“El Cuaderno de Talamanca, de E.M. Cioran” (Luis Antonio de Villena)

El Cultural, 14/11/2002

Lo extraño será saber por qué este Cuaderno de Talamanca se quedó fuera de los Cuadernos que Cioran iba escribiendo a lo largo de su vida, y cuyo conjunto de anotaciones no difiere demasiado (salvo quizá por ser más espontáneo) del total de la obra cioranesca, que propende al fragmento o al texto breve aunque apretado, pasional, contradictorio, hondo y lírico…

El Cuaderno de Talamanca se escribió entre fines de julio y fines de agosto de 1966, en ese pueblecito de la isla de Ibiza, donde Cioran pasaba unas vacaciones, de las que él mismo se extraña en un apunte, pues no teniendo un trabajo regular, todo podía ser vacaciones. Se nos dice en el prólogo (donde el traductor, Manuel Arranz, traza un pequeño ensayo sobre la muy peculiar y apasionada relación de Cioran con España) que Cuaderno de Talamanca es el fruto de una crisis, que llevó a Cioran -al borde de sus sesenta años- a querer escribir un libro que hubiese titulado Noche de Talamanca y que nunca llegó a realizar. Conjunto, a menudo brillante, de apuntes contradictorios, sobre sus lecturas, la vida y el anhelo de morir, yo diría que Cuaderno de Talamanca no posee nada muy distinto al Cioran de siempre (que a mí suele parecerme espléndido) salvo ciertas anotaciones locales sobre turistas -en general negativas- el clima veraniego de la isla o su paisaje. Y es ahí donde podría estar el germen de esa crisis, no específicamente desarrollada, pero absolutamente cioranesca. Enamorado del paisaje de mar y luna, el silencio nocturno, del primitivismo que aún siente en la isla (aunque ya roto por los aviones y el turismo) Cioran declara al tiempo que detesta el sol y el calor. No concibe la vida lejos del Mediterráneo -siente que ese es su mundo- pero este clima no le sienta bien. Ama Ibiza pero ya no puedo soportar el sol. Por eso cuando se siente desesperado en el continuo insomnio, acude al borde de un acantilado con vocación suicida, y la belleza del paisaje le salva. Se siente ligado a este hermoso y maldito universo. Ahí está todo Cioran, el que se queja del tormento, pero no puede vivir sin él, pues tormento es creatividad y vida, y él ama la vida, como resultado de su afán de muerte… Cioran en estado puro.

Por lo demás (como recuerda Arranz) la España que Cioran amó no es la de hoy ni la de su tiempo. Cioran amó la España del Siglo de Oro y la de Unamuno (uno de sus autores predilectos) la España del desengaño y la decadencia, del esplendor barroco y la mística, de la opulencia y la pobreza, de Santa Teresa y Fray Juan de la Miseria. Una España extrema, como él se sentía. El Cuaderno de Talamanca posee -además de lo dicho- algunas curiosas pinceladas literarias: Amor-odio hacia Borges. Y desdén por Barthes y por toda la crítica lingöística que reinaba en la Francia de aquel momento. Cioran, magnífico y a contracorriente.