“Cioran nos ayuda a vivir” (Javier López Iglesias)

Hoy Es Arte, 26/04/2011

Él, que tanto trajinó con el abandono, fue definitivamente abandonado. La vida le dijo adiós, a él, que había dejado escrito “todo en la vida es despedida”, el 20 de junio de 1995. Ahora hubiera celebrado, -él, tan reacio a celebración alguna-, cien años. Se ha cumplido su centenario y por unos días se rompió el silencio sobre su obra y su figura. Ahora, que el sosiego en el que siempre quiso vivir ha vuelto a posarse sobre su nombre, es hora de regresar al paradójico y luminoso pesimismo/clarividencia de Emil Cioran.

Ajeno y alejado de cualquier escuela o corriente filosófica, aunque Nietzsche, Shopenhauer y Mainländer planean sobre el origen de sus planteamientos, nadie se atreve hoy a rebatir que estamos ante uno de los pensadores más insólitos y provocadores de la segunda mitad del siglo pasado.

“Vivir con la idea del suicidio es estimulante”.

“Dependemos del cuerpo; es como un destino, una fatalidad mezquina y lamentable a la que estamos sometidos”.

“Nunca he intentado ser consecuente conmigo mismo. Nunca he tenido visión de futuro”.

“Una de las experiencias fundamentales de mi vida ha sido el hastío”.

“Nunca he podido ejercer una profesión. Quise ser filósofo y me quedé en aforista; místico, y no pude tener fe; poeta, y sólo llegue a escribir una prosa poética bastante dudosa”.

“Podemos imaginarlo todo, salvo hasta dónde podemos hundirnos”.

“No es posible demostrar racionalmente que es mejor vivir que estar muerto”.

“El amor se inventó para matar el tedio de las tardes de domingo”.

“La soledad absoluta exige la idea de un dios. Dios es la única forma de diálogo posible en medio de la noche. Es el interlocutor inexistente”.

“No hay nada que justifique nuestra decisión de existir”.

Son frases textuales de este hijo de un prelado de la iglesia ortodoxa y de una madre que le confesaría: “Si hubiera sabido que ibas a ser tan infeliz habría abortado”, a lo que él contestó: “Sólo soy un accidente. ¿Por qué debo tomarme en serio?”.

Iconoclasta y transgresor

Nacido el 8 de abril de 1911 en Rasinari (Rumanía), un pequeña población de Transilvania, la tierra tras los bosques, estudió en la Facultad de Letras de Bucarest en donde obtuvo la licenciatura con un trabajo sobre Bergson. En 1936 ganó la Cátedra de Filosofía y un año más tarde, tras solicitar y no obtener una beca en la embajada de España con el propósito de trabajar en nuestro país, se trasladó a París, ciudad en la que residió hasta su fallecimiento.

Transgresor por definición e iconoclasta, Emil Mihai Cioran se declaró siempre, –ahí están sus más de cuarenta libros, 28 de ellos traducidos al español–, profundamente desconcertado entre la maldición de haber nacido y el vicio de vivir. A partir de esos planteamientos estructura una continuada reflexión sobre el vacío y la desesperación, arrancando las máscaras a muchas de las ideas sistemáticamente enraizadas en el pensamiento humano. Aborda sin que le tiemble el pulso temas supuestamente intocables, interroga sobre lo que no debe ser cuestionado y desmitifica. Una y otra vez desmitifica muchos de los temas “sagrados”, tejiéndose un aura de pensador maldito.

Pese a su leyenda de personaje intratable y cruzado de la soledad, quienes le conocieron, entre ellos y de manera muy próxima a lo largo de más de dos décadas el filósofo español Fernando Savater, que le dedicó su tesis doctoral, aluden a su inteligente sentido del humor, a su pasión por la lectura, por la cocina y por las mujeres; a su falta de arrogancia, a su afable paciencia, a su hospitalidad, a la divertida paradoja de su trato personal.

“Siempre le he visto como un estilista y un humorista de raza”, apunta Vidal Foch. “Una persona que, sin pretenderlo en absoluto, fascinaba a quien le trataba, como fascina su sugerente forma de escribir”.

En estos días, ante la tumba del cementerio parisino de Montparnasse en donde yace Cioran, Savater recordaba el consejo que en su momento le había dado: “Vaya veinte minutos a un cementerio y verá que sus preocupaciones no desaparecen, desde luego, pero casi son superadas. Es mucho mejor que ir al médico”, y luego me soltó una de sus breves carcajadas llenas de socarronería. “Él contribuyó a que yo aprendiese que hablar sinceramente de ciertos temas demasiado serios implica el tono humorístico como único modo de evitar la solemne ridiculez”… [+]