“De la vacuidad como nota esencial del sentimiento de muerte: algunas anotaciones desde el pensamiento de E.M. Ciorán” (Alexander Aldana-Piñeros y Edgar Javier Garzón Pascagaza)

Revista Educación y Desarrollo Social, 10(2), Universidad Militar Nueva Granada, Bogotá, Colombia, 2016, p. 216-233.

Resumen: Pensar en el sentimiento de vacuidad con relación a la existencia humana, a la propia vida, nos remite a recapacitar en lo más entrañable, lo más querido, y también en lo que puede ser más lejano, adusto, áspero o desagradable. Se trata de asumir nuestras realidades desde caras diferentes como el gozo y la alegría, el dolor y el desamparo, porque al fin y al cabo ¿Qué es el hombre sino contradicción pura, un eterno vacío?
Palabras clave: Ciorán; vacuidad; existencia; sentimiento de muerte; dolor.

Abstract: Think of the feeling of emptiness in relation to human existence, life itself, refers us to think about what more lovely, in the most dear and also in what may be more distant, dour, rough and / or unpleasant. This is to assume our realities from different sides as the joy and rejoicing, as the pain and helplessness because at the end of the day, what is man but pure contradiction, an eternal void?
Key words: Ciorán; emptiness; existence; feeling of death; pain.

Resumo: Pensar no sentimento de vacuidade em relação à existência humana, à própria vida, remete-nos para refletir no mais íntimo, o mais amado, e também no que pode ser o mais distante, desolado, áspero ou desagradável. Trata-se de assumir nossas realidades a partir de faces diferentes, como o prazer e a alegria, a dor e o desamparo, porque afinal de contas ¿Que é o homem senão contradição pura, um vazio eterno?
Palavras-chave: Ciorán; vacuidade; existência; sentimento de morte; dor.

Para comenzar

Homo sum, humani nihil a me alienum puto– Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno, como afirmara en otrora Publio Terencio. Las consideraciones en torno a la existencia del ser humano y del sentimiento de vacuidad en especial, parten de una realidad: solo un humano puede tomar la tarea de reflexionar acerca de lo humano. No es tarea de los dioses, porque la recolección de sus reflexiones se haría desde la mirada de lo divino, no se lograría si se hace desde el punto de vista de los ángeles, porque sufriría del mismo sesgo; esta mirada es privilegio único del ser humano. Esta cita, que abre el capítulo I de la obra de Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, nos recuerda el papel del Hombre con relación a sí mismo. Tal vez por esta razón, Ciorán, en su obra En las cimas de la desesperación, afirma que

“Todo individuo que se plantea seriamente el problema de la muerte no puede evitar el miedo. Y es el temor el que guía a los adeptos de la creencia en la inmortalidad. El hombre realiza un doloroso esfuerzo para salvar —incluso cuando no existe ninguna certeza— el mundo de los valores en medio de los cuales vive y a los cuales ha contribuido, tentativa de vencer el vacío de la dimensión temporal a fin de realizar lo universal” (21, 1996).

El no considerar a ningún otro ser humano como extraño, puede convertirse en un problema hermenéutico más complejo aún. Pero problemático es considerarse extraño y distante de sí mismo, porque parece corresponder a una de las manifestaciones del vacío existencial, que compromete el sentido de la existencia humana. Pero antes que nada, lo que aparece ante nosotros como panorama, es que, aunque “nada de lo humano me es ajeno” o “a ningún otro ser humano considere extraño” y pueda hablar de ello con cierta propiedad, mi condición humana, limitada, perecedera, contingente, no me permite comprender en su totalidad la eventualidades que define lo humano en su expresión vital. Y he ahí la presencia de la vacuidad como manifestación de lo insondable, de aquel grito silencioso que carcome las entrañas de lo más íntimo en el ser humano; aquello que reclama el sentido del sin sentido y que devora las tranquilidades y la paz interior a la que el ser humano apela. Por ello:

El hecho de que yo exista prueba que el mundo no tiene sentido. ¿Qué sentido, en efecto, podría yo hallar en los suplicios de un hombre infinitamente atormentado y desgraciado para quien todo se reduce en última instancia a la nada y para quien el sufrimiento domina el mundo? Que el mundo haya permitido la existencia de un ser humano como yo prueba que las manchas sobre el sol de la vida son tan grandes que acabarán ocultando su luz (12, 1996).

Dicha condición parece vislumbrar el sentimiento trágico de la vida. Desde situaciones estéticas, para citar solo una manera de asumirlo; lo trágico como condición humana parte de la desventura, la tristeza, la melancolía, la situación patética del ser humano que se hace manifiesta con una expresión afectiva sobrecargada, la cual se debe a la condición catastrófica en el ser humano, a los motivos que mueven tal situación, a las fuerzas que la agitan, así como al desplome de las circunstancias personales; todo ello referido de alguna manera en el pensamiento de Ciorán puesto que:

Nada podría justificar el hecho de vivir. ¿Cómo, habiendo explorado nuestros propios extremos, seguir hablando de argumentos, causas, efectos o consideraciones morales? Es imposible, puesto que no quedan entonces para vivir más que razones carentes de todo fundamento. En las fronteras de la vida, sentimos que ella se nos escapa, que la subjetividad no es más que una ilusión y que bullen en nosotros fuerzas incontrolables, las cuales rompen todo ritmo definido. ¿Hay algo entonces que no ofrezca la ocasión de morir? Se muere a causa de todo lo que existe y de todo lo que no existe. Lo que se vive se convierte, a partir de ese instante, en un salto en la nada (10, 1996).

El problema de la persona
La persona como una cuestión vital

Se trata de un problema cuya actualidad convoca la reflexión constante. “Siento que me hallo al borde de la explosión a causa de todo lo que me ofrecen la vida y la perspectiva de la muerte. Siento que muero de soledad, de amor, de odio y de todas las cosas de este mundo. Los hechos que me suceden parecen convertirme en un globo que está a punto de estallar” (10, 1996). A primera vista, parece que la humanidad en este momento de la historia esté más en posición de dar una respuesta a los grandes problemas del hombre. Sin embargo, los interrogantes fundamentales ponen en duda tal posibilidad de respuesta. Las clásicas preguntas ¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? y ¿Cuál es el sentido de la existencia humana? Continúan sin respuesta, y es allí donde residen las posibilidades de adentrarse a la persona como misterio.

Si consideramos el desarrollo actual de las ciencias del hombre, tales como la biología, la fisiología, la medicina, la psicología, la sociología o la ciencia política, desde su contenido y los instrumentos que dichas ciencias disponen para favorecer mejores condiciones de vida a la humanidad, podríamos estar inducidos a pensar que el progreso técnico y científico permite realizar automáticamente una existencia mejor; sin embargo, ello no responde a las inquietudes fundamentales, ni suspende el misterio que ellas entrañan: “Durante toda mi vida he luchado conmigo mismo con la única intención de dejar de hacerlo. Resultado: ninguno. Dichosos quienes ignoran que madurar es asistir al empeoramiento de las propias incoherencias y que ese es el único progreso del que deberíamos poder jactarnos”. (160, 1989). Así, el autor nos coloca en una dinámica de reflexión, en la que es posible incluso se ahonde la profundidad dolorosa que entrañan tales cuestiones… [PDF]