“Emil Cioran o la ternura cínica. La letra que calla la muerte” (Esteban Espejo)

I Jornadas de Estudiantes del Departamento de Filosofía, Universidad de Buenos Aires, enero 6, 2013 – enero 7, 2013. [PDF]

I. Aprovechamos la excusa del centenario de su nacimiento para exigir el lugar que Emile Cioran (1911-1995) tuvo en su época como testigo de los problemas filosóficos e histórico-sociales, así como visionario del tiempo que nos toca vivir. Si nuestros contemporáneos son sin saberlo cioranianos, no es por su interrogación exasperante del absurdo de la vida, sino por los actos, pasiones y discursos entre los que subyacen las obsesiones del pensador rumano. Su escritura de fragmentos, breviarios, aforismos y diarios señalaban los márgenes de su tiempo: lo impensable de lo pensable. Como ninguno, él exigió al pensamiento su afuera, ese Adiós a la filosofía: “la filosofía –inquietud impersonal, refugio junto a ideas anémicas– es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida”. Y concluye: “No se puede eludir la existencia con explicaciones, no se puede sino soportarla, amarla u odiarla, adorarla o temerla”.

Nació en Rumania y luego de licenciarse en filosofía fue becado a Francia, donde nunca concluyó la tesis que debía hacer. Excepto las primeras obras que están escritas en rumano, las demás las escribió en francés. Quedó doblemente apátrida: renunció a su nacionalidad y a su lengua materna, que según él fue la mejor condición que puede adoptar un pensador. Su forma de resolver este exilio del pensamiento distó del existencialismo francés y de la concepción heideggeriana de la metafísica; también eligió otra forma expresiva y estética de la línea posestructuralista de, entre otros, Michel Foucault (El pensamiento del afuera), Jaques Derrida (Los márgenes de la filosofía) y Gilles Deleuze (La lógica del sentido), que siguieron la catarata inevitable de construir conceptos, líneas de pensamientos, aunque más no sea en líneas de fuga, deconstrucciones y aporías. Hasta se diferenciaba del Nietzsche “positivo” que entreveía en el superhombre, el eterno retorno y la voluntad de poder las claves de la existencia. Cioran nunca adoptó los gestos de “Filósofo”: se declaraba incapaz de constituir un pensamiento determinado, por más caótico que fuese al modo nietzscheano. Afirmaba que “Profundizar una idea es atentar contra ella: quitarle todo su encanto y hasta la vida…”. Fiel a la tradición de los moralistas franceses, la ética estoica y cínica, su interés era la vida en general: cualquier hecho cotidiano era un signo para él de otra cosa, una excusa para continuar la aventura literaria: una imagen en el mercado, un diálogo con un amigo, cartas y obras de escritores, y sobre todo, el remolino interior adonde se dirigía. Cualquier hecho e idea era la excusa para sembrar “la prostitución en las familias”, como pretendía el Conde de Lautréamont: “Cuando en el Árbol del Conocimiento una idea ha madurado, ¡qué voluptuosidad introducirse en ella para actuar como una larva a fin de precipitar su caída!”. No deja huellas, más que para despistar las palabras y los rumbos por donde se afirma el pensamiento: cuando parece argumentar que no queda ninguna razón para vivir y la decisión lógica es suicidarse, Cioran nos desconcierta y se niega a sí mismo, lanzándonos nuevas pistas, otras argucias que lo que mantienen es la fuerza de una escritura que se superpone a sí misma. Ya en la primera obra, En las cimas de la desesperación, nos somete a lo irremediable de la vida y la muerte: “¿Qué salvación puede haber en el vacío? Siendo casi imposible en la existencia, ¿cómo podría realizarse la salvación fuera de ella? Y puesto que no hay salvación ni en la existencia ni en la nada, ¡que revienten entonces este mundo y sus leyes eternas!”.

Aunque muchos hayan sintetizado su obra como nihilismo o pesimismo por las innumerables veces que Cioran insiste en el absurdo y futilidad de la vida, siempre agrega alguna bifurcación por donde se abre otra cosa: “un suplemento de lógica sería funesto para la existencia –esfuerzo hacia lo insensato… Dad un fin preciso a la vida: pierde instantáneamente su encanto. La inexactitud de sus fines la vuelve superior a la muerte…”. Así Cioran, el eterno negador y decepcionado, entrevé la seducción que ejerce el sinsentido de la vida, el misterio de la vida; con su incorregible escepticismo se da el lujo de vanagloriar la vida por sobre la muerte.

Proponemos una interpretación de Cioran que al mejor modo nietzscheano es capaz de adoptar diferentes máscaras para balbucear la vida: fanático desesperado, suicida, místico, lírico, aspirante a budista, anticristiano, moralista, antimoralista, enamorado de la vida y la muerte o condenado por lo irreparable del cielo y la tierra. Máscaras que él esculpe y quiebra de un plumazo; sus obras nunca resuelven nada, si llega a alguna conclusión es para dejar de postergar lo indecidible; por eso, la angustia, hastío, éxtasis, sonrisa o ternura que vagan entre sus escritos quedan de nuestro lado, del extraño lugar en que deja al lector. Su movimiento no es dialéctico, porque en éste se quiebra el principio de no contradicción aristotélico pero para alcanzar una síntesis, que Cioran se empeña en no lograr. La dialéctica es una presunta contradicción, que él denuncia en cada forma de expresión fragmentaria y dispersa. En este sentido, si no lo leemos con las mismas dudas que él tenía sobre sí mismo, dogmatizamos su expresión ambigua de pesimismo y ternura. Por eso sería un error unificar su pensamiento y su decir.

Cioran atravesó diversas obsesiones del siglo XX: la nada, el absurdo, el suicidio, la ética de vivir sin fundamentos, el tedio, lo sagrado, el abandono de los dioses, el éxtasis o las experiencias íntimas de la soledad y la desesperación. Pero ¿podríamos afirmar que expresó conceptos? Si se refirió sobre un mismo tema en muchas de sus obras, no fue con el propósito de abordarlo desde distintos puntos de vista hasta agotarlo, sino por la exigencia de sus experiencias. En la recopilación de muchas de sus entrevistas (Conversaciones), expresa el desagrado cuando le exigen explicar una cita de su obra o dar cuenta de un instante de su reflexión. Sólo puede confiar en las revelaciones de esas interrupciones temporales: “Sólo el instante es divino, infinito, irremediable. El instante que uno está viviendo”. Su fe está en esos intervalos soberanos donde presiente fugarse de la historia, antes de nacer, luego de morir. Si reniega de sus palabras, lo hace con la misma inclinación del poeta que luego de componer sus versos entrevé la trampa de sostenerlos a lo largo del tiempo… [PDF]