnos, hablar de cosas que no te interesan. Así, pues, aquellas noches de Sibiu fueron el origen de mi visión del mundo.

Pero aquellas noches le permitieron también descubrir todo un espacio extraordinario: por tanto, algo abierto, fascinante…

De eso no me cabe duda, pero en mi caso había antecedentes en cuanto a mi visión de las cosas. Tuve esa visión de las cosas mucho antes, pero a partir de los veinte años lo comprendí de forma sistemática. Debo precisar, antes que nada, que mi padre era sacerdote, pero mi madre no era creyente, curiosamente o tal vez a causa de eso, y tenía una mentalidad mucho más independiente que mi padre. De modo que tenía veinte años y un día —eran las dos de la tarde, lo recuerdo perfectamente—, delante de mi madre, me arrojé sobre un sofá y dije: «No puedo más». Mi madre me respondió: «Si lo hubiera sabido, habría abortado». Aquello me causó una impresión extraordinaria, pero en modo alguno negativa. En lugar de rebelarme, esbocé —lo recuerdo— una sonrisa y fue como una revelación: ser el fruto del azar, sin necesidad alguna, fue en cierto modo una liberación, pero me marcó para el resto de mi vida. Mi madre, curiosamente, tras haber leído las cosas que yo había escrito en rumano (no sabía el francés), las aceptó más o menos. En cambio, mi padre se sintió muy desdichado; tenía fe, pero, aunque no era fanático, era sacerdote de profesión; evidentemente, todo lo que yo escribía lo incomodaba y no sabía cómo reaccionar. Sólo mi madre me comprendía y es muy curioso, porque al principio yo la despreciaba, pero un día me dijo: «Para mí, lo único que existe es Bach». A partir de ese momento, comprendí que yo me parecía a ella y, efectivamente, he heredado de ella bastantes defectos, pero también algunas cualidades. Se trata de revelaciones que marcan una vida. Y entonces ocurrió una cosa, verdad, escribí un libro —mi segundo o tercer libro— que se titula De lágrimas y de santos. Es un libro que escribí más tarde, por tanto, y que se publicó en Rumania en 1937. Ese libro tuvo una acogida extraordinariamente negativa; primero, el editor estaba en Bucarest y yo en Brasov y me telefoneó —cuando el libro estaba casi listo— para decirme que no iba a publicarlo, porque, aunque no lo había leído, en el momento de la publicación le habían dicho: «¿Ha leído usted este libro?». Entonces lo leyó y me dijo: «He hecho mi fortuna con la ayuda de Dios y no puedo publicar su libro». [Risa.] Eso es muy balcánico. Yo le dije: «Pero si es un libro profundamente religioso». Replicó: «Puede ser, pero no lo quiero». Fue el año en que vine a Francia. Le dije: «Tengo que marcharme de Rumania, tengo que ir a París dentro de un mes». «Me parece muy bien, pero yo no quiero su libro.» ¡Eso fue lo único que me contestó! Entonces me fui a un café, estaba desesperado, me decía: «¿Qué puedo hacer?». Me gustaba bastante ese libro, porque era el fruto de una crisis religiosa y al final encontré un editor o, mejor dicho, un tipógrafo, un impresor, que me dijo: «Yo se lo publicaré». Entonces me marché de Rumania y vine a Francia, el libro salió en mi ausencia en 1937 y tuvo una acogida extraordinariamente negativa; Eliade, por ejemplo, escribió un artículo violento contra ese libro. Mis padres se encontraron en una situación muy delicada; mi madre me escribió a París: «Comprendo tu libro, etcétera, pero no deberías haberlo publicado hasta después de nuestra muerte, pues has colocado a tu padre en una situación muy difícil y también a mí, que soy presidenta de la Asociación de Mujeres Ortodoxas… en la ciudad se burlan de mí». Y entonces me pidieron que les hiciera el favor de retirar de la circulación ese libro, pero se había publicado sin editor, por lo que no tuvo difusión. Es un fenómeno típicamente balcánico que resulta difícil de explicar en Occidente, donde la cosas suceden de otro modo. No se difundió, no sé cuál fue su destino, probablemente fuera destruido, al menos la mayoría de los ejemplares. Mi madre comprendió ese libro; me dijo: «Se ve que hay en ti una ruptura interior: por un lado, el blasfemo; por el otro, la nostalgia». (Es absurdo hablar de los padres de uno, pero, en fin, tiene un sentido, pese a todo.) Ese libro fue el desenlace de una crisis que duró siete años, una crisis a base de vigilias. Por eso he despreciado siempre a la gente que puede dormir, cosa bastante absurda, porque yo tenía un solo deseo: dormir. Sin embargo, comprendí una cosa: ¡las noches blancas son de una importancia capital!

En las noches blancas es en las que se produce…

No sólo eso, sino que, además, comprende uno, sobre todo. Mire, la vida es muy sencilla: la gente se levanta, pasa la jornada, trabaja, se cansa, después se acuesta, se despierta y vuelve a empezar otra jornada. El extraordinario fenómeno del insomnio hace que no haya discontinuidad. El sueño interrumpe un proceso. Pero el insomne está lúcido en plena noche, en cualquier momento, no hay diferencia entre el día y la noche. Es como un tiempo interminable.

¿Vive el insomne en otra temporalidad?

Absolutamente; es otro tiempo y otro mundo, ya que la vida es soportable sólo gracias a la discontinuidad. En el fondo, ¿para qué dormimos? No tanto para descansar cuanto para olvidar. El tipo que se levanta por la mañana después de una noche de sueño tiene la ilusión de comenzar algo. Pero, si velas toda la noche, no empiezas nada. A las ocho de la mañana estás en el mismo estado que a las ocho de la noche y toda la perspectiva sobre las cosas cambia necesariamente. Me parece que, si nunca he creído en el progreso, si nunca me he dejado engañar por esa estafa, ha sido también por eso.

¿Se trata de un tiempo en el que se ve el mundo en sentido negativo?

Sí, negativo o positivo, como se quiera, pero se tiene otra sensación del tiempo. No es el tiempo que pasa, es el tiempo que no pasa. Y eso cambia nuestra vida. Por eso considero que las noches blancas son la mayor experiencia que podemos tener en la vida, te marcan para el resto de la existencia. Se comprende perfectamente por qué en tiempos la tortura —ahora creo que ya no existe— consistía en impedir dormir a los acusados: al cabo de algunas noches, ¡lo confesaban todo! El secreto del hombre, el secreto de la vida, es el sueño. Es lo que hace posible la vida. Estoy absolutamente convencido de que, si se impidiera a la humanidad dormir, habría matanzas sin precedentes, la historia se acabaría. Ese fenómeno me abrió los ojos para siempre, por decirlo así. Mi visión de las cosas es el resultado de esas vigilias, las «vigilias del espíritu», podríamos decir, es presuntuoso, pero, en fin, es un poco así. Y —fenómeno muy curioso— mi adoración por la filosofía, por el lenguaje filosófico —me volvía loco la terminología filosófica—, esa superstición, pues lo es, fue barrida por las vigilias, porque vi que eso no podía ayudarme, no me permitía soportar la vida, sobre todo por las noches. Así perdí mi fe en la filosofía.

Pero hizo usted muchos amigos en el mundo de las Letras…

Sí, absolutamente. Eso ocurrió en el momento en que la filosofía no podía ayudarme, en que los filósofos no tenían nada que decirme. De todas formas, prefiero a los escritores; para mí, Dostoyevski es el mayor genio, el mayor novelista, todo lo que se quiera, todos los superlativos. He leído muchísimo a los rusos, Chéjov, naturalmente.

¿Cuándo comenzó a leer a Dostoyevski?

Lo he leído desde siempre. Pero lo comprendí un poco más adelante. En el periodo de las noches blancas fue cuando comprendí Los poseídos. En todo caso, sólo me gustaban los grandes enfermos, a decir verdad, y, para mí, un escritor que no está enfermo es casi automáticamente un tipo de segundo orden.

Su libro sobre las lágrimas y los santos es muy dostoyevskiano, con esa concepción de la mujer a la vez puta y santa…

Sí, en efecto. Voy a contarle por qué tuvo ese libro cierta importancia en mi vida. Estaba en Brasov y aquél fue el único año de mi vida en que llegué a trabajar… Era profesor de filosofía en el instituto, pero pronto me resultó imposible esa profesión; sólo pensaba en una cosa: en abandonarla e ir a Francia para escapar a aquella situación. Mi paso por el instituto de Brasov fue en verdad catastrófico, tuve follones con mis alumnos, los profesores, el director… en una palabra, con todo el mundo. Por fin conseguí marcharme a París, pero —como ya le he dicho antes—, cuando se publicó mi libro sobre los santos, todo el mundo se desató contra mí. Salvo una joven armenia de diecisiete años que me escribió una carta conmovedora. Así, pues, fue un fracaso que me hizo comprender definitivamente que, si bien tenía una inquietud religiosa, no por ello iba a tener nunca fe. En el fondo, perdí una ilusión capital… Releí a los místicos, pero lo que me gustaba de ellos era su faceta excesiva y sobre todo el hecho de que hablaran de Dios de hombre a hombre, podríamos decir… En cuanto a mí, en vano me atormentaba, la fe seguía siendo una imposibilidad. Incluso actualmente no puedo decir que tenga una mentalidad totalmente arreligiosa, lo que veo es una imposibilidad para creer. La creencia es un don. Desde luego, hay muchas personas que mantienen un equívoco al respecto, pero para mí es imposible.

Por tanto, en aquel momento los filósofos místicos eran ya para usted más importantes que un Hegel o un Kant…

Infinitamente más. Santa Teresa de Avila desempeñó un papel muy importante en mi vida y la biografía de Edith Stein me conmovió profundamente… ¿Sabe usted cómo se convirtió? Un día fue a casa de una amiga filósofa y, como ésta le había dejado una nota en la que le decía que regresaría al cabo de una hora, Edith Stein, mientras esperaba, se encontró con la vida de Santa Teresa de Avila y se quedó completamente prendada… Ese es el origen de su conversión. Ahora bien, en todos los artículos sobre Edith Stein se asombran de ello y lo consideran muy curioso, pero en absoluto lo es: Teresa de Avila tiene un tono que efectivamente te conmueve… Evidentemente, yo no me convertí, porque no tengo vocación religiosa; Santa Teresa me enseñó muchísimo, yo me sentí «literariamente» conmocionado, pero con la fe se nace… Yo puedo pasar por todas las crisis, salvo la fe misma, que es una crisis también, pero una forma de crisis que no es la mía. Es decir, que puedo conocer la crisis, pero no puedo conocer la fe. Yo sentía una admiración sin límites por Teresa de Avila, por su fiebre, por la faceta «contagiosa». Pero no estaba hecho para la fe; sigue siendo para mí una de las personas más atractivas; hice el ridículo incluso, porque en aquella época no hablaba de otra cosa que de ella dondequiera que fuese.

Aquí tenemos a un hombre que no oculta sus pasiones…

Sí, es cierto. Pero más que apasionado, soy obseso. Tengo que agotar las cosas. No son los argumentos los que pueden hacerme cambiar de opinión, sino únicamente la fatiga, el agotamiento de una obsesión. Eso tiene relaciones con la fe. Pero considero que lo importante en la vida son los encuentros, las cosas pequeñas aparentemente. Siempre he sido muy sensible, siempre he hablado con desconocidos y he aprendido muchísimo con esos encuentros: eso es lo principal. Y sobre todo siento debilidad por los tipos un poco trastornados. En Rumania, de entre los sesenta mil habitantes de Sibiu conocía a todos los tipos un poco tarados.

A los poetas también.

A los poetas también, forman parte de ese grupo… Y tampoco hay que olvidar un fenómeno muy balcánico: el fracasado, es decir, un tipo muy capaz, pero que no se realiza, el que promete todo y no cumple sus promesas. Mis grandes amigos en Rumania no eran en modo alguno escritores, sino los fracasados. Sobre todo hubo un hombre que ejerció una enorme influencia en mí, un tipo que había estudiado teología y tenía que haber sido sacerdote: sólo, que, para eso, tenía que casarse. El domingo de la boda, cuando todo el mundo estaba esperándolo, se dijo a sí mismo que era una locura y desapareció. Lo esperaron durante todo el día en la iglesia, pero había desaparecido, sencillamente, y no volvieron a verlo durante meses. Tuvo una gran influencia en mí. No tenía ningún don, no podía escribir y leía muy poco, pero su conocimiento de la naturaleza humana, su psicología innata, eran, sencillamente, extraordinarios. Nunca lo vi equivocarse sobre nadie. Era de una lucidez absoluta, criminal y agresiva. Yo lo frecuentaba regularmente y uno de los recuerdos más destacados de mi vida es una noche que pasamos juntos en Brasov, hasta las cinco de la mañana, por la calle. Pasamos toda la noche vagabundeando y, al final de aquella conversación, sentí vértigo, porque lo habíamos destruido todo juntos, absolutamente todo. Y él era mucho más fuerte que yo en la negación, más fuerte con mucha diferencia. Me contó también muchos secretos de su vida que no había revelado a nadie. No quiero decir que yo le deba mucho directamente, pero fue, a pesar de todo, un interlocutor muy importante para mí, porque con él comprendí hasta dónde se puede llegar. En la negación, él había llegado verdaderamente hasta el límite.

¿Y la negación de usted prosiguió en los libros?

En los libros, pero no sólo en ellos. Para mí, en todo caso, aquel hombre representaba un caso desesperado y peligroso de lucidez. En el fondo, la lucidez no es necesariamente compatible con la vida, incluso no lo es en absoluto. Esa clase de negación puede llegar más allá del suicidio, es en verdad la nada, se llega a la conciencia absoluta de la nada. Y eso no es compatible con la existencia, hay que decirlo. En esos momentos sólo te queda la alternativa entre suicidarte o hacerte religioso o hacer yo qué sé qué; es un límite extremo al que he tenido acceso varias veces en mi vida, pero nunca con la intensidad de aquel hombre. Lo que era muy curioso era que se trataba de un tipo muy grueso, que daba la impresión de ser muy próspero y sereno. Me demolió a todo el mundo, a todos nuestros amigos comunes, todo, todo, todo. No era malvado, no era un cabrón, pero estaba incapacitado para abrigar la menor ilusión sobre nada. Eso representa también una forma de conocimiento, pues, ¿qué es el conocimiento, en el fondo, sino la demolición de algo?

¿El conocimiento nocivo?

No sólo el conocimiento nocivo; todo conocimiento llevado hasta sus últimas consecuencias es peligroso y nocivo, porque —hablo de la vida misma y no de los llamados conocimientos filosóficos— la vida es soportable únicamente porque no llegamos hasta las últimas consecuencias. Sólo si se tiene un mínimo de ilusiones, es posible una empresa; de lo contrario, no es posible, y una amistad tampoco. La lucidez completa es la nada. Voy a ponerle un ejemplo para mostrarle la faceta demoniaca de mi amigo. Un día yo me había enamoriscado de una muchacha. El había visto que yo estaba muy seducido por ella y me dijo: «Es absolutamente insensato». Yo acababa de conocerla, fue un flechazo, él lo sabía, pero continuó: «¿Le has visto la nuca?». Yo respondí que no había comenzado por ahí. «Mira bien», me dijo y, aunque me pareció una imbecilidad total, una mezquindad inaudita, lo hice, a pesar de todo, miré y descubrí un grano en su nuca: me había mandado todo por el aire. Aquello me impresionó terriblemente, ese demonio que había en él. Era absurdo que ese tipo se hiciera sacerdote y él debió de sentirlo inconscientemente para largarse el día de su boda. Tenía una visión negativa de la vida, pero la visión negativa de la vida no es necesariamente un falso conocimiento, es una forma incompatible con la vida misma.

¿No es ese tipo un puro producto del mundo balcánico?

Es evidente, por su desmesura. Se llega demasiado lejos. Occidente, la civilización francesa, toda la idea de la cortesía, ¿qué es? Son límites que se aceptan como resultado de la reflexión. No hay que ir muy lejos —no vale la pena—, es de mal gusto. Pero en los Balcanes no se puede hablar de civilización; no hay criterios. Te ves conducido hacia el exceso y el mundo ruso, la literatura rusa, son más o menos lo mismo. Por ejemplo, yo soy muy sensible al fenómeno del tedio. Me he aburrido toda mi vida y la literatura rusa gira en torno al aburrimiento, es la nada continua. Yo mismo he vivido el fenómeno del tedio tal vez de forma patológica, pero lo he hecho porque quería aburrirme. El problema es que, cuando te aburres en todas partes, estás perdido, ¿no?

¿Forma parte el tedio en ese sentido de esa categoría de la temporalidad que es otra, diferente?

Sí, exacto, porque el tedio está, a fin de cuentas, centrado en el tiempo, el horror del tiempo, el miedo del tiempo, la revelación del tiempo, la conciencia del tiempo. Quienes no son conscientes del tiempo no se aburren; la vida sólo es soportable si no somos conscientes de cada momento que pasa; de lo contrario, estamos perdidos. La experiencia del tedio es el conocimiento del tiempo exasperado.

Quisiera pedirle —antes de que me hable de su llegada a Francia— que me contara algo a propósito de otra experiencia importante vivida en Rumania: la ocupación húngara y su corolario de angustias para un niño rumano, como la figura del guardia húngaro.

Como ya he dicho, yo vivía en un pueblecito y ese policía que representaba la autoridad nos daba miedo. Eso nada tiene que ver con el nacionalismo, yo era un niño entonces, pero ese tipo en uniforme que no hablaba rumano era una presencia extraña en un pueblo de montaña. No correspondía en absoluto a los sentimientos de mis padres, que habían hecho sus estudios en húngaro. El nacionaliismo no tenía las proporciones que iba a adquirir más adelante:, ya que en el Imperio austrohúngaro había algo que podríamos llamar la superstición de la legalidad. En la base había algo qiue no funcionaba, pero en el desarrollo cotidiano había, sin embargo, el respeto del otro. No era, a decir verdad, una tiranía, era otra cosa; era el hecho de que hubiese seis pueblos viviemdo en la misma región y uno de ellos hubiera pasado a ser la ¡autoridad: ése era el problema y no tenía nada que ver con ell odio. Es mucho más complejo que la imagen del guardia húngaro que daba miedo a un niño pequeño. Transilvania sigme siendo un fenómeno aparte en Rumania. Cuando yo vivía allí, ¡formaba parte de un imperio que no estaba del todo mal!

En su época rumana, ¿hubo lecturas importantes para usted en rumano? Le hago esa pregunta porque, antes de comenzar nuestra conversación, estábamos hablando de George Bacovia…

Personalmente, nunca me he interesado por la literatura rumana; por Bacovia, si, porque era muy conocido. En todo caso, en Rumania, lo único original era la poesía y yo en aquella época leía sobre todo a los filósofos.

¿Fue en aquella época cuando conoció a Mircea Eliade?

Sí y recuerdo que acababa de regresar de la India. Era el único rumano que había ido a ese país y aportaba algo completamente nuevo para nosotros, algo importante. En aquella época éramos amigos, mucho más que en época posterior. Entre nosotros hubo un conflicto) bastante grave en público a causa de una mujer. Ahora que ha muerto, puedo contarlo, ¿por qué no? Había una artista metafísica, cosa bastante rara en Rumania, mujer muy apasionada y muy buena actriz. Se había enamorado de Eliade, que era muy joven y acababa de volver de la India… Es una anécdota, pero tiene un sentido, pese a todo. Yo la había conocido en Bucarest y nos habíamos hecho amigos; no me gustaba nada físicamente, resultaba demasiado campesina para mi gusto, campesina ruso-moldava, terna cara de campesina rusa, pero era una mujer extraordinariamente interesante y culta. Estaba loca por Eliade y se dieron cita en Sibiu. Ella había llegado a Sibiu con diez días de antelación y, mira por dónde, Eliade me envió un telegrama para decirme que no iba a venir. Ella se desmayó delante de mí y pensé de verdad que iba a morirse. Así, pues, Eliade la había abandonado y lo había hecho de forma balcánica. Después de eso, escribí un artículo muy violento contra Eliade, cuyo significado nadie comprendió, como una ejecución.

Pero, ¿lo comprendió Eliade?

Totalmente, ésa era la razón misma del artículo. Ese texto no lo he reeditado nunca, pero aludo a él en mi libro Ejercicios de admiración, en el que hablo también de Eliade. Aquello creó entre nosotros algo que era menos que una ruptura, pero, a pesar de todo, algo muy serio. Yo había intervenido a propósito de algo muy delicado y mi artículo minimizaba tanto su obra como su persona, todo, todo.

Lo profundo en esa anécdota es que revela hasta qué punto todo escrito oculta una voz subterránea…

Todos nuestros actos tienen su intríngulis y eso es lo que es psicológicamente interesante, sólo conocemos la superficie, el aspecto superficial. Accedemos a lo formulado, pero lo importante es lo no formulado, lo implícito, el secreto de una actitud o de una afirmación. Por eso, todos nuestros juicios sobre los demás, pero también sobre nosotros mismos, son parcialmente falsos. La faceta mezquina está camuflada; ahora bien, la faceta mezquina es profunda y podríamos decir que es lo más profundo que hay en las personas y lo que nos resulta más inaccesible. Por eso, las novelas son una forma de camuflar, de exponerse sin declararse. Los grandes escritores son precisamente los que sienten esas «interioridades», sobre todo Dostoyevski. Revela todo lo profundo y aparentemente mezquino, pero es más que mezquino, es trágico; ésos son los verdaderos psicólogos. Yo conozco a mucha gente que ha escrito novelas y ha fracasado —incluso Eliade escribió muchas novelas y fracasó—, ¿por qué? Porque sólo expresan los fenómenos de la superficie y no el origen de los sentimientos. El origen de un sentimiento es muy difícil de captar, pero eso es lo importante y es aplicable a todo fenómeno: la fe religiosa, etcétera. ¿Cómo ha comenzado? ¿Por qué continúa? Eso es lo que está en juego y sólo quien tiene dotes adivinatorias puede ver de dónde procede. Y no procede del razonamiento.

Y en sus lecturas, ¿va usted en busca de ese «origen»?

Sí y en mi vida también. Lo formulado no es sino una parte del pensamiento; su parte verdadera se nos escapa muchas veces, casi siempre. Por eso hay tan pocos novelistas verdaderos; todo el mundo puede escribir una novela, pero no se trata sólo de escribirla. Dostoyevski es para mí el único que llegó hasta los orígenes de los actos; se ve muy bien por qué sus personajes hicieron esto o lo otro, pero no inmediatamente. Mi actitud nada tiene que ver con el psicoanálisis, en absoluto, pues éste pretende curar, pero lo interesante no es eso. Lo que importa es el demonio que vive en las personas… pero, ¿cómo captarlo?

¿Y cómo lee usted la poesía? ¿Partiendo de ese tipo de premisas?

Desde luego. ¿Por qué un tipo es buen poeta y otro no? ¿Cuando en realidad el otro es más sutil? ¿Por qué no resiste la poesía? Porque lo que constituye el origen de los actos, lo profundo, no pasa; es brillante, es notable, es poético, pero nada más. ¿Por qué otro que tiene menos talento es un poeta mayor? ¿Por qué un tipo es un genio, es decir, más que un talento? Porque consigue transponer algo que se nos escapa y que se le escapa incluso a él mismo. Por tanto, es un fenómeno que sigue siendo misterioso. En el momento actual hay mucha gente que escribe aforismos, se ha vuelto como una moda en Francia. Si los lees, no están del todo mal, pero se agotan las fórmulas, no tienen prolongación. Y no hay necesidad de profundizar, no hay nada que hacer, es una confesión sin secretos. No esconde nada, pese a que todo está bien formulado en ellos, tiene un sentido, pero sigue careciendo de futuro. Lo que constituye el secreto de una persona no lo sabe uno mismo. Y a eso se debe el interés de la vida, del comercio entre las personas; de lo contrario, se acaba en un diálogo de monigotes.

Pero eso se complica mucho en su caso, dado que usted percibe ese hecho con tanta lucidez. ¿Cómo escribir? ¿Cómo decir algo para no decirlo?

Sólo se dice siempre una parte de lo que se quiere decir. El tono es muy importante. Se tiene un tono, no sólo como músico, sino en general, en todo lo que se hace. Con frecuencia hay una falta de tono, falta el tono, sencillamente, y resulta en verdad muy misterioso, pues no podemos definirlo, tan sólo podemos sentirlo. Abres un libro, por ejemplo, lees una de sus páginas, que, sin embargo, es notable, ¿por qué no te dice nada? Y, sin embargo, no es algo nulo, pero no se sienten sus prolongaciones. No se sabe de dónde emana ese tono tan misterioso, hay como una irrealidad en todo lo que es literatura. Es lo que se llama la falta de necesidad… pero, ¿por qué esa falta de necesidad? En el comercio cotidiano con las personas es lo mismo. Te encuentras con alguien a quien no has visto desde hace mucho; hablas durante horas, pero es la nada. Encuentras a otra persona, habláis y vuelves a casa conmovido. Esa es la verdadera originalidad de las personas, lo que esconden y que se trasluce, pese a todo, en lo que dicen.

¿Es como la música?

Exactamente como la música. Y, para mí, con la gente que dice: «Para mí la música no significa nada», considero que se acabó, no necesito continuar, es algo sumamente grave, porque la música afecta precisamente a eso, a lo más íntimo de alguien. Con quien no siente la música no tengo punto común alguno, es de una gravedad sin nombre y como una maldición de la que el tipo no es consciente.

Hablando de música, en su caso hay que pensar en seguida en Bach, a quien ya ha mencionado…

Bach es un dios para mí. Me resulta inconcebible que haya gente —y, sin embargo, la hay— que no entienda a Bach. Creo que la música es en verdad el único arte que puede crear una complicidad profunda entre dos personas. No es la poesía, es sólo la música. Alguien que no sea sensible a la música padece una imperfección enorme. Es inconcebible que alguien pueda no ser sensible a Schumann o a Bach, mientras que admito perfectamente que alguien pueda afirmar que no le gusta la poesía, pero, en el caso de la música, es otra cosa, es algo muy grave.

¿Cuándo escucha usted música?

Siempre, sobre todo ahora que no escribo. He dejado de escribir, considero que no vale la pena continuar, pero esa esterilidad queda compensada con la música. La vida sin la música es verdaderamente un absurdo para mí. Pero no hay necesidad de escribir, dado que no se puede transcribir con palabras una sensación de carácter musical. Por tanto, nada de lo que da sentido a la música pasa a la escritura. ¿Y por qué escribir en esas condiciones? Y, no obstante, ¿por qué escribir en general? ¿Por qué multiplicar los libros? ¿Por qué querer a toda costa ser escritor? Por lo demás, todo el mundo escribe demasiado: es el drama desde hace mucho, esa superproducción inútil y absurda, todo el mundo escribe, sobre todo en París. Pero, ¿por qué? Yo mismo pensaba que no iba a escribir o muy poco, pero te dejas atrapar en el juego. Ahora he comprendido que no quería continuar esa comedia. Antes no era una comedia, porque el hecho de escribir correspondía, sin embargo, a una necesidad en cierto modo, era una forma de liberarme de mí mismo. Hay que decir que el único modo de simplificarlo todo es expresarse. En cuanto escribes algo, pierde en seguida todo su misterio, se fastidió; lo has destruido y también a ti mismo. Eso cumplió una función en mí; ahora ya no. He observado que la gente que no escribe tiene más recursos que los que se expresan, porque tienen todo dentro. Pero haber escrito es haber expulsado todo lo importante que había en ti. Por tanto, quien escribe es alguien que se vacía y, al cabo de una vida, acaba en la nada y por eso son tan poco interesantes los escritores. Lo creo en serio, están vaciados de sí mismos y sólo subsisten sus restos, son títeres. He conocido a bastantes escritores y lo que le digo corresponde totalmente a la realidad. Son personas muy brillantes, pero que han perdido su ser.

¿Y alguien como Beckett? ¿Cómo situarlo entre esos escritores a los que trata usted?

Mire, ahora nos vemos mucho menos, pero Beckett es un hombre que siempre está perfectamente lúcido y que no reacciona como escritor. Ese problema no se plantea en él —lo que resulta muy hermoso en su caso—, porque nunca ha reaccionado como un escritor. No es en modo alguno un «embalado» como nosotros, somos todos unos «embalados», él está por encima de todo eso, tiene un estilo de vida propio, es un caso totalmente aparte. Pero, en general, he observado que las personas que han producido demasiado en cualquier terreno son monigotes, al cabo de cierto tiempo. Y por eso las grandes presencias son con mucha frecuencia gente que no ha producido nada, gente que lo ha acumulado todo.

¿Había usted decidido antes de su llegada a Francia no trabajar en este país tampoco?

Sí, de forma ultralúcida comprendí que hay que aceptar cualquier humillación o sufrimiento para negarse a ejercer una profesión, a hacer cosas que no nos gustan y que no pueden gustamos, a ejercer cualquier trabajo impersonal. Sólo habría aceptado un trabajo físico. Habría aceptado barrer las calles, cualquier cosa, ¡pero no escribir, hacer periodismo! Había que hacer cualquier cosa para no ganarse la vida. Para ser libre, hay que soportar cualquier humillación y ése era casi el programa de mi vida. En París había organizado muy bien mi vida, pero no funcionó como había yo previsto. Estaba matriculado en la Sorbona y durante años, hasta la edad de cuarenta años, comí en la universidad como estudiante. Por desgracia, cuando cumplí cuarenta años, me llamaron para decirme: «Mire, ahora se acabó, hay un límite de edad, está fijado en los veintisiete años». Y de pronto todos mis proyectos de libertad se vinieron abajo. Recuerdo que vivía en un hotel muy cerca de aquí, una vieja buhardilla que me gustaba mucho y me dije: ahora la situación es muy grave. Hasta entonces el problema estaba resuelto automáticamente: lo único que hacía falta era matricularse en la Sorbona para comer casi por nada en los comedores universitarios. ¿Qué hacer? Carecía de medios para comer en restaurantes o hacer una vida normal. Tal vez no constituyera un hito en mi vida, pero fue una preocupación extraordinaria. Sin embargo, como había decidido aceptarlo todo, salvo hacer lo que no me gustaba, eso complicaba muchísimo mi vida. Por suerte, aún tenía la habitación de hotel con tarifa mensual, que no costaba casi nada. Yo adoraba de verdad aquella buhardilla muy cerca de aquí, en la Rué Monsieur-le-Prince, y de repente vi que ponían en la calle a todos los que estaban con tarifa mensual, como yo, si bien hicieron una excepción conmigo. Yo conocía al gerente y no se atrevió, pero me dije: un día llegará, conque hay que encontrar otra cosa a toda costa, pues, si no, será el fin. Era en 1960, yo había publicado un libro titulado Historia y utopía y conocía a una señora que trabajaba en el ramo inmobiliario. Le envié mi libro, me prometió ayudarme y tres días después conseguí este apartamento por un precio realmente insignificante, se trata de un alquiler antiguo. No pueden aumentamos el alquiler y yo, que tengo horror a la vejez, me aprovecho en cierto modo de él, si bien creo que es injusto para el propietario. Así conseguí resolver mi problema y todo eso era necesario para vivir sin ejercer una profesión. Pero todo eso se ha acabado, hoy los jóvenes ya no tienen esa posibilidad. Hay jóvenes que vienen a visitarme y que me dicen que les gustaría vivir como yo, pero es demasiado tarde. Cuando yo llegué a París, había habitaciones con tarifa mensual y tantas como se deseara, pero todo eso ha desaparecido, ahora está la cosa difícil.

No obstante, siguió usted trabajando, escribiendo, publica usted mucho en la NRF.

Sí, es verdad. No se puede vivir en modo alguno en el paraíso… o, mejor dicho, de parásito; comprendí que había que escribir y eso correspondía, desde luego, a una necesidad. Conque publiqué mi primer libro en francés —Breviario de podredumbre— y después tenía intenciones poco precisas y me preguntaba ya entonces por qué multiplicar los libros. ¿Por qué? A pesar de todo, de uno sólo quedan algunas frases, ¿no? Pero he de decir que los días son demasiado largos y, además, había también, desde luego, una forma de vitalidad en juego, una necesidad de manifestarse. He sido totalmente desconocido durante treinta años, mis libros no se vendían nada. Acepté muy bien esa condición, que correspondía también a mi visión de las cosas, hasta el momento en que llegaron los libros de bolsillo. Y, personalmente, estoy a favor de los libros de bolsillo, puede parecer paradójico, pero me parece que es la única forma de llegar de verdad a los lectores que se interesan sinceramente por ti. Después viene el mecanismo de toda carrera literaria, pero los únicos años importantes son los del anonimato. Ser conocido es una voluptuosidad, tiene vertientes amargas a veces, pero es un estado extraordinario. A mí, durante años, me presentaban en los salones —porque hubo un tiempo en que me gustaba mucho beber whisky y, como no podía permitirme el lujo de comprármelo, iba a las recepciones— y siempre me presentaban como el amigo de Ionesco y de Beckett. Pero yo aceptaba muy bien esa condición, ¿por qué no? ¿Para qué ser conocido?

¿Por qué decidió usted de repente escribir en francés?

Verá usted por qué. Había decidido no volver nunca más a Rumania. Para mí, había acabado, todo aquello me parecía en verdad el pasado, en el sentido absoluto del término. Estaba cerca de Dieppe, en el mar, en verano, en 1947, en un pueblo, y estaba intentando traducir a Mallarmé al rumano. Y de repente me dije: «Yo no estoy dotado en absoluto para esto», y súbitamente tomé la decisión de escribir en francés, comprendí que debía hacerlo. Hasta entonces, curiosamente, había desatendido el francés, mientras que había estudiado mucho el inglés en la Sorbona y seguí incluso los cursos para las oposiciones de inglés. Mi decisión de escribir en francés —decisión adoptada en un momento— resultó mucho más difícil de realizar de lo que había creído. Fue incluso un suplicio: no el primer chorro, sino la reescritura del libro. Y lo escribí cuatro veces, mi primer libro, e incluso acabé asqueado de escribir. Conque, después de haber escrito el Breviario de podredumbre, yo me decía que no valía la pena seguir atormentándome. Y publiqué Silogismos de la amargura por fatiga. No vale la pena hacer frases, etcétera. Después el proceso continuó, pese a todo, y he de decir también que Paulhan me pedía todo el tiempo que colaborara en la NRF. Yo se lo prometía y después me reconcomía por haberlo hecho, luego quería cumplir con mis promesas y así entré como en un engranaje. Admitía perfectamente estar en la periferia, era totalmente desconocido, pero, a fin de cuentas, no es en modo alguno desagradable. Y así son los años de la vida de un escritor, el escritor sin lectores —que conoce, no obstante, a algunas personas y se acabó—; tiene aspectos desagradables en el plano práctico, pero ésa es la época de la escritura verdadera, porque tienes la impresión de escribir para ti mismo.

¿Hubo también una motivación política que lo impulsara a abandonar el rumano, Rumania?

¿Qué quería usted que hiciera con mi rumano en París? Había roto con Rumania: ya no existía para mí. En Rumania había prometido hacer una tesis, que nunca llegué a hacer. De todas formas, Rumania representaba tan sólo el pasado para mí. Conque, ¿para qué escribir en rumano? ¿Y para quién? Además, lo que yo escribía no habría sido aceptado nunca por el régimen. Ahora sí, aceptan mis escritos y publican sin cesar mis artículos en revistas. Pronto van a publicar un libro que reúne varios de mis escritos, pero sigue habiendo textos que no pueden publicarse en Rumania. Hay una forma de cinismo —son ellos los que lo llaman así— que no pueden aceptar. Si dices que la existencia es un absurdo, lo aceptan, pero, si dices que toda forma de sociedad es absurda, no pueden aceptarlo. Estás libre en el plano metafísico y puedes mandar todo por los aires, pero no en el plano social. El drama de esos regímenes es que hay un optimismo obligatorio. No aceptan lo irremediable; hay cosas que no pueden resolverse, que son propias de la esencia del hombre y de la infamia de la historia. Puedes decir lo que quieras, puedes ser perfectamente budista, cualquier cosa, mientras no toques lo relativo a la sociedad, a la historia.

¿Es verdad que fue usted abierta y fanáticamente antidemócrata al final del decenio de 1940?

Mire, hay otra cosa, verá usted, la democracia en Rumania no era una democracia de verdad. Yo era antidemócrata, porque la democracia no sabía defenderse. Ataqué la democracia por su debilidad. Era un régimen que no era creíble, porque no tenía el instinto de conservación. Y ataqué a alguien por quien sentía la mayor estima: Juliu Maniu, que encabezaba a los demócratas rumanos. Escribí un artículo en el que decía que Maniu, el mayor demócrata del mundo, debería haber sido jefe de un partido en Suecia, en los países nórdicos, pero no en un país como Rumania. La democracia debe defenderse con todos los métodos y dar prueba de vitalidad. Pero Maniu luchaba sólo con conceptos puros y esos conceptos no tienen la menor posibilidad en los Balcanes. La democracia fue de verdad deficiente en Rumania, no estuvo al nivel de la situación histórica. No se puede seguir a gente así, es la utopía encarnada en los Balcanes, no es posible. Hubo democracia en Rumania, el partido liberal de Maniu, pero en las situaciones difíciles esa clase de partido no resiste el embate, quedaron completamente superados por la historia.

¿Y la democracia occidental?

En Occidente hay, a pesar de todo, cierto automatismo, porque la democracia nació aquí, puede sobrevivirse a sí misma. No se sabe, puede desmoronarse, no es del todo seguro. El drama del liberalismo y de la democracia es que en los momentos graves están perdidos. Ya se ha visto. La carrera de Hitler, el dictador, es el resultado de la debilidad demócrata, es únicamente eso. La historia de Hitler es muy sencilla.

¿Fueron esas reflexiones relativas a la democracia un punto de partida para su concepto de utopía?

Sí, el libro que escribí sobre Historia y utopía es también una reflexión sobre las deficiencias de la democracia. En ese libro digo que el futuro es de Rusia; es un milagro incluso que Rusia no se haya adueñado de toda Europa, pero la historia no ha acabado. Por desgracia, la historia no es sino la sucesión de las grandes potencias, eso es la historia. Rusia está amenazada históricamente por sus éxitos y sólo eso puede salvar a largo plazo al resto de Europa, a las naciones libres del Oeste de Europa.

Habla usted de salvación, pero su perspectiva general de la historia es negativa. ¿Es una visión de la historia como decadencia?

Totalmente. Yo creo que Occidente sólo puede salvarse si China llega a ser una gran potencia y Rusia la teme. Pero, si la situación continúa así, Occidente cederá a la presión rusa. Si hay una lógica de la historia, una lógica cínica, desde luego, es la de que Rusia debe adueñarse de Europa. No obstante, hay excepciones en la historia y el despertar de Asia puede salvar a Europa.

¿Cuál es el puente en su pensamiento entre el individuo y la historia, dado que el yo es la medida de todo, pero se encuentra sumergido por la propia historia? A juzgar por lo que usted dice, no parece haber un vínculo verdadero entre el individuo y la sociedad. Entonces, ¿cómo se hace esa vinculación?

Se hace muy mal, se hace mediante el malestar. No hay puente y la enfermedad se vuelve la «solución», eso es seguro. Hay que ser lúcido como individuo, pero sabiendo que el exceso de lucidez vuelve la vida insoportable. La vida sólo es soportable si no se sacan las últimas consecuencias.

¿Es el pensamiento indio el que, por decirlo así, ha penetrado en su obra? El Nirvana, del que habla usted con frecuencia… ¿indica una renuncia respecto de la lucidez y la nostalgia de una filosofía del sueño?

Estoy también más allá de eso, pero desempeñó, efectivamente, un papel importante hace unos diez años, ese entusiasmo por el budismo. Siempre he sido un poco budista, si es que se puede ser un poco. A decir verdad: si pudiera elegir, si tuviese que optar por una religión de entre todas, sería budista. Dejando aparte algunos puntos, el budismo me parece aceptable e incluso confortable.

Pero, ¿se puede elegir lúcidamente una religión?

Por afinidad secreta se hace, pese a todo, esa elección, hay puntos muy precisos como la visión del sufrimiento, que acepto, pero la transmigración u otros aspectos del budismo, ¿cómo aceptarlos? Hay que pertenecer a una tradición para poder subscribir ese tipo de cosas. Hay que compartir cierto estilo de pensamiento, de concepción del mundo. ¿Cómo creer en la metempsicosis, en las etapas de la vida, por ejemplo? Los dogmas no son aceptables, pero el espíritu sí, totalmente. Todo lo que el budismo observa sobre el sufrimiento, sobre la muerte, etcétera, es aceptable, la vertiente negativa, y esa vertiente es la que determinó a Buda a abandonar el mundo. Además, es, a pesar de todo, la religión que pide menos fe. El cristianismo o el judaismo exigen cosas muy precisas y, si te niegas a creerlas, estás perdido, se acabó; el budismo, no, admite la transacción. Las razones que movieron a Buda a abandonar el mundo, podemos aceptarlas sin dificultad, a condición de tener el valor de sacar las últimas consecuencias. El budismo no te pide ninguna confesión, ningún reconocimiento, y por eso está a punto de suplantar al cristianismo. Puede llegar a ocurrir, sobre todo en Francia, donde me deja estupefacto el número cada vez mayor de personas que, según veo, sólo creen en el budismo. Y eso va a continuar.

Cuando se conoce su obra, resulta difícil imaginar que haya usted viajado. ¿Me equivoco?

Tiene usted razón: he viajado poco. Conozco sólo algunos países y sobre todo ya casi no viajo. La última vez que viajé fue a Grecia, me habían invitado y acepté, en vista de que me pagaban el viaje. He de decir que, de todos modos, he viajado mucho en bicicleta —siempre he sentido una gran pasión por la bicicleta— y fui incluso a Inglaterra en bicicleta. Entonces era más joven. La bicicleta me daba la extraordinaria posibilidad de estar fuera; estás en un país y al mismo tiempo estás en marcha. He hablado mucho con la gente en mis viajes en bicicleta. He recorrido toda Francia en bicicleta y he conocido a muchísima gente, el pueblo y no los intelectuales. Para mí eso era un gran placer. Con frecuencia me he sentido profundamente conmovido por personas que no han abierto nunca un libro.

¿Sigue usted paseando mucho?

Sí, desde luego.

¿Y va usted con frecuencia a los cementerios?

Con frecuencia, no. Siento, cierto es, debilidad por los cementerios, pero ahora ya no son hermosos, están sobrecargados. Cuando veo a amigos, pero también a desconocidos, que pasan por momentos de angustia, de desesperación, sólo tengo un consejo que darles: «Vete veinte minutos a un cementerio y verás como, aunque tu pena no se disipará, desde luego, casi la superarás». El otro día me encontré con una muchacha a la que conozco, una joven desesperada por una pena de amor, y le dije: «Mira, no estás lejos de Montparnasse, ve allí, paséate durante media hora y verás como tu desdicha te parecerá tolerable ». Es mucho mejor que ir a un médico; no hay medicamento contra ese tipo de dolor, pero un paseo por el cementerio es una lección de sabiduría, casi automática. Yo mismo he practicado siempre métodos semejantes: no parece demasiado serio, pero es relativamente eficaz. ¿Qué le vas a decir a alguien que es presa de una profunda desesperación? Nada o casi nada. Pero allí se ve de qué se trata. Aunque pueda parecer curioso, yo soy bastante compasivo, soy muy sensible a la desesperación de la gente. Siempre he ayudado a la gente, mucho más de lo que pueda creerse. Alguien que no está acostumbrado a la desesperación se encuentra de pronto en una situación extrema y completamente inhabitual que no comprende y no puede explicarse. Por mi parte, siempre he intentado dar consejos, pero consejos prácticos, que ofrecen la posibilidad de cambiar de perspectiva completamente. La única forma de soportar de verdad esa clase de vacío es tener conciencia de la nada; de lo contrario, la vida no es soportable. Pero, si tienes conciencia de la nada, todo lo que te ocurre conserva sus proporciones normales y no adquiere las proporciones dementes que caracterizan la exageración de la desesperación.

¿Es como una solución «catártica» lo que usted recomienda con eso?

Desde luego. Hay que saber ver lo que uno es. Yo he conocido, por ejemplo, a muchos jóvenes escritores que, al no tener éxito, querían suicidarse, cosa que, a fin de cuentas, comprendo. Pero es muy difícil calmar a alguien que ha llegado a ese punto. Lo terrible en la vida es el fracaso y no falta precisamente, en todo el mundo. Eso es lo que más nos salta a la vista de la gente que conocemos. La mayoría de la gente que viene a verme es presa de una desesperación extrema provocada por el fracaso.

Pero, ¿se saca algo del fracaso? Cuando se sobrevive…

… Es una lección extraordinaria, pero hay mucha gente que no lo soporta y en todos los niveles, entre los criados y entre la gente «importante». Al fin y al cabo, la experiencia de la vida es el fracaso. Los que se ven afectados, sobre todo, son los ambiciosos, los que se organizan un plan de vida, los que piensan en el porvenir. Por eso envío a la gente al cementerio y no resulta inútil en absoluto; basta con ver los resultados. Es la única forma de minimizar una situación trágica, es evidente…

¿Y no la literatura o la poesía?

También, pero en menor medida. Hay que ir sobre todo ante la tumba de un amigo: ahí es donde se comprende. En la vida se aprende todo, salvo a superar esa clase de experiencia y sobre todo el medio literario se caracteriza por enormes decepciones.

Desde muy joven ya previo usted esos fenómenos, al pensar en la muerte, el fracaso, la desesperación…

No cabe duda y mi primer libro, Pe culmile disperárii, trataba ya de esas cosas; todo lo que he escrito posteriormente figuraba ya en él. Se ha reeditado en rumano, pero es un libro muy mal escrito, sin estilo alguno, un libro excesivo; sin embargo, contiene todo mi pensamiento. No se puede traducirlo, porque carece del menor rigor, es el estilo rumano, todo se va a paseo, pero la obsesión del suicido está ya en él. Todo mi drama está en él, las vigilias, etcétera.

Ese libro fue la erupción de la llaga abierta que era esa larga vigilia de la que ya ha hablado usted. ¿En qué momento pudo superar esa situación?

Hasta siete u ocho años después no empezó a disiparse y lo que me curó fue irme a recorrer Francia en bicicleta. Durante los meses que pasé recorriendo Francia, dormía en los albergues de juventud y el esfuerzo físico, los cien kilómetros al día que hacía, me permitió superar esa crisis. Cuando haces todos esos kilómetros al día, tienes que dormir por la noche, no hay otra opción; si no, no puedes continuar. No fueron, pues, reflexiones filosóficas las que me curaron, sino el esfuerzo físico, que al mismo tiempo me daba placer. Estaba todo el tiempo fuera y así comprendí también a Francia, hablando con la gente sencilla, con los obreros, los campesinos. Fue una experiencia muy fecunda para mí.

Pero, ¿estaba ya hecha su visión del mundo?

Sí, pero la base patológica disminuyó; mi visión estaba formada, desde luego, pero pudo perder su carácter puramente enfermizo, porque, en cuanto pude dormir, cerrar los ojos por unas horas, ya no era la misma tensión. Esa tensión tenía que disminuir, porque la vida demasiado intensa es insoportable a la larga.

Entonces, ¿no ha necesitado usted nunca droga alguna para tener experiencias «intensas», como Michaux, por ejemplo?

En absoluto. Nunca comprendí por qué utilizaba Michaux productos químicos para tener sus «revelaciones». Nunca estuve de acuerdo con él a ese respecto, sobre todo si tenemos en cuenta que las experiencias de Michaux eran muy razonables y sin riesgo, pues las emprendía únicamente con el fin de describirlas. No vale la pena y me parece que se trata del aspecto perecedero de su obra; nunca se lo dije, porque éramos muy amigos y no quería herirlo. O se conocen esa clase de etapas por una fatalidad en cierto modo o no hay nada que decir; hay algo absolutamente artificial en esos procedimientos y Michaux tenía algo de médico, una faceta científica muy pronunciada. Iba con mucha frecuencia a ver películas científicas que eran terriblemente exasperantes. En la época en que vivía muy cerca de mi casa, me llevaba con frecuencia a ver películas científicas sobre cualquier cosa, que me aburrían mortalmente. Tenía esa inclinación científica, algo propio de un gran químico o un gran médico. Pero un poeta no tiene por qué emplear procedimientos científicos.

Ha dicho usted que ya no escribe. ¿Cree usted que seguirá así?

No lo sé, pero es muy posible que no vuelva a escribir. Me horroriza ver todos esos libros que se publican… esos autores que publican al menos un libro al año… es nocivo, no está bien. Creo que no hay que escribir, hay que saber renunciar. Ahora ya no me divierte, en cierto sentido. Es necesario un mínimo de entusiasmo, tiene que haber una aspiración. Cuando te pones a escribir un libro, hay como una complicidad, como si el libro fuera exterior a ti, es una forma de conspiración entre dos y ahora ya no le veo interés. Me digo que estoy harto de echar pestes contra el mundo y contra Dios, no vale la pena.

Pero, ¿sigue usted echando pestes con el pensamiento?

Menos, lógicamente menos. Hay como una resignación que es fruto de la edad y ahora la fatiga es un estado muy real que hay que tener en cuenta. Siempre se puede escribir y decirlo todo, pero es que, precisamente, no hay que decirlo todo. No obstante, de un autor sólo quedan algunas frases. Se puede escribir, pero, si ese acto ya no corresponde a una necesidad interior, es mera literatura. Eso es lo que yo no quiero, tal vez porque siempre he creído —es mi faceta ingenua— en lo que escribía; no está bien e incluso está en contradicción con mi visión de las cosas, pero, en fin, mala suerte. No hay que hacer trampa, pero en lo absoluto, ¿qué importa hacer trampa? Se puede tener la conciencia de la nada, pero no pueden extraerse todas las consecuencias de ella. Es evidente que, si se tiene la conciencia de la nada, es absurdo escribir un libro, es ridículo incluso. ¿Por qué escribir y para quién? Pero hay necesidades interiores que escapan a esa visión, son de otra naturaleza, más íntimas y más misteriosas, irracionales. La conciencia de la nada llevada hasta sus últimas consecuencias no es compatible con nada, con ningún gesto; la idea de fidelidad, de autenticidad, etcétera… todo se va a paseo. Pero, a pesar de todo, queda esa vitalidad misteriosa que te impulsa a hacer algo. Y tal vez sea eso la vida, sin pretender emplear palabras grandilocuentes, es que hacemos cosas a las que nos adherimos sin creer en ellas, sí, es eso más o menos.

CIORAN, E.M., Conversaciones. Trad. de Carlos Manzano. Barcelona: Tusquets, 1996, p. 221-246.