“Filosofía y estados del ánima: el ethos musical en Emil Cioran” (Javier Ares Yebra)

Revista PERIPLO, Abril 2013, Vol. XX, 57

El problema de la «habitabilidad» del mundo late con especial intensidad en espíritus embriagados por la generosidad de su rabia, almas donde la hiel se hace verbo. Como el musgo que viste la roca y la esconde en su abrazo, así estos espíritus han sabido cubrir con un manto de verdad los estados de su ánima y trabar obras de pensamiento en las que del esqueleto inerte de las ideas han brotado testimonios de una emoción absoluta, rozando en ocasiones las cimas de lo terrible. De Nietzsche (1844-1900) a Baudelaire (1821-1867), Beethoven (1770-1827) o Rimbaud (1854-1891), esa confrontación entre la percepción del ser-en-elmundo y su comunicabilidad convierte la facultad de la creación en un ineludible acto de riesgo. «Tienes un demonio: escríbelo», dijo Goethe. Nacidos de la fidelidad a la alquimia de la psique, el devenir de estos testimonios por la senda de la honestidad hace imposible contrarrestar sus efectos, permanecer impasibles. Las biografías no pueden rebatirse, máxime cuando lo que persiguen es una hermenéutica de las lágrimas o la articulación de la furia.

Una vez trazada nuestra antropología del pensamiento, esta propuesta tiene como objeto de estudio la obra de Emil Cioran (1911-1995), uno de esos ecos que, bailando con el abismo, también fundamenta sus huellas en la verdad de la fisiología y la sitúa como proposición en primer término, una epistemología en la que la víscera se hace signo y las palabras se tiñen de bilis, configurando ambas una auténtica semiótica de las entrañas. El mismo Cioran afirmó: «Yo no he inventado nada. Tan sólo he sido el secretario de mis sensaciones» (Cioran, 1979: 79). Esta visión, que surge de la entrega al estudio permanente del propio ethos, contrasta con aquellos aparatos señaladamente racionalistas, cuya carencia de toda emoción motivó cierto desinterés del pensador rumano por la filosofía sistemática (caso de Kant). Al considerar la obra de Cioran se señalarán algunas tónicas y pasiones dominantes, ejemplificando con pertinentes aforismos cómo esta emoción rabiosa, impregnada del canto al absoluto, opera en el pensamiento. El análisis de los subtextos referidos al discurso sonoro va a revelar el papel que el fenómeno musical ejerce como antítesis de ese pensamiento. A la vista de los textos trabajados, y anticipando parte de las conclusiones, la obra de Cioran constituye en muchos pasajes un memorable testimonio sobre la afección musical donde la música representa al tiempo la enfermedad y el antídoto. La experiencia musical se manifiesta, precisamente, como catarsis alopática de las bajas pasiones que acucian a Cioran. Previamente, será imprescindible trazar algunos aspectos de su imaginario.

Pocas acciones definen el pensamiento y la condición humana como la capacidad para cuestionar, poner en duda lo evidente y preguntar por el origen de las cosas. La necesidad de conocer el origen de una cosa para llegar a su esencia ha sido elevada a la categoría de principio durante gran parte de la historia de las ideas, al menos hasta los albores del siglo XX. Es ahí, en el marco del pensamiento contemporáneo, donde se va a interrogar la legitimidad de este principio como herramienta de exploración de la realidad. Pero sus resonancias permanecen en Emil Cioran, donde el ejercicio de meditación vertebra la vida cotidiana y se constituye en la espina dorsal de los movimientos de la vida interior. La interrogación y la duda, sin ser ya metódicas, poseen carácter vitalicio, un élan vital que cristaliza en la imagen del ser como padecimiento, arquetipo del que también participa María Zambrano (1904-1991), al concebir el ser como aquel que padece su propia trascendencia (Zambrano: 1998)

La producción de Cioran recoge el estilo aforístico del que gustó el moralismo francés en la transición del XVII al XVIII -sobre todo La Rochefoucauld (1613-1680), Pascal (1623-1662) y Chamfort (1741-1794)-, caracterizado por un escepticismo crítico cuyas resonancias articulan el pensamiento a través de la sentencia breve, en la que, en palabras del propio Cioran, «se es más libre» (Ciorán, 2008: 156). Su obra nos presenta una concepción filosófica segadora, prófuga de cualquier sistema, donde sólo tiene cabida el «triunfo de un yo disgregado» (Ciorán, 2008: 156), y en la que, como en el texto bíblico, las referencias a la cólera, la ira y el sufrimiento, prevalecen sobre los atributos y
perfecciones positivas: «El secreto de un ser coincide con los sufrimientos que espera» (Cioran, 2007: 96).

Comenzar el discurso con la elección de dos aforismos supone, de entrada, compartir con Cioran la predilección por el fragmento (su utilización consciente a modo de dardo), reflejo de una percepción de la realidad como materia resquebrajada. Esta elección está motivada de manera generativa por el propio título. Las dos sentencias presentan los elementos que se tratará de conectar aquí: la idea de que la percepción del fenómeno musical y su consideración como elemento recurrente de especulación, producen en el marco de este bosquejo una serie de correspondencias entre el contenido emocional del pensamiento y la formación de determinado ethos musical. Lejos de intenciones psicoanalíticas, el establecimiento de esa relación es lo que nos va a permitir contemplar la obra de Cioran como una filosofía que aflora con propiedad de los estados del ánima, o como él la denominó, una «filosofía de los momentos únicos» (Savater, 1974: 27). En este contexto, va a ser la posibilidad de la disolución del sujeto la que haga de la escucha del objeto musical la séptima puerta hacia la unidad de la nada.

El aforismo inicial («Alimentar en la miseria una ira de tirano, ahogarse bajo una crueldad contenida, odiarse a sí mismo a falta de subordinados a quienes masacrar […]») se propone como ejemplo del pensamiento que se entreteje con las disposiciones del alma más desmesuradas. El segundo aforismo («Beethoven vició la música: introdujo en ella los cambios de humor, dejó que penetrara en ella la cólera») representa una de las escasas reflexiones sobre el compositor de Bonn que encontramos en Cioran, justamente la que permite explicitar la propensión del pensador rumano hacia figuras musicales que, como se verá, simbolizan las antípodas de esta homeopatía. Se va a partir de esta segunda sentencia para iluminar la idea de ethos musical, una vez que las conexiones entre pensamiento y estados del ánima han sido ya introducidas.

En el marco de esta propuesta cabe preguntarse cómo pudo integrarse cierta suerte de bilis a un discurso sonoro tradicionalmente apolíneo? Desde aproximadamente 1800, el fenómeno musical ya no sólo está en condiciones de pintar la polifonía serena, simétrica y elegante de los paisajes del espíritu, sino que otras atmósferas comienzan a llamar a la puerta. Pero nadie llama una sola vez, y como consecuencia de esta efectiva redundancia, la paleta expresiva va a extenderse mediante la incorporación de nuevas estancias en ese «gran dormitorio» que es el alma humana (en alusión al relato taoista que denominaba así al Universo). Bajo el abanderado de la Sehnsucht (anhelo, nostalgia) y el Sturm und Drang (tormenta e impulso), la ruptura de las cadenas del texto favorece la integración al discurso sonoro de todo un conjunto de pasiones del alma –la ira o la cólera que recoge el referido aforismo sobre Beethoven– que se imbrican con los apetitos ya existentes, pero ahora desde la renuncia a la semántica de los conceptos lingüísticos.

El proceso, que elevará la música a la cúspide en la pirámide de las artes, culmina con la preminencia del género instrumental a partir de la idea de «música absoluta», término acuñado por Hanslick (De lo bello en la música, 1854) y cuyo paradigma categórico lo encontramos en Wagner (concepto ampliamente desarrollado en Dahlhaus: 1999). Esta idea va a representar el impulso necesario para situar el elemento sonoro en primer término, por encima de la palabra que, ineludible, sustenta la música vocal y sus implicaciones en el nivel de la significación… [PDF]